El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

EL CADÁVER

La señora del séptimo B está sentada delante del televisor con el gato gris sobre los muslos. El animal, inmóvil, pertenece al orden decorativo y si no fuera por el fuelle de la pausada respiración, podría pasar por un peluche; también la mujer, quieta frente al aparato, detenta la categoría de una muñeca de tamaño natural. En la televisión un hombre de aspecto truculento habla con una chica rubia.

‑¿Nunca volveré a verte?

La rubia le da la espalda y llora.

Una claridad gris, otoñal, se cuela por la ventana e impregna la habitación de una aciaga atmósfera de tanatorio. El piso huele mal, acaso por el gato, acaso por una deficiente higiene de la propietaria.

‑Es posible ‑dice la rubia.

Sobre la ménsula de la falsa chimenea hay dos fotografías. En una de ellas, la mujer, con bastantes años menos, posa risueña al lado de un hombre contra un paisaje costero cerca de un muelle en el que se aquietan algunos barcos de pesca; si alguien mirara el reverso de la fotografía podría leer Cadaqués, 1970. En la segunda fotografía, la mujer, envejecida, acaricia un perro de color canela; seria, manosea al animal con desafecto, como si fuese una costumbre: detrás, al fondo, hay un jardín con un camelio y un arriate con rosas y margaritas; si le diésemos la vuelta a esta fotografía podríamos leer Pontevedra, 1999. El gato se mueve: pasa una pata por el hocico varias veces, aprieta la cabeza contra la mano de la mujer y recobra la postura anterior.

‑No voy a poder soportarlo ‑dice el hombre truculento con las manos en los bolsillos del pantalón, actitud que parece contradecir la tristeza que le provoca la futura ausencia de la chica rubia que ahora se aproxima a él, le roza una mejilla y trata de consolarlo.

‑Quizá la vida nos dé una segunda oportunidad.

‑La vida nunca da segundas oportunidades.

Delante de la mujer con el gato hay una mesa baja de madera y cristal; sobre ella una revista en cuya portada sonríe Martina Klein; al lado, un periódico abierto con el crucigrama a medio cubrir y encima de esa página un bolígrafo; a la derecha del diario yace un reloj de pulsera que marca las 17:47: va retrasado dos minutos. En una pared cuelga un cuadro de firma ilegible que representa un paisaje urbano con edificios, antenas, una calle desierta y, lejano, algo que parece un tranvía. Pudiera ser algún rincón de Lisboa, de Bruselas, tal vez. Si aplicáramos una lupa a la firma leeríamos M. Lor, 1985. Ignoramos quién pueda ser el hombre o la mujer que firma el cuadro de una ejecución limpia que denota oficio. Junto a la chimenea una planta se dobla y sus hojas mustias delatan la falta de cuidados. Tiene un tronco retorcido o varios troncos que se enroscan en uno: es una pachira, una planta de interior a la que no conviene la luz directa y cuyas hojas hay que pulverizar con agua cada tres días y regar la tierra cada ocho; parece evidente que nadie se ha encargado de procurarle tales atenciones. Al pie del sillón donde está la mujer del gato alguien abandonó un frasco de Nasolina, un inhalador nasal.

‑Por favor, no digas eso ‑ruega la chica rubia.

El gato salta del regazo de la mujer, relaja los músculos, se dirige al comedero situado en el balcón pero no hay pienso en el recipiente; bebe el agua sucia del plato y asoma la cabeza por los hierros, mirando una bandada de patos que planean sobre la superficie del río.

El hombre truculento golpea una pared con el puño y alza la voz.

‑¡Estoy harto de resignarme!

La mujer de cuyo regazo saltó el gato, la mujer que dejó a medias el crucigrama, la que usa un pulverizador nasal, la que aparece en la fotografía costera y en la del jardín, lleva seis días muerta recostada en el sillón. Muerte en soledad: la más cruel de las muertes. Nadie en el edificio lo sabe pero más temprano que tarde alguien se percatará de su ausencia o detectará el olor nauseabundo de la descomposición que atufa el piso y empieza a dispersarse por debajo de la puerta. El gato regresa y se pone a jugar con el frasco de Nasolina, 20 ml., oximetazolina, 0,05%.

‑¡Harto de este infierno! ‑vocifera el hombre.

La muerta tiene las gafas sobre el pecho, sujetas con un cordón. Restos de saliva seca sellan las comisuras de los labios que el tiempo redujo a un tajo horizontal, apenas perceptible. La dentadura postiza se ha aflojado y le proporciona al rostro un aspecto de tétrica comicidad. Los párpados permanecen abiertos. Una paloma viene a posarse en la barandilla del balcón y cuando el gato da un paso hacia ella reemprende el vuelo. El gato se acerca a la pachira y juguetea con las hojas. Maúlla.

El hombre truculento mira a la chica rubia.

‑Cuando te vayas, moriré ‑dice y rompe a llorar.

EL BAUTISMO

Fue un día de invierno y, como hijo único, experimentaba las sobadas atenciones con las que sus padres lo mimaban convirtiéndolo gradualmente en el don nadie que ahora es. A causa de una gripe no pudo acompañarlos a un bautizo en una provincia limítrofe. Once años, una gripe y una chica, Mercedes, que ayudaba a la madre en la cocina y servía la mesa, con su cofia y su delantal cuando aparecían invitados. Aunque le pareciera mayor, Mercedes apenas tenía diez años más que él y unas instrucciones que cumplió escrupulosamente: cada cierto tiempo tomarle la fiebre, bañarlo en agua templada, darle la comida, no olvidar la medicación fijada por el médico, hacerle la merienda y, a media tarde, ya estarían de regreso los señores de la casa, él, viajante, ella, cómo no, sus labores.

Mercedes canturreaba por el piso mientras él trataba de leer, en vano, a causa del dolor de cabeza, un libro resumido e ilustrado titulado Las aventuras de Huckleberry Finn, pero se le cerraban los párpados y mediosoñaba con islas, barcos que navegaban ríos anchos y oscuros, negros que dormían a la intemperie y niñas rubias apellidadas Thatcher: hubiera cambiado su vida de enfermo por la vicaria realidad de la novela. Mercedes desmantela su sueño como quien aparta un cortinón y anuncia que está preparando el baño; luego coloca una mejilla en su frente, colige que aún tiene algo de fiebre y empapa con alcohol de romero sus sienes y sus muñecas. Piensa que así debe de oler la geografía del libro de Mark Twain: siempre huele mejor el extranjero.

Suenan las campanadas del mediodía en la almoneda del ayuntamiento cuando Mercedes le anuncia que puede pasar al baño y el chico descubre el paraíso de la bañera con agua humeante y cubierto de espuma: se introduce como si fuera a sumergirse en un océano donde hallará islotes, barcos hundidos, cofres herrumbrosos, el cadáver de algún pirata, un sinuoso tiburón. Cierra los ojos. Soñar es sedante y gratuito. Mercedes está arrodillada al otro lado pero él sonríe sin vergüenza ya que únicamente su cabeza asoma por encima de la espuma. No tiene cuerpo: sólo frente, ojos, nariz, boca, mentón y orejas. El resto de la anatomía pertenece al océano. Ella lo enjabona y el chaval, enfermo y afortunado, la deja hacer. Está boca abajo y nota las manos de Mercedes que, delicadamente, con más ternura y lentitud que las de mamá, lavan su pelo, el cuello, las axilas, la espalda, el culo, la parte de atrás de las piernas. Clinc, clinc. En realidad, desearía que Mercedes fuese su mamá. La espuma ha ido deshaciéndose y ella le pide que se dé la vuelta, así que se coloca boca arriba, como un muerto al que han estado buscando durante semanas que emerge a la superficie en el río Misisipi. Mercedes se pone un momento de pie, le sonríe, enrolla las mangas de la blusa casi hasta los hombros: tiene un vello suave y rubio en los antebrazos y no usa sortija. Detesta a las mujeres que llevan adornados los dedos con anillos y sortijas porque le recuerdan a las brujas de las películas. Su madre usa sortijas: dos en la mano izquierda y tres en la derecha. A veces se pregunta si tales adornos significan algo, si son un símbolo de algo que él, como niño, no sabe comprender. Clinc, clinc. Mercedes le lava la cara y las orejas, los sobacos de nuevo, el pecho y el vientre, las ingles, las piernas y los pies, hurgando entre los dedos. No ha tocado su sexo y le pregunta sin malicia ¿por qué no me lavas eso? Mamá sí lo hace, añade. Ella le sonríe como si hubiera dicho una inconveniencia, como si le hubiera propuesto algo impropio o nefando. Se enjabona las manos y comienza a frotarle la pichula circularmente, de forma demorada, como si su higiene y su fiebre dependieran de la limpieza del pipí. Cosas que no hacen las mamás, niñito, dice sonriendo y aunque le disgusta lo de niñito, disfruta con la limpieza de la zona que empieza a convertirse en un cuidadoso masajeo en los testículos. Clinc, clinc. Nota que el gusanito engorda y se endurece como cuando se levanta a mear a medianoche. Ahora Mercedes empuña el miembro que se vuelve invisible en el interior de su mano, con lentitud al principio pero aumentando paulatinamente el ritmo. Sin soltar el pene cambia de postura y con la mano libre le acaricia los huevos. Piensa en los testículos peludos de su padre que parecen tarántulas. Mercedes sigue moviendo el brazo derecho arriba y abajo y el chico ve asomar, roja, por encima del índice y del pulgar, la cabeza de su pirula que no reconoce, que no puede pertenecerle: es un órgano ajeno, de otro. Siente alborotarse ahí un placer del que nadie le había hablado nunca y no sabe si esa especie de mareo proviene de la fiebre o del gusto que le proporciona la chica que susurra goza, niñito mío, córrete, pero ignora el sentido de los imperativos que, intuye, están vinculados a la maniobra de Mercedes. Sabe que algo va a suceder porque su cuerpo se agita a sacudidas, como convulsionando. En adelante, recordará sobre todo una cosa: el clinc‑clinc de la pulsera plateada con unos colgantes que representaban a animales que no olvidará nunca, el muy golfo: un elefante, un pájaro, un camello, un pez, una serpiente, un gato, aquel zoo de abalorios que emitían un incansable concierto metálico en tanto el brazo derecho de Mercedes iba y venía como en una antigua faena agrícola, clinc, clinc. Percibe la inusual dureza de la carne en la mano incansable de la chica y surge de no sabe dónde el espasmo final de un placer inédito e incalculable a la vez que apenas unas gotas de líquido blanquecino afloran en la abertura del glande y Mercedes suelta la minga que aún está erecta, se dobla hacia el interior de la bañera y con la lengua recoge el chorrito de semen, lo saborea y después lo traga, ese zumito sin cuajar del esperma primerizo, con su fructosa, su ácido cítrico, sus aminoácidos, su carnitrina, su fósforo y su potasio, y el calcio y el sodio y las prostaglandinas, ñam, ñam, pura vitamina, mmm, mmm. Es dolorosa la felicidad. Luego le lava la pilila que ha recobrado su exiguo tamaño habitual, lo besa en los labios y dice: bienvenido al mundo, hombrecito y: le gusta lo de hombrecito y: piensa que quiere más a Mercedes que a su madre y dice: te quiero. Ella se pone de pie y se ríe, se seca las manos en una toalla que le entrega y lo conmina a que se vista porque le va a preparar la comida, sopa de fideos y un bisté de hígado con patatas fritas para reponer fuerzas y entonces descubre que el más feliz de la vida, de su vida, al menos, no es el día de la primera comunión. Ya no tiene fiebre: ni unas décimas. Clinc, clinc.

UNA VISITA

La anciana avanza con un andador por el pasillo, de una punta a la otra, tres, cuatro, cinco, seis veces, hasta que se cansa y se sienta en la silla de ruedas: la lenta recuperación de una operación de cadera en un esqueleto de ochenta y seis años. Suena el teléfono móvil con una musiquita infantil que progresivamente aumenta de volumen; su hijo se interesa por su estado; la acompañó durante la operación y la convalecencia pero se le terminó el permiso y ahora está buscando a una mujer que se ocupe de la madre que, mal que bien, es capaz de hacerse la comida. La telefonea varias veces por la mañana y pasa las tardes en el domicilio materno, hasta que le da la cena, la lava, la acuesta y luego regresa a casa donde le insiste a su mujer en que deberían traerse a la anciana aunque su mujer tiene razón y en un piso pequeño y con dos hijos mal acomodo habría para la vieja y que mañana mismo contratará a una auxiliar de clínica para que cuide de su suegra al menos durante la noche y hasta que la anciana se recupere. Y, aunque se recupere, a esa edad no puede vivir sola. La anciana enciende la televisión, le quita la voz y empieza a hacer un sudoku de un cuaderno que le regalaron sus nietos. Tiene una innata habilidad para los números; en cambio, detesta los aburridos crucigramas que tanto le gustaban a su amiga Amelia, que apareció muerta en su piso, cuando ya empezaba a oler a descomposición. Una enorme fotografía en blanco y negro de su marido preside el salón y a veces habla con el retrato, le cuenta noticias familiares, asuntos de vecindad, casi como si el hombre estuviese vivo. La claridad de julio rescata al piso de la grisalla habitual. A media mañana marca el número del supermercado y hace un pedido que por la tarde su hijo ordenará en la despensa. Las lentejas, la pasta, la leche, la fruta, el agua, el detergente, las latas de conservas, los embutidos, el queso y las galletas rellenas de chocolate que son su perdición. Se desplaza en la silla de ruedas: la cama está sin hacer pero también de eso se ocupará su hijo. A la mujer le duele convertirse en un estorbo, saber que en el futuro ya sólo será un inconveniente para los demás y si no fuera por su fe inquebrantable pediría al cielo que urgiera su muerte para de ese modo liberar a la familia de su carga. La telefonea una amiga para preguntarle por sus alifafes y le promete que a media tarde irá a visitarla. Piensa en lo que va a comer: recalentará las judías que le hizo su hijo ayer, cocerá un huevo y arreglado, no necesita más, piensa, una mujer que apenas se mueve. Llaman por el interfono. Como desde la silla de ruedas no alcanza, se apoya en el andador cuando suena el timbre por segunda vez. Supermercado. Deja abierta la puerta de la calle y regresa al salón. Un hombre con una caja de cartón entra en el piso. No es el repartidor habitual. Pregunta por él. Está de baja, una hernia. A la mujer no le sorprende: siempre cargando con tanto peso. ¿Dónde dejo esto? La caja parece extrañamente ligera en las manos grandes del repartidor que no sabe dónde está la cocina, primera puerta a la izquierda. El hombre desaparece y reaparece casi de inmediato. Voy a pagarle. ¿Me da el tique? El repartidor queda sorprendido, como si ignorase lo que debe hacer. La mujer insiste. ¿Y el tique? ¿No lo trajo? El repartidor abre los labios pero no dice nada: solo mira a la mujer, ausente. Entonces el hombre profiere tres palabras ‑el tique, sí‑, se lleva una mano a un bolsillo trasero del pantalón y empieza a sacar lentamente la navaja. Con la mano libre se rasca la almorrana.

MATRIMONIOS FELICES

Eran un matrimonio digno de una tragedia pero no corrió la sangre en el sólito escenario: madre enferma, marido bebedor, esposa despechada porque el hombre no quiere tener hijos: escenario de superventas, delirio almodovariano. Y, al fondo, Hollywood. Una metáfora de manual. Añádanse en pequeñas dosis otros ingredientes deletéreos: la enfermedad de la suegra crispa a la mujer que no entiende que no se contrate a alguien para que cuide a la vieja y la exima de lavarle el culo porque su hijo mantiene con la madre que le dio el ser esa mujer tan buena y valiente / de inmaculada frente / ceñida de laurel una actitud hostil. Ella considera la posibilidad de abandonarlo y quitarse de encima a la suegra y como sospecha que su marido, ese cabrón dipsómano que se niega a tener hijos, mantiene aventuras extraconyugales, como confiesa él falsamente cuando aparece en el piso tarde, mal y nunca, ha recurrido a un detective privado, un tipo bajito y camastrón que hasta ahora sólo pudo proporcionarle los inocuos informes que se relacionan:

Lunes. 8 de la mañana. Acude al trabajo. Sin novedad. Desayuno 11:00: pincho de tortilla, 3 riojas. Regreso al trabajo. Salida, 15:00: cafetería con compañeros: 3 cañas. Aceso (literal) al domicilio conyugal. 19:00 horas: abandona domicilio conyugal. Dos cafeterías. Primera cafetería: 4 cañas. Segunda cafetería (21:00): cinco cubalibres. Retorno domicilio conyugal, 23:00. Se aporta documentación gráfica.  No se descubre intercambio carnal con mujer ni hombre.

Martes, ídem.

Miércoles, ídem.

Jueves, ídem.

Viernes, ídem.

Sábado. Abandona domicilio conyugal 10:30. Compra el diario. Paseo orilla derecha río, asta (sic) pasarela peatonal, con retorno margen izquierda. Cafetería, 12:30: 3 cañas, 3 blancos godello. Domicilio conyugal, 14:30. Salida domicilio conyugal, 19:00: desplazamiento barrio antiguo. Cuatro bares, 4 blancos godello. Desplazamiento zona centro, 21:30: cafetería, 4 cubalibres. Regreso domicilio conyugal 23:00. Se aporta documentación gráfica. No se descubre intercambio carnal con mujer ni hombre.

Domingo, ídem.

Con elementos así, resulta extraño que no se hubiera consumado la tragedia.

Por ejemplo:

Él vuelve a casa completamente borracho. Su madre duerme. La mujer está harta, harta ya de todo: de su alcoholismo, de hacerse cargo de la enferma como una esclava, de llegar del trabajo y ocuparse sola de las tareas del hogar, de saber que su marido tiene una amante pese a que el detective canijo y camastrón aún no haya aportado pruebas concluyentes porque las mujeres no necesitamos pruebas para intuirlo, rezonga, lo detectamos en los gestos, en las miradas, en la ropa, en el olor y esto no puede seguir así, o la dejas y tenemos un hijo o hago las maletas y me voy. Él se sirve un cubalibre meticuloso.

Deja de beber.

No me da la gana.

El hombre vacía el vaso de golpe. Mira a la mujer con odio. Prorrumpe en los despropósitos de cada noche: que jamás le dará un hijo, que está cansado de ser perseguido por un sujeto feo y esmirriado como un caniche, que maldita la hora en que incurrió en el error de casarse con una funcionaria de mierda y el sentido del humor de una alubia ‑segundo cubalibre‑ y que. El turbio pronombre que queda suelto. ¡Que ya no aguanto más, hostia! La ira, la catástrofe. Fieles a nuestro instinto salvaje y feroz. Porque me sale de los huevos y olé. Santiago y cierra. Los golpes desordenados, sin medida: la generosidad del odio, con saña, hasta la última gota de sangre. Una y otra vez. Pega, golpea, aniquila. Una y otra y otra vez. ¿Cómo quieres que te mate? ¡Eres español! ¡Lo llevas en los genes! Atiza sin medida. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Las veces que sea necesario. ¡Vamos, primate! Es tu destino goyesco. Embriágate de sangre, que no quede en entredicho tu virilidad. Extermina, bestia, que tu hombría está en juego. Después asfixia a su madre para que no sufra. Que nadie diga que es un mal hijo, monstruo.

Fin.

Por ejemplo:

Él vuelve a casa completamente borracho. Su madre duerme. La mujer está harta del espectáculo diario de ese hombre que, ahora lo entiende, constituye otro error en su vida, ése al que desprecia, que se sienta en el salón y se sirve un cubalibre innecesario, que justifica sus ausencias y sus curdas afirmando que él no eligió semejante existencia ruin, que no nació para perpetuar una raza simiesca y que está hasta los cojones de todo, todo que incluye su asqueroso trabajo y su asqueroso matrimonio y su asquerosa ciudad y su asqueroso país y hasta su asquerosa madre enferma y que sólo aspira a este contrasentido: despertarse una mañana y descubrir que está muerto y como de momento eso no sucede, como de momento abre los ojos cada mañana y ahí siguen su asqueroso trabajo y sus asqueroso matrimonio y su asquerosa ciudad y su asqueroso país y hasta su asquerosa madre enferma, él se emborracha para sobrellevar tanto desconsuelo y por supuesto que jamás va a tener un hijo y menos aún un hijo que lleve su nombre y que lo peor que le pasó en la vida fue en una iglesia donde un travestido con casulla les echó la repugnante bendición y el yo os declaro marido y mujer que en realidad es una maldición que significa vais a tener que joderos hasta el final de vuestros días y ese anhelado día postrero no llega nunca y por eso él lo reclama con alcohol, porque es un puto cobarde incapaz de arrojarse desde el balcón o abrirse las venas y que te olvides de su existencia como él se olvidó de la tuya y de lavarse los dientes porque se mete en la cama libre de la habitación en la que duerme su madre y al cabo de pocos minutos ronca como un puerco, justo cuando la mujer, abatida, repasa el memorial de agravios que el hombre le ha infligido esa noche y la anterior y la pasada y la otra y la otra y la otra y así hasta la primera que vivieron juntos desde que el cura les arrojó encima el maleficio que está pudriendo sus vidas, ahora lo comprende, que los está envenenando y entonces vacía los restos del cubalibre del vaso y después lo rellena de ron y el alcohol le rasca la garganta y la aturde, sólo lo necesario para que pueda pensar y piense que hay que poner fin a esta parodia de matrimonio porque nunca somos quienes debemos ser ni quienes queremos ser, somos siempre proyectos frustrados y el reluciente cuchillo trinchante, veinte centímetros de hoja. Convertida en Enriqueta Martí y en Judith, en la dulce Neus y en Mata Hari, avanza hacia el enemigo que duerme boca arriba, con la chaqueta del pijama abierta, dejando al aire el pecho y la andorga abultada por los excesos alcohólicos. El hombre ronca con estrépito de taladradora, el rostro ladeado, con un hilillo de baba en la comisura de la boca como Homer Simpson, mientras ella calcula el lugar del corazón y recuerda una lámina colegial de la anatomía humana. El cuchillo alzado emite un destello casi invisible y cae de punta a la altura de la tetilla izquierda del hombre que deja de roncar, mira a la mujer y cierra los ojos. Ella arranca el arma con las dos manos: la hoja del cuchillo aparece enrojecida hasta el mango y de la herida surge un charco de sangre espesa que forma regueros que bajan desde las costillas hasta la ropa de la cama. La víctima sufre un espasmo y luego permanece definitivamente inmóvil. La mujer lo mira como a un extraño, como si acabara de descubrir un cadáver. A continuación observa a su suegra que duerme plácidamente, ajena a lo que sucede en la habitación. Deja el arma en la cama y rectifica la postura de la enferma para que quede cara al techo: una vez abierta la esclusa de la violencia, el torrente resulta imparable. Hay que evitarle el dolor: el dolor de ver a su hijo muerto, de ver a la mujer de su hijo convertida en una sucia asesina, de ver el Alzhéimer que la consume. Coge la almohada de la cama del hombre y con ella cubre el rostro de la anciana que no hace gesto alguno para defenderse, como si morir fuera una bendición. La felicidad de la asfixia. Que nadie diga que eres una mala nuera, Lorena Bobbit.

Fin.

Por ejemplo:

Estoy enferma pero lo sé todo. Mi memoria se debilita pero no mi entendimiento. No recuerdo mi nombre, ni el nombre de mi hijo, ni el nombre de su mujer a la que a veces llamo Natalia y ella tuerce el gesto. Ésta no es mi casa. En mi casa estábamos mi marido, mi hijo y yo. Mi marido ha muerto. A veces pasaba unos días con nosotros una mujer, mi hermana, creo, que se llamaba…, Elisa o Elvira, algo así. Era muy guapa y no volví a saber de ella. Como confundo las cosas, no sé si es cierto el recuerdo que guardo de verla a ella y a mi marido abrazados. Olvido los nombres y las palabras; antes miraba una planta y sabía que era un geranio, una albahaca, un ficus: ahora solo veo la planta, no su nombre. Ya no soy capaz de ver los nombres y es como si la vida transcurriese entre sombras, entre fantasmas. A mi edad no se es nadie sin el consuelo de la memoria. Una cosa no he olvidado: las oraciones. Padre nuestro que estás en. Yo los veo sufrir a los dos, a ése que es mi hijo y a mi nuera, o los que creo que son mi hijo y mi nuera. Y los oigo discutir, sus gritos que me atormentan, asisto a sus gestos de mal humor, a sus disputas como dos animales e intuyo que no son felices. Ellos, que sí tienen palabras, no como yo, resuelven sus diferencias a base de insultos. Santificado sea tu nombre. Yo nunca insulté a mi marido pese a sus infidelidades y a su indiferencia. Era como si hubiese muerto antes de morir. ¿Cómo se llamaba, por Dios? ¿Ángel, Álvaro, Arturo? Guardo una fotografía suya y al mirarla a veces lo reconozco y a veces no, a veces es mi marido y a veces otra persona. Eso es muy triste. Hágase tu voluntad. Solo sé las pastillas que tengo que tomar pero no por su nombre sino por el color: verde, azul, roja en el desayuno; roja, blanca y azul en la comida; gris, verde, azul, roja y blanca en la cena. Unos cuentan sus días para ir tirando, yo cuento mis pastillas. ¿De qué estaba hablando? De mi nuera y de mi hijo, de sus trifulcas que me quitan la paz, de esa convivencia sostenida en el odio. Perdona nuestras ofensas. Me pregunto cómo un matrimonio puede llegar a odiarse; pueden dejar de quererse, sí, pero cómo odiar a una persona con la que te acostaste tantas veces, con la que fuiste feliz. Yo no entiendo este mundo, no puedo explicarlo quizá porque me faltan las palabras, porque nadie puede comprender algo que carece de nombre. Dios y el diablo tienen decenas de nombres, por eso es fácil distinguir el bien del mal. Yavé es bueno, Satán malo. Jehová es bueno, Lucifer malo. Estoy enferma pero lo sé todo. Sé que son desgraciados y que cualquier día terminarán por matarse. Por eso estoy dispuesta a poner fin a tanta amargura que está envenenando sus vidas y la mía, que ahora debería ser sosegada y tranquila hasta que Dios me reclame. No nos dejes caer en la tentación. Me levantaré de madrugada sin hacer ruido, cuando ellos duermen. Me cuidaré de que no haya ventanas sin cerrar, abriré la llave del gas y los cuatro hornillos de la cocina. Ellos estarán durmiendo y yo rezando cuando venga la muerte. Así acabaré con su infelicidad y mi sufrimiento. Lo haré por ellos. Nadie podrá decir que soy una mala madre ni una mala suegra, siempre y cuando ese desconocido sea mi hijo y esa desconocida mi nuera. Y líbranos de todo mal.

Fin.

EUROVISIÓN

Recuerdas a la vecina de enfrente que ya no está, una francesa divorciada con dos hijos pequeños. Vivía en el piso noveno de la torre sur, paralela a la tuya, los dos edificios más altos de la ciudad. La viste con frecuencia ducharse, sin la precaución de cerrar la puerta del baño ni la mampara del plato. Se demoraba bajo el chorro que mojaba sus cabellos cortos, el rostro parecido al de una actriz italiana, las tetas redondas, las piernas esbeltas. El agua se embalsaba en los huecos de las clavículas. Disfrutabas al observar las manos enjabonadas que recorrían cada centímetro de su cuerpo: la cara con los ojos cerrados, el cuello, la espalda, la cordillera de la columna vertebral, los hoyuelos en lo alto de las nalgas, las tetas redondas, el vientre firme, el sexo en el que se demoraba largos segundos si los segundos pueden ser largos, las piernas de jade. La lenta cascada que brotaba de su sexo y anegaba los muslos, las corvas, las pantorrillas, los tobillos, los pies. Te gustaría ser la esponja que frotase la anatomía que casi diariamente excitaba tu fervor. Ni un flaco psicópata dirigido por un cineasta barrigón hubiera podido romper el encanto de aquellos cinco minutos inolvidables y húmedos. Después, si hacía buen tiempo, salía al balcón a secarse y evocabas, dado tu mal gusto musical, una canción de Serge Gainsbourg ‑todos cometemos errores: para eso están las frases hechas‑ que atronó algunos meses de tu adolescencia. Je suis une poupée de cire / une poupée de son / mon coeur est gravé dans mes chansons / poupée de cire poupée de son. La observabas y pensabas en los vencejos dando vueltas en el aire, comiendo, copulando, durmiendo en el aire mucilaginoso que se cernía sobre la triste España. Nunca debiste abandonar Francia, France Gall, le decías en silencio a la mujer que, apoyada en el balcón, contemplaba el río o leía algún libro o fumaba un cigarrillo o bebía una cerveza de un color similar a su piel. En invierno se ponía un albornoz, se recostaba en una tumbona y escrutaba el cielo, como tú, un cielo gris del que habían huido los vencejos. En ocasiones, los hijos, una niña y un niño de entre tres y cinco años, se sentaban en el suelo del balcón junto a su madre. Un día de junio, France cumplió el ritual acostumbrado, el que tú estudiabas complacido, ausente y feliz. Entró en la ducha y ejecutó los gestos que sabes de memoria.

Después sale al balcón desnuda, bajo el sol abrasador de la primavera, bajo un cielo oscurecido por los incendios. Sale desnuda al balcón y el sol, tamizado por las nubes incendiarias, socarra su piel todavía húmeda. Je n’suis qu’une poupée de cire / qu’une poupée de son. Entra al piso, reaparece con una lata de cerveza, mira al cielo, luego hacia abajo. Enciende un cigarrillo y el humo asciende, casi inmóvil al principio, después serpentea un rato y se hace invisible. Desde el balcón cuentas veinticuatro vencejos y cuando vuelves a mirarla, France no tiene el cigarrillo en la mano. Bebe y se pasa el dorso de la mano por el mentón. Gira la cabeza, mueve los labios y al cabo de unos segundos aparecen los hijos a su lado. También están desnudos. Los tres permanecen quietos y en silencio, como si esperaran algo o a alguien. Como si el tiempo no transcurriese en aquel balcón. Te gustaría saber qué está ocurriendo. Ella entra y vuelve a salir con otra cerveza, se inclina para decirles algo a los niños y a continuación los besa: dos besos fugaces, imposibles de fotografiar, en los labios de la pareja, como un insecto que se posa un instante en un pétalo y sigue volando. La francesa coloca una banqueta al pie del balcón y los tres se aúpan: ahora la barandilla a la mujer le queda a la altura de las rodillas y a los niños por la cintura. Ignoras qué sucede, qué juego o ritual está teniendo lugar en el piso 9º de la torre sur aunque intuyes un incierto peligro que te alerta. Gritas y gesticulas pero ellos no te hacen caso, ajenos a la vecindad, al mundo, a la vida. Los tres, casi al unísono, colocan sus piernas derechas sobre la barandilla: el niño, el más pequeño del grupo, tarda un poco en conseguirlo. De repente, la madre coge a sus hijos de las manos, con la derecha la izquierda del niño, con la izquierda la derecha de la niña, les ayuda a colocarse de pie sobre la barandilla, luego se alza ella, dudan un instante como si los agitara el viento y saltan al vacío. No se soltarán las manos hasta estrellarse contra el asfalto, horror al que no quieres asistir. Mais un jour je vivrai mes chansons. Todo queda en silencio, como fosilizado: el río, las aves, los vehículos. Nada sucede. Nada sucede porque todo ha sucedido ya. No hay futuro. No hay futuro, no hay futuro. Suena una sirena y el mundo se pone en marcha. Hacia el desastre pero en marcha.

Fin del Festival de Eurovisión.

LA TÍA ELVIRA

Aquel fin de semana sus padres tomaron un tren para asistir al entierro de algún familiar en el otro extremo de la península y la tía se instaló en el piso para hacerse cargo de él. Nunca descubrirá el funcionamiento de eso que llaman memoria así que el recuerdo que ahora tiene de Elvira es el recuerdo de un recuerdo: el recuerdo actual de Elvira tal como la veía cuando cargaba catorce años y acaso lo mejor de nuestras vidas suceda siempre en la memoria. Sabe con certeza algunas cosas de Elvira: que tenía los ojos negros y el cabello oscuro y, a través del niño que fue, que era alta y hermosa y que usaba un perfume que cada vez que le daba un beso lo inquietaba. Sus padres se ausentaron porque alguien había muerto en el quinto infierno y era imprescindible ir de luto, loar las bondades del cadáver que en vida seguro que fue un hijo de puta como todos, humedecer los ojos de sentidopésame y beber un anís a la memoria del ausente. El ritual de la muerte es el único respetable de todas las ceremonias con las que enmascaramos nuestra podredumbre.

Elvira se instaló en el piso un viernes y aquel inmueble hosco, con aire de mausoleo, muebles que crujían y el tic‑tac de un reloj de péndulo, se transformó con su perfume. Era como vivir en otra casa. En el tocadiscos sonaba una música inglesa y ella bailaba por las habitaciones, ventilaba los dormitorios que olían a cerrado, fumaba cigarrillos rubios, canturreaba por el pasillo, le regalaba besos inesperados y otros pretéritos imperfectos que convirtieron el piso en algo irreconocible, así que intuyó que la felicidad estriba en la lejanía paterna. La felicidad de la ausencia. La libertad. Pero en toda felicidad sobreviene la debacle y aquel fin de semana venturoso, el cataclismo sobrevino el sabbath, después de que Elvira, como si tuviese diez años menos, se sentase en el borde de su cama, le leyese unas páginas de Las aventuras de Tom Sawyer, lo besase en la frente con el perfume que clausuraba los ojos y, después de apagar la luz, cerrase la puerta de su cuarto dejándolo en compañía de eso que a falta de un nombre mejor denominaremos deseo. Los larguísimos insomnios con los párpados cerrados. La cuenta de los rítmicos latidos del corazón. Uno, dos, tres, cuatro. Sueña despierto. Es Tom, Tom Sawyer. Seis, siete, ocho. Se escapa de la tiranía de la tía Polly porque quiere ir en busca de Huckleberry Finn. Once, doce, trece. Quiere demasiadas cosas: abandonar la aldea, ser rico y popular, casarse con Becky Thatcher.

Descubren, Huck y él, el cadáver del doctor Robinson. Alguien ha asesinado al doctor, alguien temible. Joe el Indio. Diecisiete, dieciocho. Si Joe sabe que su amigo y él están al tanto de la fechoría, sus vidas son despreciables. De eso está hablando con el bueno de Finn cuando percibe unos ruidos y una especie de lamentos que lo mismo puede ser de gozo que de dolor. Se incorpora en la cama para escuchar: un pequeño cascabeleo metálico, el susurro de unas voces y, ocasionalmente, un quejido que parece extenuarse en el mismo momento de ser proferido. No es el doctor Robinson agonizando aunque hay algo de fúnebre en la voz, algo exultantemente fúnebre. Los ruidos se acompasan a la voz que, intuye, alguien profiere con los labios entreabiertos. Se yergue y sale silencioso al pasillo. Presiente, de nuevo, la catástrofe. Oye los susurros, como un diálogo mantenido por dos conspiradores ‑un hombre y una mujer‑ que se funden con esporádicos zurridos. Camina descalzo, de puntillas, hacia el lugar del que proviene el alboroto. La noche oscura del pasillo, ese túnel conocido y a la vez incierto. El peligro de lo familiar. Ya está en la puerta de lo que sus padres llaman pomposamente la habitación de invitados. Ahora son más claras las voces, sí: un hombre y una mujer. Distingue palabras incoherentes en el mal trabado discurso de Elvira y cierta hilaridad en las palabras del hombre. Asoma el rostro por la puerta entreabierta y a través de la lechosa claridad de las farolas que se filtra por los listones de la persiana a medio bajar, ve la espalda del hombre, que sube y baja. Las piernas de Elvira se enredan en la parte posterior de los muslos del desconocido y las manos de uñas rojas, aferradas cerca de la cintura, se crispan dejando marcas a los dos lados de la columna vertebral; a veces aflojan la tensión y se deslizan desde los omóplatos hasta las nalgas como dos insectos enormes. Los perfiles de ambos se funden en uno solo y parte del cabello de Elvira, de la tía Elvira, se atropella sobre la almohada. Las piernas de la tía se cruzan en los glúteos del hombre y piensa que si ella soltase las manos y los pies aferrados al cuerpo masculino sucedería algo terrible e irreparable. Ya no hay palabras, solo jadeos. Percibe otros olores mezclados con el perfume de Elvira, sudor, tal vez, y tabaco, el mareante aroma del alcohol. Ahora se produce un silencio que presagia algo innombrable o algo que no tiene nombre y, de repente, la tía Elvira profiere un quejido que no es tal sino una algarabía pajarera que alcanza la categoría de grito sin llegar a serlo y las uñas rojas se clavan en la espalda del desconocido unos segundos, hasta que se despegan de la carne masculina y ambos brazos se extienden hacia uno y otro lado de la cama como la parodia de una crucifixión. El hombre mueve el culo con un espasmo violento y definitivo y abate la cabeza de perfil contra las tetas de la tía. Luego permanece inmóvil. Joe el Indio y el cadáver del doctor Robinson. Lloroso, lloroso sin saber por qué, e inconsolable, se retira a su cuarto.

HEMORROIDECTOMÍA

Todo se va cumpliendo tal cual se lo aclaró el médico de cabecera. Ingresó en el hospital, sometido a ayuno de anacoreta, y lo condujeron a ese lugar impreciso denominado quirófano que no es un lugar sino un estado de ánimo donde no transcurre el tiempo o donde el tiempo transcurre de distinta forma para el paciente y para el personal del centro, enfermeras y una anestesista, la doctora Montes, que se presenta e informa en un idioma hermético: le va a poner una raquianestesia, una anestesia local por vía raquídea, introduciéndole entre las vértebras lumbares L3‑L4 una dosis de ropibacaína que lo dormirá de cintura para abajo, valga decir, estará medio muerto.

Todo se va cumpliendo tal cual. Ahora se mantiene en vergonzosa actitud ginecológica, cara a las blancas luces celestes, con las piernas apoyadas en las abrazaderas; a esta lamentable postura parturienta le condujeron las traidoras almorranas externas, cuyos dolores no paliaba el explosivo cóctel Molotov de Hemoal, Trombocid, Hemorrane y Mitosyl que se aplicabas en el recto, ungüento que ni el más osado de los druidas habría concebido jamás: ni la fórmula de la cocacola es tan retorcida.

Dos cirujanos, uno de ellos de apellido extranjero, observan la zona afectada por las dilataciones varicosas de las venas del recto. La gente relata sus operaciones a los resignados oyentes ‑implantes, cataratas, hernias, roturas, desgastes, partos‑ pero mantiene en secreto la hemorroidectomía, como si la almorrana fuese el síntoma de una perversión. En España se confiesa antes un latrocinio que una hemorroide.

Todo se va cumpliendo. Tres enfermeras, que a partir de ahora estarán al tanto de sus debilidades, de esa debilidad anal que lo hace humano, se azacanean en torno a la camilla y el doctor extranjero esgrime el bisturí como un gladiador una espada. De alguna forma, pese a la anestesia, nota que está hurgando en ese lugar sagrado e íntimo y recuerda la operación de fimosis a la que se sometió a los dieciocho años: otros dos cirujanos, mientras uno de ellos le mondaba el pene que hasta entonces sólo él había manipulado, hablaban entre sí de las secuelas del mayo francés del 68 y de los presuntos achaques del duendecillo de El Ferrol (del Duendecillo); los de ahora parlamentan acerca de la crisis, de los hijos en el extranjero y de fútbol. El del bisturí eléctrico, en tanto secciona las venas varicosas, propone la salida inmediata del euro y el retorno a la añorada peseta y el otro lo contradice. El paciente es sólo una coartada para que ellos dialoguen. Qué poca importancia le prestan a su culo.

Todo se va. El diestro del bisturí (oreja y vuelta al ruedo) cauteriza la zona ya limpia de las malvadas excrecencias: unos se someten a cirugía para retocar su cara pero él, pobre calamidad, padece cirugía para mejorar su culo. ¿No va a dolerme nunca más?, pregunta. El cirujano observador tiene su punto de cruel gracia hispana y olé. Depende de lo que haga usted con él, responde, y el personal sanitario rompe a reír, ja, ja, ja.

AJUSTE DE CUENTAS

Fuiste hasta el cementerio situado en la falda de un monte en el extremo opuesto al lugar donde vives. El chirlazo del río divide en dos la geografía de una ciudad que carece de nombre y que ha cambiado desde tu infancia: era entonces, o así la recuerdas, un ámbito de tascas, casinos, iglesias, hornos, colegios, ultramarinos, peluquerías de barrio, zapaterías, patios de luces con ropa tendida. No cabe consuelo alguno: la geografía es un azar. Te acercas hasta la tumba de tu padre y no sabes el porqué de tal acto irreflexivo. Lees el nombre, las fechas del nacimiento y de la muerte, te preguntas qué te vincula a él como no sea el destino venidero de morir. Tu padre viajaba y cada vez que regresaba a casa mantenía una disputa con su mujer. Cuando él se ausentaba el piso se hundía en un silencio sepulcral. Nunca supiste gran cosa de tu padre salvo sus súbitos accesos de ira que padeciste en más de una ocasión; si tuvieses que elegir una imagen suya, sería la de un hombre exaltado y feroz que te perseguía con un cinturón en la mano. No sabes el motivo por el que ahora estás delante de su tumba, paralizado bajo un cielo en el que una nutrida bandada de estorninos gira formando inverosímiles figuras. Los estorninos, sus enloquecidos quiebros, fueron uno de los juguetes preferidos de tu infancia. Los estorninos. El fútbol en los parques. Los churros de los domingos. La Enciclopedia Universitas, Salvat Editores, segunda edición, 1954. Los correazos de tu padre. El truco, el escondite, la pídola, los árboles, los cines. Los latigazos de tu padre. El colegio, la misa, los deberes, el primer cigarrillo y los zurriagazos de tu padre. El paraíso de la niñez: otra estafa como el paraíso católico: el gran fraude de la fe. La primera borrachera, el primer amor y los vergajazos de tu padre a los que te enfrentas aferrándolo por la camisa mientras mamá llora tratando de separaros. Después ocurrió el accidente, la hospitalización y la muerte que celebraste con embriaguez. Ahora estás de pie delante de la tumba de tu verdugo y no te conmueven ni la piedad ni el perdón ni la nostalgia. La gris figura paterna, su vacío fantasmal. Te duelen más los golpes que el olvido y sabes que jamás vas a perdonarlo.

EL REENCUENTRO

Uno estaba acostumbrado, más o menos acostumbrado, a que los muertos se apareciesen en lugares estratégicos, espacios que desde siempre ocuparon esa realidad entre la leyenda, la tradición, la historia y la cultura en la que el alma del vizconde de Klöemel cruzaba a caballo por la lejanía o la abuela Lola, muerta cuatro décadas atrás, se plantaba en la cocina de lareira y comía castañas con la familia dándole primicias de lo que a uno le aguardaba cuando pasase el trance que tan atinadamente glosó Jorge Manrique, entre otros. Eran tiempos distintos: los muertos estaban en los libros, en las películas, en los sueños y en la tradición: fuera de ahí sólo ocupaban el espacio de los chistes de humor negro al tercer gintonic. O al cuarto, allá cada cual. Acaso alguna vez (seguro que lo escribió Cunqueiro) mientras uno iba a llevar flores a la tumba de un familiar, viese cómo un cadáver levantaba la lápida de la suya y se ponía a adecentarla con una esponja humedecida en agua tarareando Cuando salí de Cuba o algo por el estilo. Pero el prestigio de los cadáveres mengua y ahora ocupan espacios neutrales e incluso impropios de su categoría; por ejemplo, hay escritores que son cadáveres desde hace años aunque sigan ganando premios y aparezcan en los suplementos literarios porque se repiten y se plagian a sí mismos desde que cumplieron los cuarenta, convirtiéndose en parodias o caricaturas: varía la carátula del libro pero el contenido es el mismo. Hay, es indudable, cadáveres políticos que no es necesario señalar; creo firmemente que en la conferencia episcopal también existen y huelen a cloroformo. Pero tales digresiones impertinentes me alejan del objetivo: la aparición de muertos en convenciones como, por ejemplo, comidas de empresa (a las que no asistí jamás), de exalumnos (a las que no asistí jamás) o de reclutas de un determinado reemplazo (a las que no asistí jamás). Sin embargo, las navidades pasadas me topé con uno de esos cadáveres en un bar, lo que demuestra que existe una epidemia y que nos están invadiendo. Estaba yo bebiendo el vino ritual de las tardes, cuando se me aproximó un sujeto de mi edad, de pelo canoso y buen aspecto que, como de costumbre, hizo la pregunta que a todo ser indefenso pone en alerta: “¿Te acuerdas de mí?” Como la pregunta ya me la hicieron alrededor de tres docenas de veces, opté por la respuesta que suelo aplicar para no perder el tiempo con acertijos: “Para nada”. Se presentó, dijo su gracia, un nombre común en los listines telefónicos (si siguen existiendo) y en las esquelas, que me resultaba vagamente familiar y apuntó el dato concreto que según él establecía una relación irrebatible entre ambos. “Fuimos compañeros de curso en el colegio”. En un instante brevísimo pero que dio de sí como un chicle, repasé mis once largos años de alumno marista: recordé fisonomías, nombres de compañeros, habilidades de unos y de otros en distintos deportes, las flores a María en los meses de mayo, evoqué a profesores y hasta me dio tiempo para conceder que quizá mi memoria fuese injusta con el profesorado marista y le debiese más de lo que yo creía: determinados principios, la memorización de numerosos poemas, el amor por la literatura. Cierto que ellos, los profesores, solían recomendar a autores que no dejaron huella en mí pero, por reacción, uno iba a buscar (a Tanco, naturalmente) a aquellos otros que ellos repudiaban por rojos, por comunistas, por ateos, por borrachos, por homosexuales o simplemente por extranjeros. Nada bueno podía venir de más allá de nuestras fronteras salvo el beato Champagnat, elevado posteriormente a santo. Mi acompañante, que como acto de cortesía y complicidad me invitó a un segundo vino, hizo un repaso de colegas y evidenció las cualidades que los hacían singulares. A cada nombre (que, insisto, me sonaban de manera muy vaga, como sucede con los rostros de las personas que no conoces en una ciudad pequeña como la nuestra pero que te resultan familiares de cruzártelas una y otra vez por la calle y que crean en ti el desconcierto de “¿a éste de qué demonios lo conozco?”) añadía una particularidad: Fernando López (anda que no habré tratado yo a Fernandos López) era un fenómeno en fútbol. “¿Te acuerdas?”. Dije que sí pero no, como hice con todos los siguientes: Luis Álvarez suspendió todas en junio y las aprobó en septiembre. Guillermo Díaz, el de baloncesto, que después pasó al instituto. Moncho Fernández, que coleccionaba matrículas de honor y ahora tenía una empresa de alquiler de coches. Chomín Crespo, que actualmente era concejal no sé dónde. Largó (estábamos en el tercero vino) una nómina onomástica con sus correspondientes características, ora virtudes, ora defectos, y remataba con el soniquete “¿te acuerdas?” al que yo respondía contundentemente que no, en ocasiones con algo como “si, me parece recordar” o bien “vagamente, creo que sé quién era, sí”. Anochecía ya en una de esas tardes breves de diciembre enfoscadas de villancicos y luces de colores y dos mil reproducciones de Papá Noel cuando mi compañero de barra decidió que ya era hora de poner fin a nuestro encuentro, aquellos cuarenta minutos que depositó ante mí restos de un pasado definitivamente extinto y las señas de identidad de desconocidos por los que no sentía nostalgia alguna. Algo debo anotar a su favor; no ejecutó la insidiosa pregunta que acostumbran a hacerme con cierta frecuencia: “¿Qué? ¿Sigues escribiendo?”, que suena a “¿sigues fumando?, esos vicios. Me quedé mirándolo mientras se alejaba; al acercarse a la puerta se giró, me dedicó la más amplia de las sonrisas, me señaló con el dedo índice de la mano derecha como si fuese una pistola y dijo en voz alta: “¡Qué bien los pasamos en los salesianos!” Pedí un innecesario cuarto vino. Vi alejarse al muerto por la acera, sonreírme desde el cristal de la ventana, perderse en la noche, la misma noche en la que yo me quedé anclado, rodeado de cadáveres que me hacían señas desde un ayer tan remoto como indeseable.

LA DENUNCIA

La chica presenta la denuncia en la comisaría con voz insegura y temblona: que estaba paseando como casi todas las tardes de su vida yendo de aquí para allá por la orilla del río, sin meterse con nadie, pensando en sus asuntos, pensando que algún día tendría que abandonar el oficio y buscarse otro empleo, cualquier empleo por humilde que fuera porque las cosas pintaban muy mal, cada vez tenía menos clientes y los ingresos apenas le llegaban para pagar la habitación con derecho a cocina en la que vivía desde que se marchó de casa a los diecisiete años ‑y aquí la historia tomaba la deriva de una telenovela‑ embarazada a saber de quién y entregó el hijo en adopción a cambio de una cantidad ridícula que entonces le pareció una fortuna, y que todo eso pensaba y recordaba esta tarde como un aluvión de nostalgia y recuerdos, una cellisca que en vez de agua y nieve fuese de nostalgia y recuerdos mientras

(música de bandoneón, maestro, por favor)

la chavala linda como una flor ‑si no hay que atenerse a una rigurosa exactitud fisonómica‑ esperaba coqueta no necesariamente bajo la quieta luz de un farol cuando se le apropincuó un gil apoyado en el tronco de un árbol y sin mediar palabra le exigió dinero a punta de estilete o realmente sí medió palabra le dijo que:

‑no podés laburar acá en la orisha del río que era territorio privado y que en todo caso si querés laburar acá en la orisha del río

en la veredita leprosa donde ella gambeteaba la pobreza o caminito que todas las tardes feliz recorría él sería su macró el que la protegería de los bacanes indeseables y al que debería dar una parte de los beneficios ¿comprendés, piba? y que a modo de adelanto y compromiso de buena fe aflojás la plata que llevás encima esos pesos duraderos pero ella encima sólo portaba cinco napos para un café y para el boleto del colectivo y entonces el cafisho milonguero principió a golpiarla y naide de la chusma que transitaba por la veredita del carajo acudió a socorrerla ni discó el número de la cana por lo cual l’hijueputa mendocino la desplumó no sólo de la plata sino también del celular y lo que ignoraba la pebeta que definimos ut supra linda como una flor recurriendo a una hipérbole imperdonable era por qué el pendejo después de inferirle las trompadas no la había despojao de la medalla de la virgen de Lourdes que le había obsequiado una sor cuando entregó a su pipiolo aunque ella la agraviada no se llamaba Lourdes sino Yesika con i griega como Yenifer y con k como Karina.

Fin del teletango.