El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

ESE MOMENTO

Ese momento en el que sabes que no vas a vender un puto libro en tu puta vida. Ese momento en el que sabes que sólo van a leerte media docena de amigos, a lo mejor un crítico ocioso y cuatro colegas que te aprecian. Ese momento en el que te desentiendes de los maestros a los cuales pusiste como ejemplos a los que debías aspirar Ese momento. Ese momento en el que coges el bolígrafo y empiezas a acumular líneas y párrafos y capítulos con la certeza de que estás escribiendo para ti. Ese momento en el que descubres tus limitaciones. Ese momento en el que eres consciente de que tu nombre no aparecerá en suplementos literarios, ni en revistas; de que jamás te llamarán de una feria de libro para firmar ejemplares; de que nadie te reclamará para coloquios ni mesas redondas ni otros alardes literarios. Ese momento en el que las editoriales rechazarán tus manuscritos. Ese momento en el que eres consciente de que el mundo se circunscribe a tu despacho, a tu mesa de trabajo, a los libros que te rodean y nada más, apenas nada más. Ese momento en el que te das cuenta de que ya nada es posible fuera de una cierta decencia para escribir. De que tuviste a tu alrededor personas que confiaban en que fueras capaz de hacer algo extraordinario pero descrees ya de lo extraordinario si proviene de ti mismo. Ese momento en el que mundo se reduce a lo que diariamente te rodea, esa basura miserable. Ese momento en el que disfrutas más de lo que lees que de lo que escribes. Ese momento en el que te gustaría mandarlo todo a la mierda pero algo te impulsa a seguir. Ese momento en el que descubres que hay numerosos escritores excelentes que de alguna forma compensan lo que tú eres incapaz de conseguir. Ese momento en el que percibes que estás en una división inferior a la que te gustaría pertenecer. Ese momento en el que tu incapacidad te invita al silencio; ese momento en el que te preguntas ¿para qué seguir intentándolo? Ese momento brutal en el que el mundo se te cae encima y u optas por transigir con la maldición o decides poner punto final a lo intentado hasta ahora. Ese momento en el que en vez de esgrimir el bolígrafo piensas que es mejor abrir un libro ajeno o salir a beber un vino. Ese momento en el que te avergüenzas de lo que has firmado. Ese momento en el que tienes la seguridad de que el silencio es la mejor opción que debes admitir contra toda esperanza. Ese momento. Acaso ese momento cruel. Ese momento en el que la vida se paraliza y sales al balcón a fumar un cigarrillo y ves un cielo medianamente azul que nada te sugiere. Ese momento. Ese momento en el que estableces una rutina que te exima de escribir: salir a caminar, beber una cerveza, hablar con algún conocido, regresar a casa, leer a otros autores, ceñirte a la tristeza o a la melancolía, convertirte en presidente de la comunidad de vecinos. Ese momento en el que sabes que nunca escribirás nada medianamente digno, medianamente inolvidable. Ese momento en el que sabes que nadie se preocupará por ti, que ningún agente literario reclamará tus libros ni editorial alguna se interesará por lo que escribes, que no puedes aspirar a ningún premio, que sólo te queda esa vana esperanza, esa vana de costumbre de emborronar páginas sin ningún destino que no sea el del olvido, ese momento. Justo en ese momento, es que cuando debes empezar a escribir.

Anuncios

ESTATUAS

Hablando de gastronomía con un amigo, asunto en el que él es un experto y yo un aficionado sin más, mientras caminábamos por las calles de la zona antigua bajo un sol otoñal excesivamente tibio y casi peligrosamente veraniego, se me desvió un tanto el pensamiento de los halagos que mi amigo hacía hacia determinados restaurantes y de las pegas que les ponía a otros y en tanto él disertaba acerca de sus gustos particulares, decidimos hacer una pequeña ruta por las estatuas dedicadas a literatos que hay en la ciudad, ya que mi amigo no sólo conoce los entresijos de los fogones sino igualmente de la literatura y otras disciplinas artísticas, lo cual demuestra la amplitud de sus apetencias que no sólo de pan vive el hombre. Ya que el busto de Vicente Risco, en el barrio de A Ponte, nos quedaba a desmano, optamos por dar salida a nuestro nuevo rumbo desde la estatua de Concepción Arenal y llegar hasta los jardines del Padre Feijoo. Mientras mi amigo, al que llamaré en adelante Paco para no insistir en el hecho de nuestra amistad, alababa sin concesiones una dorada a la sal de un determinado establecimiento y cometía el imperdonable delito de catalogarla de “espectacular”, asunto que obvié dada la ya larga amistad que nos une, con esa manía funesta de adjetivar como espectacular todo lo que nos deleita o sobrecoge (una puesta de sol espectacular, un paisaje espectacular, un físico espectacular, un edificio espectacular), yo recordaba la frase de un escritor al que no pude identificar, que dice: “Las estatuas erigidas al autor marcan los límites de su gloria poética”.  ¿Son las estatuas los límites de esa gloria póstuma o contienen un significado de perdurabilidad?, me pregunté delante de la de Blanco Amor, en los jardines del Obispado y detrás del Liceo, entidad por la que pasaron notables no sólo de la literatura sino de otros campos. Intercambiamos nuestras miradas con la seria de Ferro Couselo al amparo del Museo Arqueológico y seguimos caminando hacia la plaza de la Imprenta, donde un quintaesenciado Castelao yace con aspecto humilde tan cerca del barrio chino que un día albergó glorias ya extintas, anécdotas que pasaron a formar parte del imaginario colectivo o a aliñar páginas de algunas novelas o de las crónicas de sucesos que el buen periodismo es otra forma de literatura. Ascendimos hasta la plaza del Corregidor, en la que un pletórico Otero Pedrayo parece estar dando una conferencia ante un público invisible y después bajamos hasta la denominada popularmente plaza de los Ramones: allí están mirando cada uno hacia un punto distinto del horizonte, Valle‑Inclán y Cabanillas: dos pontevedreses acogidos al territorio ourensano. Paco y yo mezclamos la gastronomía con el hecho de que no hay excesivas estatuas dedicadas a literatos en la ciudad aunque sí quedan huellas de ellos en placas (aquí nació, aquí vivió, aquí escribió, aquí murió) o en el nombre de las calles: José Luis López Cid, Filomena Dato. Cervantes tiene un oscuro callejón con rastros de puterío. A Valente le han dedicado un centro cultural que mucha gente aún llama el Banco de España, el Simeón mantiene ese nombre que a veces se reemplaza por el actual, Marcos Valcárcel. Nos preguntamos uno al otro quién merece una estatua. ¿Carlos Casares, por ejemplo, López Cuevillas, Xocas?  ¿Establece la calidad literaria, o el trabajo de investigación, el hecho de que se erija una estatua a un autor o pesa asimismo la importancia local, el azar de haber nacido en la ciudad, para que decidan inmortalizarlo en bronce o en piedra? Abogamos por pensar en ello seriamente y entramos en un bar de la calle Lepanto, la antigua rúa da Obra, y regalarnos con un par de ribeiros. Paco hablaba cada vez menos de gastronomía y, de repente, quiso saber si en la categoría de literatos o de personajes literarios, O Carrabouxo de Xosé Lois merecía una estatua. Yo, aunque callé, estaba convencido de que sí: O Carrabouxo la merece y, aparte del fauno de Xaime Quessada a cuyo pie se rinde homenaje a personajes de los tebeos (incurro deliberadamente en lo de tebeos), a mí no me importaría, todo lo contrario, que hubiese monumentos dedicados a Mortadelo y Filemón, a Asterix y Obelix, a Carpanta, a doña Urraca, a Tintín, como en la hermosa canción de Sisa Qualsevol nit pot sortir el sol. Tengo claro que prefiero la irrealidad de estos personajes al busto de un político del signo que sea. Incluso no sería disparatado erigirles estatuas a  aquellos personajes que sin ser estrictamente literarios llenaron de leyendas mi infancia, ya remota: El Capitán Bombilla, La Concha, El Cepo, Toñito Patata, que fueron esenciales para otorgar categoría legendaria a Ourense y formar parte ya de la mitología popular. Realmente, una ciudad como la nuestra, si uno empieza a escarbar, debería erigir una estatua cada pocos metros a sus literatos, a sus pintores, a sus escultores, a sus médicos, a sus fotógrafos, a sus empresarios, a sus arquitectos, a sus estudiosos,  porque basta expurgar un poco para darse de bruces con el talento de mucha gente. No sólo las personas famosas vinculadas al mundo de la literatura y demás artes merecen una estatua (si es que alguien la merece, a saber): también las gentes del común, por decirlo de algún modo, que le van dando a la ciudad la categoría de su esencia. Yo siempre fui partidario de erigirle una a La Chichona: jamás tuve la fortuna de conocer a esa mujer, esa puta legendaria, acerca de la cual los mayores nos contaban hazañas que de ser ciertas, amontonaban en su cuerpo más cadáveres que Agustina de Aragón largando cañonazos contra las tropas francesas.  Así transcurrió la agradable mañana: pasamos de la gastronomía a la literatura y al final ya nos enfangamos, sin nostalgia, en los personajes de nuestro pasado que tienen en la memoria la misma consistencia que Guillermo Brown porque en la vida de uno es tan importante don Quijote como aquel guardia municipal que te hurtaba el balón por jugar al fútbol en el parque de San Lázaro. Para rematar esa mañana de agradable tertulia, entramos a comer a un restaurante y el camarero nos alertó de que allí comía con frecuencia Baltar. Paco, que a veces tiene una vena cáustica muy particular, con tintes anarquistas, le preguntó: “¿Y ése quién es? ¿Tiene alguna estatua en la ciudad?” Sospecho que antes o después erigirán alguna. Pedimos de primero caldo y de segundo lubina. Elegimos un Sanclodio para acompañar la jornada gastronómicoliteraria.

ARROZ CON LECHE

La nostalgia es el arroz con leche de la vejez. Ignoro por qué, pese a la afición que los niños suelen tener por el dulce, jamás fui capaz de probar un bocado de ese postre que se servía en bandejas ovaladas que, por lo general, tenían un borde azul y que remiten a un tiempo ya concluso, como tantas cosas. Aquella gollería (escribir gollería es incurrir en nostalgia), con su capa de canela, siempre me proporcionó algo que tiraba más hacia el asco que al desasosiego, como si su textura, entre lo sólido y lo líquido, fuese un experimento nefando, similar al puré. Nunca entendí que alguien pudiese gustar del puré de patatas (aunque lo ornamenten con una floración perejilera) pudiendo comer patatas fritas o patatas cocidas: me parecía que era una forma de degradar el tubérculo, si la patata es un tubérculo, haciéndole perder su esencia sólida y contundente: si ese templo gastronómico que es McDonald’s no pone en sus hamburguesas puré de patatas sino patatas fritas, por algo será, coño. Así que cuando uno ya cumplió sus años más o menos decorosamente (expresión que no significa absolutamente nada pese a la eufonía), un buen montón de años, y los médicos le recomiendan no acercarse al azúcar (ni a muchas otras cosas; en definitiva, te recomiendan no vivir), la vida, a través de intermediarios, te suministra la falsificación del arroz con leche: la nostalgia. Quede claro que no soy de los que ven la grisalla del NO-DO  y lloran; es más, si me quieren someter a una tortura irreprochable, pongan ante mis ojos esa sucesión de fotografías que se inician cuando uno está en la cuna todavía con cara de feto, y sigan con la progresión clásica: haciendo castillos de arena en una playa, primera comunión, corbatita para el primer fin de año en el Liceo, amarrado a los colegas de final de Bachillerato, grapado a los conmilitones del servicio militar, ostentación de los primeros vaqueros acampanados, sonrisa alcohólica de un magosto, foto con tu novia en el monte, otras del día de la boda, acunando hijos y después ya lo que viene y que sigue siendo lo habitual de la anterior exhibición; hasta que te muestran una actual (posiblemente tomada a traición, con el móvil) y uno se pregunta qué demonios de línea consanguínea se puede establecer entre el gilipollas de la cuna y el actual con su barriguita, su alopecia, sus gafas y las hondas cicatrices de la existencia. A lo mejor nuestra vida es sólo eso: instantes. Hay perversos que malinterpretan a Jorge Manrique y señalan sus versos más conocidos: Cualquiera tiempo pasado/fue mejor. Cita errónea, torticera y tramposa. Don Jorge Manrique escribió eso, sí, pero el verso anterior señala la clave de la decadencia: Cómo a nuestro parecer. Y nuestro parecer no siempre es objetivo, todo lo contrario. Aunque descreo de ello: la vida me parece infinitamente mejor hoy, ya entrando en la vejez, que cuando me bañaba en el río, me enamoraba con afeites wertherianos y creía que el futuro era una extensión ilimitada plagada de resortes para la felicidad. La nostalgia ataca por vías numerosas y agresivas: un día te encuentras en el whatsapp una fotografía  de un curso en el colegio cuando tenías doce años y te preguntas quién demonios será aquel chiquillo con cara de espantado que vagamente te recuerda a ti y hasta quieres anular las posibles correspondencias que existen entre el infante y el tipo que eres hoy, cincuenta años más tarde. Porque si llegas a reconocerte y a aceptarte, antes o después caerás en una de esas comidas de exalumnos donde se cuentan las imbecilidades más prosaicas adornándolas con la orla de la fantasía legendaria. Rebuscar en ese álbum de fotos que conservó tu madre es darte de bruces con un desconocido del que eres incapaz de desvelar qué lazos, de cualquier tipo, lo encadenan al que hoy eres. La nostalgia es eso que ya recogió (si no lo hizo, fue un error) Max Aub en sus Crímenes ejemplares: cuando te invitan a una casa y después de la comida alguien anuncia: Y ahora, el postre, chán, chán. Y de postre hay… arroz con leche, exacto. Por educación tratas de escaquearte y alegar que el médico te ha advertido que tengas cuidado con la glucosa. Alguno de los comensales insiste: Por una vez que te saltes las normas del médico, no pasa nada. Concluyes, casi con los ojos cerrados, la porción de arroz con leche que te sirvieron. Uno es, en el fondo, educado. Pero la cosa no termina ahí; otro de los comensales propone: Venga, un poquito más, hombre, que este postre lo borda Amparito. Y te sirven una nueva ración que tragas con ganas de vomitar. Cuando concluyes, otra vez te invita a repetir: No nos vas a hacer un feo, vamos, una última ración y terminamos; es una vergüenza dejar ese poco. En ese momento, si fueses uno de los personajes que Aub incorpora a su libro, te levantarías, esgrimirías el cuchillo del asado (que, además, sirvieron con puré de patatas) y exterminarías a todos los que te rodean desparramando luego los restos de arroz con leche encima de los cadáveres ensangrentados. Quede claro, pues, que no me gusta el arroz con leche. Tampoco la nostalgia.

MON SEMBABLE

MON SEMBABLE, MON FRÈRE

Creo que es en la novela Trilogía de la geurra, de Agustín Fernández Mallo (Seix Barral, 2018), con la que el escritor coruñés obtuvo el premio Biblioteca Breve, donde el protagonista acude a una biblioteca en busca de un libro determinado y se sorprende al encontrar en sus páginas anotaciones manuscritas, lo que inducen al personaje a especular quién y por qué y cuándo pudo haberse interesado antes que él en ese preciso volumen. No recuerdo, sin embargo, si Fernández Mallo le dedica a la anécdota unas líneas breves o unos párrafos. Pero esa coincidencia me llevó a un asunto personal que tuvo lugar, si no me equivoco, en el año 2012, cuando acudí a una biblioteca para hacerme con un ejemplar de La marcha Radetzky, de Josep Roth: a día de hoy, después de haber leído media docena de novelas de este Roth, me sigue pareciendo su obra más conseguida. Afortunadamente, en la actualidad la editorial Acantilado está sacando la mayoría de obras de este autor de origen judío, nacido en el imperio austrohúngaro y que vivió a lomos de los siglos XIX y XX. Cuando Roth intuye que el inolvidable autor de Mein Kamp y sus secuaces van a armar la de Dios es Cristo por la fruslería de unos ojos azules y un cabello rubio y compondrán una sangrienta sinfonía que bailará medio mundo, lía el petate y se larga a París, donde se suicida escrupulosa y lentamente con alcohol en 1939 a los cuarenta y cinco años. Llegué a casa con el préstamo de la biblioteca y mi sorpresa fue mayúscula (perdón) cuando en una página en blanco que precedía a la del título y nombre del autor, descubrí que alguien antes que yo había sacado el libro de la biblioteca; confieso que me gustaría conocer al lector metódico que consignó a lápiz, con caligrafía meticulosa las siguientes notas textuales (que fotocopié y tengo ahora mismo a mano, mientras redacto este artículo): “Solferino. Población de Italia, prov. de Mantua. 2.035 hab. Restos de un castillo. En ella Napoleón III derrotó al ejército austríaco al mando del emperador Francisco José I (1859)”. Y: “Radecky o Radetzky. Juan, José, Wenceslao, Francisco Carlos. Conde de Radetz. General austríaco (1766-1858). Después de la batalla de Marengo, fue destinado al ejército de Alemania, en el que brilló por su valor y prudencia. Sus hazañas, tan numerosas como heroicas, han dado origen a una extensa bibliografía. Vivió 92 años”. Y ““Radetzky Marsch”. Compuesta por Johann Strauss, padre, en el año revolucionario de 1848-1848, März. In Wien wurde Metternich unter dem Druck der Revolution entlassen. Das erwachte National‑Bewubtseinder Ungarn. Tschechen Und Italianer bedrothe die Existenz des Vielvölkerstaates Österreich”. Estas cosas, naturalmente, establecen un vínculo repentino entre quien me precedió en la lectura y disfrute de la obra de Josep Roth, en este caso, y que, me dio a entender, a modo de clave o de mensaje escondido, manuscribió esas anotaciones para que quien abriese con posterioridad el libro, tuviese algunos datos históricos relevantes que hicieran comprensible la lectura, facilitando detalles que podrían pasar inadvertidos. Este tipo de azares (con un libro, con la música, con el cine) suelen crear extrañas correspondencias entre personas que posiblemente no vayan a conocerse nunca pero siempre se siente una especie de afecto con ese hombre o esa mujer que antes que nosotros ha desbrozado el camino que vamos a seguir, como si estableciese ciertos hitos que nos hacen más llevadera la lectura. Deduje, acaso con ligereza, que era una persona de edad: la esmerada caligrafía difícilmente podía corresponderse con un joven y la atribuí a alguien que había estudiado esa asignatura hoy desaparecida; deduje, acaso con ligereza, que esa persona vivía sola en un piso amplio heredado de sus padres, tal vez en compañía de algún gato orondo y se pasaba las horas leyendo cuidadosamente libros de historia o ficciones. Tuve ganas de dirigirme al personal de la biblioteca y pedirles que me proporcionaran una lista de lectores que se hubiesen interesado con anterioridad por la novela de Josep Roth y emprender una búsqueda a base de investigar en las guías telefónicas que hoy cayeron en desuso. Quizá un día, después de llamar a numerosas puertas, me abriría alguien, un hombre o una mujer de edad, que me confirmase que sí, que había sido él o ella quien recogió el libro en la biblioteca y manuscribió aquellos datos que prevenían a un futuro lector. E imaginé que me invitaba a entrar en ese piso que olía a décadas ya prescritas y, mientras bebíamos un café, ese hombre o esa mujer y yo manteníamos un diálogo cómplice acerca de las bondades no sólo de la ficción de Roth sino de la literatura y el mundo en general, como si ambos nos hubiésemos conocido hacía muchos años y recuperásemos una relación que el azar había interrumpido. Devolví el libro con la gratitud de quien ha recibido un regalo que no esperaba pero que le había hecho transitoriamente feliz.

YO PLAGIÉ A BRYCE ECHENIQUE

Ahora que uno no tiene ganas de escribir o el asunto ya no lo divierte ni conmueve y halla más placer en leer lo que escriben los demás, sobre todo si son amigos, confesaré que a lo largo de mi vida de escritor, ya longeva, hubo dos asuntos recurrentes que para bien o para mal me dieron el reconocimiento fugaz del brillo de los apellidos con los que se me vinculó. El primero que nombro es Juan Goytisolo y mi gratitud para con él y sus elogios a algunas obras mías ya la hice patente en cuantas ocasiones me fue posible (y acaso me haya quedado corto). Hay cosas que no olvidaré mientras viva. Pero otro desconcertante asunto se encastró de tal modo en mi biobibliografía que me resultó bastante aburrido casi de inmediato. Hablo del plagio de Alfredo Bryce Echenique que fusiló dos artículos míos aparecidos en la revista Jano aunque tuvo la precaución de en uno de ellos al menos, variar la expresión “en la ciudad en la que vivo” que formaba parte de mi artículo, por Madrid (como si pone Lima o Londres: perdóneseme la grosería (que no es tal): me la suda). La historia, como cualquier historia, merece ser contada con todo detalle nabokoviano así que la empezaré a modo de relato. Caminaba una mañana por la calle Toledo de Madrid donde tenía que subirme a un avión (asunto que para un infeliz como yo, si no va acompañado, constituye una tragedia ya que tengo la seguridad de que llegaré a un destino que no es el mío) para dirigirme a Barcelona a presentar La soledad de las vocales que había obtenido el premio Bruguera de novela. Era la primavera del año 2008 y recibí una llamada de un periodista de El Comercio, diario que, creo, es peruano. Me preguntó mi gracia y me dijo la suya para a continuación avisarme de que Bryce Echenique había plagiado mi artículo Las esquinas habitadas (tiempo después descubriría que hizo lo mismo con otro titulado, me parece recordar, La locura). Quiso saber mi parecer pero no supe a qué atenerme ya que era la primera noticia que tenía al respecto. Insistió el periodista asegurando que no sólo era yo el afectado sino que había al menos una docena de personas, tirando por lo bajo, víctimas de las apropiaciones del novelista peruano. La verdad es que el plagio me parece una descortesía, una indecencia y una cabronada (aunque en ocasiones acceda a la categoría de arte) pero no le di mayor importancia al asunto y de hecho me desmarqué de una especie de Asociación de Afectados por los Plagios de Bryce Echenique que llevaron el asunto a juicio y ganaron algún dinero. Recuerdo haber tratado ese dislate, con educación e ironía, en una breve nota a pie de página en mi novela Tela de araña. Sí deseo hacer hincapié en un asunto que de verdad fue lo único del embrollo que me molestó: que determinadas personas (seguramente sin ningún vínculo con la literatura pues de lo contrario no incurrirían en tal perversión) adujesen en defensa de Bryce que gracias a él yo me había dado a conocer; a lo cual yo argumentaba que el hecho de que Alfredo B. Echenique me hubiese plagiado no había aumentado en un ejemplar el caudal de mis menguadas ventas, que ahí siguen escuálidas como siempre, antes y después de la irrupción del novelista en mi apacible vida. El asunto del plagio me reportó, eso sí, unas cuantas entrevistas. Bastantes meses después recibí un correo electrónico de Bryce Echenique (lo conservo: incluso me dijo que lo usara públicamente si quería pero no lo haré) en el cual afirmaba que sus enemigos habían entrado en su casa y habían cogido artículos que él conservaba porque le habían gustado (entre ellos los míos) y que los habían enviado a revistas firmados por él y que si Fujimori, Nostradamus, la música de José Alfredo Jiménez, el pisco y las nieves del Himalaya se habían conjurado en su contra y eso. La verdad es que me alegró recibir el correo que pese a su tozudez no justificaba en absoluto el plagio y enredaba aún más el asunto pero, créanme, yo era un lector agradecido de Bryce Echenique, de quien había devorado casi todo y algunas de sus obras (para qué citarlas) me habían proporcionado horas de un placer por el que, pese a todo, yo me sentía en deuda con Alfredo Bryce Echenique. Borges tenía razón y uno se jacta de los libros que lee más que de los que escribe. Dio coletazos el asunto plagiario pero poco a poco fue calmándose aunque de vez en cuando boqueaba, como si en mi biografía, ser plagiado fuese un galardón del que enorgullecerme. Nada más lejos de mi forma de ser. Pasemos ahora, dando un salto temporal de unos cuantos años, a una década después e insertémonos, cómodamente, en el mes de marzo de 2018 y vean a este escritor jubilado, sin ideas para escribir nada nuevo (ni ganas) y consolado únicamente por la lectura (las de autores que no me resultan afines, personalmente hablando, como Pío Baroja o Mircea Cartarescu o Ambrose Bierce) y otros escritores que, además, son amigos, así que aprovecho para recordar (y recomendar) El rinoceronte y el poeta, de Miguel Barrero, y Sol poniente, de Antonio Fontana. No sé por qué esa tarde de marzo con la nieve amenazante por los alrededores de Ourense, eché mano de La vida exagerada de Martín Romaña, de Bryce Echenique, novela que me había encandilado allá por los años 80 del pasado siglo. Y empecé a leer, muy despacio, subrayando frases, anotando, volviendo a revivir el enorme placer que la obra (junto con Un mundo para Julius, Dos señoras conversan y las cuentos completos) me habían proporcionado; aunque para ser ecuánimes o tratar de serlo, hubo novelas del peruano que me desalentaron y leí más por empecinamiento que por pasión. Palabra ésta que me lleva a citar una frase de La vida exagerada que era la única que había anotado en mi lectura de 1988 (página 313 de la edición de Plaza y Janés): “cansado de buscar y de no encontrar el territorio de la pasión”.

Así pues, déjame que te cuente, limeño, que andaba yo, recién corregidas las galeradas de mi Nembrot, esquinadamente orgulloso de haber homenajeado al Cortázar de Rayuela bautizando a mi Horacio Oureiro con las mismas iniciales que el Horacio Oliveira de Rayuela, ya sabes, ese tipo de carácter extraño, mordaz  y extremadamente analítico cuando al releer La vida exagerada de Martín Romaña, me percaté, con no escasa sorpresa, de que en realidad Horacio Oureiro nada le debía a Horacio Oliveira y sí en cambio mi personaje constituía una flagrante apropiación de tu Martín Romaña, que ese exagerado, hipocondríaco, huevón, tímido y enamoradizo Martín era el modelo fiel en el que yo me había fijado para dibujar (inconscientemente) a mi Horacio Oureiro, y que tu Inés del alma mía/luz de donde el sol la toma era exactamente mi Sally y que la portera, madame Labru, había servido de espejo en el que yo, mediante una transformación arriesgada, construí al gerente del hotel L’Etoile, Monsieur Blocherond, y que como en la tuya, en mi novela había un perro pequeño y molestón, y que en mi novela, como en la tuya, había un pintor infame y que, finalmente, mi París no era el París de Cortázar, ni mucho menos, sino el París de Martín Romaña y ya a estas alturas más que empezar a pensarlo tengo la certeza de que a lo largo de mis libros, de todos o de casi todos, de mis páginas o de casi todas, no hice otra cosa que meter mano en ficciones ajenas y en este caso en concreto, en Nembrot, en la sección parisina, digo, yo actué como un corsario e invadí no sólo la geografía de tu espléndida novela sino asimismo buena parte de sus personajes, buena parte de sus tics, incluso esa manía (que yo atribuía ingenuamente al cronopio argentino) de intercalar en el discurso textos de canciones (nada rebuscadas: boleros, tangos, habaneras aunque a lo mejor las habaneras y los tangos y los boleros son más serios que una sinfonía, a saber): en definitiva: mucho antes de que tú hubieses metido mano en dos artículos míos, yo había expoliado una novela tuya que es mucho más grave, así que ahora, tantos, tantos años después, aunque no hayan pasado más de mil años, muchos más, estimado Alfredo, te pido disculpas por la invasión y, a la vez, doy al olvido ese pecadillo de haberte apropiado de dos breves textos míos y firmarlos con tu nombre porque empiezo a sospechar que, como decían algunos perversos, es un honor que te hayas fijado en esas páginas escuetas y les hayas puesto tu nombre al pie, Alfredo Bryce Echenique que es mucho más atractivo que el de un tal José María Pérez Álvarez que te sigue admirando como hace tres décadas y ojalá algún día coincidamos tras un pisco o una Estrella Galicia y continuemos este monólogo que empecé una tarde marzo de 2018, con frío pero sin aguacero vallejiano, ¿de acuerdo? En resumen, que para decir con Dios a los dos nos sobran los motivos. Ojalá sea un hasta luego, colega.

LIBROS

Alguien escribió que la literatura es una forma de vida; otro agregó una sentencia casi irrefutable: “Yo soy yo y lo que leí”.  Para quienes aman la literatura, los libros forman parte del día a día, de manera que no es extraño verlos hablarles a los libros, comentarles, en una habitación solitaria como la que reivindicaba Virginia Woolf, lo mucho que disfrutaron con su lectura, la compañía que les hicieron o, en ocasiones, el sentirse defraudados al cerrarlos, haber pagado equis euros por una superchería que, por lo general, suele exponerse en la mesa de novedades. Sospecho que de alguna forma extraña o inexplicable, los libros son seres vivos que, además, se transforman con la relectura, abriéndonos nuevas perspectivas. Es raro que una persona que lea se sienta sola. Somos, en cierta forma, lo que leemos; naturalmente que hay experiencias ajenas a la lectura que conforman asimismo nuestra forma de ser, nuestra visión del mundo que nos rodea. Pero en los libros uno halla casi todo lo que necesita: desde la recreación de tiempos ya extintos a las posibilidades de entrever un futuro que barruntamos de forma confusa y, por supuesto, una mirada más amplia al presente que nos asfixia. Una casa con libros nunca será una casa vacía. Y entre ellos, los hay familiares (esos autores a los que leímos tiempo atrás y que revisitamos como cuando entramos en el hogar de un viejo amigo), otros que nos sorprenden y deslumbran por primera vez. Los libros rectifican muchas cosas: rectifican la soledad, la duración de las noches, alguna herida que nos causó la vida, porque en ellos descubrimos que lo que estamos sufriendo no es más que una reedición del sufrimiento que padece de forma natural el ser humano desde hace miles de años y parece que esa herida cicatriza más fácilmente cuando abrimos uno de esos volúmenes y nos perdemos en él. Piensen en esas fotografías de las revistas de decoración en las que habitualmente aparecen libros que enseguida detectamos que están de adorno: por lo general carísimas guías de ciudades, quizá alguno que otro de gastronomía, reproducciones de cuadros de un pintor o guías de museos, acaso una biografía de alguien. Esos libros son un mero ornamento y es posible que jamás hayan sido abiertos e incluso, si cogemos una lupa y observamos la fotografía con cuidado, no resultaría extraño descubrir el celofán todavía intonso, casi igual que los adornos de los comercios de muebles en los que vemos una biblioteca que contiene lomos vacíos de libros sin páginas, puro ornato sin sentido, o como las enciclopedias que se apilaban hace años y que, por lo general, apenas se abrían. Recuerdo un piso en el que existía una librería dedicada a Espasa Calpe: tengo la completa seguridad, basada en comentarios de los que allí vivían, de que jamás nadie tocó esos libros salvo el plumero que se pasaba por sus cantos. Supongo que sería una forma de afirmar un estatus social o algo así. Como, más o menos, las casas burguesas de entonces en las que casi siempre había un piano y una chica joven y casadera que tocaba Para Elisa, inevitablemente, salvo casos en los que la pasión por la música era algo más que un entretenimiento para las visitas y el chocolate con pastas. Los libros son otra cosa, como dije al principio refiriéndome a alguien: una forma de vida, una manera de educarnos, de ver el mundo de distintas maneras, tanto del que lo mira con nuestros ojos como, sobre todo, de aquellos que nos obligan a observarlo de una forma distinta y dinamitan los principios aparentemente sólidos en los que nos movíamos. La soledad casa bien con los libros y, a la vez, los libros, cuando los abres, desbaratan la soledad. Porque somos, entre otras muchas cosas, lo que leemos.

SOLENOIDE

Aficionado (o víctima, a saber) del insomnio, a veces aprovecho esas largas horas de vigilia para reflexionar, que es un acto que suele doler como si uno se estuviese sometiendo una autoacupuntura con agujas de calcetar.  Después de tales intervalos, no tengo la seguridad de si lo que se mezclan sobre las sábanas deshechas son los pensamientos que malhilé al no poder dormir o algunos sueños que se colaron de matute rompiendo la frágil frontera entre el sueño y la vigilia. Me abstendré de narrar los sueños porque estoy casi totalmente de acuerdo con Javier Pastor que expone en su Mate jaque: “Los sueños narrados, propios o (sobre todo) ajenos, son un coñazo. Y una descortesía.” Digo que estoy casi totalmente de acuerdo porque con los amigos no se puede estar totalmente de acuerdo ya que de lo contrario la conversación se establecería sobre “naturalmente que sí”, “tienes razón” y eso se reserva para el matrimonio después de una década o dos (o tal vez menos) de heroica convivencia. Pues esa noche de insomnio mis pensamientos se extraviaron hacia la novela Solenoide (Ed. Impedimenta) de Mircea Cartarescu (prescindo de la endemoniada grafía rumana) en la que el autor enhebra una serie prolija de sueños que tuvo a lo largo de su vida pero que en ningún momento me enfadaron como lector, ya que se ajustan perfectamente a la trama de esa novela en mi opinión notable; siguiendo el hilo de las dispersas reflexiones nocturnas, comparé esta obra con la de Karl Ove Knausgard (prescindo de la endemoniada grafía noruega) La isla de la infancia (Anagrama): ambas relatan las infancias de los autores/narradores y ambas son extensas (498 páginas del noruego, 794 del rumano). Había oído hablar mucho y bien de Knausgard (algún temerario lo tildó del Proust del siglo XXI) y decidí invertir en conocer de primera mano su ficción que me ganó por KO en la página 153: ahí dejé amortajada la lectura.  En tanto, a mi juicio de lector, la novela de Cartarescu formaba un todo perfecto, un complejo engranaje donde los sueños, las narraciones de la infancia, la vida familiar, las amistades, la escuela, la Rumanía tétrica de Ceaucescu, el sexo, lo indecible, encajaban con una precisión admirable, Karl Ove Knausgard amontonaba datos superfluos como una reseña de fruslerías comunes a millones de infancias: del primero uno extraía placer lector y conocimiento de la vida y del mundo; del otro, una crónica aburrida que me recordó cualquier ejercicio escolar de un alumno de 12 años al que el profesor le encarga un dictado del tipo “Escriba usted minuciosamente lo que hizo ayer” y el discente amontona hechos cotidianos sin más: levantarse, desayunar, ducharse, besar a sus padres antes de salir al colegio, regresar, comer, volver a clase, escuchar las lecciones, merendar, jugar con los amigos, cenar, lavarse los dientes y meterse en cama. Puro hastío. Lo que me desconcertó, y me hizo dar el paso definitivo para abandonar cobardemente la lectura, fue el pasaje en el que el protagonista y un amigo se internan en un bosque y acuclillados sobre un tronco caído, defecan al unísono, acto, como es sabido, fundamental para conocer la esencia de cualquier ser humano o reportar una muestra a un centro de salud para que te hagan un análisis acerca del cáncer de colon: tres páginas de un mortal aburrimiento (uno parecía oler el pestazo del acto recogido en tan largo e innecesario fragmento) en las que Knausgard relata el ritual de bajarse los pantalones, hallar una postura idónea, forzar los esfínteres, excretar el producto y narrarlo como si fuese el parto de los montes: al final salía mierda y no literatura. Pese a mi demostrado amor por la escatología, aquello me superó; y más teniendo en cuenta que recordé ese mismo acto narrado concisamente en apenas media página y con elementos poéticos atractivos por un escritor gallego: “Facer un  turullo semella doado para o diletante pero o experto sabe ben da súa dificultade. Un bó turullo, un turullo que mereza o nome de tal, soamente o acada un artista cada cen anos. O turullo non se consegue nun váter convencional tipo Roca, non: precisa campo aberto e se hai estrelas (resulta indiferente que sexa como bágoas) mellor. Nisa paisaxe aillada, baixe o pantalón e aníquese. Para se inspirar, escoite o canto do grilo (o ideal sería o do moucho). Que as folliñas da herba rocen as súas nadegas: poña o cú ben redondiño, apreté o recto ata sentir que descende a materia intestinal. Cosas dúas mans abra o esfínter agrarimosamente, deixe caer o excremento sen se mover e cando sinta que aahhh de gusto, xire o cú no senso das agullas do reloxio por tres veces. Límpe de seguido cun fento ad hoc. Logo, olle a escultura redondiña que nin mesmo os alfareiros de Niñodaguia: velaí o turullo, pleno, luar, nuclear, case que ensaimada mallorquina, orixe e fin disa miseria, porca miseria que somos. ¿Ou non?” Tan confusos pensamientos de un insomne, atrapallados, removidos como en una liturgia de los actuales gin tonics, vienen malamente a cuento para recomendarles vivamente la enjundiosa lectura de la novela Solenoide, de Mircea Cartarescu, sin los ya citados y endemoniados acentos rumanos.

EL GOZO DE VIVIR

Nunca tuve la buena fortuna de charlar con Carlos Casares, de escucharle relatar sus múltiples experiencias que era, según opinión unánime de quienes fueron sus contertulios, una ceremonia inolvidable, pero releyendo este mes de agosto una parte de sus artículos, no me cuesta imaginar la enjundia de sus diálogos. No hay en dichos artículos un asomo de afectación ni de jactancia y escribe con el mismo cariño de un compañero de juegos infantiles en A Limia que de un encopetado académico sueco. El ojo, la intuición, el talento de Carlos (es un galardón para él que se pueda prescindir del apellido) lo llevan a reflexionar imparcialmente acerca de un desconocido con el que comparte la terraza de un bar en Nigrán con el mismo afecto con el que habla de un político neoyorquino o de un escritor famoso: llegué a la conclusión de que, más que amar la vida (que también, puesto que cualquier detalle, por nimio que fuese, despertaba en él el gozo de vivir), Casares amaba a las personas que la habitan y ninguna de ellas, ni siquiera las que convocan nuestro desdén, cuando no abiertamente el odio, le resultaba indiferente, como si tratase de descubrir, aun en el fondo de las más detestables, una justificación para sus desmanes. Como me comentaron quienes compartieron con él charlas en distintos escenarios, uno lee los artículos de Casares y le parece estar asistiendo a una sobremesa en la que, más que acaparar la atención, proponía caminos para que el diálogo se enriqueciera con digresiones que son las que al final proporcionan múltiples posibilidades para una tertulia que se bifurca con las aportaciones de cada participante. Carlos elevaba la anécdota más trivial (podía ser la pereza del gato Samuel, una charla con un obrero que trabajaba en la casa, la fugaz visión de un desconocido en un tren) a la categoría de una filosofía de vida exenta de alharacas. Vanidad es una palabra que no entraba en su vocabulario. Pienso en todo esto (y que se me disculpe si lo que añado ahora puede sonar a influencia de la reciente lectura) una tarde de sábado en una pequeña aldea de Macendo, en el ayuntamiento de Castrelo de Miño, cuando empieza a atardecer y por las callejas sólo discurre como lava el silencio; entonces me sirvo un vaso de ribeiro, me siento en la terraza con el libro de Carlos Casares y sospecho que el crepúsculo sería mejor (posiblemente hasta más demorado) si Carlos encendiese un puro a mi lado, contemplásemos sin hablar la tonalidad de granada del sol que declina, y él comenzase a relatar cualquier cosa diciendo “Onte pola mañán tiven que ir ata Panxón” y seguramente caería la noche sin que nos diésemos cuenta, hasta muy cerca del amanecer, gracias al embrujo de las palabras que dominaba con la misma delicadeza con la que acariciaba al gato y escuchaba el trino de un pájaro y que tantas veces le sirvieron de estímulo para escribir algún artículo o iniciar una conversación como la que acabo de tener con él releyéndolo, que suele ser el diálogo más grato que se puede mantener con un autor, la relectura.

CUATRO ÁMBITOS

El pulso de la ciudad puede palparse en cuatro ámbitos distintos: las salas de espera de los médicos, los tanatorios, las peluquerías y los bares. Ciertamente, en las calles y en las plazas uno puede asistir a conversaciones que le desvelen los entresijos, las glorias y las miserias de una ciudad pero los cuatro escenarios nombrados al principio me han servido en no pocas ocasiones para recurrir a la perversión de almacenar en la memoria gestos o frases o comportamientos que después puedo pasar a una página mutatis mutandis.  En las antesalas de los médicos uno detecta la mayor o menos gravedad de los desajustes de los cuerpos y a medida que cumples años, al visitar esos espacios con más frecuencia, te enteras de los alifafes no sólo de los allí presentes sino asimismo de sus familiares, de sus amigos e incluso asistir al buen o al mal trato que al parecer del que habla le inflige su médico de cabecera. Sales de esos sitios con la sensación de que el mundo se está yendo al carajo y al abandonarlos lo primero que se te ocurre para paliar la brevedad de un futuro que otros pintaron para ti de color morado tirando a negro, es entrar en un bar y pedir una cerveza para reponer fuerzas y esperanzas: el alcohol, con frecuencia, palía los desarreglos de la vida, al menos los contratiempos más leves. En el bar, aunque no seas una persona excesivamente sociable y rehúyas los grupos, con el ánimo del alcohol va mejorando el asunto y si estás medianamente atento el camarero te informará de los habitantes del barrio, de cuál roba las páginas de los crucigramas, de quién está tramitando una herencia, del que cambió de coche, del viaje que va a hacer el matrimonio que está tomando café, de que la mujer solitaria se acaba de divorciar y de que menganito varió de residencia; si además, permaneces atento a las conversaciones de los que se agrupan en torno a una mesa, podrás catar los gustos políticos y futbolísticos de la peña. Con esa extraña complicidad que el ámbito del bar establece entre los consumidores y las dos cervezas que tomaste, la vida empieza a enderezarse hasta que cuando vas a salir, el camarero te pregunta si te acuerdas de fulanito y cuando respondes que sí, descabeza tu frágil alegría de golpe: Murió ayer por la noche, está en el tanatorio. Así que no te queda más remedio que coger un autobús y acercarte al tanatorio ya que aunque tu relación con él no era de amistad, sí que existía complicidad entre ambos porque a veces habíais visto juntos un partido de tenis o te había invitado a una caña y te ves en la obligación de allegarte al tanatorio y dar el pésame a quienes crees, con no total seguridad, que son sus familiares, un tanto apesadumbrados pero sin que ello impida establecer una conversación acerca del mal año para las vendimias y las matanzas con este calor que definitivamente todos achacan al cambio climático excepto el primo de Rajoy. Te demoras, pues, allí hasta que ya no sabes con quién estás hablando, si es familiar del muerto el que te cuenta que sus hijos se fueron a buscar un futuro fuera de Galicia porque aquí no hay posibilidades y que no olvides que el sábado próximo es la fiesta de los callos en su pueblo y que te des por invitado, ya verás cómo lo pasamos de puta madre.  Antes de abandonar el lugar, entras en la cafetería, ventilas una cerveza de forma acelerada y al pisar la calle enciendes un cigarrillo porque ya tienes la espesa sensación de que ése será tu último cigarrillo que para eso llevas en tus genes una hipocondría irrazonada pero en ningún momento absurda. Como todavía tienes tiempo antes de comer, te pasas por la peluquería y la chica que te atiende, la misma de siempre, te detalla pormenores de la clientela, sobre todo de la que sale, te va contando enredos familiares de novela decimonónica y cuando acaba la faena, ya tienes almacenado en tu interior una serie de datos que bien podrían insertarse en la novela que estás escribiendo pero te gana la urgencia, llegas a casa y decides escribir para el periódico en el que colaboras un artículo, así que coges el papel, el bolígrafo y comienzas:  “El pulso de la ciudad puede palparse…”

VERANOS

Para Luis Rebolledo

El verano es un buen tiempo para recuperar la medida del mundo, salvo que uno se sumerja en una de esas poblaciones costeras donde se quintuplica el número de residentes y siga aferrándose a la tiranía de agendas y compromisos sociales y gintonics en la terraza del bar y churrasco por la noche y ya, en el éxtasis alcohólico, que si un bailongo efervescente, los más osados un chapuzón nocturno y a dormir mientras la noche pasó por encima sin que nos enterásemos. Los veranos de los pueblos costeros y del interior marcan un tiempo diferente, pausado, que nos ayuda a recuperar la tranquilidad escamoteada durante el resto del año. El mar, decía Carlos Barral, es una religión y recuerdo la duración inmedible que aquellas jornadas que parecían no tener fin. Sin embargo, la presencia del mar es dictatorial ya que nos reclamaba de mañana y de tarde: el mar era el juego y no resultaba necesario otro recurso: baños por la mañana, acaso una siesta frente al televisor y baños por la tarde: todo estaba inventado y no era necesaria la imaginación salvo la siempre inquietante contemplación del mar. Era un espacio acotado, definido, que te reclamaba todas las horas de ocio. Un día de lluvia en la playa se aliñaba con la sensación de una catástrofe porque no podríamos bañarnos y las horas fluían con pereza y les preguntábamos a los del pueblo si al día siguiente haría buen tiempo y ellos siempre decían que sí después de mirar hacia el cielo encapotado. Con todo, a pesar de esa pasión que el mar siguen ejerciendo sobre mí, evoco pormenorizadamente los días intensos (e inmensos) de A Rúa, a donde fui casi todos los veranos a pasar unos días. Uno se levantaba, desayunaba y a media mañana se acercaba al río en compañía de los chicos del pueblo y de otros veraneantes que casi todos procedían de Madrid; nadie nos vigilaba y cometíamos las mayores locuras sin la tutela de un adulto: no sé si confiaban en nosotros o en el azar: todos salimos indemnes del asunto, supongo que por intercesión de un invisible ángel de la guarda al que citaban nuestros mayores. A la hora de comer, ese tío al que pertenecía la casa, nos permitía un alivio impensable en la ciudad: teñir con un “chisco” de vino un vaso de gaseosa La Casera que de inmediato nos embarcaba en la edad adulta. Y aunque entonces se nos presentaba el reposo de la siesta como un castigo, entiendo al cabo de tiempo el sentido aquellas horas en las que te encerrabas en una habitación y leías las novelas de Reno y de Bruguera y los tebeos y comenzabas a descubrir el placer de la lectura que no estribaba en la categoría de las obras sino en que te transportaban a un mundo acorde con tu imaginación, ilimitado, sensorial. Después de la merienda nos reuníamos otra vez y recorríamos los alrededores del pueblo, inventábamos juegos, nos contábamos cosas con una camaradería cómplice e inocente porque el mundo no nos causaba mayores problemas: estaba a nuestra disposición, maleable como la plastilina. Todo se enfangaba con el olor de las higueras. No resultaba infrecuente que después de tales incursiones que nos ayudaban a descubrir los secretos de la vida, nos reuniésemos en casa de un vecino para escuchar música y ahí descubríamos a una chica de la que nos enamorábamos con la eternidad efímera del verano y le contábamos a un amigo el secreto que no debía jamás descubrir y el amigo no tardaba en acercarse a esa chica y confesarle “fulanito anda por ti” y ya en el siguiente guateque nos atrevíamos a sacarla a bailar y poníamos en sus manos nuestra vida que era una vida común pero que a nosotros se nos antojaba apasionante como la de un corsario. Seguramente sonaba la melaza de Adamo. Después de cenar, de noche, en la terraza, nuestro tío nos permitía estar con él, sentados ambos en sendas hamacas, y contemplábamos un cielo infinito y luminoso, sin ruidos, en el que se remansaba la vida como si la vida fuese eterna, como ese amor que acabábamos de descubrir. Quizá a ciertas edades todo sea eterno. En noches así la muerte parecía una frivolidad, una adversidad que nunca podría suceder, una trampa fácilmente esquivable. Uno entraba en una finca a robar una pieza de fruta y adquiría el legendario valor de aquellos héroes cuyas historias leíamos a la hora de la siesta. Un mundo a nuestra medida, en el que nada sobraba ni nada faltaba. El olor narcótico de las higueras siempre, los gorriones que caían en las trampas en las que insertábamos una miga de pan, la caza de las ranas en las orillas del río. Tantas cosas… Luego amanecía una mañana en la que la lluvia percutía en la claraboya de la habitación y sabíamos con certeza que el verano había concluido, que era el tiempo de los adioses para los que nos íbamos y para los que quedaban en el pueblo. Prometíamos, y cumplíamos, escribirnos cartas contándonos nuestras vidas en la ciudad a la espera de que llegase el próximo verano y nuestros hermanos mayores se despedían de sus novias con canciones nostálgicas del Dúo Dinámico o de Armado Manzanero y ellos sí que lloraban pero no nosotros, que sabíamos que el otoño y el invierno y la primavera eran caminos indispensables que nos llevarían a las siguientes vacaciones, cuando esa niña a la que le habíamos dado un beso en la mejilla ya ni se acordaba de nosotros y, además, nos afeaba la sombra de un bigote que empezaba a crecer a medida que los veranos se hacían más cortos. Cosas de la nostalgia, supongo.