El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

MEMORIAS APÓCRIFAS

Puedo narrar con aproximado tino la historia que cuenta El graduado, hablar con cierta solvencia de Dustin Hoffman interpretando el papel de Benjamin, de Katharine Ross ejerciendo de Elaine o de la excelsa Anne Bancroft representando su rol de señora Robinson, insinuante y  madura. Recuerdo asimismo a Richard Dreyfuss, un residente de una casa de estudiantes y, cómo no, la música de Simon&Garfunkel, particularmente la canción Mrs. Robinson que sonó durante años porque en aquella época los éxitos musicales duraban muchísimo tiempo y no se veían de repente subsumidos por otro inmediato. Cuando se estrenó El graduado corría (bueno, en opinión de un viejo resistente, los años entonces no corrían sino que se arrastraban perezosa, deliciosamente lentos: cosas de la edad) el año 1967 y, por ese pasado ya extinto, un éxito musical, por ejemplo, Extraños en la noche, de Frank Sinatra, duraba bastantes años, como sucedía con los álbumes (perdón: entonces eran elepés) de Beatles o de Rolling Stones o de cualesquiera otros triunfadores del convulso decenio, de tal forma que esas canciones pasaban a formar parte de la banda sonora de tu vida porque permanecían durante mucho tiempo en las emisoras de radio, en la incipiente televisión, sin estar sometidas, como en la actualidad, a un aluvión continuo y constante de éxitos que se superponen unos a otros de tal manera que es muy difícil, para la gente joven, encontrar a alguien que la haya marcado de manera contundente porque los referentes son múltiples. Seguramente si a personas de mi edad se les pregunta por sus músicos preferidos podrían hablar de media docena o una docena de grupos y/o de cantantes pero a la gente más joven les resultaría complicado porque la industria discográfica se agigantó hasta tal punto que las referencias son interminables, apabullantes (y eso no es mejor ni peor que antaño). Puedo narrar, dije al principio, con cierta exactitud el argumento de El graduado, incluso las interpretaciones de algunos de sus actores, y, sin embargo, jamás vi esa película. Recuerdo no impostado es, por supuesto, el cartel: la pierna derecha de Bancroft subiéndose (ésa es mi impresión, que la sube, no que la baja, por la forma de la prenda en la pantorrilla) la media y un anonadado, sorprendido y acojonado Hoffman, con los hombros caídos, las manos en los bolsillos, delante de la puerta y a su lado, a su derecha, un televisor y encima de éste, en la pared, un aplique: ahí está, como aguardando lo que inevitablemente tiene que suceder (o lo que ya sucedió) y acaso por su rostro uno intuya que realmente la señora Robinson se está quitando la media, no poniéndosela. Junto con la canción principal, es el único dato exacto de la película, ese cartel en el que el hombre se parece poco al actor, la única memoria real que me pertenece ya que las demás son impostadas. Convendría intercalar la pregunta que hace Alicia, el personaje de Lewis Carroll: “¿Para qué demonios sirve una memoria que sólo funciona marcha atrás?” Con frecuencia poseemos memoria de algo que en realidad no sucedió o que nos fue transmitido oralmente, que vimos en algún NODO remoto pero que juraríamos que fuimos espectadores de ese recuerdo. Guardo uno lejanísimo: haber visto a los componentes del Dúo Dinámico lanzarse desde un espigón al mar en un verano antañón en Combarro, donde veraneaba, durante el rodaje de una película titulada, creo, Botón de ancla. Con el tiempo uno descubre que sí, acaso haya una escena similar en la película pero de lo que uno está seguro es de que no serían ellos quienes se arrojaban al mar sino probablemente unos dobles porque en ese acto no había aglomeración de chicas y era la época en la que el Dúo Dinámico constituía acaso el primer modelo de cantantes con fans enfervorecidas y lo que yo recuerdo es el escrupuloso salto de dos chicos que se lanzaban vestidos al mar desde la escollera de un pueblo entonces gris y tranquilo hasta que llegaron el color y los turistas y transformaron (o transformamos) el enclave apacible en un hervidero de chiringuitos y terrazas y fiestas como es en general la costa actual, desde San Sebastián a Badalona pasando por Huelva y Cádiz y Málaga y Valencia sin desdeñar las islas Baleares y las Canarias. Y llega un momento en la vida en el que uno duda de si realmente vio a Marcelino cabecear y obtener al gol de la victoria contra la URSS de Yashine, Chislensko y compañía en el año 1964 o si ese hecho histórico (parecía entonces de la misma naturaleza que el viaje de Colón a las Indias o el desastre de la Armada Invencible) en realidad lo vivió un hermano mayor que vino a contárnoslo enardecido mientras tragábamos el bocadillo de mantequilla con azúcar, que solía ser la merienda recurrente y existencial que sustentaba las tardes de buena parte de los infantes españoles. Soy capaz de recitar la alineación del Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas, paladear en la memoria el gusto descompuesto de los taconazos de Di Stéfano (a) La Saeta Rubia (acojona su verdadero nombre: Alfredo Stéfano Di Stéfano Laulhé), las enloquecidas carreras por la banda de Gento (a) La Galerna del Cantábrico, los disparos relampagueantes de Puskas (a) Cañoncito Pum, y, sin embargo, dada mi edad, no pude asistir realmente a tales acontecimientos que seguramente me fueron transmitidos posteriormente por una defectuosa televisión en blanco y negro. La memoria se va formando, así pues, en capas sucesivas hasta formar un palimpsesto: a la visión inicial con frecuencia se le van sumando otras como aparece el musgo en un muro y quizá no sea muy osado pensar que buena parte de la literatura se sustenta, entonces, sobre una falacia que luego se aliña con un tanto de imaginación y de talento.

ESA CIUDAD

Me gustaría vivir fuera de Ourense para sentir nostalgia de Ourense. Acostumbrado como estoy a habitar de forma casi permanente esta ciudad, seguro que mis ojos no detectan ciertas cosas que a los foráneos no le pasarán inadvertidas: determinados edificios, las orillas del río, el color del cielo en los atardeceres o la placidez de las noches. Todo ello para mí constituye un don gratuito y en el que acaso no repare, como los miembros de las familias ricas no lo hacen en el lujo que los rodea porque piensan que es lo natural. Aunque es cierto que no resulta necesario huir de una ciudad para comprenderla: algunas grandes obras de la literatura están escritas desde el interior de determinada geografía y no desde la mirada periférica de la nostalgia. Contrariamente, hubo autores que necesitaron de la distancia para recrear su ciudad, como Joyce con Dublín, o de la injerencia del tiempo, como la Roma de Yourcenar. Si yo viviese fuera, si me fuera concedido ese privilegio, acaso añoraría la ciudad gris de los años sesenta y el festival del Miño: la playa fluvial de Oira: las solemnes procesiones de semana santa: los muslos de las majorettes de las fiestas del Corpus: los seminaristas que bajaban hacia Ourense como pájaros migratorios: Pepiño, aquel tullido que pedía limosna en el puente de As Burgas: las reuniones en O Volter: los bocadillos de calamares en las galerías Tobaris: las aulas de los maristas: a la Concha con su puro inagotable: la presencia oronda de monseñor Temiño: las pelotas de goma de los zapatos Gorila con las que jugábamos al fútbol: las inagotables idas y venidas por el Paseo: los guateques casi clandestinos: la legendaria Chichona: el olor a café de Campos: la vestimenta del Capitán Bombilla: las veladas de boxeo en el cine Airiños: la miseria de La Perrecha: la música instrumental del grupo Benposta: los batidos de La Ibense: el Club Deportivo Ourense ganando todos los partidos de una Liga de fútbol: las verbenas en el jardín del Posío: los suicidas saltando desde los puentes: los juegos de pídola y de chorromorropicotaina en el parque de San Lázaro: las incursiones temerosas en el barrio chino: un tipo muerto a orillas del río mientras se trajinaba a una gallina: las hazañas de Raúl Rey: la escuela de aeromodelismo: las sesiones de cine en el Principal, en el Xesteira, en el Mary, en el Avenida, en el Losada: las actuaciones de las vedetes en La Bilbaína: los billares y futbolines del Coime en Santo Domingo: los goles de Wilson y de Pataco y de Montenegro: la galanura del capitán Bombilla: los chapuzones en el Miño: las locuciones de Pedro Arcas en la radio: las victorias de Reverter: la sesión vermú en la sala de fiestas Auria: la desenvoltura de Toñito Patata: el garaje en la calle Curros Enríquez donde podía leerse “Prohibido blasfemar y hablar de política”, recogido posteriormente por Carandell en Celtiberia Show, y todas esas historias legendarias y a la vez reales que embarraron mi infancia y es posible que también otras infancias similares a la mía. Seguramente no me gustaría vivirlas de nuevo. Nada de todo ello existe sino en un rincón de la memoria, esa que nos va formando a veces a nuestro pesar. Si viviese fuera de aquí, acaso esa mirada sobre el ayer fuese más tolerante, menos dolorosa, más conciliadora. Pero uno nunca regresa sino a la nostalgia, que es charco contaminado.

HERMOSAS FALSIFICACIONES

Con frecuencia los usuarios del idioma establecen sus propias arbitrariedades que dan lugar a variaciones, en ocasiones divertidas, de una frase original. Muchas de ellas son ya refranes que se utilizan en el lenguaje oral a modo de coletillas y sentencias y que, pese a sus errores, se incorporan al habla; quede claro, pues, desde el inicio, que no es finalidad de este texto mofarme de quienes las emplean ni en absoluto corregirlos, sino dar fe de tales expresiones que con el tiempo variaron muchas veces su manifestación original y en ocasiones hasta su sentido. Empecemos por dos que provienen del mundo del cine. La famosa “Tócala otra vez, Sam” no aparece en la película Casablanca sino que procede del título de la película de Woody Allen Play It Again, Sam. En realidad (en la realidad de la ficción cinematográfica, tan sólida como lo que se considera “realidad”), Ilsa (Ingrid Bergman) se acerca al pianista y le dice: “Tócala, Sam. Toca As Time Goes By”. Más tarde es el imperturbable Rick (Humphrey Bogart) quien acucia a Sam: “La tocaste para ella, la puedes tocar para mí. Si ella pudo soportarlo, yo puedo. ¡Tócala!” Pero es tan fuerte (y creo que feliz) el arraigo de la frase falsificada, que ya forma parte del imaginario.

¿Quién no profirió alguna vez, en determinada circunstancia, la urgencia de la frase “¡Más madera!”? Pues jamás Groucho dijo nada igual en la película que, según parece, atesora homenajes más o menos explícitos a El Maquinista de la General, de Buster Keaton. Realmente, lo que Groucho grita es “¡Traed madera!” Por cierto, El maquinista de la General se titula en inglés The General. Sería interesante que algún experto cinéfilo investigara los títulos de las películas, particularmente anglosajonas, que llegan a nosotros con otros aberrantes y disparatados cuando no estúpidos.

Otro lugar común en las conversaciones es la sentencia “Con la iglesia hemos topado”, que contiene variaciones polisémicas para todos los gustos. Y lo cierto es que en la segunda parte de Quijote, en el capítulo IX, cuando Sancho y don Quijote entran en el pueblo, lo que éste le dice a su escudero es: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”.

Poca gente habrá que no haya escuchado alguna vez lo de “el fin justifica los medios”, atribuido a Maquiavelo y, en concreto, a su obra El Príncipe: cuantos más datos se amontonen en un error, mejor porque éste empieza a parecer más una verdad. Los políticos dan sobradas (y repugnantes) muestras de ello. Pues bien, la frase procede de una anotación que hizo Napoleón Bonaparte en la última página del ejemplar de El Príncipe que poseía. Maquiavelo jamás escribió tal sentencia. Por usar otro lugar común, al César lo que es del César. ¿Por qué se suele amputar esa frase y no se añade la segunda parte: “y a Dios los que es de Dios”? Perdón por el ramalazo marista.

Más de uno y de dos tararearon (tarareamos) aquello de “Mambrú se fue a la guerra”. En justicia, Mambrú jamás pisó un campo de batalla. La cancioncilla infantil es una traslación a la lengua española de otra francesa titulada Marlbrough s’en va-t-en-guerre, compuesta tras la batalla de Malplaquet que enfrentó a las tropas de Francia y Gran Bretaña. Hay que retirar de inmediato la placa que Mambrú tenga asignada en alguna población y poner una dedicada a Marlbrough. Otra canción infantil que posiblemente fue tergiversada es Antón Pirulero; el tal Antón existió, en Granada, circa 1860, y el animal asesinó a su mujer de veinte puñaladas. Muchas teorías apuntan a que Pirulero no era en realidad su apellido sino un apodo deformado que provenía de perulero, palabra que, según el DRAE, significa, entre otras acepciones, natural de Perú o indiano que regresa de ese país. No es descabellado pensar que Antón Pirulero fuese un perulero, un emigrante español que retornó de Perú y pasó al imaginario popular por el crimen que cometió.

Recuerdo en Longa noite de pedra, si la memoria no me falla, un poema de Celso Emilio Ferreiro en el que arremetía en algún verso contra Goethe (creo que le llamaba burgués, entre otras cosas) por haber escrito “Prefiero la injusticia al desorden”. Se equivocaba Celso Emilio como se equivocó la paloma que por ir al norte fue al sur y creyó que el trigo era agua y todo eso. Lo que Goethe manifestó fue esto: “Prefiero cometer una injusticia antes que soportar el desorden”. Quizá haya alguna semejanza entre ambos aforismos pero el primero no es textual.

Hay un romance español que cita irónicamente Cervantes en Rinconete y Cortadillo y cuyo primer verso dice “Marinero de Tarpeya”. Cervantes hace una broma con él ya que parece que el error proviene de un editor despistado y, acaso, algo ignorante, puesto que el original no habla de ningún marinero sino de Nerón, y el verso en cuestión es el siguiente: “Mira Nero de Tarpeya / a Roma cómo se ardía”. El editor y después la voz del pueblo, convirtieron a un poderoso emperador romano en un marinero y posiblemente sea mejor oficio este que aquél.

Insisto en que no hay crítica alguna en el texto, todo lo contrario. Un idioma es patrimonio de sus usuarios que muchas veces lo deterioran y lo pudren, y otras lo enriquecen con aportaciones insólitas que probablemente la Academia tendrá que recoger más temprano que tarde. Es ese pálpito diario el que hace doblemente maravilloso el milagro de cualquier idioma. Y hay que protegerlo teniendo en cuenta que el fin no justifica los medios y siempre que piense en Casablanca seguramente se me escapará lo de “Tócala otra vez, Sam” porque a veces las falsificaciones son tan atractivas como el modelo imitado.

MEA CULPA

Los amigos están para desordenarte la vida, felizmente. Y uno de ellos, me hace saber que Felisberto nació en Uruguay, a quien yo alegremente le atribuí la nacionalidad argentina. Como con Gardel, casi un epónimo de argentinismo, para quienes unos reclaman la patria uruguaya y otros la argentina. Sirva como levísima disculpa que le importan un carajo las patrias a la buena literatura, que Cortázar puede ser francés, Sterne estadounidense, Mishima italiano y Lobo Antunes alemán. Vizcaíno Casas, por ejemplo, no se entendería sin España. Ya sé que estas digresiones agravan mi error pero quedan de puta madre. Pues eso: discúlpenme la pifia. Trataré de no reincidir pero no estoy yo muy seguro.

EL CONCEPTO DE FICCIÓN

Recientemente leí El concepto de ficción, de Juan José Saer, editada por Rayo Verde. Quizá no sea necesario señalar que Juan José Saer es uno de los grandes escritores que ha dado la literatura argentina y no resulta exagerado afirmar que uno de los mejores en lengua española, casi en la misma medida de secretismo que Juan Filloy (Op Oloop, Caterva), otro de los autores semiclandestinos más importantes de un país que, entre otras cosas, ha suministrado un aluvión de escritores de una enorme calidad en medio de tangos, psicoanalistas, futbolistas, cineastas y cantantes. Y unos cuantos militares cabrones. A nadie a quien le guste la ficción, le pasan inadvertidos los nombres que perezosamente denominaré canónicos, desde el que podríamos considerar poco menos que su fundador, Hernández, hasta Ricardo Piglia o Patricio Pron: si aquél fuese el principio que no lo es pero a efectos genealógicos sirve como hito, y éste el final, el trayecto estaría jalonado por, entre otros, Macedonio Fernández, Borges, que en sí mismo encierra toda una literatura, Felisberto Hernández, Cortázar, Roberto Arlt o Bioy Casares, por no extender la nómina; una nómina en la que no sería desacertado instalar a Gombrowicz, que las fronteras patrias en la literatura suelen lábiles, a menudo fastidiosas y en ocasiones reduccionistas. Pero existen otros autores argentinos que no entran igualmente en lo que Saer denomina “ese ejército impreciso de escribas mesurados” y que por extrañas razones, no han sido debidamente promocionados pese a la calidad de sus escritos. Uno a veces tiende a alegrarse, con una indecente dosis de orgullo, de que sigan manteniéndose en un anonimato más o menos sólido, determinados escritores que acaso por razones editoriales, por circunstancias personales o por pura mala suerte, resultan difíciles de encontrar en las librerías, temiendo que el día que estén en las mesas de novedades, la fama habrá empezado a pudrir el producto. Y Juan José Saer es uno de ellos. Por supuesto que es conocido y reconocido pero su nombre constituye otro más inter pares que no parece alcanzar la estatura que se le otorga, por ejemplo, a Jorge Luis Borges. Por si alguien está interesado, lo más sobresaliente de sus ficciones estriba probablemente en El entenado, Las nubes, El limonero real y Nadie nada nunca: la particularidad de una prosa deslumbrante, minuciosa, en novelas en las que apenas suceden cosas, de una quietud perturbadora. Resulta difícil clasificar o adjetivar la obra de Saer como lo resulta asimismo la del citado al principio, Juan Filloy: dueño igualmente de un mundo particularísimo que de ninguna manera se puede encajar en tendencias, escuelas o modas, la literatura de Filloy es un descubrimiento para aquel que por primera vez se sumerja en ella, ya que es casi imposible hallar referencias previas que lo localicen o delimiten, como si sus ficciones empezaran y se agotaran en Juan Filloy, sin antecedentes (lo cual es, naturalmente, falso) y sin seguidores (lo cual es, seguramente, cierto). En esa corriente más o menos alborotada de la literatura argentina (probablemente similar a la corriente literaria de cualquier otro país) es posible hallar otros autorespuente que nos ayuden a transitar desde una orilla a la otra. Si la primera pisada la pusimos en el trecho Saer y la segunda en el trecho Filloy, no sería mala idea avanzar un paso y asentarnos en Fogwill, otro escritor que rehúye el peligro que apunta Saer en la página 125 del ensayo al que me referí en la primera frase de este artículo: “Cuando la tradición se transforma en modelo, se vuelve inmediatamente oficial”. Kertész lo escribió hace una porrada de años: “El apoyo estatal a la literatura es la forma estatalmente encubierta de la liquidación estatal de la literatura”: la misma advertencia con distintas palabras. Los grandes novelistas crean su propia tradición: Sterne, por ejemplo, Rabelais, Cervantes, Caroll. En Help a él (si se desmenuzan las letras del título se descubrirá que son las mismas que las del famoso texto de Borges, El aleph), Fogwill coge (si quieren, pueden usar el verbo en sentido argentino: no desentona) el cuento de su predecesor y lo desmonta o, más bien, toda la concentración o la fuerza centrípeta del texto borgeano, pasa a ser aquí una fuerza centrífuga que se expande. Afortunadamente, en aquel momento no existía nadie quisquilloso que tratara de llevar a los tribunales a Fogwill por apropiación indebida o algo así, como sucedió con la reelaboración de El hacedor que publicó Fernández Mallo. Y ya para asentar el pie en la otra orilla, citemos a otro autor de escaso reconocimiento y con una obra espléndida aunque el capolavoro que se cita es siempre Zama: Antonio Di Benedetto. Acabemos con una cita de Saer: “La ortodoxia trabaja contra la literatura. Por exceso de rigor, un escritor puede encontrar de la noche a la mañana que ha cambiado de especialidad: la novelística urbana corre el peligro de convertirse en cartografía; la ecole du regard acabará proponiendo sustituir la pluma por el metro de carpintero. Los novelistas del “Nouveau Nouveau Roman” [sic: y conviene aclarar que este texto fue escrito en 1968] vigilan con ansiedad los últimos tratados de lingüística general cosa de no escribir una sola línea que disienta de ellos. Súbitamente, nos encontramos con que la escritura automática se ha convertido en oligofrenia. No habíamos acabado de sorprendernos con los experimentos de Mallarmé y de E. E. Cummings, que ya tenemos su caricatura pretenciosa en el movimiento letrista: si esta tendencia se impone los honores terminará por impartirlos el Sindicato de Artes Gráficas y no la Academia Francesa”. Por fortuna, pienso que autores citados en este artículo no corren ninguno de los riesgos que Juan José Saer anuncia: ni son ortodoxos, ni siguen las modas y los vaivenes de la crítica ni pertenecen a un ejército de escribas mesurados: hay en ellos diversidad y calidad donde elegir. La felicidad máxima de la literatura reside en la lectura, que se sustenta sobre todo en poder abrir las obras de escritores como los nombrados en este artículo.

DIARIOS

Con alguna frecuencia, lo que más atrae al lector de los diarios de los escritores, no son los asuntos que podríamos denominar trascendentes, los que manifiestan su genio, su talento, sino las minucias de cada día, las que dan fe de que lo cotidiano de un hombre importante es similar a lo cotidiano nuestro, y las pequeñas o grandes maldades que perpetraron, ya que eso los asimila con el lector: fueron movidos por las mismas pasiones que nosotros, nos decimos; habrán escrito algo maravilloso, compuesto una sinfonía inolvidable, esculpido como los dioses pero, en el fondo, amaban y odiaban como amamos y odiamos nosotros, se movieron por los mismos vaivenes que nosotros: la inquina, el orgullo, la jactancia, la alegría, la tristeza, la soledad. Y ya si en ese diario, el diarista incurre en menudear sus miserias fisiológicas, desde unas almorranas hasta una inflamación de la próstata, una cistitis, una diarrea o aerofagia, tenemos ganas de abrazar una foto del que se autorretrata y susurrarle al oído aquello de mon semblable,  mon frère!, que escribió Baudelaire en el poema Au lecteur. A fin de cuentas, en la mayoría de las ocasiones, un diario no es sino un chismorreo bien escrito. Es esa calidad literaria lo que le otorga trascendencia, de la misma forma que de caer en otras manos y no en las de Flaubert, Madame Bovary sería un folletín de sobremesa. El diario no consiste sino en elevar a la categoría de género literario un cotilleo de patio de vecinos. Cuando Caballero Bonald escribió sus memorias, lo que se susurraba antes del acontecimiento es que iba a poner por escrito cómo se había liado con la ex de Camilo José Cela: creo recordar que Caballero Bonald eludió elegantemente el asunto: ganamos un escritor pero perdimos un cronista del corazón. Hay quienes husmean en los sucesivos diarios de Gil de Biedma (sería más sensato decir que es un único diario escrito, reelaborado, corregido y aumentado, sobre todo en la última versión aparecida y auspiciada espléndidamente por Andreu Jaume que, digamos, sanciona el texto canónico) para indagar a quiénes se había tirado, dónde y en qué circunstancias. El menudeo sexual interesa más que una relación estable. E incluso más que los fragmentos en los que Gil de Biedma da cuenta de cómo un poema va creciendo, disminuyendo, variando a lo largo de los meses: hay más, por supuesto, que o bien no he leído o bien he olvidado, pero esa pulcritud minuciosa de cómo se desarrolla un poema a lo largo del tiempo, lo descubrí fundamentalmente con Juan Ramón Jiménez y con Jaime Gil de Biedma: el por qué es mejor recurrir a un heptasílabo que a un endecasílabo, porqué tal adjetivo conviene más al verso que otro y que desmonta esa teoría (más bien esa sensación falsa) de que un poema es poco más que un deslumbramiento repentino, un fogonazo iluminador, una revelación o una hipnosis. No sé a quién pertenece la frase que leí un día en una entrevista a José Ángel Valente: el primer verso lo dan los dioses. De acuerdo. Pero los posteriores requieren un trabajo denodado, exhaustivo, lento. Con los Diarios de Emilio Renzi sucede algo similar: uno puede desdeñar sus entrevistas con Borges para enfangarse en las noches tórridas en las que el cuerpo le pedía a Piglia salir de madrugada, meterse en un tugurio humilde y beber hasta el hartazgo o rastrear sus relaciones simultáneas con las mujeres. Pero acaso no sea una deformación lectora sino que intuimos que esos pequeños desórdenes son los que, a la postre, forman la personalidad del autor con cuyas obras disfrutamos. De los dos tomos de memorias de Juan Goytisolo, hubo quienes silenciaron el valor literario de los textos para centrarse en la escandalosa anécdota del abuelo que le mete mano al nieto inocente y desprevenido. Todo esto que desordenadamente apunto, me vino a la mente leyendo un libro, El concepto de ficción, de Juan José Saer, donde hace alusión a otro de Sarmiento titulado Diario de Gastos, en el que Sarmiento, al hilo del diario de sus viajes, anotaba sus gastos. Minuciosamente, iba apuntando el precio de un pasaje de barco desde Río de Janeiro a Le Havre (800 francos), una limosna (15 céntimos) y lo invertido en cenas, cigarros, peines, hasta llegar a su lado más chismoso, común a cualquiera. Apunta Sarmiento el 15 de junio de 1846 “Orgía, 13,5 francos”, al lado de 2 francos que gastó en una pieza para secar la pluma. Cuando llega a Francia, en Le Havre se regala, el 6 de mayo de ese año, “dos botellas de vino extra, una de burdeos 5 fr. y otra de Chambertin 8 fr.”. El 9 de mayo reseña: “Una cena de lujo en el Palais Royal” por doce francos. Sarmiento parece más humano que nunca, acaso más frágil, más nuestro semblable, nuestro frère en esa entrada tan ligera, sin mayores alharacas, un simple testimonio del que ni se avergüenza ni se enorgullece: “Orgía, 13,5 francos”. Un mal paso, decía el otro, cualquiera lo da en la vida; aunque a saber si una orgía es un mal paso.

N.B.: Este artículo lo escribí en diciembre de 2016. El 6 de enero de 2017 me enteré de la muerte de Ricardo Piglia, citado más arriba. D.E.P.

DIARIOS

Con alguna frecuencia, lo que más atrae al lector de los diarios de los escritores, no son los asuntos que podríamos denominar trascendentes, los que manifiestan su genio, su talento, sino las minucias de cada día, las que dan fe de que lo cotidiano de un hombre importante es similar a lo cotidiano nuestro, y las pequeñas o grandes maldades que perpetraron, ya que eso los asimila con el lector: fueron movidos por las mismas pasiones que nosotros, nos decimos; habrán escrito algo maravilloso, compuesto una sinfonía inolvidable, esculpido como los dioses pero, en el fondo, amaban y odiaban como amamos y odiamos nosotros, se movieron por los mismos vaivenes que nosotros: la inquina, el orgullo, la jactancia, la alegría, la tristeza, la soledad. Y ya si en ese diario, el diarista incurre en menudear sus miserias fisiológicas, desde unas almorranas hasta una inflamación de la próstata, una cistitis, una diarrea o aerofagia, tenemos ganas de abrazar una foto del que se autorretrata y susurrarle al oído aquello de mon semblable,  mon frère!, que escribió Baudelaire en el poema Au lecteur. A fin de cuentas, en la mayoría de las ocasiones, un diario no es sino un chismorreo bien escrito. Es esa calidad literaria lo que le otorga trascendencia, de la misma forma que de caer en otras manos y no en las de Flaubert, Madame Bovary sería un folletín de sobremesa. El diario no consiste sino en elevar a la categoría de género literario un cotilleo de patio de vecinos. Cuando Caballero Bonald escribió sus memorias, lo que se susurraba antes del acontecimiento es que iba a poner por escrito cómo se había liado con la ex de Camilo José Cela: creo recordar que Caballero Bonald eludió elegantemente el asunto: ganamos un escritor pero perdimos un cronista del corazón. Hay quienes husmean en los sucesivos diarios de Gil de Biedma (sería más sensato decir que es un único diario escrito, reelaborado, corregido y aumentado, sobre todo en la última versión aparecida y auspiciada espléndidamente por Andreu Jaume que, digamos, sanciona el texto canónico) para indagar a quiénes se había tirado, dónde y en qué circunstancias. El menudeo sexual interesa más que una relación estable. E incluso más que los fragmentos en los que Gil de Biedma da cuenta de cómo un poema va creciendo, disminuyendo, variando a lo largo de los meses: hay más, por supuesto, que o bien no he leído o bien he olvidado, pero esa pulcritud minuciosa de cómo se desarrolla un poema a lo largo del tiempo, lo descubrí fundamentalmente con Juan Ramón Jiménez y con Jaime Gil de Biedma: el por qué es mejor recurrir a un heptasílabo que a un endecasílabo, porqué tal adjetivo conviene más al verso que otro y que desmonta esa teoría (más bien esa sensación falsa) de que un poema es poco más que un deslumbramiento repentino, un fogonazo iluminador, una revelación o una hipnosis. No sé a quién pertenece la frase que leí un día en una entrevista a José Ángel Valente: el primer verso lo dan los dioses. De acuerdo. Pero los posteriores requieren un trabajo denodado, exhaustivo, lento. Con los Diarios de Emilio Renzi sucede algo similar: uno puede desdeñar sus entrevistas con Borges para enfangarse en las noches tórridas en las que el cuerpo le pedía a Piglia salir de madrugada, meterse en un tugurio humilde y beber hasta el hartazgo o rastrear sus relaciones simultáneas con las mujeres. Pero acaso no sea una deformación lectora sino que intuimos que esos pequeños desórdenes son los que, a la postre, forman la personalidad del autor con cuyas obras disfrutamos. De los dos tomos de memorias de Juan Goytisolo, hubo quienes silenciaron el valor literario de los textos para centrarse en la escandalosa anécdota del abuelo que le mete mano al nieto inocente y desprevenido. Todo esto que desordenadamente apunto, me vino a la mente leyendo un libro, El concepto de ficción, de Juan José Saer, donde hace alusión a otro de Sarmiento titulado Diario de Gastos, en el que Sarmiento, al hilo del diario de sus viajes, anotaba sus gastos. Minuciosamente, iba apuntando el precio de un pasaje de barco desde Río de Janeiro a Le Havre (800 francos), una limosna (15 céntimos) y lo invertido en cenas, cigarros, peines, hasta llegar a su lado más chismoso, común a cualquiera. Apunta Sarmiento el 15 de junio de 1846 “Orgía, 13,5 francos”, al lado de 2 francos que gastó en una pieza para secar la pluma. Cuando llega a Francia, en Le Havre se regala, el 6 de mayo de ese año, “dos botellas de vino extra, una de burdeos 5 fr. y otra de Chambertin 8 fr.”. El 9 de mayo reseña: “Una cena de lujo en el Palais Royal” por doce francos. Sarmiento parece más humano que nunca, acaso más frágil, más nuestro semblable, nuestro frère en esa entrada tan ligera, sin mayores alharacas, un simple testimonio del que ni se avergüenza ni se enorgullece: “Orgía, 13,5 francos”. Un mal paso, decía el otro, cualquiera lo da en la vida; aunque a saber si una orgía es un mal paso.

N.B.: Este artículo lo escribí en diciembre de 2016. El 6 de enero de 2017 me enteré de la muerte de Ricardo Piglia, citado más arriba. D.E.P.

VOCES PRESTADAS

Al señor del bigote

A veces son necesarias las palabras ajenas para expresar (o ratificarnos en) nuestras opiniones, la auctoritas de otros para afirmarnos en nuestras creencias. Sobrellevé unas cuantas entrevistas (no muchas) y siempre las preguntas me parecieron un poco inútiles o, más bien, innecesarias, porque cuanto tenía que decir lo había expresado en los libros, en las ficciones, en las que cuelo, de manera explícita o de forma esquinada, lo que pienso de la literatura, de la vida, de la amistad, del rencor y de tantas otras pasiones que nos mueven. Esta especie de orgullosa boutade la mantuve en silencio hasta que la vi refrendada en una entrevista que le hicieron a Rafael Chirbes y en la que manifestaba algo similar a lo que yo no me atrevía a exponer: Que si alguien quería saber lo que pensaba, incluso sus principios políticos, que leyera sus novelas. Lo que tengo que decir, podríamos significar, está ya en mis libros. Creo que cualquier lector más o menos avezado, si entra en los libros de un determinado autor, puede hacerse una idea bastante clara de lo que éste opina en general de ciertos asuntos, aunque haya escritores que, más que manifestarse, se atrincheran detrás de sus obras: hay autores que se conocen a través de sus obras y otros que sólo se conocen a través de las entrevistas o las biografías. Y de ese exordio paso a cierta perplejidad que me causan algunos intelectuales, preferiblemente ingleses, franceses y alemanes. En sus manifestaciones, muchos de ellos alardean (realmente no es un alarde, sino una realidad, supongo: no hay por qué descreer de sus declaraciones) de memorizar a Shakespeare (ingleses), de poder citar a Goethe de corrido (alemanes; aunque aquí también entran a veces otras opciones: los poetas clásicos alemanes) o de haber releído a Proust hasta la extenuación. Aún recuerdo a un personaje famoso español que afirmaba hace décadas que había leído el Quijote más de cien veces (supongo que sería un énfasis hiperbólico). No sólo eso: algunos de ellos, ingleses preferentemente, habían traducido al latín Hamlet o La Eneida a la lengua inglesa. Y todo eso lo habían llevado a cabo a los once, doce años. Ante esa avalancha de erudición (de la que, insisto, no desconfío) a uno la vanidad se le esconde en el interior del zapato porque a los once, doce años, yo leía a Mortadelo y Filemón y a Guillermo y sus Proscritos, novelas resumidas e ilustradas de Bruguera (Walter Scott, Shakespeare), al Capitán Trueno, al Jabato, a Roberto Alcázar y Pedrín y Hazañas bélicas y algunas noveluchas que de matute te inyectaban en el colegio religioso entre las que estaban las de Mark Twain, afortunadamente. Y a Carroll y a Swift y a Poe y a cierto Melville y a Defoe, que de literatura infantil tienen más bien poco. Sólo más tarde, cuando uno había dejado los bocadillos de queso con membrillo y empezaba a enamorarse y a desertar de los pantalones cortos, se empantanaba en Bécquer, Juan Ramón y Rosalía, en las blandenguerías de Martín Vigil y adyacentes, acaso Candel, y posteriormente, en la remota reválida de sexto, intuía que la literatura era otra cosa y buceaba desordenadamente en Delibes, Cela, Laforet, Asturias, Frank Yerby (si Frank Yerby es otra cosa), Colette, Morris West (si Morris West es otra cosa), Valle Inclán, Celso Emilio Ferreiro y en las felices hordas transpirenaicas. Me acordé de ello haciendo una cala en el divertido blog Parecía una persona normal (…con bigote), del escritor Ángel Herrero López, en una de cuyas entradas, cita a Augusto Monterroso que afirmaba: “En sus artículos, en sus cartas, en sus diarios, los escritores franceses dicen siempre que releen, nunca que leen por primera vez a un clásico, como si en el Liceo hubieran debido leerlo todo y un autor importante no leído fuera un total deshonor. Releyendo a Pascal, releyendo a Racine… No siempre hay que creerles.” A este respecto, aunque en un contexto diferente, escribe con evidente sorna Rafael Reig en su magnífico Señales de humo (Manual de literatura para caníbales I) lo siguiente: “Un momento. ¿Leyendo? ¡Por favor! Estamos en presencia de un intelectual, así que había estado relegendi; un intelectual sólo relee. Leer algo por primera vez es lo característico de alguien que trabaja en un taller de chapa y pintura; una experiencia tan ajena a los hábitos de un intelectual como rellenar quinielas o remendar calcetines”. De nuevo las palabras ajenas venían a darle consistencia a lo que yo había considerado tiempo atrás: que ese exceso de sabiduría adolescente puede ser perjudicial para la salud, aunque siempre preferiré a un chaval que relee a Homero a una edad temprana, a otro que camina con un iphone por la calle ignorando que ahí fuera existen libros.  Aunque tal vez todo este asunto de la relectura estribe en que al principio, cuando uno es joven, cualquier lectura es un descubrimiento: se exploran las posibilidades casi infinitas que se abren ante uno; y cuando envejecemos, dedicamos parte de nuestro tiempo a releer aquellas obras con las que nos sentimos más identificados. Releer sería, en definitiva, una forma elegante de envejecer.

NOTA.-El lunes pasado, 20 de marzo, Ángel Herrero López decidió desconectar su blog de cualquier aparato que lo mantuviera con vida. Pese a ello, aún está ahí para quien desee leer los textos que “el señor del bigote” fue colgando. Merece la pena.

HISPANIA

“…cuya triste reiteración revela el odio impotente de nuestros adversarios cualquiera que sea el Régimen que exista en nuestra patria a partir de la Contrarreforma para acá España viene padeciendo los ataques más injustos irritantes e intolerables que a nación alguna se le hayan podido infligir ataques que de manera sistemática tienen su rebrote periódico desde la taimada frontera de la mentira del resentimiento de la información malintencionada y tendenciosa de todo lo que implique contra la soberana decisión de un país de gobernarse por sí mismo sin ingerencias (sic) foráneas ni arbitrarias imposiciones y si estos ataques son indignantes cuando nos vienen de manos extranjeras no merecen más que desprecio si proceden de un compatriota dispuesto a colocar la turbina en la cloaca con el propósito de convertirse en un personajillo al pairo de posiciones políticas que conocemos hasta la saciedad…”, (palabras escritas por Emilio Romero contra Juan Goytisolo y que éste aprovechó para construir el prólogo de su novela Señas de identidad): Ahí queda eso, apliquémonos el cuento, porque vejamos al pudridero nacional y a sus representantes, injuriamos su historia, descreemos de su destino, maldecimos su tierra entre flores fandanguillos y alegrías, ofendemos a la patria que nos mantiene y por la que no vertimos ni una triste gota de nuestra sangre pese a tener múltiples oportunidades de hacerlo con aquellos airosos y marciales uniformes militares, nos mofamos de quien nos ha parido y no merecemos más que desprecio porque aireamos la santa mierda de la zahúrda y deseamos la cirugía de tan glorioso territorio, sólo Dios pudo hacer tanta belleza / y es imposible que puedan (sic) haber dos, somos soeces y traidores, no respetamos la memoria de sus mártires, vilipendiamos sus principios, somos hijos descastados, engendros del mal, aberraciones monstruosas, Hispania es ese terreno mal abonado en el que nacimos, y todo el mundo sabe que es verdad / y lloran cuando tienen que marchar, pisoteamos sus cinco rosas inmarcesibles y las flechas de su haz, zaherimos su porvenir de justicia y paz, somos abscesos en el sano organismo patrio, Hispania no es lugar para descreídos, amargados, insolidarios, rastreros, blasfemos, cínicos, aguafiestas, desleales como nosotros, que no nos emocionamos con el himno y la bandera, nos aplastará el peso de su gloria milenaria, por eso se oye este refrán / que viva Hispania, somos voces disonantes en el concierto común de su presente luminoso, no veremos reír la primavera ni cataremos el vino de Jerez ni el vinillo de Rioja, nos denostarán nuestros coetáneos y los hijos de sus hijos, porque no nos conmovimos con las gestas de sus habitantes, ni inclinamos la cholla al paso de la bandera ni nos llevamos la mano al pimiento morrón cuando suena el himno, y siempre la recordarán / que viva Hispania, nos chanceamos de su espléndido porvenir, malnacidos, desagradecidos personajillos subalternos, mediocres y miserables que no cooperamos al engrandecimiento de la nación, tarea para la que nadie es indispensable pero todos somos necesarios, la gente canta con ardor / que viva Hispania, somos chafarrinones en los límpidos renglones del patrio devenir, unas tachaduras en sus pulcros anales, unas moscas cojoneras, las almorranas de una anatomía incólume, por eso nuestros nombres serán borrados de todos los registros, porque fuimos los judasiscariotes que traicionamos a la madrepatria por unas monedas, no hay sitio para nosotros, personajillos antipatriotas, debemos exiliarnos o arrepentirnos si cabe dolor de contrición en nuestros corazones pestilentes, loemos las hazañas que asombraron al mundo, arrodillémonos ante el incienso protector, lloremos al pronunciar el casto nombre de la patria, no merecemos sino desprecio, detestables, inmundos, repugnantes, miserables, contumaces personajillos discrepantes (esos que Aznar tildó en su día de perros que ladran por las esquinas y Álvarez Cascos de resentidos del 68) que creemos en otra Hispania distinta. ¡Hispania es la más mejor, coño! Oéoéoéoé. Oé. Oé.

LA CENIZA DE UN CIGARRILLO

El 28 de febrero se cumplirá el tercer aniversario de la muerte de Ana María Moix. Alguien dijo de ella lo siguiente: “Se mantuvo siempre al margen, como si mirara desde fuera el carnaval del mundo literario. No era desdén: era el sitio que buscó” y, efectivamente, se mantenía siempre en un segundo plano, en una penumbra buscada a propósito, como si no encontrase su sitio en el mundo literario y decidiera, quizá a su pesar, ser la hermana de Terenci, pese a que Castellet la incluyó en su selección de novísimos cuando ella contaba alrededor de veinte años y empezaban a circular sus primeros libros, las novelas Julia y Walter ¿por qué te fuiste? y los poemas de Baladas del dulce Jim y No time for flowers y otras historias entre otros, además de su labor como traductora. En muchos de sus escritos, parece limitarse a levantar acta notarial de lo que opinaban y sentían y vivían sus compañeros de generación, rehuyendo el protagonismo: fue más una escritora de tercera persona que de primera persona, como si considerara más importantes a los que la rodeaban que a ella misma. Es decir, aquella chica tímida fervorosamente aferrada a un cigarrillo, disponía de sólidos cimientos literarios para construirse un personaje o una imagen que seguramente le repugnaban. En el mundo editorial barcelonés de entonces, ser joven (como ser de izquierdas) era un valor que se le añadía al talento (si además eras sudamericano, la puerta estaba definitivamente abierta) y no resultaba infrecuente que veinteañeros decididos aparecieran en los catálogos de unas espléndidas editoriales que nos suministraron buena parte de la mejor literatura que había en el mercado. Pero, excepto para un círculo más o menos restringido de lectores, Ana María Moix desaparece (más bien se refugia) en un suave anonimato. ¿Qué fue de ella, de esa mujer menuda y tierna, desde su irrupción fulgurante en el mundo literario hasta que años más tarde nos entrega obras de madurez como Manifiesto personal, qué fue de aquella chica que a principios de los años setenta entrevista a prácticamente todos los grandes del boom en el formidable 24×24 hasta que, una vez muerta, la editorial Laetoli publica Semblanzas e impertinencias, que recoge los artículos escritos por Moix desde el año 73? No es difícil imaginarla paseando por Barcelona, charlando con sus amigas Colita o Esther Tusquets, intercambiando silencios y agudezas con Carlos Barral, bebiendo una copa en Bocaccio con Beatriz de Moura, Gabriel Ferrater, Marsé y Gil de Biedma, posiblemente escuchando sin más, mientras enciende otro cigarrillo y a veces se olvida de que lo tiene entre los dedos y la ceniza se le cae en la chaqueta como un verso feliz; después plasmará en el papel los recuerdos y las nostalgias de una Barcelona que paulatinamente iba desapareciendo. Repasando sus artículos, se detecta la enorme curiosidad que sentía por cualquier disciplina y sus inteligentes (a veces sorprendentes e irónicos) comentarios en torno a la música, el cine, la literatura, la sexualidad, la política, el feminismo, la educación y que nos dan una idea de la inquietud intelectual de Ana María Moix, que parecía asistir al espectáculo, no sólo de la literatura, sino del mundo, con un distanciamiento que mucho tenía que ver con el escepticismo y la buena educación, siendo afectuosa en los halagos y educada en las descalificaciones. Es difícil imaginarla alzando la voz a la hora de hablar como es imposible que se enfangue en sectarismos en sus artículos, aun cuando sea acerca de asuntos que la asquean o la avergüenzan. Durante los breves años que estuvo al frente de Bruguera fue de una generosidad que ya no se estila, editando a escritores que se atenían rigurosamente a la calidad del texto y apostando por la dignidad literaria, en contra de superventas facilones y atosigantes. No cuesta demasiado verla en su piso, desmenuzando un inédito que le acaba de llegar, encendiendo otro cigarrillo más, leyendo minuciosamente ese texto mientras suena alguna música en el salón: y la ceniza del cigarrillo cae sobre una línea de ese escrito (Nunca podré olvidar el olor a cucaracha) que ella retira delicadamente con el dorso de la mano, la misma delicadeza que exhibía en el trato con la gente o en la levedad de sus versos, la muerte llora en las esquinas vestida de hojalata. Quizá ni ella desease que ahora, a destiempo, se recupere su memoria, la de alguien que valoraba la amistad por encima de todo y que aspiraba a un mundo, como se deduce de su Manifiesto personal, que no llegaría a ver, que acaso no lleguemos a ver nunca, ese mundo donde imperen la justicia, la libertad, la igualdad, la generosidad y otras virtudes que hoy son mercancía miserable de almoneda porque pierde prestigio la honestidad y cotizan al alza los que antes eran pecados capitales, un mundo que, acaso más que no llegar nunca, ya había declinado. El último día de febrero se cumple el tercer aniversario de una persona de las que hacen más cómoda la existencia de quienes están a su alrededor, que atiende con paciencia infinita a quienes la reclaman, que escucha con interés cualquier fruslería que alguien le cuenta mientras efectúa ese gesto displicente de limpiarse la ceniza del cigarrillo que ha vuelto a caer en su chaqueta.