El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

PERDEDORES

Hay tal enfermiza (y quizá bendita) fascinación por los personajes perdedores en el mundo de la cultura y, concretamente, en la literatura que podíamos afirmar, con escaso margen de error, que la buena literatura se ocupa de la desdicha y la mala de la felicidad. Claro que habría que matizar con contundencia qué significa exactamente perdedores y me da una pereza horrible. Perdedores en su día fueron Kafka y Van Gogh, por citar dos ejemplos. La manida sentencia inaugural de Anna Karénina (“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”) de Tólstoi acostumbra a ser una premisa sobre la que se sustenta buena parte de la literatura. Este preliminar viene a cuento porque hace unos meses leí un reportaje acerca de un ciclista que se había especializado durante años en convertirse en el farolillo rojo del Tour de Francia, con la misma dedicación, la misma entereza y el mismo planteamiento que podía emplear Eddy Mercks en ganar cinco veces la carrera francesa. Por perversión o por carácter siempre he admirado a ese tipo de gente, al corredor que, sin ser descalificado por llegar fuera del control, era capaz de mantener una inteligente estrategia para ser el último de la carrera y pienso que merecía estar en el podio junto con los galardonados en París. Es cierto que nos atraen, en general, las figuras deportivas que se convirtieron en leyenda: Hinault, Anquetil, Indurain, pero en la memoria de este corazoncito que cualquier día hará pum, fabriqué una hornacina acogedora para otro tipo de ciclistas: el grandioso Poulidor que siempre llegaba detrás de Anquetil, Bugno a la estela de Miguelón (aunque, a la postre, Pou Pou y Gianni Bugno figuran en la lista de los grandes) y, sobre todo, para los gregarios, esos corredores grises que se retrasaban, bajaban hasta el coche del equipo, se abastecían de bebida y comida y volvían a ponerse en cabeza para satisfacer las exigencias y las necesidades de la estrella del equipo. Sin ellos no pocos desfallecimientos jalonarían la trayectoria de los grandes vencedores del Tour, del Giro, de la Vuelta a España. Son  corredores que una vez facturado su gris papel, se rezagan al escalar un puerto y van dando bandazos de un lado a otro de la carretera y que alcanzan la meta exhaustos pero no derrotados, sabiendo que al día siguiente deberán llevar a cabo su trabajo de galeotes sin otro premio que eso tan lábil de “la satisfacción del deber cumplido”. Los heroicos ciclistas de la sombra que pocas veces son citados en las crónicas deportivas. Cualquiera de ellos es infinitamente mejor que Lance Armstrong que ahora reconoce, a destiempo, que resulta imposible ganar siete tours sin recurrir a sustancias dopantes; lo curioso es que, estando como estaba el ciclismo bajo sospecha, cuando más de uno nos atrevimos a decir eso, que el estadounidense iba ciego cada vez que acudía a Francia como el yonqui busca al camello, nos reprochaban nuestro chovinismo (a ti lo que te molesta es que bata el récord de Indurain) o nuestro desprecio por Estados Unidos (claro, como es de Estados Unidos y tú eres un rojo de mierda que cree que ese país es imperialista; si fuese un ruso no dirías lo mismo (¿?)). La verdad es que desde los años ochenta, por lo menos, pongo en duda que ciclista alguno, ni el que gana la carrera ni el que abastece de bidones a su jefe de filas, no eche mano de algún suplemento extra para hacer frente a una prueba donde se pasa de los cien metros de altitud a los dos mil quinientos, donde durante tres semanas corres con treinta y ocho grados un día y al otro con diez, donde ruedas a la orilla del mar y en la siguiente etapa en una cumbre nevada. Es la misma esencia del ciclismo, que exige monstruosidades más allá del sentido común (como, en general, casi todas las disciplinas deportivas actuales) la que provoca que los deportistas recurran a lo que un médico sin entrañas ni conciencia ponga a su disposición. Hace ya muchos años que alguien vinculado al mundo del ciclismo profetizó que un ganador de un Tour necesitaba tantas sustancias perjudiciales para el organismo, que sería raro que viviese más allá de los sesenta años. La gloria a tu alcance si cierras los ojos y no piensas en el futuro: la tentación es enorme. En cualquier actividad se forjan esos semidioses que viven a la sombra de los dioses y que sustentan las columnas del edificio. Por perversión, como dije antes, cuando asisto a una final de la Liga de Campeones o Chámpions Li, no puedo dejar de pensar en el equipo vencido, en esos hombres que se sientan en el césped y lloran como niños mientras los triunfadores celebran la conquista de la Copa con la paletada del oeeeeé, oeeeeeé, oeeeé, oé. Que es que se me va al corazoncito del carajo a arropar al púgil que quedó tendido en la lona en tanto el árbitro levanta el brazo del ganador aunque éste haya sido el grandioso Muhammad Alí. En la historia del fútbol deberían seguir existiendo unos premios a la deportividad como había antaño y que se otorgaban, por lo general, al delantero que tiraba un penalti fuera porque el árbitro se había equivocado al señalarlo o al futbolista que encaraba la portería rival y al ver que el portero en su salida se tropezaba y quedaba en el suelo mandaba el balón a la grada porque no quería aprovecharse del traspié del rival. Sé que aún quedan futbolistas así que de vez en cuando hacen honor a la esencia del deporte, ese deporte hoy tan cargado de connotaciones económicas que es imposible imaginarse una generosidad de semejante calibre en un partido de fútbol.

Post Data: ¿Hay algo más hermoso que la entereza de un equipo de fútbol como Os Chaos (Amoeiro, Ourense), que jamás ganan ni empatan un partido, que pierden por goleada, que pueden llegar a final de temporada con diez goles a favor y dos centenares en contra y, pese a todo, siguen desde hace años, domingo a domingo, saltando al campo con orgullo? ¿Algo más heroicamente conmovedor que Eric Moussambani nadando los cien metros en los JJ.OO. de Sidney en más de 1 minuto y 52 segundos como si buscase en la orilla una isla en la que asilarse? Pues ahí quería ir a parar después de tan largo artículo.

DOS ASUNTOS BREVES

1.-De patrias “El portero del edificio colindante con el que vivía Lennon cuando fue abatido por David Chapman, había bebido el día anterior al asesinato un café con un vendedor de periódicos de ascendencia gallega al que el exbeatle le compró un ejemplar del New York Times”: y con un titular así (ficticio), se establece una línea fragilísima pero inapelable de relación entre John Lennon y Galicia: sin dicho nexo (exageremos, que para eso está el idioma) el de Liverpool jamás hubiera escrito Imagine. ¡Galicia calidade, coño! Cuando cada día las fronteras son más lábiles, uno se encuentra en los diarios noticias de ese jaez, buscando las raíces (en este caso gallegas) o los vínculos con alguien famoso como si eso engrandeciera el borroso concepto de  “Galicia”. Al paso que vamos, aparecerán establecimientos hosteleros (preferiblemente de Santiago) donde pueda leerse en el pórtico: “Aquí meó Bertín Osborne” o algo similar. Aunque sería más hermoso encontrarse con alguno que reivindicara, jactancioso, “Aquí no comió Hemingway”, como el que hay en las inmediaciones de la Plaza Mayor de Madrid: el orgullo de la humildad. Pero esa búsqueda incesante de filiaciones más o menos dudosas, sólo ocurre cuando la persona cuyas raíces se estudian pertenece al bando del éxito, aunque sin descartar el de los asesinos en serie: resulta extraño que a estas alturas nadie haya hurgado en la genealogía de los salvajes que perpetraron la carnicería en Puerto Hurraco para descubrir que antes de cometer semejante tropelía habían consumido previamente una garrafa de aguardiente de hierbas de Castrelo de Miño, por ejemplo, o unas botellas de licor café de Loiro, de fama mundial, por supuesto, que hay un mendigo en Moscú que pasó varios años en Palas de Rei y que se atiborra de esa bebida para soportar los fríos inviernos y los veranos menos fríos y las inestables primaveras y los breves otoños y a quien todos en la capital rusa conocen por el apodo de “O galego”. Me temo que cuando mi adorada Susan Sarandon muera algún visionario establecerá su correspondencia con Galicia puesto que en el trayecto Ourense-Santiago, por la antigua y hermosa carretera, uno se encuentra con dos pueblos, casi consecutivos, cuyos nombres son Susana y Sarandon. Pero siempre habrá alguien más osado, como ese historiador/visionario catalán, por llamarlo de alguna manera, que afirma tajantemente que Cervantes y Santa Teresa son catalanes; seguramente está investigando la estirpe de Einstein para descubrir que Albert nació en Sant Cugat y fue socio del Barça hasta su muerte. Es más, como habían inventado de forma miserable con la muerte de Cela, que según su fiel compañera Marina Castaño profirió antes de morir aquellas dos inolvidables sentencias (“Marina, te quiero” y “Viva Iria Flavia”), Einstein, en su lecho de muerte, gritó “¡Viva la República Independiente de Catalunya!”. Empiezo a sospechar que el primer caganer de la historia responde a un diseño de Leonardo da Vinci, que pasó largas temporadas en Platja d’Aro. Con dos cojones.

2.-De correcciones Hace meses escribió un artículo Javier Marías en El País Semanal (si no fue él, fue Pérez‑Reverte en otro suplemento: no importa mucho el autor, en este caso) en el que insertaba una frase que venía a decir (lamento no poder transcribirla literalmente) que una determinada situación era un cáncer para nuestra sociedad (supongo que sería la corrupción o algo de ese jaez). A la semana siguiente, en la sección Cartas al Director una persona manifestó su protesta porque el novelista había jugado con la palabra cáncer, una enfermedad lamentablemente común y que, según no sé qué periódico, padecerán (padeceremos) uno de cada tres españoles. La reconvención me parece muy traída por los pelos ya que no estaba en el ánimo del señor Marías injuriar o denigrar a nadie sino que echaba mano de una expresión coloquial para alertar a sus lectores de algo que él consideraba grave. Eso denominado corrección política es un eufemismo (una pijada) bajo el cual se agazapa la censura pero lo grave (acojonante) es que ya no existe (espero y deseo) la figura del censor sino que es la misma (puta) sociedad quien establece los límites dentro de los cuales uno debe manejarse con prudencia que no es tal sino gazmoñería. Si nos ponemos tiquismiquis (tocapelotas) habría que reescribir todo, desde la Biblia hasta Bukowski, más o menos, y sólo se salvaría El divino impaciente de Pemán. Porque una expresión desafortunada como “gocé como una perra” no sé a quién exaltaría pero algún (jodido) miembro de alguna asociación animalista pondría el grito en el cielo por involucrar a un tierno cuadrúpedo en el acto sexual (o sea, lo que vulgarmente se denomina un polvo o un kiki, entre otras muchas y variopintas acepciones). Así que hay que expresarse, según algunos, con sumo cuidado, cogiéndosela con papel de fumar, porque cualquier palabra es susceptible de herir sensibilidades y escrúpulos. Evite usted incurrir en lo de “es un trabajo de chinos” no vaya a ser que vejemos a ese pueblo asiático. Cualquier día no podremos pedir chorizos en una tienda porque alguien asegurará que estamos haciendo una velada crítica a buena parte de la clase política. Pero a éste no sé si darle la razón.

BERNHARD EN ESPAÑA

“… ese Estado tiene (…) una historia totalmente vil y abyecta sobre la conciencia (…) aquí todos los indicios de fortaleza intelectual se convierten enseguida en todos los indicios de debilidad intelectual, aquí todos los esfuerzos por avanzar, prosperar y progresar son inútiles (…) el hombre austríaco, ya en el momento de su nacimiento, es un hombre fracasado y debe comprender claramente (…) que tendrá que renunciar a sí mismo si se queda en este país y en este Estado, (…) perecerá en este país, y si no es un hombre vil, se convertirá en este país y en este Estado en un hombre vil (…) y, cuanto antes vuelva la espalda a este país y a este Estado un hombre con facultades intelectuales, tanto mejor, un hombre así tiene que decirse que hay que huir, dejar atrás todo lo que es este Estado (…) irse a cualquier parte, aunque sea al fin del mundo, no quedarse en ningún caso donde nada puede esperar y, si puede, sólo lo más miserable y lo que destruye la inteligencia y lo que vacía la cabeza (…) y que aquí, en su país austríaco, estará expuesto siempre a una vil incomprensión y una vil calumnia (…) Si lo vemos con claridad, veremos que (…) no había otra posibilidad que dejar esta su patria, que no merece en absoluto ese título honroso.”

Lo que acabo de transcribir es un fragmento de Corrección, una novela que el austríaco Thomas Bernhard publicó en el año 1975 (¡1975!) y que casi diez años más tarde tradujo Miguel Sáenz Sagaleta al español. La situación que el torturado y tortuoso Bernhard describe para Austria en los años setenta del pasado siglo, es la misma, exactamente la misma, que la de Hispania, flaca y amarilla, a lo largo del siglo XXI y sólo es necesario variar el gentilicio y variando el gentilicio aplicar sin reservas el texto de Thomas a este país y a este estado que es igual de vil y abyecto porque si en algo es nuestra clase política, en general, es la mejor del mundo, si en algo sobresale, es en vileza y en abyección, y, la verdad, ser los mejores del mundo en vileza y en abyección, dejan a cualquiera desolado y dan ganas de liar el petate y emigrar pero a dónde si los chimpancés desvalijadores se han apropiado ya de todas las monarquías y de todas las repúblicas y de todas las dictaduras, y de todos los ministerios y de todas las cancillerías, y de todos los despachos y de todos los centros de poder… En fin, que hay tardes de domingo así de turbias.

NIÑO CON BALÓN

El lunes, tres de octubre del año del Señor de dos mil y dieciséis, a las dieciocho horas y trece minutos de la tarde, tuve una visión. Es cierto que hay categorías y categorías de visiones: a algunos se les aparecen sus antepasados muertos y corren a encender una vela o entran en un bar para exorcizar el encuentro y le piden una copa al camarero; a otros, algún santo y deciden hacer una colecta para erigir una capilla; y al de más allá lo asalta una alucinación llegada del espacio y lo cuenta en Cuarto Milenio. A Cunqueiro y a Rulfo se les aparecían los muertos y escribían, nada mal, por cierto. A mí se me apareció mi infancia o los restos de una infancia que creía demolida al ver a esa hora, sin trampantojos de por medio y en un estado de sobriedad lamentable, con un cielo azul otoñal digno de una estrofa de Juan Ramón (“Dios está azul…”) a un muchacho de unos trece años que llevaba bajo el brazo izquierdo un balón de fútbol y en la mano derecha empuñaba un bocadillo de Nocilla. Así, como recién salido de un NODO triunfante y encomiástico, una de aquellas grabaciones en blanco y negro que siempre protagonizaba un tipo poco agraciado que embocaba bolas de golf en los hoyos de La Zapateira, pescaba atunes como cachalotes en las costas del Cantábrico, inauguraba centrales hidroeléctricas, recibía a embajadores plenipotenciarios que suena muy engolado o entregaba copas de fútbol que llevaban el nombre de su graduación apoteósica: generalísimo. Tengo para mí que el aumentativo era una forma de añadir dos palmos a su estatura de prócer menguado, como menguados fueron, eso dicen, Napoleón y Alejandro Magno. Y Torrebruno. Acostumbrado a que los deportes, en general, hayan desertado de los espacios públicos, de los parques, de los patios interiores, de las plazas, de las calles por las que apenas transitaba algún vehículo perezoso, los carros de las lecheras y los carritos de los vendedores de golosinas, reencontrarme con la antigua iconografía encarnada en un mozalbete, fue como retroceder medio siglo, a una ciudad pequeña, casi familiar, en la que la libertad consistía en establecer una portería de fútbol entre dos piedras o dos prendas de ropa, y dar rienda suelta a la furia de las patadas sin árbitros ni reglas más que las que inventábamos. Tres córners seguidos son penalti. Allí estaba otra vez el Ourense de los viejos tiempos (no mejores, sin duda); la ciudad era entonces, en efecto, más chica y había menos habitantes pero uno buscaba espacios y los encontraba: donde necesitase esparcimiento, desde el Montealegre a Las Lagunas, sin edificar, desde el puente Viejo (que no Romano, en nuestra jerga) hasta el jardín del Posío. De alguna forma, aunque más pequeña, era, a la vez, más grande. Uno corría detrás de un balón y se detenía para darle un mordisco al bocadillo de queso con membrillo, para beber en la fuente o para mear contra el tronco de un árbol y volvía a la faena. Hoy existen espacios acotados para el deporte, en las canchas de los colegios y los institutos, en los pabellones deportivos, pero ya no esos ámbitos que se asaltaban con un balón (reglamentario, decíamos) de fútbol y de los que los viejos huían para no ser descalabrados por un punterazo o punteirazo del Pirri de turno. No regateábamos: caneábamos. Si el énfasis deportivo rozaba la delincuencia, aparecía un guardia que se apropiaba del balón, lo colocaba contra el costado, en el rombo que el brazo formaba con la cadera, y se acababa el partido… hasta que el más osado iba por detrás, de un puñetazo hacía saltar el balón y huíamos todos a jugar a otro sitio. Claro que no había terrazas con pantallas de televisión, ni estructuras con publicidad, ni obstáculos que restringieran un ápice de la libertad en la que nos movíamos, esquivando todos los peligros que nos anunciaban en casa, desde una apendicitis por comer cáscaras de pipas hasta morir atragantados por un chicle que le comprábamos al Espinita que, como todo el mundo sabía, é pequeno pero xa pica. Así que ver ese lunes al chavalote con el balón y el bocadillo (al que dijese entonces bocata le partiríamos la cara a tortas) fue como remontar la corriente de un río imposible e instalarme, cómodamente, a la sombra de un árbol en el parque de San Lázaro y esperar a que llegasen los de la pandilla para sortear los equipos y empezar un partido de fútbol que hoy sólo puede tener lugar en la tierra húmeda de la memoria. Muchos de los jugadores de entonces están ya en otro sitio.

EL HAMBRE

Termino de leer El hambre (Martín Caparrós, Ed. Anagrama), más de 600 páginas que diseccionan la geografía de ese mal que mata a una persona cada cinco segundos en el mundo; es decir, mientras usted leyó las dos líneas precedentes, habrán muerto dos o tres o cuatro personas. Si es tartamudo, doce. Pero Caparrós no sólo dibuja la geografía del hambre sino sus orígenes, sus consecuencias y, singularmente, los indecentes manejos de grandes compañías, de multinacionales, de grupos políticos, de sesudos científicos y de todo tipo de autoridades para que el hambre se perpetúe, se convierta en algo crónico sólo paliado por la limosna de las ONG que con denodado esfuerzo se enfrentan a una plaga programada de forma inmisericorde desde eso que se llama “altas instancias” o “altas esferas”, y que es el anonimato en el que se escudan los cabrones que se empeñan en que el hambre exista, se extienda y se reproduzca. Como resumir el libro de Martín Caparrós, que además es novelista y se maneja a lo largo del texto con un estilo solvente y ameno, no es asunto de este artículo, me limitaré a recomendarlo, advirtiendo al posible lector de que el bajón posterior es inevitable y, con él, el deseo de apuntarse a alguna organización que trabaje a favor de los miles de millones de personas (sic) que pasan hambre (cosa que no haré jamás, lo reconozco) o de comprar un arma en el mercado negro y empezar a disparar contra alguno de los culpables más evidentes (eso lo estoy analizando) aunque a la larga los culpables seamos, en mayor o menor medida, todos o casi todos. Nada pude subrayar del libro; esa costumbre que tengo resultó inútil: tendría que hacerlo desde la primera a la última línea. Si los entresijos del mundo (empresarial y político) son como Caparrós apunta (y no me cabe la menor duda) estamos educando (o ya educamos, como nos educaron a la mayoría de nosotros) a nuestros descendientes en unos valores que hoy no existen, o, mejor dicho, que carecen de prestigio, de relevancia.  Todo aquello en lo que creímos (la decencia, la honradez, el respeto, la sensibilidad, la cultura, la compasión por los desfavorecidos, la tolerancia, la honestidad) y que transmitimos a nuestros hijos, no sólo no les va a servir de nada en este mundo plagado de mastuerzos cabrones, sino que les va a resultar contraproducente; entendámonos: son principios que en el ámbito individual les proporcionarán cierta paz, la sensación de no ser malas personas, pero cuando salgan ahí fuera, cuando se enfrenten a un mundo en el que impera el egoísmo, la criminalidad, la violencia y todos los horrores que pone de manifiesto El hambre, no les van a servir para esquivar el tremendo castañazo que se llevarán inevitablemente, quizá porque son principios que funcionaban en un mundo que tampoco existe. Por supuesto que no me arrepiento de haber recibido de mis padres esos valores ni de moverme entre personas que los comparten, ni me arrepiento de haber tratado de inducirlos en mis hijas; pero cuando uno se asoma a ese exterior hostil donde siempre hay alguien dispuesto a acuchillarte por la espalda por una miseria, uno tiene la tentación de pensar si no sería mejor, desde el punto de vista de una sociedad miserable y enferma, haberles advertido de que sí, uno sigue creyendo en esos valores, que incluso fomentarlos en casa está bien, es lo correcto, lo adecuado, lo noble, pero que en cuanto pongan un pie en la acera, que se olviden de ellos y sean feroces, intransigentes, sin escrúpulos, porque el escenario en el que ingresan es un escenario de víboras y mejor que encerrarse a leer o escuchar música, que vayan a un gimnasio a aprender artes marciales o se enrolen en una banda o se hagan expertos en el uso de armas de fuego. Bueno, y el pádel o el golf para los ratitos de ocio, después de la ducha para borrar las huellas de sangre. Realmente la resaca que deja la lectura del libro de Martín Caparrós no está compuesta de felicidad; pero siempre sospeché que tal como él lo describe, así es el mundo, así lo hicimos: una atroz injusticia por mucho que haya gente, numerosísimas personas, implicadas en tratar de transformarlo en algo más llevadero, más amable, que uno está en él para ser feliz y no, entre otras cosas, para pasar hambre. Un ensayo, en definitiva, que te deprime y te irrita a partes iguales, que te empuja a hacerte un agujerito con pólvora en la sien o a rebanar el gaznate de unos cuantos miserables. Y, pese a ambas opciones, el hambre seguiría existiendo porque así lo desean esos locos en cuyas sucias manos mezquinas está el mundo y su impredecible (y me temo: negro) futuro.

ESQUELAS

Hace años escribí un largo artículo, más bien un ensayo, titulado “Epitafios”, en el que recogía algunas inscripciones de lápidas funerarias que albergaban textos que iban desde lo trágico hasta lo divertido, si es que la muerte contiene alguna dosis de humor. En el ensayo (suena demasiado solemne) me hacía eco de esas leyendas en tumbas de Galicia sobre todo, de algunas de los cementerios de París y lamenté, tiempo después de haberlo escrito, no poder actualizarlo con las de otros cementerios de otros lugares, ya que el transcurrir de una existencia nos suele obligar a acudir a cementerios con más asiduidad de la deseable. El funerario es probablemente un subgénero de la literatura y tiene la contundencia de eso que ahora se denomina microrrelato: como un refrán o un apotegma se graba en nuestra memoria. Algunas eran inscripciones barrocas (la de Ben‑Cho-Shey, en el cementerio de San Francisco, de Ourense) y otras lacónicas y certeras, como el “Pobre Asunción”, en ese mismo cementerio, que recogía en dos palabras la trágica muerte de una muchacha a manos de un amante despechado a finales del siglo XIX. Me atraen igualmente los textos que se insertan en las esquelas, desde el preliminar casi siempre inevitable (Rogad a Dios en caridad…) a lo que sigue habitualmente (… con la Bendición Apostólica de Su Santidad, -un beneficio que no sé bien de dónde procede ni la eficacia que pueda tener en el más allá).  La sección ya no es tan abundante como antaño y salvo los locales, los periódicos apenas reflejan el fallecimiento de escasos difuntos y, actualmente, suelen derivar hacia una prosa laica, sin anotaciones que aludan a la religión, y tendente a reproducir algún verso más o menos conocido. Uno de los epitafios más hermosos que existen, a mi entender, no figura en tumba alguna y pertenece a un cuartero que escribió Antonio Machado cuando murió su joven esposa Leonor: Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.  [Ahora que España se divide en dos bandos (perdón: ahora que España sigue dividida en dos bandos, derecha e izquierda, monárquicos y republicanos) no estaría mal volver la vista atrás y descubrir cómo republicanos de antaño, exiliados, lejos de su país, insertaban el nombre de Dios en sus escritos (Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez) para que dejen de creer algunos que un republicano es un señor dispuesto a decapitar a un rey, quemar una iglesia y fusilar a un cura. Y si se tercia, violar a una monja, ya puestos…] Retomemos el propósito inicial de este artículo y regresemos hacia las esquelas. Expurgué de un periódico las siguientes muestras que hacen referencia al oficio que tuvo en vida el fallecido: Arquitecto técnico, Farmacéutico, Jubilado de Citroën, Jubilado portuario, Jubilado del taxi. Con el absoluto respeto que me merecen los muertos (casi todos los muertos) no entiendo para qué sirve la aclaración del oficio o del trabajo que ejerció en vida el difunto ya que me parece una referencia vaga, casi una indiscreción o un alarde. Sin embargo, sí que me parecen efectivos los apodos ya que muchas veces por medio de ellos localizamos a una persona. Veamos una gavilla de ejemplos escogidos del mismo periódico: Pepa de Cabo de Vila, Segundo O Sono, Lola As Caseiras, Chicha Chiripa, María de Amadora o esta otra, sencillamente grandiosa: Lolita Pandelo, viuda de Fai Bistés (huelga decir que esta mujer no se llamaba Dolores). Porque con frecuencia, sobre todo en el medio rural, lo que le otorga personalidad o categoría a alguien, más que su nombre, es el mote por el que se conoce a la familia, como es el caso de Os Demiños, como se denominaba a una estirpe de hombres revoltosos allá por las tierras de Valdeorras, concretamente en A Rúa (tíos de un servidor, por cierto). En sociedades pequeñas sí que el oficio determinaba o perfilaba más agudamente la personalidad del muerto: herrero, carpintero, enterrador, sacristán; pero en medios urbanos, con cientos de miles de habitantes, parece superfluo añadir al nombre del muerto el título, por ejemplo, Director de banco o Teniente coronel o Exconcejal de cultura. En la sociedad rural los nombres realmente podían carecer de importancia y lo que consolidaba la esencia del muerto solía ser el mote, el apodo, el sobrenombre, puesto que solía pertenecer a los clanes familiares y así se integraba al fallecido en la estirpe adecuada, sin posibilidad de error, ya que no era insólito que dos personas tuviesen el mismo nombre y el mismo apellido. A fin de cuentas, el nombre poseía una raíz estrictamente religiosa y venía impuesto acaso por la festividad en la que había nacido la persona o por tradición familiar, pero el apodo se lo había ganado a pulso, dedicándose a un trabajo, a un oficio o por alguna característica física: El Cojo, Amoiputa, El Rubio, A Conecha, Facas, Pallón, O Trolas, Cacholas. Esos apodos establecían la personalidad del muerto y le daban la exacta ascendencia que le correspondía, bien porque provenía de una determinada familia (Os Demiños), bien por las labores a las que había dedicado su vida (O Capador, O Barbeiro). Por todo ello, aunque sea cruzando los dedos índice y medio de cada mano, cuando abro un periódico, después de las secciones de deportes y cultura, me voy a las esquelas y me fijo siempre en lo que pone en negrita o entre comillas debajo del nombre del muerto: me admira ese subgénero literario, lacónico, conciso pero que detalla una vida de manera exacta, podríamos decir lapidaria, para no caer en innoble tremendismo. Y les juro que resulta mucho más entretenido que la sección de política, por ejemplo.

EL CHISTE

Cuando uno tiene que cumplir sus compromisos con el periódico y no es capaz de hilvanar un artículo medianamente decente y como le avergüenza incurrir en una faena de aliño, repasa los libros que ha leído últimamente, las noticias que descubrió en los diarios, algo que vio en la televisión, las conversaciones que mantuvo, los acontecimientos de su vida y nada de ello le ayuda a pergeñar unas líneas no indignas ya que hay épocas infructuosas en las que la existencia parece un NODO gris mil veces visto (Franco inaugurando una central eléctrica -la más grande de Europa-, Franco entrando bajo palio en la catedral -la más imponente de Europa-, Franco pescando en el Azor un atún -el más gigantesco de Europa-, Franco jugando al golf en A Zapateira -el mejor putt de Europa, qué swing, Excelencia, qué swing, ni Jack Nicklaus, “cállate, Cristóbal, no seas empalagoso”-) o esas películas que reponen en televisión con frecuencia, Pretty Woman o Sor Citroën, que nos sabemos de memoria y a las que asistimos sin atención porque no tenemos nada mejor que hacer y recuerda aquella canción de Serrat, “pero hoy las musas han pasao de mí / andarán de vacaciones” y no se le ocurre nada pero, claro, el Nano en sus buenos tiempos hacía maravillas hasta sin ideas para hacerlas que es ahí donde estriba el talento y el oficio aunque el que trata de construir un artículo no indigno piense que en instantes así, infértiles, si la palabra existe (qué pereza mirarlo en el diccionario) lo más prudente, lo más sensato, es el silencio pero el periódico urge a uno a cumplir sus compromisos así que deja a un lado la novela El espíritu áspero, de Gonzalo Hidalgo Bayal, que lo tenía embebido desde hacía tres días, apaga el aparato de música en el que sonaba Satie y, pese a la lluvia, sale a la calle pensando que el sonido del aguacero para nada es inferior a la música del francés y que las palabras de Hidalgo Bayal tienen ese encanto fugaz pero intenso de la lluvia y camina por la ciudad desolada en medio de calles que se abaten hacia el río entre escorrentías por donde transcurren restos de nuestras vidas que van a dar al carajo, que es el morir, no sólo colillas o servilletas de papel, sino algo de lo que fuimos pero esas aparentes trascendencias tampoco sirven para sacar adelante un artículo así que el escribidor se dice que el mejor refugio para el desconsuelo es un bar y la mejor droga contra la agrafía es el vino y ahí lo tiene usted, al cobijo del burladero de la barra, un tanto extraño entre clientes a varios de los cuales conoce de vista y que le gastarán bromas ya consabidas y tan comunes como las películas arriba citadas que uno vio decenas de veces en la televisión en esas tardes aburridas que en ocasiones se cuelan en las biografías, pero en medio de esa fauna común siente un extraño vínculo con quienes, como él, se refugiaron en la tasca acaso porque, como él, no tienen nada que decir o nadie con quien hablar y ahora se acogen como náufragos en la isla del bar diciéndose cosas superficiales, chismes derrotados, chacotas mercenarias y el escriba piensa que ahí tiene a unos personajes que podrían dar de sí no sólo para un artículo sino para un relato y así se va sucediendo el atardecer, con una desasosegante rutina que le hace pensar que al final de su vida serán más intensos esos instantes anodinos que los paisajes que visitó, los libros que leyó o que los cuerpos que amó y eso le inflige una tristeza de carácter dudoso, una melancolía que suele arroparnos cuando visitamos un cementerio y de pronto parece que los muertos conservan algún parentesco con nosotros, acaso porque la muerte es la patria común de todos y como la amargura empieza a filtrarse por los ojos del escribidor, lo mejor es recurrir a otro vino que ayude  recuperar el equilibrio, a mantener la esperanza cuando menos a media asta y en esas está nuestro hombre, mirando el alcohol que el tabernero escancia sin ritual alguno y tratando de sorprender en los contertulios una frase que sea una especie de dogma al que aferrarse para poder hilvanar un artículo medianamente digno y a través del ventanal ve caer la lluvia pero de la lluvia ya habló en otros artículos y aunque el asunto da de sí para numerosas páginas (repasa mentalmente las películas, las canciones, las novelas, los poemas que tienen a la lluvia como protagonista), ya lo sobajó lo suficiente y aunque le queda el recurso del silencio no se puede hacer, o al menos él no es capaz, un artículo con el silencio pese a la manida tentación de la página en blanco, maldita sea, recuerda de súbito aquella maldad atribuida a Borges según la cual, cuando le preguntaron al argentino qué le parecía la novela Cien años de soledad, respondió “está bien escrita pero le sobran ciento cincuenta años”, al menos eso es lo que cuenta Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi, no está mal recurrir a esas boutades, a esas provocaciones elegantes, sutiles y crueles en las que incurría Jorge Luis Borges, sin ensañarse con el autor, sin caer en el esperpento del insulto personal, entonces pide otro vino que le conforte y a la vez estimule algún rinconcito del hipotálamo o del estómago de donde pueda extraer unas cuantas líneas, nada más que eso, pero hoy las cosas se tuercen y no existe una salida digna para cumplir con sus obligaciones así que, ya de perdidos, al río, se acomoda en la barra del bar, pide otro vino que comience a confundirlo definitivamente y escucha al tipo de al lado, que, sonriente, se acerca a él y le dice: ¿Te conté el chiste de la puta y el obispo? y aunque ya escuchó el chiste una docena de veces, menos, eso sí, de las que vio a Franco inaugurando centrales hidroeléctricas, contado por ese mismo fulano medio borracho, dice que no, que nunca se lo había contado y que haga el favor de soltarlo ya que hoy tiene muchas ganas de reír y pocas de enfrentar sus compromisos y fin, misión cumplida, coño.

SERRAT

https://t.co/MlPAE0wbmE

Nunca Serrat sonó tan triste.

ESCATOLOGÍA

Mantengo una atracción, tal vez malsana, por los asuntos relacionados con la escatología (entendido este término como conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba), atracción que comparten bastantes gallegos y, sospecho, muchas culturas que transan con los fastos mortuorios con una naturalidad que proviene de una larga tradición. A fin de cuentas, hacia la muerte vamos y que sea devagarciño. En la Galicia de Fole y de Cunqueiro y de Otero Pedrayo los muertos entran y salen de las casas con familiaridad asombrosa; no sería extraño que al poner la mesa se colocase un plato en una esquina y se dejase vacío por si entra la abuela que murió hace veinte años y tiene gazuza. Y por citar otro ejemplo, en México, con distintos oropeles, no resulta muy diferente: basta con enredarse en Pedro Páramo de Rulfo para saber lo que es bueno (Malcolm Lowry,  en un volumen titulado Detrás del volcán (sic), que recoge las cartas del escritor y su editor, se refiere a México como un país que tiene “una religión de la muerte”). Esa atracción que cité al principio me lleva a pasear por cementerios, a reparar en las lápidas de las tumbas y a sumergirme en la literatura  de las esquelas (a propósito lo escribí: literatura: hay lápidas y esquelas que son géneros literarios). Cada cual tiene sus manías. Los entierros amenazan con perder la solemnidad plañidera de antaño; no sé quién fue el primer muerto al que se le dedicó una ovación que jamás escucharía mientras transportaban su féretro; no sería extraño que fuese un torero (en los años alquitranados de ETA, las víctimas del terrorismo de esa chusma miserable eran aplaudidos por sus compañeros; en casos así, el postrer tributo está sobradamente justificado), algún personaje popular o alguien de reconocido prestigio. Sin embargo, como tenemos la misma facilidad para el insulto desorbitado que para el halago superfluo, aplaudir en dichas ceremonias como en un tablao flamenco ya resulta poco infrecuente; en fin, estamos hablando de una raza que no tiene empacho en ovacionar el aterrizaje de un avión o una puesta de sol aunque, en este último caso, el éxito de la imbecilidad se estiba más hacia el Mediterráneo turístico; afortunadamente, los del Atlántico, al menos de momento, asistimos a esos atardeceres con cierto recogimiento casi religioso y placer estético. ¿Será el último crepúsculo (¡alto ahí! Acabo de dar con un título para un superventas: El último crepúsculo) al que asisto? Veremos amanecer?, parecemos preguntarnos. Y acaso esperemos que la abuela para la que pusimos un plato en la mesa responda en voz baja desde el más allá: Si, meu fillo, verás, ti tranquilo que miro por ti. En lo referente a las esquelas (algo acerca de ellas escribí en un artículo hace meses), que son un tributo al muerto y un recordatorio para que los amigos, conocidos y compañeros se enteren del fallecimiento y recen por el alma del difunto, se está cayendo en una corrección política preocupante. Si Julián Herbert decía que en el aire hay sobre todo oxígeno e hijos de puta, resulta chocante no encontrarse con una esquela que aluda a la segunda parte de la frase; entiendo que a lo mejor no es el lugar idóneo para ensañarse con el muerto pero tampoco es cuestión de loarlo como sacristanes turiferarios (aunque sea merecida esa alabanza, al hacerse pública, resulta indecente; debe permanecer en el ámbito de la familia y de los amigos). Leyendas del tipo “quererte fue fácil, olvidarte imposible”, “fuiste un esposo ejemplar y un padre único”, “dejas un recuerdo en nosotros que será imperecedero”, “tu resplandor seguirá iluminando nuestras vidas”, me parecen alardes innecesarios; esas cosas, parodiando ligeramente el texto de la lápida de Ben Cho Shey en el cementerio ourensano de san Francisco, se dicen en vida o se callan. Es difícil encontrar una esquela que sea ecuánime con el fallecido, que no sólo haga hincapié en sus méritos; y, sin embargo, esas líneas escasas (y carísimas) pueden ser el escenario adecuado para la revancha y los ajustes de cuentas (no hay posibilidad de réplica). Casos se vieron, y más de uno, de hombres casados muertos sobre (o debajo, a saber) una amante o una prostituta que fallecieron con la bendición apostólica de su santidad (por mucha bula que uno tenga en casa enmarcada en el dormitorio resulta extravagante). Yo, que además de mi atracción insana por la escatología, soy una persona perversa, estoy deseando ver la esquela de uno de esos hijos de puta que citaba Herbert en la que la familia se explaye a su gusto, diciendo lo que realmente piensa de él, sin autocensurarse: “Fulanito, fuiste un padre de mierda, un esposo miserable y un hermano cabrón. Y además te olía el aliento”. “Zutanita, gracias por habernos hecho la vida imposible, zorra. Ojalá recibas lo que mereces en el más allá, so mula”. Porque si uno mira las esquelas, parece ser que sólo fallecen los buenos: siempre muere el mejor padre (o la mejor madre), el mejor esposo (esposa), el mejor hijo (hija) o el mejor amigo (amiga). Por más que busco en esas páginas de los periódicos no encuentro una esquela que me obligue a decirme “¡ahí está, una persona decente!” al leer, por ejemplo: “La familia comunica la muerte de Mengano y ruega que no se eleve ninguna oración por su alma podrida ya que nos hizo la vida insoportable a todos con una saña feroz y, naturalmente, no se celebrará funeral alguno por quien seguramente ya se consume con toda justicia en el fuego del infierno y que le den por saco al condenado”. Es que si no aparece una esquela de ese calibre, yo empezaré a pensar que los hijos de puta son inmortales y que sólo la diñan los buenos, frase coloquial con ribetes repugnantes: “Siempre se van los mejores”, que, además de falsa, es una descortesía porque el que la profiere delante de ti, sibilinamente, acaso sin darse cuenta, lo que está diciendo es algo como “ya podías haberte muerto tú, pobre infeliz, y no Zutano que era un tipo estupendo”. En momentos así es cuando uno justifica los casos que recoge (e inventa) Max Aub en esa soberbia obrilla titulada Crímenes ejemplares, un manual de instrucciones que conviene tener a mano, como la aspirina.

STAND BY ME

La vida es una sucesión de curiosidades y de hallazgos o no es nada salvo hastío como una partida de parchís en una bochornosa tarde estival. Y entre esas sorpresas me encontré con una que es un gozo para mi escasa o nula formación musical. Quizá no sepan algunas personas que el incomparable Muhammad Alí, recientemente fallecido, uno de los más grandes boxeadores de todos los tiempos, cuando aún respondía al nombre (de esclavo, repetía él) de Cassius Clay, en el año 1964, grabó una versión de la popular canción Stand by me y en la cara B de ese disco sonaba otra titulada I am the Greast, que más que un alarde exhibicionista del campeón derivaba casi hacia la justificable perogrullada. Stand by me es una canción compuesta por Ben E. King (cuyo nombre real es Benjamin Earl Nelson), un cantante y compositor nacido en Carolina del Norte en 1938. Vaya por delante que toda la información referida a este asunto proviene de una página de internet firmada por Adela Arévalo de la que me hago eco y no responde a una concienzuda labor de investigación por mi parte. Parece ser que existen alrededor de 400 versiones de Stand by me. Y, aparte de la ya mencionada y sorprendente de Cassius Clay/Muhammad Alí que no cae en ridículo alguno al interpretarla, existen otras que reseña Adela Arévalo, quien, antes de pasar a nombrarlas, narra el origen de dicho éxito musical ya que el título procedía de un góspel escrito por un predicador, Charles Tindley, en 1905, que se hizo famoso en las iglesias y que fue el que originó la canción de Ben E. King. La autora del artículo cita versiones de John Lennon (1975, incluida en el álbum Rock’n’Roll, una de mis predilectas), de U2, de Tracy Chapman, de Prince Royce, de Adriano Celentano (la letra difiere sustancialmente de la original y el título es Pregherò pero la versión me parece excelente), de Otis Redding, aquel cantante fabuloso que murió en un accidente de avioneta (inolvidable la que fue su canción más popular, Sitting on the dock of the bay), de Concha Buika y Jacob Sureda (quizá la versión más particular y la más alejada de la ortodoxia de las que escuché) y de Ry Cooder, que en 1976 grabó una versión góspel de la canción. Comentarios posteriores en la página de internet que traigo aquí, hablan de una versión de Bruno Lomas (Rogaré) y de Javier Gurruchaga con la Orquesta Mondragón. Lo cierto es que Stand by me es de esas canciones que suenan frecuentemente en la radio o como fondo musical de alguna película y sigue siendo fresca, bastante joven aún tal vez a causa de las numerosas versiones que se han hecho de ella a lo largo de estos años. En cuestiones de espectáculo nadie como los estadounidenses y Clay/Alí no era ajeno a ello y a la autopropaganda. Sería impensable imaginar al fallecido Urtain delante de un micrófono cantando Si tú me dices ven / lo dejo todo, por decir algo. Aunque es cierto que en este país numerosos personajes no tuvieron empacho en hacer el ridículo cantando y grabando discos: la nómina es tan larga que con citar dos ejemplos, basta: El Dioni y Jesulín de Ubrique, ahí, con dos cojones. Jeta no les falta a ninguno de ambos. Carecemos de decisión (por ejemplo, a la hora de soltarnos con un idioma que dominamos a medias) pero nos sobra desvergüenza (para hacer el ridículo) o una vergüenza mal enfocada, orientada hacia aquello que no debería ocasionárnosla. Los karaokes hicieron (y siguen haciendo) un daño infinito al pudor. Uno bebe tres cubalibres en un karaoke, se cree Plácido Domingo y sube al estrado para cantar aquello de Y se marchó / y a su barco le llamó libertad… ¡Arre demo!