El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

STAND BY ME

La vida es una sucesión de curiosidades y de hallazgos o no es nada salvo hastío como una partida de parchís en una bochornosa tarde estival. Y entre esas sorpresas me encontré con una que es un gozo para mi escasa o nula formación musical. Quizá no sepan algunas personas que el incomparable Muhammad Alí, recientemente fallecido, uno de los más grandes boxeadores de todos los tiempos, cuando aún respondía al nombre (de esclavo, repetía él) de Cassius Clay, en el año 1964, grabó una versión de la popular canción Stand by me y en la cara B de ese disco sonaba otra titulada I am the Greast, que más que un alarde exhibicionista del campeón derivaba casi hacia la justificable perogrullada. Stand by me es una canción compuesta por Ben E. King (cuyo nombre real es Benjamin Earl Nelson), un cantante y compositor nacido en Carolina del Norte en 1938. Vaya por delante que toda la información referida a este asunto proviene de una página de internet firmada por Adela Arévalo de la que me hago eco y no responde a una concienzuda labor de investigación por mi parte. Parece ser que existen alrededor de 400 versiones de Stand by me. Y, aparte de la ya mencionada y sorprendente de Cassius Clay/Muhammad Alí que no cae en ridículo alguno al interpretarla, existen otras que reseña Adela Arévalo, quien, antes de pasar a nombrarlas, narra el origen de dicho éxito musical ya que el título procedía de un góspel escrito por un predicador, Charles Tindley, en 1905, que se hizo famoso en las iglesias y que fue el que originó la canción de Ben E. King. La autora del artículo cita versiones de John Lennon (1975, incluida en el álbum Rock’n’Roll, una de mis predilectas), de U2, de Tracy Chapman, de Prince Royce, de Adriano Celentano (la letra difiere sustancialmente de la original y el título es Pregherò pero la versión me parece excelente), de Otis Redding, aquel cantante fabuloso que murió en un accidente de avioneta (inolvidable la que fue su canción más popular, Sitting on the dock of the bay), de Concha Buika y Jacob Sureda (quizá la versión más particular y la más alejada de la ortodoxia de las que escuché) y de Ry Cooder, que en 1976 grabó una versión góspel de la canción. Comentarios posteriores en la página de internet que traigo aquí, hablan de una versión de Bruno Lomas (Rogaré) y de Javier Gurruchaga con la Orquesta Mondragón. Lo cierto es que Stand by me es de esas canciones que suenan frecuentemente en la radio o como fondo musical de alguna película y sigue siendo fresca, bastante joven aún tal vez a causa de las numerosas versiones que se han hecho de ella a lo largo de estos años. En cuestiones de espectáculo nadie como los estadounidenses y Clay/Alí no era ajeno a ello y a la autopropaganda. Sería impensable imaginar al fallecido Urtain delante de un micrófono cantando Si tú me dices ven / lo dejo todo, por decir algo. Aunque es cierto que en este país numerosos personajes no tuvieron empacho en hacer el ridículo cantando y grabando discos: la nómina es tan larga que con citar dos ejemplos, basta: El Dioni y Jesulín de Ubrique, ahí, con dos cojones. Jeta no les falta a ninguno de ambos. Carecemos de decisión (por ejemplo, a la hora de soltarnos con un idioma que dominamos a medias) pero nos sobra desvergüenza (para hacer el ridículo) o una vergüenza mal enfocada, orientada hacia aquello que no debería ocasionárnosla. Los karaokes hicieron (y siguen haciendo) un daño infinito al pudor. Uno bebe tres cubalibres en un karaoke, se cree Plácido Domingo y sube al estrado para cantar aquello de Y se marchó / y a su barco le llamó libertad… ¡Arre demo!

ECLESIASTÉS

Una frase muy repetida del Eclesiastés, I, 15, afirma que Stultorum infinitus est numerus, que bien podría enlazarse con la que siglos después urdió Einstein: Sólo tengo la seguridad de dos cosas: la infinitud del universo y la estupidez humana. A la vista de las actuales circunstancias uno debe admitir la certeza de ambos enunciados, tanto local como globalmente. Basta con encender la televisión y darse una vuelta en el vuelo del mando a distancia y encontrarse con declaraciones de políticos, aberraciones de los programas del corazón, producciones de José Luis Moreno con el viejo sabor caduco de una España en blanco y negro, el humor más chabacano, la proliferación de misas dominicales, famélicas exhibiciones de cocineros que crecen como setas, tipos que berrean una música insoportable, programas que se dedican a seguir el día a día de los seres más vulgares, tertulianos que defienden sus opciones políticas a base de vejaciones contra el que discrepa, chicos y chicas que se insultan y se emparejan y vuelven a insultarse y se emparejan de nuevo y después se ponen los cuernos y, por fin, se reconcilian. De ahí a inferir que el número de los estúpidos es infinito no hay más que un paso. Decía el otro que en el mundo había gente maravillosa pero que siempre nos tocaban al lado los imbéciles. Ciertamente, uno debe tener en cuenta asimismo a los honrados, a los que se entregan a los demás, a los generosos, a los honestos pero son escasos en número comparados con la fauna habitual. Y si echamos un vistazo fuera de nuestras fronteras, la cosa no mejora: Europa, Oriente, África, Asia, son ahora mismo unas geografías convulsas en las que nos matamos de forma miserable. Todos los países estamos implicados en esos turbios asuntos porque de una forma u otra, ideológicamente o con armas, suministramos a los contendientes razones y armamento para llevar a cabo tales exterminios. Siempre surge alguien que dice que la historia de la humanidad es así desde el principio, convulsa y sangrienta y que incluso en tiempos pasados hubo más enfrentamientos bélicos que en la actualidad. Ahora las armas son más sofisticadas y más precisas (eso dicen) pero pese a ello mueren civiles igual que mueren militares. Desde el remoto día en el que nací, no sé si afortunada o desafortunadamente, asistí, de forma consciente o no, a más de un centenar de confrontaciones bélicas. Ignoro si es que el número de los estúpidos se ha multiplicado o que nos hemos vueltos locos y el mundo está sometido a la vorágine de una vesania insaciable que busca enfrentamientos en nombre de religiones, fronteras, ideologías, patrias, territorios, banderas y, si todo va bien y no existen motivos de semejante calibre, por cuestiones deportivas o porque yo la tengo más larga o a mí me operaron mejor las tetas, para discernir lo cual recomiendo por enésima vez Crímenes ejemplares de Max Aub: una radiografía del podrido corazón del ser humano. En momentos así lamento la desaparición de El Caso. Y el caso ‑El Caso‑ es matar. Uno, pesimista, no ve un futuro más o menos estable para un mundo en el que se enarbola a la primera discrepancia una ametralladora, una granada, una bomba, un sable, una navaja, un insulto, una piedra, una hoz. Perfeccionamos hasta límites tan absurdos las formas de matar, el ingenio de las armas, que ya no sabemos andar por la vida sin buscar un enemigo al que hincarle el diente y si ese enemigo no existiese, nos lo inventamos. No vamos a desperdiciar un misil que nos costó tanto dinero dejándolo oxidarse en un almacén. Hemos perdido la sensatez en la misma medida en la que estamos perdiendo el planeta y, dentro de no mucho, el género humano. Tal vez ésa sea la solución. Desaparecer de una vez por todas entonando el pútrido himno nacional que las patrias, también dijo otro, son la coartada de los imbéciles, de esos necios que como bien aseguró el Eclesiastés, contabilizan un número infinito entre el que uno se encuentra aun a su pesar.

Fragmento de Nembrot

-Tardé mucho tiempo en descubrir la verdad, algo así. A un pueblo de agricultores llega un día una tal Belén y abre una mercería. Casi todos pensaron que el negocio sucumbiría ya que existía el bar-tienda de Marcelino que era como El Corte Inglés pero sin escaleras mecánicas; tenía cuanto pudiera hacer falta: sobres y sellos, bacalao, periódicos, carretes de hilo, golosinas, helados, tabaco, fruta, ropa, sedales, anzuelos, papel, bolígrafos, conservas…

-Sí, conozco esos lugares que desgraciadamente se van extinguiendo.

-Por alguna razón, sin embargo, la mercería El Encaje sobrevive, quizá porque factura lencería de más calidad que la tienda de Marcelino. Pasó el tiempo y Belén, sin llegar a integrarse plenamente en el pueblo, comienza a ser codiciada por los hombres; no era de extrañar en una aldea de mujeres precozmente envejecidas a causa del trabajo y que visten de oscuro. Por contraste, Belén les parecía hermosa a los hombres.

-Natural. Sería de estatura media, morena, formas abundantes, cabello limpio, uñas pintadas, piel transparente, manos delicadas, lenguaje casi distinguido, sombra de ojos, como hay miles en una ciudad -fantaseó Bralt-. Fauna común. Pasan inadvertidas en la calle pero se creen princesas al descender a las cloacas, comparación que matizo con todos los respetos por tu cuna. Por la cuna que te parió, digo.

-Algo tramaba mi padre porque en cuanto las faenas del campo le concedían un respiro, en vez de irse a jugar la partida, se dirigía a El Encaje y charlaba con Belén. Regresaba a casa para regalarle a mi madre costosas prendas íntimas -¿bragas, quieres decir?, preguntó Bralt- que ella rehusaba poner. Así que cada noche mi padre volvía más tarde con el obsequio y el olor de otra mujer -¿Cómo se puede querer dos mujeres a la vez y no estar loco?, indagamos Machín y yo‑. Supongo que arreciaron las murmuraciones en el pueblo y harta del doble juego del marido, mi madre le propuso un día: o ella o yo. Ella consistía en el cuerpo de Belén, cierto solapado proxenetismo, quizá la esperanza de un negocio común; yo era una mujer avejentada, un hijo de corta edad, la tiranía de los trabajos agrícolas, el sudor. Como si le hubiera dado a elegir entre el cielo y el infierno.

-Y tu padre escogió el cielo.

-Abnegadamente, como un santo.

Algunos clientes abandonaron el bar. Osozvi permaneció en una esquina mirando la botella mediada con la misma atención con la que Carlo Argentino debió contemplar otrora el aleph: vale decir, viendo en el líquido su remota infancia, una ciudad desconocida, el final de las cuevas do rei Cintolo, un río subterráneo, el cuadro que pintó mañana, una mujer corriendo bajo un alud de granizo, la mano de Cunqueiro escribiendo en la eternidad, un corzo saltando en Fraga Vella, un baile de los años 50 en el barrio de san Lázaro, un sacrificio en honor de los dioses en Pena do Unto, un grupo de bretones que se asientan en el siglo VI, Beatriz de Suabia y Fernando III girando visita en 1232,  el incendio que devastará Mondoñedo en 1424, su diestra temblorosa rasgando un autorretrato que le provoca una cicatriz en la mejilla.

-Recogió algunas de sus pertenencias y se marchó. Los urbanos tardamos horas en preparar una maleta cargada de objetos superfluos.

-Por ejemplo, una Enciclopedia Médica y un fonendoscopio -dijo Bralt.

-Los habitantes del campo sólo requieren lo indispensable; en diez minutos estiban el equipaje para emigrar a Venezuela: ropa, una botella de aguardiente y una estampa del santo tutelar. Mi padre se acogió a la tutela de Belén, en el mismo edificio de la mercería. El pueblo reaccionó unánimemente contra los adúlteros. La mujer perdió a sus clientes y mi padre a sus amigos. Prácticamente no salían de la casa más que para comprar; hubo alguna disputa porque Marcelino intentó negarse a vender pero papá era un hombre fuerte que recurría a la violencia cuando las palabras resultaban inútiles.

-O sea, casi siempre.

-Como El Encaje decaía, pienso que fue mi padre quien tuvo la idea del burdel.

-Y empezaron a llamarle Junta -dijo Bralt.

-No me dejas hablar -se quejó Horacio.

-Seguí, seguí. Es que la historia tal que Onetti, calcadita a Juntacadáveres, che.

Ya estaba Bralt articulando los dos términos consabidos -pensó Horacio-: literatura=argentinismo. Incurable, el pendejo.

-Conociendo que algunos hombres de la aldea, con la disculpa de comprar algo que no había en la tienda de Marcelino, lo cual poco menos que imposible, viajaban a la ciudad y se acercaban a los prostíbulos para disfrutar de hembras de largo oficio…

-Putas, como el que dice.

-… Mi padre decidió traer al pueblo un burdel. Nada aparatoso, claro, sin anuncios de neón ni flamenco adulterado. Una casa de citas de tapadillo en la trastienda de El Encaje porque intuía que de esa forma si no la mercería sí el burdel constituiría una fuente de ingresos, que la pasión por conocer a mujeres maquilladas que olieran a cualquier perfume que no fuera mosto, atraería a los maridos e hijos al local. Ignoro quién se encargó de las gestiones, supongo que Belén. El caso es que un miércoles…

-Hombre, ya tenemos el miércoles -dijo Bralt-. ¿Cómo son los miércoles?

-Los miércoles no existen -intervino el apellidado Osozvi situándose detrás de Horacio-. ¿Permiten que les acompañe? -Posó el vaso de vino en la mesa y arrastró una silla-. Los miércoles son ficticios, cenizas, el color resultante de la mezcla de dos colores primarios. Uno cree que vive en miércoles pero es falso; el miércoles consiste en un vacío que está debajo de nosotros cuando tenemos un pie en el martes y otro en el jueves. Si juntásemos los pies, adiós ‑apuntó hacia abajo con el pulgar de la mano izquierda-, desapareceríamos. Encantado de reconocerles. Soy Osozvi.

-Éste es Horacio -dijo Bralt señalando a su amigo.

-Bralt -dijo Horacio señalando al escritor.

-¿Y a qué olerían los miércoles entonces, señor Osozvi? ¿Con qué color los pintaría usted?

-Negro, negro de abismo, de ausencia. Luto por la muerte de un día. Olerían a algo repugnante, a remolacha cocida.

-Aquí mi amigo -dijo Bralt-, está contando la historia de un burdel. Carece de la dialéctica de Cunqueiro pero el argumento posee interés, escuchemos. Pero antes -dio dos palmadas y elevó la voz-: ¡Camarero, tres de licor! Diserta, Horacio.

-Un miércoles llegaron al pueblo en autobús dos chicas; mi padre las estaba esperando; cargó los bultos y los tres cruzaron la plaza entre las miradas de los curiosos. Eso era lo que quería él, que la gente los viera, que se corriera el rumor que cediera paso a la certeza, a una certeza sorprendente en aquel pueblo miserable: que Belén y Rafael Oureiro iban a instalar un prostíbulo en el culo del mundo.

-Oiga, no es que el plagio me moleste más que el olor a pies -dijo Osozvi-, pero esa historia o una muy similar yo la leí en algún libro.

-Onetti, pero qué quiere. La vida está en los libros aunque haya quien incurre en la herejía de suponer lo contrario -Bralt.

-Algo barruntaba -dijo Osozvi-. Permítanme proponer mi tesis acerca de Mondoñedo; no la divulguen, por favor. Mondoñedo, como los miércoles, no existe. Es una invención de Cunqueiro, sus habitantes son personajes de ficción. Formulada de otro modo: Álvaro Cunqueiro escribe e inventa un mundo al que llama Mondoñedo y nombra sus alrededores, sus calles, sus plazas. Nombra, y al nombrar crea, el asilo de san Miguel, os Castelos, Furado dos Cas, Masma, Tronceda, Valiñadares, Montedarca, la Malataría, rúa Pardo de Cela, en fin, arbitra una toponimia. ¿Qué hace a continuación? Lo que hizo Dios: poblar de personajes ese espacio narrativo. El ejemplo clásico es Manuel Montero, el Mago Merlín. ¿Lo conocen? ¿No? Después iremos a visitarlo. Yo mismo soy un personaje de Cunqueiro. Como la catedral. O como ustedes dos.

-Pues a mí me parece que yo existo, que Mondoñedo existe. Que este licor café y -Horacio miró por la ventana- la lluvia que caía hace unos minutos era real. ¿No habrá abusado usted del alcohol?

-El alcohol abusa de mí. No sea incrédulo. Claro que nosotros tres y Mondoñedo existimos. Pero existimos aquí y ahora. ¿Por qué? Porque en algún lugar de este mundo que dicen redondo, aunque yo lo intuyo poliédrico, hay una, dos, cien o mil personas que están leyendo algún libro de Álvaro, ¿entienden? El día en que en todas las caras del planeta no haya ningún lector de Cunqueiro, Mondoñedo y sus habitantes desaparecerán, se esfumarán, humo que el viento dispersa. No quedará ni un edificio ni una persona ni una maldita tarta. Ningún rastro permitirá deducir que aquí se asentó Mondoñedo. Claro que -dijo Osozvi apoyándose en el respaldo‑ resulta poco menos que imposible que no haya nadie que lea a Cunqueiro, que no recuerde un poema suyo. Confío en que siempre exista un lector que nos exima del no ser, de la nada. Por si acaso, yo todas las mañanas releo un capítulo de sus obras. Y se confirma mi teoría cuando se celebran cursos, aniversarios, homenajes, simposios acerca de Cunqueiro: el pueblo cobra vida. Pero cuando se lee poco, como hoy, Mondoñedo se difumina en la niebla, en un tris de desaparecer. Tengo un amigo mindoniense afincado en Oviedo al que le causó tal estupor mi teoría que escribe un artículo diario citando a Álvaro Cunqueiro para que esta ciudad perviva. Por eso a los viajeros a veces les resulta dificultoso dar con este sitio: coincide con instantes en que apenas uno o dos ángeles salvadores investigan las páginas del escritor. La verdad, señores, es que corremos un inminente peligro de extinción. Yo ando con un folio mecanografiado con unas líneas de don Álvaro en el bolsillo y si presiento que Mondoñedo está desdibujándose, desapareciendo, lo saco y lo leo una y otra vez hasta que consolido sus contornos. No pocas veces fui el justo por el que esa ciudad se salvó.

 

NEMBROT

NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

A partir de mediados de la semana próxima, la editorial Trifolium pondrá a la venta mi novela Nembrot (Trasmigraciones y máscaras). Sin el subtítulo, fue publicada por DVD Ediciones en el año 2002. Esta versión contiene 15 capítulos inéditos (200 páginas más) que, por razones que sigo sin conocer, “autocensuré” de la edición anterior.

EL MIEDO

En el relato titulado Estamos bateando basura, perteneciente a su libro Cocaína, Julián Herbert escribe que “lo que más abunda en la atmósfera es oxígeno e hijos de puta” y no seré yo quien lo contradiga porque uno tiende a pensar, tal cual expuso un poeta francés, que es el diablo quien maneja los hilos que nos mueven, y asimismo refrenda lo acuñado por Cervantes: “Cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces” (Quijote, II, IV). Después de esta dosis inicial de optimismo, sigamos adelante. Recientemente, un periódico dio la noticia de un viaje que iba a realizar Guido Menzio, profesor de la universidad de Pensilvania, que describe así las razones por las que su vuelo, desde Filadelfia a Siracusa, partió con una hora de retraso: “La pasajera sentada a mi lado llama a la azafata, le pasa una nota. (…) La pasajera sale. Esperamos más. El piloto se acerca a mí y me pide salir del avión. Entonces me citan con un hombre del FBI de traje negro. Me preguntan por mi vecina de asiento. (…)  Me comentan que ella pensaba que yo era un terrorista porque estaba escribiendo cosas extrañas en el bloc de notas. Me río. (…) Les enseño mis notas de matemáticas. Puede ser un poco gracioso y un poco preocupante. La señora me miró, miró a la misteriosa fórmula que yo había escrito y sacó la conclusión de que yo no era del todo bueno (…) La América de Trump ya está aquí. Aunque aún no esté en el poder. En lo que a mí se refiere, resistiré.” Dejando aparte la sinécdoque de referirse a Estados Unidos como si en sí mismo fuese un continente en la que incurren con exagerada frecuencia los estadounidenses,  discrepo de un matiz de las palabras de este economista  de origen italiano: el asunto no es gracioso; y no estoy de acuerdo con la segunda proposición de la frase: un poco preocupante. Es bastante preocupante y un signo de los tiempos: la total desconfianza hacia quienes no conocemos y, eventualmente, incluso hacia los que nos resultan más próximos. El extranjero, el extraño, el otro es el mal. Aunque la humanidad (si tal palabra nos cabe en suerte) lleva unos cuantos milenios partiéndose los cuernos, más o menos desde Caín y Abel, acaso el 11 de septiembre de 2001 fue la fecha que determinó de manera tajante la magnitud del horror. Hasta ese día, la historia estaba regada de guerras, de brutalidad de cualquier signo determinada por asuntos de religión, de política, de fronteras o de color de piel (sin desdeñar minucias domésticas y deportivas); pero hasta aquel día terrible en el que asistimos a la estética colorista y escalofriante del desplome de las Torres Gemelas, acaso viviésemos en una especie de inocencia, pensando que lo que sucedía más allá de nuestras fronteras no iba a afectarnos directamente aunque ya se habían producido atentados del mismo signo en nuestro país. Ocurrió algo similar con ETA al principio de su salvaje actividad: leíamos la violencia que se sucedía en el País Vasco con distante horror y sólo cuando ya era tarde, descubrimos que no iba dirigida contra objetivos concretos, sino que afectaba a cualquier persona y en cualquier rincón de España, desde un niño hasta un jubilado, sin respetar a nada ni a nadie. Probablemente, digo, aquel 11 de septiembre marcó el rumbo de nuestra delirante naturaleza; ya nada iba a ser igual. No constituye una profecía sino una constatación de la realidad, aunque expuesta de forma un tanto hiperbólica, lo que escribió en 2008 Juan Goytisolo en El exiliado de aquí y allá (ya se había producido la matanza de Atocha, ya habían atentado en Londres y en Casablanca y casi no quedaban países en el mapa sin la lacra del terrorismo y el mundo estaba convulso y mirábamos a nuestro prójimo con mayor desconfianza y recelo); pese a la extensión de la cita, perteneciente al capítulo titulado No estés donde no deberías estar, creo que conviene reproducirla: “Ni en las terminales de aeropuerto de vuelos nacionales o a otros puntos de destino, ya sean comunitarios o al resto del mundo. Ni en las líneas de metro, trenes y autobuses, por muy seguras que te parezcan. Ni en cafés, discotecas y otros lugares de esparcimiento nocturno. Ni en oficinas, talleres, fábricas y demás lugares de trabajo. Tampoco en edificios administrativos, bancos y hospitales habitualmente atestados. Ni en estadios, conciertos raperos ni sitios incluidos por las agencias de viaje en sus circuitos turísticos. Las horas punta y los atascos urbanos son particularmente peligrosos. Como los ascensores, rascacielos, grandes almacenes y aparcamientos subterráneos.” Desgraciadamente, todos los escenarios de la tragedia que apuntaba Goytisolo ya habían sido masacrados o lo serían más temprano que tarde. Uno se sentía protagonista de una película de terror en la que ignoraba quién era el asesino y dónde podía aparecer con las más pérfidas intenciones; lo habitual, aunque esperpéntico, era denunciar al vecino de asiento porque garabatea en un bloc signos que no sabemos descifrar. De pronto, aunque el horror fue paulatino, nos vimos inmersos en esa frase que Patricio Pron escribe en su novela No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles: “… una época en la que estar vivo no gozaba de mucha popularidad”, afirma refiriéndose a los desmanes cometidos por los nazis. Y en eso estamos, como decía el otro, “ayunos de toda cordura”.

CRUCIFIXIONES

1.-Siempre tuve para mí que el monumento simbólico de la ciudad de Ourense, de la que con frecuencia huye Alexandro y a la que retorna cuando la nostalgia, aunque breve, se hace sólida, y, por qué callarlo, cuando decide cambiar el albariño por el ribeiro, es la cruz del Montealegre, más que As Burgas reconvertidas en piscina pública, el Cristo al que le crece el pelo como a Mario Vaquerizo o el Puente Romano al que le medran los yerbajos como legañas en sus ojos dormidos. Sin duda, Alexandro tiene mil razones para escapar de Ourense: huye así del turismo hortera de la ourensanía, de la beatería misérrima y castradora y de las guías monumentales y de la política de cochiquera.  Porque él no necesita los monumentos: los va creando en cada cuadro. Las figuras de Alexandro tienen tanta entidad que son ya habitantes de cualquier paisaje: Ourense sería más pobre, más vieja y más despoblada sin sus hombres, mujeres, gatos y perros porque tiene la facultad de darles vida como algunos novelistas excepcionales son capaces de crear personajes tan reales como los que figuran en un puñetero Registro Civil, si es que tal entidad merece las mayúsculas. Sin la lluvia de Alexandro Ourense existiría un poco menos, como Venecia en un poema de Antonio Colinas. Y el mar de Muxía también sería más pobre sin sus cuadros, estaría más despoblado, más esquilmado. Como sería más pobre la religión si Alexandro no se enzarzase ahora en pintar crucifixiones. Porque seguramente no resulta insólito (y lo insólito quizá sea la esencia del verdadero arte) aventurar que la mejor pintura religiosa la hicieron los descreídos, los escépticos, los ateos. Pienso en Bacon. Pero si hurgáramos en El Greco o Murillo o en Miguel Ángel, quizá hallásemos un fondo de ese suave escepticismo que lleva a un pintor a acercarse al asunto de los cuadros religiosos, un distanciamiento que nunca es airado sino paradójicamente respetuoso o sarcásticamente irreverente, pues los mitos están para ser destruidos y acaso reinventados. Recuerdo un libro, leído hace ya demasiados años, que me prestó Alexandro: eran las cartas entre Van Gogh y su hermano Theo. Por entonces embadurnaba Alexandro, con el que me une una larga y etílica amistad, cualquier pared, lienzo o servilleta que cayera en sus manos. Recuerdo aquellas manos: indefectiblemente manchadas de pintura porque la vida de mi amigo transcurría en los límites soberbios de su arte, que no ha dejado de crecer desde entonces. Ésa es otra característica de Alexandro: que jamás se paró, se detuvo o anidó en un estilo, que jamás cayó ni en manierismos facilones ni se entregó a la vorágine de modas pasajeras de maquillaje rechamante y miserable contenido. Es difícil imaginarse un Alexandro en un salón burgués, aburridamente decorativo, aunque sea la burguesía la clase social que tiene más a su alcance el valor de una obra de arte.

2.-Retrocedamos a la cruz legendaria del Montealegre que remitía en mi infancia a asuntos de desamor, a adversidades de la guerra o al bandolerismo de tebeo y que apenas es visible hoy en día: estimulaba la imaginación y la fantasía, que eran los juguetes habituales de una ciudad en blanco y negro. Desde lo alto, se veía la ciudad como un rebaño de ovejas dormidas en un valle, una ciudad que compartimos Alexandro y yo, una ciudad acaso ya extinta. Ciudad de la Chichona y el barrio chino, el bar Mejillón y el Volter, el tabuco en la calle de la Paz, antigua rúa dos Zapateiros, los artistas y los poetas, del Cepo y el Trangallán, del padre Silva y del festival del Miño, del Paxaro y los seminaristas que bajaban los domingos como bandadas de aves en una película de Hitchcock, las procesiones de semana santa y un monseñor que creíamos eterno. Nunca indagué en el origen del monumento: pero recuerdo que se divisaba desde cualquier punto de Ourense y en su humilde situación, en su diseño escueto, era mucho más decente que la monstruosidad de Cuelgamuros. La cruz del Valle de los Caídos sólo se le puede ocurrir a una mente megalómana y diabólica aunque acuñase monedas inventándose que era caudillo de España por la (des)gracia de Dios (que maldita la gracia) y al que se llegaba a través del Imperio, como es bien sabido. Caminos más retorcidos nos suministra la vida, ciertamente. Hoy resulta casi imposible ver la cruz del Montealegre merced a los edificios que fueron trepando por la ladera como lagartijas por los muros y sumiendo la ciudad en una penumbra desconsolada. La cruz del Montealegre, la sombra de la cruz.

3.-Alexandro pinta ahora cruces y crucifixiones como el buen ateo que es, como antes pintó cristos (sus cristos tienden a las minúsculas, las reclaman). Alexandro pintó de todo y todo lo pintó bien: hombres solitarios, paraguas, perros, rostros, mesas, gatos, botellas, lámparas, medusas, lluvia, mares, peces, sillas, mejillones, barcas: pintó como pocos la tierra y el mar y los habitantes de la tierra y del mar. En su particular reinterpretación del Génesis, primero creó los espacios, los terrenales y los marítimos, y, como creador, los fue poblando de vida animal. Y en cada vida animal hay siempre un final, una cruz simbólica donde acaba su existencia. La iconografía católica se establece sobre la imagen de un hombre‑Dios que acaba su existencia en una cruz. Antonio Machado reclamaba antes que esa tétrica imagen, la de un Cristo más feliz, más vivo, que andaba en la mar, por donde ahora se mueve Alexandro.

4.-Me unen a Alexandro varias cosas, sin contar la querencia por los vinos compartidos: su pintura es una de ellas. Otra es la pasión por los cristos; en algún cementerio me hice con crucificados que estaban en la tierra, abandonados y caídos, oxidándose entre el olvido y los yerbajos. Como buen ateo creo en la iconografía de esos seres escuálidos, cristos casi siempre anoréxicos (si un día se descubre que Cristo medía 1.50 y pesaba 90 kilos, la mitad del arte y de la fe se van a ir al diablo ‑si la expresión es pertinente‑). Ahora Alexandro nos provee de cruces y de crucificados, cruces solitarias, vacías, que acaso reclamen un cristo o acaso no: los perros del Ku Klux Klan hacían cruces enormes que después quemaban y se reunían encapuchados en torno a ellas como en las procesiones españolas de la semana santa. Los crucificados de Alexandro son esquemáticos, sin alharacas, como primitivas pinturas rupestres, sin cargarlos de sangre, de retorcidos escorzos, de simbología trascendente: clavados en la cruz o no pero nunca escarnecidos, como dice el soneto clásico. Crucificados laicos, sin tragedias, que más que representar una iconografía adscrita a la iglesia católica, simbolizan el paso del ser humano por una tierra con frecuencia hostil. Pero también existen las cruces de mayo, mucho más festivas, menos crueles. A ellas hay que sumarles ahora las crucifixiones de Alexandro, que son escuetas pero con la gravedad del arte verdadero (casi toda la pintura de Alexandro es escueta, sin pinceladas superfluas) y les doy la bienvenida porque en este momento, por mucho que me asome al balcón, no puedo ver la cruz del Montealegre y es bueno que el arte venga a sustituir lo que la realidad del progreso nos ha ido robando poco a poco, nos va a seguir robando poco a poco, a cambio de no se sabe bien qué. Menos para unos cuantos, a fin de cuentas la vida es una cruz y nosotros los crucificados. Y no es mal futuro ser un personaje más de un cuadro de Alexandro.

(Texto para el catálogo de la última exposición del pintor Alexandro)

ESPERANDO A CARMEN

“Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.” Así comienza la novela de Carmen Laforet, Nada, con la que a los veintitrés años obtuvo el premio Nadal, posiblemente el más prestigioso de la época y que propulsó a la fama (o consolidó el nombre de) a escritores entre los que figuran Delibes, Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Ramón Pinilla, Jesús Fernández Santos, Juan José Saer, Martín Garzo o Álvaro Pombo. Hace días, la 2 de TVE (esa cadena es un verdadero oasis en medio de la chabacana programación habitual), emitió en la serie Imprescindibles un interesantísimo documental dedicado a Carmen Laforet: sus inseguridades, sus espantadas al terminar una novela, sus viajes, su timidez, sus vaivenes y se detenía en la conquista del premio Nadal. Aconsejada por el periodista Cerezales, que después se convertiría en su marido, Laforet manda a concurso la novela cuando el plazo está a punto de cerrarse. Como crédulo que soy, admito lo que el documental reseñaba: que estaba tan a punto de cerrarse el plazo para la presentación de originales que los miembros del jurado se pasaron la noche anterior al fallo leyendo la obra que después se haría con el premio. Hoy que en la mayoría de los casos los concursos literarios están manipulados por editoriales, agentes literarios y críticos, puede resultar insólito lo acontecido a los años cuarenta del siglo pasado: varios componentes del jurado leyendo de madrugada la obra de una perfecta desconocida que desea participar en el concurso más prestigioso de la literatura española. Se rumorea que en la mayoría de los premios actuales o bien no se lee la novela o bien se catan unas páginas del principio, del medio y del final y a partir de ahí se decide el voto. Ese detalle inolvidable (que sea cierto o no no menoscaba el encanto de revivirlo), el de imaginar a los miembros del jurado robándole horas al sueño para establecer justicia de la forma más severa posible, devuelve la fe a cualquiera en los premios literarios, al menos en los de humilde dotación económica y a los que se lanzan autores semidesconocidos voluntariosos e inocentes ya sea para salir de ese anonimato, ya para ganar algún dinero extra. Grandes escritores enviaron textos (a veces el mismo, como Bolaño, que con un cuento fatigó [y no hay eco borgesiano en ese verbo] docenas y docenas de concursos literarios) a casi todos los premios que se convocaban.

Recordé dicha anécdota leyendo un par de días después el excelente libro de entrevistas que Xosé Manuel del Caño le hizo al poeta lucense Manuel María y que se reeditó recientemente, a principios de 2016, con motivo de que el Día das Letras Galegas está dedicado al de Outeiro de Rei que fue, asimismo, un participante (y con frecuencia ganador) de numerosos concursos de poesía. En una de sus reflexiones, Manuel María afirmaba que los miembros de un jurado deberían hacerse públicos ya que el participante, de esa forma, estaba en condiciones de decidir si los componentes del mismo tenían la formación y la competencia indispensables para juzgar una obra, aunque me temo que hoy en día, el prestigio de ciertos nombres no sea aval suficiente cuando, como señalé antes, las afiladas navajas de los intereses editoriales y de los agentes marcan con frecuencia al que va a resultar vencedor. Pocas veces participé como miembro de un jurado pero la experiencia fue más que suficiente: desde los que conocían concienzudamente las obras presentadas (pocos) a los que no las habían leído todas (habitual); recuerdo a un presidente, conocido crítico literario, que forzó una tediosa y larguísima discusión para colocar a su favorito y que se negó a declarar el premio desierto pese a la ínfima categoría de las obras presentadas porque ello desprestigiaría el buen nombre del concurso. Pero prefiero pensar en lo que sucedió con la novela de Laforet: esa que llega casi fuera de plazo y obliga a los componentes del jurado a dedicarle unas cuantas horas de su descanso a la lectura porque acaso esa novela sea mejor que las hasta entonces juzgadas. Y por ese afán de justicia casi insólito, Nada pasó a ser una referencia de la literatura española cumpliendo las esperanzas y los sueños de una joven de tan sólo veintitrés años, cuando, como dice la novela en sus primeras líneas, “no la esperaba nadie”.

CRÓNICAS DEPORTIVAS

Las crónicas deportivas suelen depararnos hallazgos sorprendentes. Me gusta bucear en la prosa de los articulistas dedicados al deporte, fundamentalmente los de fútbol y los de ciclismo, géneros en los que hay muestras de talento más que evidentes. Las prosas de antaño, por lo general mostrencas y que parecían variaciones de un mismo motivo, salvo excepciones, ahora se adentran gozosamente en muestras literarias de enorme calidad y nombres como los de Benjamín Prado, Juan Tallón, Sámano, Relaño o Jabois (cierro aquí la nómina para no extenderme y por ignorancia) le otorgan un lustre de sumo interés a lo que puede suceder durante hora y media entre veintidós señores pateando un balón, metamorfosean algo en apariencia trivial en una leyenda precisa y perecedera con todo el mimo y el cuidado que se puede poner en un relato: a fin de cuentas el buen periodismo es una ramificación más de la literatura. Pero si en esas crónicas uno encuentra auténtica calidad literaria, hay otras en las que los defectos, acaso surgidos de la urgencia porque una noticia de un periódico envejece demasiado deprisa, atesoran meteduras de pata que no dejan de tener su gracejo, por ejemplo, la que hallé días atrás en el diario MARCA en la que la entrevistadora transcribe de formal textual y errónea “in illo tempore” traduciéndolo por un descojonante e incongruente “hilo tempore” que tal vez no sea imputable a la prestigiosa periodista sino al traductor de Word pero que contiene un cierto matiz rupturista que no enfadaría, por ejemplo, a Julián Ríos. Y más recientemente, en ese mismo diario, un periodista afirmaba que, pese a sus treinta y cuatro años, cerca ya de los 35, Roger Federer tenía “mucho” hambre de títulos: ahí sí que el error no es achacable a traductor alguno sino al sorprendente desconocimiento del idioma: hay que tener “mucho” ignorancia para perpetrar semejante barbaridad. Ciertas crónicas adolecen de lugares comunes traídos por la prisa o porque se hace el trabajo de una forma mecánica, sin más, como se podría redactar un obituario o una nota de sociedad. En Faro de Vigo, en las páginas dedicadas al fútbol, un periodista inicia su crónica de la siguiente manera: “La distancia es el olvido, recuerda el tango”. Seguramente habrá tangos que yo desconozca que hablen del olvido, ese don que a veces alivia y otras se convierte en dolor que nos infligen, pero me parece a mí que lo que el tango asegura es que “veinte año no es nada”, una falacia que sin embargo tiene éxito y quien habla del olvido y la distancia, si no me equivoco, es un bolero, esa gelatina que entre otros cultivaron Los Panchos y que, de memoria, viene a significar algo así: “Dicen que la distancia es el olvido / pero yo no concibo esta razón”. Los buenos boleros son una cosa muy seria y hay que citarlos con exactitud, como se cita el Eclesiastés o Guerra y paz. Pero retomando el principio de este artículo, a mí las crónicas deportivas de los ya citados y de otros nombres que ahora mismo se me escapan, constituyen un delicioso chapuzón con hallazgos lingüísticos, sentido del humor, referencias culturales: prosas que son verdaderas joyas literarias y que, como digo, con frecuencia me detengo a leer. Una buena crónica de un partido de fútbol es habitualmente mejor (al menos, más explícita) que muchas críticas literarias (y, por supuesto, que las gastronómicas y las de arte). Esos periodistas se toman tan en serio su trabajo, tan en serio el deporte, que lo hacen desde una perspectiva lúdica, cargada de sentido del humor y convierten a los deportistas en héroes homéricos. Empiezo a sospechar que lo mejor de los diarios estriba en la sección de deportes.

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