El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

ESQUELAS

Hace años escribí un largo artículo, más bien un ensayo, titulado “Epitafios”, en el que recogía algunas inscripciones de lápidas funerarias que albergaban textos que iban desde lo trágico hasta lo divertido, si es que la muerte contiene alguna dosis de humor. En el ensayo (suena demasiado solemne) me hacía eco de esas leyendas en tumbas de Galicia sobre todo, de algunas de los cementerios de París y lamenté, tiempo después de haberlo escrito, no poder actualizarlo con las de otros cementerios de otros lugares, ya que el transcurrir de una existencia nos suele obligar a acudir a cementerios con más asiduidad de la deseable. El funerario es probablemente un subgénero de la literatura y tiene la contundencia de eso que ahora se denomina microrrelato: como un refrán o un apotegma se graba en nuestra memoria. Algunas eran inscripciones barrocas (la de Ben‑Cho-Shey, en el cementerio de San Francisco, de Ourense) y otras lacónicas y certeras, como el “Pobre Asunción”, en ese mismo cementerio, que recogía en dos palabras la trágica muerte de una muchacha a manos de un amante despechado a finales del siglo XIX. Me atraen igualmente los textos que se insertan en las esquelas, desde el preliminar casi siempre inevitable (Rogad a Dios en caridad…) a lo que sigue habitualmente (… con la Bendición Apostólica de Su Santidad, -un beneficio que no sé bien de dónde procede ni la eficacia que pueda tener en el más allá).  La sección ya no es tan abundante como antaño y salvo los locales, los periódicos apenas reflejan el fallecimiento de escasos difuntos y, actualmente, suelen derivar hacia una prosa laica, sin anotaciones que aludan a la religión, y tendente a reproducir algún verso más o menos conocido. Uno de los epitafios más hermosos que existen, a mi entender, no figura en tumba alguna y pertenece a un cuartero que escribió Antonio Machado cuando murió su joven esposa Leonor: Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.  [Ahora que España se divide en dos bandos (perdón: ahora que España sigue dividida en dos bandos, derecha e izquierda, monárquicos y republicanos) no estaría mal volver la vista atrás y descubrir cómo republicanos de antaño, exiliados, lejos de su país, insertaban el nombre de Dios en sus escritos (Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez) para que dejen de creer algunos que un republicano es un señor dispuesto a decapitar a un rey, quemar una iglesia y fusilar a un cura. Y si se tercia, violar a una monja, ya puestos…] Retomemos el propósito inicial de este artículo y regresemos hacia las esquelas. Expurgué de un periódico las siguientes muestras que hacen referencia al oficio que tuvo en vida el fallecido: Arquitecto técnico, Farmacéutico, Jubilado de Citroën, Jubilado portuario, Jubilado del taxi. Con el absoluto respeto que me merecen los muertos (casi todos los muertos) no entiendo para qué sirve la aclaración del oficio o del trabajo que ejerció en vida el difunto ya que me parece una referencia vaga, casi una indiscreción o un alarde. Sin embargo, sí que me parecen efectivos los apodos ya que muchas veces por medio de ellos localizamos a una persona. Veamos una gavilla de ejemplos escogidos del mismo periódico: Pepa de Cabo de Vila, Segundo O Sono, Lola As Caseiras, Chicha Chiripa, María de Amadora o esta otra, sencillamente grandiosa: Lolita Pandelo, viuda de Fai Bistés (huelga decir que esta mujer no se llamaba Dolores). Porque con frecuencia, sobre todo en el medio rural, lo que le otorga personalidad o categoría a alguien, más que su nombre, es el mote por el que se conoce a la familia, como es el caso de Os Demiños, como se denominaba a una estirpe de hombres revoltosos allá por las tierras de Valdeorras, concretamente en A Rúa (tíos de un servidor, por cierto). En sociedades pequeñas sí que el oficio determinaba o perfilaba más agudamente la personalidad del muerto: herrero, carpintero, enterrador, sacristán; pero en medios urbanos, con cientos de miles de habitantes, parece superfluo añadir al nombre del muerto el título, por ejemplo, Director de banco o Teniente coronel o Exconcejal de cultura. En la sociedad rural los nombres realmente podían carecer de importancia y lo que consolidaba la esencia del muerto solía ser el mote, el apodo, el sobrenombre, puesto que solía pertenecer a los clanes familiares y así se integraba al fallecido en la estirpe adecuada, sin posibilidad de error, ya que no era insólito que dos personas tuviesen el mismo nombre y el mismo apellido. A fin de cuentas, el nombre poseía una raíz estrictamente religiosa y venía impuesto acaso por la festividad en la que había nacido la persona o por tradición familiar, pero el apodo se lo había ganado a pulso, dedicándose a un trabajo, a un oficio o por alguna característica física: El Cojo, Amoiputa, El Rubio, A Conecha, Facas, Pallón, O Trolas, Cacholas. Esos apodos establecían la personalidad del muerto y le daban la exacta ascendencia que le correspondía, bien porque provenía de una determinada familia (Os Demiños), bien por las labores a las que había dedicado su vida (O Capador, O Barbeiro). Por todo ello, aunque sea cruzando los dedos índice y medio de cada mano, cuando abro un periódico, después de las secciones de deportes y cultura, me voy a las esquelas y me fijo siempre en lo que pone en negrita o entre comillas debajo del nombre del muerto: me admira ese subgénero literario, lacónico, conciso pero que detalla una vida de manera exacta, podríamos decir lapidaria, para no caer en innoble tremendismo. Y les juro que resulta mucho más entretenido que la sección de política, por ejemplo.

EL CHISTE

Cuando uno tiene que cumplir sus compromisos con el periódico y no es capaz de hilvanar un artículo medianamente decente y como le avergüenza incurrir en una faena de aliño, repasa los libros que ha leído últimamente, las noticias que descubrió en los diarios, algo que vio en la televisión, las conversaciones que mantuvo, los acontecimientos de su vida y nada de ello le ayuda a pergeñar unas líneas no indignas ya que hay épocas infructuosas en las que la existencia parece un NODO gris mil veces visto (Franco inaugurando una central eléctrica -la más grande de Europa-, Franco entrando bajo palio en la catedral -la más imponente de Europa-, Franco pescando en el Azor un atún -el más gigantesco de Europa-, Franco jugando al golf en A Zapateira -el mejor putt de Europa, qué swing, Excelencia, qué swing, ni Jack Nicklaus, “cállate, Cristóbal, no seas empalagoso”-) o esas películas que reponen en televisión con frecuencia, Pretty Woman o Sor Citroën, que nos sabemos de memoria y a las que asistimos sin atención porque no tenemos nada mejor que hacer y recuerda aquella canción de Serrat, “pero hoy las musas han pasao de mí / andarán de vacaciones” y no se le ocurre nada pero, claro, el Nano en sus buenos tiempos hacía maravillas hasta sin ideas para hacerlas que es ahí donde estriba el talento y el oficio aunque el que trata de construir un artículo no indigno piense que en instantes así, infértiles, si la palabra existe (qué pereza mirarlo en el diccionario) lo más prudente, lo más sensato, es el silencio pero el periódico urge a uno a cumplir sus compromisos así que deja a un lado la novela El espíritu áspero, de Gonzalo Hidalgo Bayal, que lo tenía embebido desde hacía tres días, apaga el aparato de música en el que sonaba Satie y, pese a la lluvia, sale a la calle pensando que el sonido del aguacero para nada es inferior a la música del francés y que las palabras de Hidalgo Bayal tienen ese encanto fugaz pero intenso de la lluvia y camina por la ciudad desolada en medio de calles que se abaten hacia el río entre escorrentías por donde transcurren restos de nuestras vidas que van a dar al carajo, que es el morir, no sólo colillas o servilletas de papel, sino algo de lo que fuimos pero esas aparentes trascendencias tampoco sirven para sacar adelante un artículo así que el escribidor se dice que el mejor refugio para el desconsuelo es un bar y la mejor droga contra la agrafía es el vino y ahí lo tiene usted, al cobijo del burladero de la barra, un tanto extraño entre clientes a varios de los cuales conoce de vista y que le gastarán bromas ya consabidas y tan comunes como las películas arriba citadas que uno vio decenas de veces en la televisión en esas tardes aburridas que en ocasiones se cuelan en las biografías, pero en medio de esa fauna común siente un extraño vínculo con quienes, como él, se refugiaron en la tasca acaso porque, como él, no tienen nada que decir o nadie con quien hablar y ahora se acogen como náufragos en la isla del bar diciéndose cosas superficiales, chismes derrotados, chacotas mercenarias y el escriba piensa que ahí tiene a unos personajes que podrían dar de sí no sólo para un artículo sino para un relato y así se va sucediendo el atardecer, con una desasosegante rutina que le hace pensar que al final de su vida serán más intensos esos instantes anodinos que los paisajes que visitó, los libros que leyó o que los cuerpos que amó y eso le inflige una tristeza de carácter dudoso, una melancolía que suele arroparnos cuando visitamos un cementerio y de pronto parece que los muertos conservan algún parentesco con nosotros, acaso porque la muerte es la patria común de todos y como la amargura empieza a filtrarse por los ojos del escribidor, lo mejor es recurrir a otro vino que ayude  recuperar el equilibrio, a mantener la esperanza cuando menos a media asta y en esas está nuestro hombre, mirando el alcohol que el tabernero escancia sin ritual alguno y tratando de sorprender en los contertulios una frase que sea una especie de dogma al que aferrarse para poder hilvanar un artículo medianamente digno y a través del ventanal ve caer la lluvia pero de la lluvia ya habló en otros artículos y aunque el asunto da de sí para numerosas páginas (repasa mentalmente las películas, las canciones, las novelas, los poemas que tienen a la lluvia como protagonista), ya lo sobajó lo suficiente y aunque le queda el recurso del silencio no se puede hacer, o al menos él no es capaz, un artículo con el silencio pese a la manida tentación de la página en blanco, maldita sea, recuerda de súbito aquella maldad atribuida a Borges según la cual, cuando le preguntaron al argentino qué le parecía la novela Cien años de soledad, respondió “está bien escrita pero le sobran ciento cincuenta años”, al menos eso es lo que cuenta Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi, no está mal recurrir a esas boutades, a esas provocaciones elegantes, sutiles y crueles en las que incurría Jorge Luis Borges, sin ensañarse con el autor, sin caer en el esperpento del insulto personal, entonces pide otro vino que le conforte y a la vez estimule algún rinconcito del hipotálamo o del estómago de donde pueda extraer unas cuantas líneas, nada más que eso, pero hoy las cosas se tuercen y no existe una salida digna para cumplir con sus obligaciones así que, ya de perdidos, al río, se acomoda en la barra del bar, pide otro vino que comience a confundirlo definitivamente y escucha al tipo de al lado, que, sonriente, se acerca a él y le dice: ¿Te conté el chiste de la puta y el obispo? y aunque ya escuchó el chiste una docena de veces, menos, eso sí, de las que vio a Franco inaugurando centrales hidroeléctricas, contado por ese mismo fulano medio borracho, dice que no, que nunca se lo había contado y que haga el favor de soltarlo ya que hoy tiene muchas ganas de reír y pocas de enfrentar sus compromisos y fin, misión cumplida, coño.

SERRAT

https://t.co/MlPAE0wbmE

Nunca Serrat sonó tan triste.

ESCATOLOGÍA

Mantengo una atracción, tal vez malsana, por los asuntos relacionados con la escatología (entendido este término como conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba), atracción que comparten bastantes gallegos y, sospecho, muchas culturas que transan con los fastos mortuorios con una naturalidad que proviene de una larga tradición. A fin de cuentas, hacia la muerte vamos y que sea devagarciño. En la Galicia de Fole y de Cunqueiro y de Otero Pedrayo los muertos entran y salen de las casas con familiaridad asombrosa; no sería extraño que al poner la mesa se colocase un plato en una esquina y se dejase vacío por si entra la abuela que murió hace veinte años y tiene gazuza. Y por citar otro ejemplo, en México, con distintos oropeles, no resulta muy diferente: basta con enredarse en Pedro Páramo de Rulfo para saber lo que es bueno (Malcolm Lowry,  en un volumen titulado Detrás del volcán (sic), que recoge las cartas del escritor y su editor, se refiere a México como un país que tiene “una religión de la muerte”). Esa atracción que cité al principio me lleva a pasear por cementerios, a reparar en las lápidas de las tumbas y a sumergirme en la literatura  de las esquelas (a propósito lo escribí: literatura: hay lápidas y esquelas que son géneros literarios). Cada cual tiene sus manías. Los entierros amenazan con perder la solemnidad plañidera de antaño; no sé quién fue el primer muerto al que se le dedicó una ovación que jamás escucharía mientras transportaban su féretro; no sería extraño que fuese un torero (en los años alquitranados de ETA, las víctimas del terrorismo de esa chusma miserable eran aplaudidos por sus compañeros; en casos así, el postrer tributo está sobradamente justificado), algún personaje popular o alguien de reconocido prestigio. Sin embargo, como tenemos la misma facilidad para el insulto desorbitado que para el halago superfluo, aplaudir en dichas ceremonias como en un tablao flamenco ya resulta poco infrecuente; en fin, estamos hablando de una raza que no tiene empacho en ovacionar el aterrizaje de un avión o una puesta de sol aunque, en este último caso, el éxito de la imbecilidad se estiba más hacia el Mediterráneo turístico; afortunadamente, los del Atlántico, al menos de momento, asistimos a esos atardeceres con cierto recogimiento casi religioso y placer estético. ¿Será el último crepúsculo (¡alto ahí! Acabo de dar con un título para un superventas: El último crepúsculo) al que asisto? Veremos amanecer?, parecemos preguntarnos. Y acaso esperemos que la abuela para la que pusimos un plato en la mesa responda en voz baja desde el más allá: Si, meu fillo, verás, ti tranquilo que miro por ti. En lo referente a las esquelas (algo acerca de ellas escribí en un artículo hace meses), que son un tributo al muerto y un recordatorio para que los amigos, conocidos y compañeros se enteren del fallecimiento y recen por el alma del difunto, se está cayendo en una corrección política preocupante. Si Julián Herbert decía que en el aire hay sobre todo oxígeno e hijos de puta, resulta chocante no encontrarse con una esquela que aluda a la segunda parte de la frase; entiendo que a lo mejor no es el lugar idóneo para ensañarse con el muerto pero tampoco es cuestión de loarlo como sacristanes turiferarios (aunque sea merecida esa alabanza, al hacerse pública, resulta indecente; debe permanecer en el ámbito de la familia y de los amigos). Leyendas del tipo “quererte fue fácil, olvidarte imposible”, “fuiste un esposo ejemplar y un padre único”, “dejas un recuerdo en nosotros que será imperecedero”, “tu resplandor seguirá iluminando nuestras vidas”, me parecen alardes innecesarios; esas cosas, parodiando ligeramente el texto de la lápida de Ben Cho Shey en el cementerio ourensano de san Francisco, se dicen en vida o se callan. Es difícil encontrar una esquela que sea ecuánime con el fallecido, que no sólo haga hincapié en sus méritos; y, sin embargo, esas líneas escasas (y carísimas) pueden ser el escenario adecuado para la revancha y los ajustes de cuentas (no hay posibilidad de réplica). Casos se vieron, y más de uno, de hombres casados muertos sobre (o debajo, a saber) una amante o una prostituta que fallecieron con la bendición apostólica de su santidad (por mucha bula que uno tenga en casa enmarcada en el dormitorio resulta extravagante). Yo, que además de mi atracción insana por la escatología, soy una persona perversa, estoy deseando ver la esquela de uno de esos hijos de puta que citaba Herbert en la que la familia se explaye a su gusto, diciendo lo que realmente piensa de él, sin autocensurarse: “Fulanito, fuiste un padre de mierda, un esposo miserable y un hermano cabrón. Y además te olía el aliento”. “Zutanita, gracias por habernos hecho la vida imposible, zorra. Ojalá recibas lo que mereces en el más allá, so mula”. Porque si uno mira las esquelas, parece ser que sólo fallecen los buenos: siempre muere el mejor padre (o la mejor madre), el mejor esposo (esposa), el mejor hijo (hija) o el mejor amigo (amiga). Por más que busco en esas páginas de los periódicos no encuentro una esquela que me obligue a decirme “¡ahí está, una persona decente!” al leer, por ejemplo: “La familia comunica la muerte de Mengano y ruega que no se eleve ninguna oración por su alma podrida ya que nos hizo la vida insoportable a todos con una saña feroz y, naturalmente, no se celebrará funeral alguno por quien seguramente ya se consume con toda justicia en el fuego del infierno y que le den por saco al condenado”. Es que si no aparece una esquela de ese calibre, yo empezaré a pensar que los hijos de puta son inmortales y que sólo la diñan los buenos, frase coloquial con ribetes repugnantes: “Siempre se van los mejores”, que, además de falsa, es una descortesía porque el que la profiere delante de ti, sibilinamente, acaso sin darse cuenta, lo que está diciendo es algo como “ya podías haberte muerto tú, pobre infeliz, y no Zutano que era un tipo estupendo”. En momentos así es cuando uno justifica los casos que recoge (e inventa) Max Aub en esa soberbia obrilla titulada Crímenes ejemplares, un manual de instrucciones que conviene tener a mano, como la aspirina.

STAND BY ME

La vida es una sucesión de curiosidades y de hallazgos o no es nada salvo hastío como una partida de parchís en una bochornosa tarde estival. Y entre esas sorpresas me encontré con una que es un gozo para mi escasa o nula formación musical. Quizá no sepan algunas personas que el incomparable Muhammad Alí, recientemente fallecido, uno de los más grandes boxeadores de todos los tiempos, cuando aún respondía al nombre (de esclavo, repetía él) de Cassius Clay, en el año 1964, grabó una versión de la popular canción Stand by me y en la cara B de ese disco sonaba otra titulada I am the Greast, que más que un alarde exhibicionista del campeón derivaba casi hacia la justificable perogrullada. Stand by me es una canción compuesta por Ben E. King (cuyo nombre real es Benjamin Earl Nelson), un cantante y compositor nacido en Carolina del Norte en 1938. Vaya por delante que toda la información referida a este asunto proviene de una página de internet firmada por Adela Arévalo de la que me hago eco y no responde a una concienzuda labor de investigación por mi parte. Parece ser que existen alrededor de 400 versiones de Stand by me. Y, aparte de la ya mencionada y sorprendente de Cassius Clay/Muhammad Alí que no cae en ridículo alguno al interpretarla, existen otras que reseña Adela Arévalo, quien, antes de pasar a nombrarlas, narra el origen de dicho éxito musical ya que el título procedía de un góspel escrito por un predicador, Charles Tindley, en 1905, que se hizo famoso en las iglesias y que fue el que originó la canción de Ben E. King. La autora del artículo cita versiones de John Lennon (1975, incluida en el álbum Rock’n’Roll, una de mis predilectas), de U2, de Tracy Chapman, de Prince Royce, de Adriano Celentano (la letra difiere sustancialmente de la original y el título es Pregherò pero la versión me parece excelente), de Otis Redding, aquel cantante fabuloso que murió en un accidente de avioneta (inolvidable la que fue su canción más popular, Sitting on the dock of the bay), de Concha Buika y Jacob Sureda (quizá la versión más particular y la más alejada de la ortodoxia de las que escuché) y de Ry Cooder, que en 1976 grabó una versión góspel de la canción. Comentarios posteriores en la página de internet que traigo aquí, hablan de una versión de Bruno Lomas (Rogaré) y de Javier Gurruchaga con la Orquesta Mondragón. Lo cierto es que Stand by me es de esas canciones que suenan frecuentemente en la radio o como fondo musical de alguna película y sigue siendo fresca, bastante joven aún tal vez a causa de las numerosas versiones que se han hecho de ella a lo largo de estos años. En cuestiones de espectáculo nadie como los estadounidenses y Clay/Alí no era ajeno a ello y a la autopropaganda. Sería impensable imaginar al fallecido Urtain delante de un micrófono cantando Si tú me dices ven / lo dejo todo, por decir algo. Aunque es cierto que en este país numerosos personajes no tuvieron empacho en hacer el ridículo cantando y grabando discos: la nómina es tan larga que con citar dos ejemplos, basta: El Dioni y Jesulín de Ubrique, ahí, con dos cojones. Jeta no les falta a ninguno de ambos. Carecemos de decisión (por ejemplo, a la hora de soltarnos con un idioma que dominamos a medias) pero nos sobra desvergüenza (para hacer el ridículo) o una vergüenza mal enfocada, orientada hacia aquello que no debería ocasionárnosla. Los karaokes hicieron (y siguen haciendo) un daño infinito al pudor. Uno bebe tres cubalibres en un karaoke, se cree Plácido Domingo y sube al estrado para cantar aquello de Y se marchó / y a su barco le llamó libertad… ¡Arre demo!

ECLESIASTÉS

Una frase muy repetida del Eclesiastés, I, 15, afirma que Stultorum infinitus est numerus, que bien podría enlazarse con la que siglos después urdió Einstein: Sólo tengo la seguridad de dos cosas: la infinitud del universo y la estupidez humana. A la vista de las actuales circunstancias uno debe admitir la certeza de ambos enunciados, tanto local como globalmente. Basta con encender la televisión y darse una vuelta en el vuelo del mando a distancia y encontrarse con declaraciones de políticos, aberraciones de los programas del corazón, producciones de José Luis Moreno con el viejo sabor caduco de una España en blanco y negro, el humor más chabacano, la proliferación de misas dominicales, famélicas exhibiciones de cocineros que crecen como setas, tipos que berrean una música insoportable, programas que se dedican a seguir el día a día de los seres más vulgares, tertulianos que defienden sus opciones políticas a base de vejaciones contra el que discrepa, chicos y chicas que se insultan y se emparejan y vuelven a insultarse y se emparejan de nuevo y después se ponen los cuernos y, por fin, se reconcilian. De ahí a inferir que el número de los estúpidos es infinito no hay más que un paso. Decía el otro que en el mundo había gente maravillosa pero que siempre nos tocaban al lado los imbéciles. Ciertamente, uno debe tener en cuenta asimismo a los honrados, a los que se entregan a los demás, a los generosos, a los honestos pero son escasos en número comparados con la fauna habitual. Y si echamos un vistazo fuera de nuestras fronteras, la cosa no mejora: Europa, Oriente, África, Asia, son ahora mismo unas geografías convulsas en las que nos matamos de forma miserable. Todos los países estamos implicados en esos turbios asuntos porque de una forma u otra, ideológicamente o con armas, suministramos a los contendientes razones y armamento para llevar a cabo tales exterminios. Siempre surge alguien que dice que la historia de la humanidad es así desde el principio, convulsa y sangrienta y que incluso en tiempos pasados hubo más enfrentamientos bélicos que en la actualidad. Ahora las armas son más sofisticadas y más precisas (eso dicen) pero pese a ello mueren civiles igual que mueren militares. Desde el remoto día en el que nací, no sé si afortunada o desafortunadamente, asistí, de forma consciente o no, a más de un centenar de confrontaciones bélicas. Ignoro si es que el número de los estúpidos se ha multiplicado o que nos hemos vueltos locos y el mundo está sometido a la vorágine de una vesania insaciable que busca enfrentamientos en nombre de religiones, fronteras, ideologías, patrias, territorios, banderas y, si todo va bien y no existen motivos de semejante calibre, por cuestiones deportivas o porque yo la tengo más larga o a mí me operaron mejor las tetas, para discernir lo cual recomiendo por enésima vez Crímenes ejemplares de Max Aub: una radiografía del podrido corazón del ser humano. En momentos así lamento la desaparición de El Caso. Y el caso ‑El Caso‑ es matar. Uno, pesimista, no ve un futuro más o menos estable para un mundo en el que se enarbola a la primera discrepancia una ametralladora, una granada, una bomba, un sable, una navaja, un insulto, una piedra, una hoz. Perfeccionamos hasta límites tan absurdos las formas de matar, el ingenio de las armas, que ya no sabemos andar por la vida sin buscar un enemigo al que hincarle el diente y si ese enemigo no existiese, nos lo inventamos. No vamos a desperdiciar un misil que nos costó tanto dinero dejándolo oxidarse en un almacén. Hemos perdido la sensatez en la misma medida en la que estamos perdiendo el planeta y, dentro de no mucho, el género humano. Tal vez ésa sea la solución. Desaparecer de una vez por todas entonando el pútrido himno nacional que las patrias, también dijo otro, son la coartada de los imbéciles, de esos necios que como bien aseguró el Eclesiastés, contabilizan un número infinito entre el que uno se encuentra aun a su pesar.

Fragmento de Nembrot

-Tardé mucho tiempo en descubrir la verdad, algo así. A un pueblo de agricultores llega un día una tal Belén y abre una mercería. Casi todos pensaron que el negocio sucumbiría ya que existía el bar-tienda de Marcelino que era como El Corte Inglés pero sin escaleras mecánicas; tenía cuanto pudiera hacer falta: sobres y sellos, bacalao, periódicos, carretes de hilo, golosinas, helados, tabaco, fruta, ropa, sedales, anzuelos, papel, bolígrafos, conservas…

-Sí, conozco esos lugares que desgraciadamente se van extinguiendo.

-Por alguna razón, sin embargo, la mercería El Encaje sobrevive, quizá porque factura lencería de más calidad que la tienda de Marcelino. Pasó el tiempo y Belén, sin llegar a integrarse plenamente en el pueblo, comienza a ser codiciada por los hombres; no era de extrañar en una aldea de mujeres precozmente envejecidas a causa del trabajo y que visten de oscuro. Por contraste, Belén les parecía hermosa a los hombres.

-Natural. Sería de estatura media, morena, formas abundantes, cabello limpio, uñas pintadas, piel transparente, manos delicadas, lenguaje casi distinguido, sombra de ojos, como hay miles en una ciudad -fantaseó Bralt-. Fauna común. Pasan inadvertidas en la calle pero se creen princesas al descender a las cloacas, comparación que matizo con todos los respetos por tu cuna. Por la cuna que te parió, digo.

-Algo tramaba mi padre porque en cuanto las faenas del campo le concedían un respiro, en vez de irse a jugar la partida, se dirigía a El Encaje y charlaba con Belén. Regresaba a casa para regalarle a mi madre costosas prendas íntimas -¿bragas, quieres decir?, preguntó Bralt- que ella rehusaba poner. Así que cada noche mi padre volvía más tarde con el obsequio y el olor de otra mujer -¿Cómo se puede querer dos mujeres a la vez y no estar loco?, indagamos Machín y yo‑. Supongo que arreciaron las murmuraciones en el pueblo y harta del doble juego del marido, mi madre le propuso un día: o ella o yo. Ella consistía en el cuerpo de Belén, cierto solapado proxenetismo, quizá la esperanza de un negocio común; yo era una mujer avejentada, un hijo de corta edad, la tiranía de los trabajos agrícolas, el sudor. Como si le hubiera dado a elegir entre el cielo y el infierno.

-Y tu padre escogió el cielo.

-Abnegadamente, como un santo.

Algunos clientes abandonaron el bar. Osozvi permaneció en una esquina mirando la botella mediada con la misma atención con la que Carlo Argentino debió contemplar otrora el aleph: vale decir, viendo en el líquido su remota infancia, una ciudad desconocida, el final de las cuevas do rei Cintolo, un río subterráneo, el cuadro que pintó mañana, una mujer corriendo bajo un alud de granizo, la mano de Cunqueiro escribiendo en la eternidad, un corzo saltando en Fraga Vella, un baile de los años 50 en el barrio de san Lázaro, un sacrificio en honor de los dioses en Pena do Unto, un grupo de bretones que se asientan en el siglo VI, Beatriz de Suabia y Fernando III girando visita en 1232,  el incendio que devastará Mondoñedo en 1424, su diestra temblorosa rasgando un autorretrato que le provoca una cicatriz en la mejilla.

-Recogió algunas de sus pertenencias y se marchó. Los urbanos tardamos horas en preparar una maleta cargada de objetos superfluos.

-Por ejemplo, una Enciclopedia Médica y un fonendoscopio -dijo Bralt.

-Los habitantes del campo sólo requieren lo indispensable; en diez minutos estiban el equipaje para emigrar a Venezuela: ropa, una botella de aguardiente y una estampa del santo tutelar. Mi padre se acogió a la tutela de Belén, en el mismo edificio de la mercería. El pueblo reaccionó unánimemente contra los adúlteros. La mujer perdió a sus clientes y mi padre a sus amigos. Prácticamente no salían de la casa más que para comprar; hubo alguna disputa porque Marcelino intentó negarse a vender pero papá era un hombre fuerte que recurría a la violencia cuando las palabras resultaban inútiles.

-O sea, casi siempre.

-Como El Encaje decaía, pienso que fue mi padre quien tuvo la idea del burdel.

-Y empezaron a llamarle Junta -dijo Bralt.

-No me dejas hablar -se quejó Horacio.

-Seguí, seguí. Es que la historia tal que Onetti, calcadita a Juntacadáveres, che.

Ya estaba Bralt articulando los dos términos consabidos -pensó Horacio-: literatura=argentinismo. Incurable, el pendejo.

-Conociendo que algunos hombres de la aldea, con la disculpa de comprar algo que no había en la tienda de Marcelino, lo cual poco menos que imposible, viajaban a la ciudad y se acercaban a los prostíbulos para disfrutar de hembras de largo oficio…

-Putas, como el que dice.

-… Mi padre decidió traer al pueblo un burdel. Nada aparatoso, claro, sin anuncios de neón ni flamenco adulterado. Una casa de citas de tapadillo en la trastienda de El Encaje porque intuía que de esa forma si no la mercería sí el burdel constituiría una fuente de ingresos, que la pasión por conocer a mujeres maquilladas que olieran a cualquier perfume que no fuera mosto, atraería a los maridos e hijos al local. Ignoro quién se encargó de las gestiones, supongo que Belén. El caso es que un miércoles…

-Hombre, ya tenemos el miércoles -dijo Bralt-. ¿Cómo son los miércoles?

-Los miércoles no existen -intervino el apellidado Osozvi situándose detrás de Horacio-. ¿Permiten que les acompañe? -Posó el vaso de vino en la mesa y arrastró una silla-. Los miércoles son ficticios, cenizas, el color resultante de la mezcla de dos colores primarios. Uno cree que vive en miércoles pero es falso; el miércoles consiste en un vacío que está debajo de nosotros cuando tenemos un pie en el martes y otro en el jueves. Si juntásemos los pies, adiós ‑apuntó hacia abajo con el pulgar de la mano izquierda-, desapareceríamos. Encantado de reconocerles. Soy Osozvi.

-Éste es Horacio -dijo Bralt señalando a su amigo.

-Bralt -dijo Horacio señalando al escritor.

-¿Y a qué olerían los miércoles entonces, señor Osozvi? ¿Con qué color los pintaría usted?

-Negro, negro de abismo, de ausencia. Luto por la muerte de un día. Olerían a algo repugnante, a remolacha cocida.

-Aquí mi amigo -dijo Bralt-, está contando la historia de un burdel. Carece de la dialéctica de Cunqueiro pero el argumento posee interés, escuchemos. Pero antes -dio dos palmadas y elevó la voz-: ¡Camarero, tres de licor! Diserta, Horacio.

-Un miércoles llegaron al pueblo en autobús dos chicas; mi padre las estaba esperando; cargó los bultos y los tres cruzaron la plaza entre las miradas de los curiosos. Eso era lo que quería él, que la gente los viera, que se corriera el rumor que cediera paso a la certeza, a una certeza sorprendente en aquel pueblo miserable: que Belén y Rafael Oureiro iban a instalar un prostíbulo en el culo del mundo.

-Oiga, no es que el plagio me moleste más que el olor a pies -dijo Osozvi-, pero esa historia o una muy similar yo la leí en algún libro.

-Onetti, pero qué quiere. La vida está en los libros aunque haya quien incurre en la herejía de suponer lo contrario -Bralt.

-Algo barruntaba -dijo Osozvi-. Permítanme proponer mi tesis acerca de Mondoñedo; no la divulguen, por favor. Mondoñedo, como los miércoles, no existe. Es una invención de Cunqueiro, sus habitantes son personajes de ficción. Formulada de otro modo: Álvaro Cunqueiro escribe e inventa un mundo al que llama Mondoñedo y nombra sus alrededores, sus calles, sus plazas. Nombra, y al nombrar crea, el asilo de san Miguel, os Castelos, Furado dos Cas, Masma, Tronceda, Valiñadares, Montedarca, la Malataría, rúa Pardo de Cela, en fin, arbitra una toponimia. ¿Qué hace a continuación? Lo que hizo Dios: poblar de personajes ese espacio narrativo. El ejemplo clásico es Manuel Montero, el Mago Merlín. ¿Lo conocen? ¿No? Después iremos a visitarlo. Yo mismo soy un personaje de Cunqueiro. Como la catedral. O como ustedes dos.

-Pues a mí me parece que yo existo, que Mondoñedo existe. Que este licor café y -Horacio miró por la ventana- la lluvia que caía hace unos minutos era real. ¿No habrá abusado usted del alcohol?

-El alcohol abusa de mí. No sea incrédulo. Claro que nosotros tres y Mondoñedo existimos. Pero existimos aquí y ahora. ¿Por qué? Porque en algún lugar de este mundo que dicen redondo, aunque yo lo intuyo poliédrico, hay una, dos, cien o mil personas que están leyendo algún libro de Álvaro, ¿entienden? El día en que en todas las caras del planeta no haya ningún lector de Cunqueiro, Mondoñedo y sus habitantes desaparecerán, se esfumarán, humo que el viento dispersa. No quedará ni un edificio ni una persona ni una maldita tarta. Ningún rastro permitirá deducir que aquí se asentó Mondoñedo. Claro que -dijo Osozvi apoyándose en el respaldo‑ resulta poco menos que imposible que no haya nadie que lea a Cunqueiro, que no recuerde un poema suyo. Confío en que siempre exista un lector que nos exima del no ser, de la nada. Por si acaso, yo todas las mañanas releo un capítulo de sus obras. Y se confirma mi teoría cuando se celebran cursos, aniversarios, homenajes, simposios acerca de Cunqueiro: el pueblo cobra vida. Pero cuando se lee poco, como hoy, Mondoñedo se difumina en la niebla, en un tris de desaparecer. Tengo un amigo mindoniense afincado en Oviedo al que le causó tal estupor mi teoría que escribe un artículo diario citando a Álvaro Cunqueiro para que esta ciudad perviva. Por eso a los viajeros a veces les resulta dificultoso dar con este sitio: coincide con instantes en que apenas uno o dos ángeles salvadores investigan las páginas del escritor. La verdad, señores, es que corremos un inminente peligro de extinción. Yo ando con un folio mecanografiado con unas líneas de don Álvaro en el bolsillo y si presiento que Mondoñedo está desdibujándose, desapareciendo, lo saco y lo leo una y otra vez hasta que consolido sus contornos. No pocas veces fui el justo por el que esa ciudad se salvó.

 

NEMBROT

NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

A partir de mediados de la semana próxima, la editorial Trifolium pondrá a la venta mi novela Nembrot (Trasmigraciones y máscaras). Sin el subtítulo, fue publicada por DVD Ediciones en el año 2002. Esta versión contiene 15 capítulos inéditos (200 páginas más) que, por razones que sigo sin conocer, “autocensuré” de la edición anterior.