El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

EL DEÁN Y LA MUERTE (V DE V)

V El canónigo subió hace unos días para despedirse. Ahora que Emilia había muerto abandonaba el piso y se iba a una residencia sacerdotal, que debe de ser uno de los lugares más siniestros que existen, como una fosa común. Un camión de mudanzas trasladó la iconografía religiosa que ornamentaba cada rincón de su casa. No quiso entrar; se limitó a agradecerte tus desvelos con el cadáver de la fallecida, a decir que cuando despertó de la borrachera creyó ver a un ratón en el dormitorio que o bien era una representación del pecado o una alucinación producida por la inmoderada ingesta alcohólica y que nunca olvidaras, nunca, que todas las personas en la vida tienen un papel que cumplir, por secundario que parezca. No le hiciste caso al charlatán porque la trascendencia es asunto de imbéciles.

Meses más tarde te encontrarás con el deán en la calle: iba en silla de ruedas y llevaba la perenne bandeja de dulces sobre los muslos. Había sufrido un ictus. Dios me está llamando, dijo. Como nos llamará a todos. Y a usted también, añadió profético. Aceptó tu invitación y entrasteis en un bar. La proximidad de la muerte ha variado sus hábitos de asceta y ahora zarrapastra un hedonismo otoñal: sustituye el té antañón por una copa de coñac que te hace evocar la muerte de Margarita de Carintia y Tirol, la santa puta. Cuando llegué al tanatorio, dice, no había nadie. Nadie. Ni un miembro del cabildo. Silencias que tú velaste el cadáver durante horas lentas y tediosas. Suelta un latinajo, que es lo que se espera de un ensotanado cuando habla del más allá que eres incapaz de situar ni en el tiempo ni en el espacio. Después lamenta el fallecimiento de un tal Carlo Maria Martini al que no te cupo el honor de conocer y exige la segunda copa para explayarse: las recientes filtraciones en el Vaticano son el síntoma del estado de podredumbre de la iglesia católica a la que pertenezco aunque si allá por 1979 aquello era un nido de víboras hoy es una casa de putas en manos de un santo padre timorato achacoso e incapaz de desenquistar a una iglesia atrofiada que pierde fieles pese a esos circos multitudinarios que puntualmente le montan al Papa para que no perciba la realidad y en los que unos extraterrestres corean aquello de Benedicto Equis Uve Palito (los números romanos son una puta mierda, te dices) qué vergüenza cuánta decadencia humillante para descender del y volé tan alto tan alto que le di a la caza alcance o ese no sé qué que quedan balbuciendo a lo de equis uve palito si cuando murió Juan Pablo II el torpe palomo ciego del espíritu santo se hubiera posado en un hombro del gran Martini la iglesia hubiera tomado una deriva acorde con los tiempos que corren pero -tercer coñac- ya ve usted la patulea cardenalicia debatiendo acerca de la virginidad de María el matrimonio como ámbito de la procreación la murga con los homosexuales la familia tradicional y el misterio de la santísima trinidad patrañas que no interesan a nadie coño que nos estamos cargando un chollo que nos costó siglos levantar y vamos a quedarnos con el culo al aire tribulationes cordis mei dilatatae sunt si Platini perdón Martini hubiera empuñado el báculo de Pedro con su mano firme y su visión de futuro la iglesia se hubiese incardinado en una sociedad que le da la espalda porque no la percibe como solidaria con sus problemas y sus necesidades y este Papa carece de cuajo para emprender la fatigosa empresa del aggiornamento, ¿qué opina usted?, y tú estuviste de acuerdo con casi todo, así que se despidió, en la calle hizo sonar la bocina del vehículo y enfiló la acera de la avenida, embrague, curva a la derecha, tercera, cuarta, quinta a fondo, Fangio. También esto lo ignoras -tú y tu manía de no leer diariamente la prensa-: el Reverendísimo Don Carlos Ugarte Sieiro, Deán de la Catedral, Durmió en el Seno del Señor diez días más tarde, Descanse En Paz y lo de siempre: Jehová es mi pastor; nada me faltará (Salmo 23).

EL DEÁN Y LA MUERTE (IV DE V)

IV Estás solo en la sala número once del tanatorio. Hay una mesa camilla con un tapete de ganchillo que le proporciona a la habitación un aire de añoso capítulo de novela antigua y a lo largo de las paredes hacen guardia sillones y tresillos. Todos desocupados. En un cuadro, unos esperpentos con vocación caballuna trotan por la orilla del mar; en otro, asoma por la boca de un jarrón un ramo de flores rojas. Entre ambos un reloj de pared marca las diez y cuarenta. Estás aliteradamente solo en la sala. En un habitáculo anexo, separado por un vidrio, yace Emilia Schama (a) Margarita de Carintia y Tirol dentro de un féretro de color caoba cuya tapa está abierta y permite ver el rostro de la difunta, chupado y enteco como un regaliz. En la cabecera del ataúd se exhibe un crucificado semidesnudo y en las cuatro esquinas de la caja brotan cuatro cirios de pega con las bombillas apagadas. Nadie ha enviado ni una triste corona ni un humilde ramo de flores. El deán sigue durmiendo la santurrona borrachera. Con la ausencia de la exprostituta romana ha quedado a la vez huérfano y viudo. Contemplas los rasgos desvaídos del cadáver, la piel arrugada, el color de la beata mojama oscurecida.

España es el paraíso de los crímenes ejemplares por los motivos más turbios: por las lindes de un terreno, porque tu mujer te ha dejado, porque alguien no opina lo mismo que tú, porque hace calor, porque se coló en la fila del supermercado, porque es forofo de otro equipo de fútbol, porque vota a un partido político rival, porque estaba borracho, porque me dolía la cabeza, porque su perro meó en el felpudo, porque no te agrada su manera de vestir, porque te da la gana, porque es más alto que tú, porque es más bajo que tú, porque te aburrías, porque cobra más que tú, porque cobra menos que tú, porque yo lo vi primero, porque esa música no me gusta, porque el bacalao estaba salado, porque te abolló la carrocería, porque quería divertirme, porque desafinaba, porque sí, porque no, porque compró en el comercio de la competencia, porque suspendió tres asignaturas, porque no te devolvió los veinte euros, porque el tren se retrasó. Porque me salió de las pelotas. Porque Max Aub, claro. En este país cualquier discrepancia alienta un crimen. No necesitamos los motivos, solo la víctima: los motivos los ponemos nosotros. Todo eso te ha inspirado la visión del cadáver de Margarita de Carintia y Tirol. Son las 12:55 y nadie más acudió al tanatorio. Sala nº 11.

Harto de la solitaria compañía de Emilia Schama, de su paulatina descomposición a la que únicamente tú asistes, paseas por la explanada del tanatorio. La santa iglesia deserta siempre cuando vienen mal dadas: el deán continúa sin presentarse y a un empleado le pediste que cerrara el féretro. Te sientas en uno de los bancos del porche y contemplas a una paloma que picotea el suelo; su plumaje ostenta un color similar al del cadáver de Margarita de Carintia y Tirol; mueve la cabeza arriba y abajo como si padeciera un tic nervioso que te recuerda a un pájaro metálico que tuviste en tu niñez y que actuaba de la misma forma al darle cuerda. De repente, una gaviota se posa a unos metros de la paloma y se observan como si dirimieran cuestiones territoriales, ésas por las que los españoles somos capaces de descabellarnos. Al cabo de unos segundos dos gaviotas más aterrizan al lado de la primera. Las tres gaviotas parecen conspirar entre sí, como un aquelarre para elegir Papa. La paloma da un salto torpón y se aleja unos metros, desconfiada. Te preguntas cómo puede haber imbéciles que les dedican canciones y poemas a animales tan sucios como las gaviotas y las palomas y crees recordar que Tobías se quedó ciego porque una paloma se ciscó en sus ojos. Excremento celestial. Una de las gaviotas emprende el vuelo y gira alrededor de la paloma que la mira asustada; entonces, las otras dos gaviotas, veloces, se lanzan sobre la paloma desprevenida. Una de ellas aferra el cuello con sus patas y la otra le da picotazos en la cabeza; la paloma se revuelve e intenta zafarse pero la segunda gaviota la sostiene por una pata y le picotea la otra. La paloma agita las alas en vano porque la gaviota que volaba se deja caer rápidamente sobre ella y ataca su lomo con el pico amarillo. Asistes a la escena entre indiferente y asqueado. Hay una algarabía de graznidos y zureos, un confuso despliegue de alas, escorzos violentos y plumas de distintos colores que flotan en el aire y caen al suelo. Te imaginas el terror de la paloma, el terror de un judío apaleado por los nazis, el terror de todas las víctimas aniquiladas a lo largo de la historia. Las gaviotas actúan como una organizada guerrilla: una ataca las patas y el vientre de la paloma, otra el lomo que se va desplumando, la tercera busca la cabeza y con un picotazo riguroso vacía un ojo de la paloma que comienza a sangrar debatiéndose bajo la furia de las gaviotas. El pico ensangrentado arranca el segundo ojo de la paloma que, exhausta, ya no intenta huir sino protegerse de los insaciables embates, acaso innecesarios. El escenario se va llenando de sangre y plumas. Las gaviotas, con el plumaje sucio de rojo, no graznan: ejecutan parsimoniosamente a la paloma. Embisten sus restos de vida hiriéndola en el vientre, en el buche, en los costados. El cuerpo lastimoso, cruelmente sacrificado, es una bola sanguinolenta que no se resiste, que se entrega a la locura victimaria de sus atacantes. Ciega, con las alas rotas y las patas quebradas, no puede huir. Las gaviotas se retiran unos metros y certifican la muerte del enemigo. Concluido el ritual de exterminio, viene a continuación la fiesta ancestral de la matanza: los vencedores, cautiva y desarmada la presa, picotean sañudos el vientre hasta que hacen un agujero por donde asoman las vísceras y se entregan golosas al festín de la pitanza, desplazando el cadáver que deja un rastro de sangre y casquería por el cemento. Una bandada de gaviotas ruidosas desciende hacia la mesa puesta para secundar la orgía. Te retiras lentamente por si acaso. La sala número once sigue vacía. Son las 18:30 y crees que Emilia Schama no va a afearte la deserción.

Caminas hacia la parada del autobús.

Las gaviotas deshilvanan la tarde a picotazos.

EL DEÁN Y LA MUERTE (III DE V)

  • III El deán sigue consumiendo sin tasa lo único bueno que ha inventado el hombre mientras esperáis a los de la funeraria que se demoran en venir. El amanecer se acerca a lo alto de la torre. Aunque sólo es necesario el silencio, el canónigo continúa hablando y alude al evangelio de Judas o el evangelio según Judas, un papiro de veintiséis páginas hallado cerca de la localidad egipcia de Beni Masar, a finales de la década de los setenta, 1978 o 1979. Piensas que Judas es el paradigma de la humanidad, el traidor que con un beso y por treinta monedas envía a la muerte a quien haga falta. Si la sagrada biblia, farfulla el clérigo, nos presenta la imagen de un apóstol despreciable y traidor que entrega al maestro a los romanos a cambio de treinta monedas de plata y de esa forma condena a Jesús al suplicio de la crucifixión, este evangelio apócrifo retrata al Iscariote de una forma benévola y, acaso, históricamente correcta. Un rayo de sol se refracta en las copas de color caramelo y su claridad ilumina la nuca gris del cadáver que, de forma insólita, ha empezado a sudar, como si fuese de cera y comenzara a derretirse. Sin levantarse, el deán absuelve por tercera vez de sus pecados a la cucaracha gigante: muchos debían de ser para tan obstinado sacramento y más si la fealdad cuenta como pecado, en este caso mortal. La muerte es lo único digno en la indignidad de vivir.

-¿Qué sucede con Judas, entonces?

Judas es el discípulo predilecto de Jesús, no el contundente Pedro ni el melifluo Juan; no sólo eso: Judas es el único discípulo que conoce la identidad de Jesús, su relación directa con Dios. Una semana antes de la pascua, Jesús habla a solas con Judas y le dice algo así como que Judas sacrificará al hombre que recubre a Jesús, su humana encarnadura, porque si el resto de los apóstoles descubren que tras la última cena el maestro será hecho preso y posteriormente sacrificado, tratarán de esconderlo, de protegerlo y entonces no se cumplirá el designio de la crucifixión y…

-Y se jodería el negocio de la iglesia -lo interrumpes.

-Es usted un descreído y un hijo de puta -protesta el deán y apresura un severo lingotazo.

-No digo que no. Pero este descreído hijo de puta está haciéndole compañía. ¿Por qué no telefoneó a sus colegas?

-Frente a la muerte resultan tediosos y solemnes. El tedio y la solemnidad deberían ser pecados mortales.

El deán prosigue: el evangelio apócrifo, que se adscribe a una peligrosa teología gnóstica, afirma que precisamente para que todo se cumpla, para que Jesús muera en la cruz y resucite al tercer día, el apóstol dilecto, el denostado Judas Iscariote, debe ejercer, ante los ojos de sus coetáneos y, lo que resulta más grave, ante el posterior juicio de la historia, el vergonzoso papel de traidor. Judas ama a Jesús pero es el único que está en el secreto de la divinidad del maestro. Él tiene que cumplir su odiosa función subalterna: besar a Jesús para que los romanos sepan quién es el que han de apresar, recibir treinta miserables monedas de plata a cambio de su felonía y después suicidarse para lavar su conciencia o su amargura y convertirse en el epónimo de la vergüenza, la doblez y la traición. Lo que faltaba: añade el latinajo: sic transit gloria etcétera. A los curas les gusta tanto el latín como los pasteles y el dinero. Raza insaciable.

Suena el interfono y se identifican los de la funeraria. En ese momento, el canónigo vomita y esparce por la mesa y el suelo un charco de líquido apestoso con restos de comida. Dificultosamente, lo arrastras hasta el dormitorio, se desploma en la cama y comienza a roncar. Cuando sales de la habitación descubres a un ratón que se está dando un festín con el vómito eclesiástico; al detectar tu presencia, huye veloz deslizándose por encima del cadáver de Margarita de Carintia y Tirol; con una de las patas cierra el párpado que permanecía abierto. Badajea entonces el timbre de la puerta, ding-dong, ese cascabeleo de ovejita lucera que de campanilla le han puesto un. Exacto. Cuando la llamo ella viene a mi vera corriendo ligera ¿con? ¡Premio!

EL DEÁN Y LA MUERTE (II DE V)

II -Vecino, Emilia ha muerto.

El deán sube de madrugada a tu piso y te comunica el fallecimiento de la bestia, asunto que a ti te trae al pairo. Te preguntas quién es Emilia y te urge a acompañarlo al suyo porque no tiene redaños para quedarse a solas con el cadáver de quien fue su fiel ama de llaves durante cuatro décadas. Aunque estás en pijama aceptas el envite y penetras en la cámara de los horrores: hay imágenes de santos, crucifijos varios, una bendición papal, una fotografía dedicada de Juan Pablo II, una purísima orante que pisa la cabeza de una serpiente y, en medio del salón, el cuerpo sin vida de la arpía, al lado de una bandeja, un bizcocho, un platillo y una taza rotos, una cucharilla de postre, una servilleta de papel, una azucarera con su contenido derramado y un charco de té. La guardiana del Hades yace de perfil semiencogida, con un ojo abierto y otro cerrado.

-Estaba yo con el breviario, ella iba a servirme el té como cada día y… -sollozo. Reaccionas como siempre reaccionaste frente a la muerte: bebiendo: eres un cobarde. En la ménsula de la falsa chimenea, luce tentadora una botella de coñac Catedrático y seis copas. Coges la botella y dos copas y te sientas en el sofá, al lado del deán, que observa a su (presunta) barragana: contra lo habitual, parece más hosca muerta que viva. Le das una copa bien servida al clérigo que la recibe con sus manos femeniles. Ninguno sabe qué decir así que le preguntas si ya avisó a la funeraria; niega con la cabeza y comenta que está bajo una fuerte impresión para combatir lo cual vacía el laico cáliz de una gargozada. Lo imitas y rellenas las copas. Que el deán llore como una plañidera no te conmueve. Te asusta la ornamentación religiosa, la iconografía celestial en medio de la cual el cadáver semeja una (improbable) virgen torturada hasta la muerte por proteger la (ficticia) integridad de su himen. Desde el sofá, trasegada la segunda copa, el deán hiende el aire primero verticalmente, de arriba a abajo, luego horizontalmente, de izquierda a derecha, y recita ego te absolvo ab etcétera. Exige la reposición del dorado líquido y pasa a relatarte sus aventuras con Margarita en Roma, en Salamanca, en Valencia y por fin en esta ciudad. Era como una hermana para mí, proclama incestuoso. En una mesa esquinera hay una vieja máquina de escribir cargada con un folio con el membrete de la catedral. Entre los santos y el fiambre, el piso adquiere una atmósfera tétrica. Que fue de repente, repite, él estaba con sus oraciones y ella iba a servirle el té negro con un bizcocho que acostumbra a tomar antes de acostarse y de pronto se desplomó; al principio creyó que había tropezado a causa de la torpeza nonagenaria pero cuando se aproximó para ayudarla a levantarse (o para practicarle la autopsia, conjeturas, y buscar en la doncella yacente su alma animal), comprobó que se había detenido el generoso corazón que le había dedicado desde 1979, cuando él estaba en Roma preparando la tesis doctoral.

Descubres que el cadáver engurruñado entre los restos del estropicio por la caída, se llama en realidad Emilia Schama y que una noche de 1979, cuando el sacerdote se dirigía a la residencia religiosa en la que vivía mientras trabajaba en la tesis, se interpuso en su camino para ofrecerle los dudosos encantos de la carne a un precio irrisorio. La lengua del deán, pesada a causa del alcohol, destila a destiempo una sinceridad de la que no suelen hacer gala los eclesiásticos. Roma era entonces una casa de putas y del Vaticano mejor ni hablar. El momento lo requiere: buscas otra botella, encuentras una segunda provisión de Catedrático, rellenas la copa del canónigo presidente del cabildo. Te suministra apellidos, cargos y aficiones de la curia: el cardenal Stradi, putero; el obispo Rinttoro, pederasta; el camarlengo Fatsky, putero y ladrón; Álvaro Ponzano, sodomita con abigarrada tendencia a la guardia suiza y, para concluir una nómina que amenazaba ser prolija, el hispánico fray Burgeo Montesino, ladrón, putero, pederasta, sodomita y zoófilo, el gran maestre de la pasión fornicaria en todas sus manifestaciones religiosas y profanas. El fin de la civilización occidental, asegura, lleva siglos desarrollándose en la ciudad eterna, estamos engendrando al íncubo que acabará por devorarnos -y expone tan siniestra teoría vaciando la copa. Emilia Schama, su rostro de gárgola, tiene ya un color grisáceo, como el folio fosilizado en la máquina de escribir. No te escandalizan las beodas declaraciones de tu vecino: siempre sospechaste que la raza humana -y en mayor medida políticos y religiosos- es así: vil, rastrera, abyecta, miserable, traidora, funesta, insaciable, hijaputa, taimada, cabrona, insolidaria, hostil y simiesca. Ni un solo justo, uno solo, por el que merezca ser salvada. Y, además, ¿salvada por quién? Y para qué. El canónigo se levanta con torpeza, se acerca al cuerpo exánime y lo bendice otra vez reabsolviéndolo de sus pecados. El almita de la difunta se eleva, impoluta y lentamente, hacia el cielo, como el humo de una cerilla. Luego se sienta y repone el contenido de las copas.

-Lo único bueno que ha inventado el hombre es el alcohol.

-Y los dulces -lo enmiendas.

-No, los dulces son una creación divina.

Calculas el trabajo de los de la funeraria tratando de enderezar el rigor mortis encorvado de la arpía, el sonido de gozne de las articulaciones, el chasquido de las vértebras, el chirriar de los huesos deteriorados. Pero el deán aún no te ha contado el desarrollo de aquel encuentro nocturno y romano -romanocturno- con Emilia Schama, alias Margarita de Carintia y Tirol, allá por 1979, cerca de la plaza de San Ignacio. Te explica que transigió con una somera fellatio (para los curas, ensimismada felación; para los laicos, grosera mamada) en un portal adyacente con el fin de mitigar el estrés emanado de la confección de la trabajosa tesis doctoral (sic) y porque no quería ser el único sacerdote casto de Roma. Mientras ella, arrodillada por un miserable puñado de liras, se afanaba con el hisopo del cliente, éste la bendecía una y otra vez a hurtadillas. In nomine Patri. Cristo, dice, no despreciaba a las prostitutas, así que, ¿quién era yo para hacerlo? Te lo imaginas en el portal fresco y oscuro, sosteniendo la sotana con la mano izquierda, bendiciendo a la buscona con la derecha, mientras el adefesio succiona el miembro del miembro de la iglesia. Una vez concluida la faena, aclara el canónigo, la colé de tapadillo en mi cuarto y estuvimos toda la noche hablando del pecado, de la gracia santificante, del consuelo de la religión y, cerca del amanecer, Emilia quiso confesar, juró no volver a las andadas y, no sólo eso, me rogó que la acogiera como criada y que trabajaría gratis para mí el resto de su vida como penitencia por su tenebroso pasado. Me acompañó en todos mis destinos, todos los días del año, con canina fidelidad. Hasta hoy -concluye contemplando el cuerpo de la muerta cuya piel adquirió ya la categoría del atún, un gris que azulea y tiende a oscurecerse, amojamado. El dolor del deán por la irreparablepérdida del espantajo rellena la copa de coñac. Mira el reloj y te pide que telefonees a la funeraria antes de que sea tarde.

Tarde para qué.

EL DEÁN Y LA MUERTE (I de V)

I En el décimo segundo, puerta C, vive el deán de la catedral. En ocasiones coincidís en el portal y el transformista, con su golosa bandejita de dulces, huele a fraudulenta santidad de colonia a granel. Una cruz colgada en el pecho exacerba las mañas de cualquier descuidero. Como todos los de su ralea tiene una voz meliflua: es la voz torticera de la mentira y el trágala, de quien predica una cosa e incurre en la contraria: castidad pero fornica; pobreza pero se enriquece; templanza pero se encabrona; caridad pero envidia; humildad pero se ensoberbece; largueza pero es avaricioso. A sangre y fuego grabaron esos gandules en tu infancia las insidiosas teorías con su nihil obstat y su imprimatur del catecismo de la Doctrina Cristiana por el P. Astete, S. J., adaptada para la archidiócesis por el moderador diocesano M. I. Sr. D. Baltasar Pardal Vidal y declarado oficial y obligatorio (literal) para todas las Catequesis, Escuelas y Colegios de la misma, incluso de Religiosos, por el Excmo. y Rvmo. Sr. Arzobispo Dr. D. Tomás Muñiz Pablos; ya ves, tres personas, un autor (Astete), un adaptador (Pardal) y un figurante (Muñiz) -eso sin contar a Cándido Pumar Cornes, que provee el nihil obstat, el Arzobispo de Compostela que acredita el imprimatur y un tal Lic. Miguel Fernández, Canciller, que pasaba por allí y, como no podía ser menos, se suma a la orgiástica martingala- para pergeñar un libelo de 62 páginas en la edición de 1956. A diez páginas por nefelibata. Una vergüenza si lo comparamos con la obra de una sola persona: María Moliner. Hasta san Juan de la Cruz hizo más por la iglesia que esos seis farsantes ociosos que estarán consumiéndose sin consumirse en las hogueras infernales por vagos. ¡Cuánta calidad literaria ha perdido la secta desde Las Confesiones del santo fornicador Agustín hasta nuestros días! Y es que en la desolada derrota del mundo hacia la nada, el libreto del Vaticano se resiente. El deán cohabita con una vieja o animal bípedo de compañía y de apariencia vagamente humana que es la segunda mujer más fea de la historia en ardua competencia con Margarita de Carintia y Tirol por lo que, salvo que el deán guste de la zoofilia, perversión que no descartas, no intuyes entre ambos violación del precepto de la castidad aunque cuando la necesidad aprieta todos los gatos son pardos y todas las mujeres hermosas.

Porque años atrás te había hablado de ella alguien que no recuerdas (¿tu exmujer? ¿un compañero de trabajo?) acudes a la biblioteca y tomas prestada la novela La marcha de Radetzky de Joseph Roth, el cual, previendo el porvenir amargo que tú mismo barruntas, se suicidó escrupulosamente en París en 1939 a los cuarenta y cinco años. 1939 fue uno de los mejores años para suicidarse. Joseph Roth había nacido en Schwaberndorf, en la Galitzia rusa y era judío, así que cuando intuye que el autor del memorable Mein Kampf y sus esbirros van a armar la de dios es cristo por la fruslería de unos ojos azules y compondrán la epopeya de un sangriento tango que bailará medio mundo, lía el petate y se refugia en París sin saber que -y aquí el pronombre hace innecesario continuar la frase. Alguien antes que tú ha sacado el libro de la biblioteca y te gustaría conocer al lector metódico que consignó a lápiz, con caligrafía meticulosa que sospechas de mujer, en una página en blanco, las siguientes notas:

Solferino. Población de Italia, prov. de Mantua. 2.035 hab. Restos de un castillo. En ella Napoleón III derrotó al ejército austríaco al mando del emperador Francisco José I (1859).

Y:

Radecky o Radetzky. Juan, José, Wenceslao, Francisco Carlos. Conde de Radetz. General austríaco (1766-1858). Después de la batalla de Marengo, fue destinado al ejército de Alemania, en el que brilló por su valor y prudencia. Sus hazañas, tan numerosas como heroicas, han dado origen a una extensa bibliografía. Vivió 92 años.

Y:

“Radetzky Marsch”. Compuesta por Johann Strauss, padre, en el año revolucionario de 1848-1848, März. In Wien wurde Metternich unter dem Druck der Revolution entlassen. Das erwachte National-Bewubtseinder Ungarn. Tschechen Und Italianer bedrothe die Existenz des Vielvölkerstaates Österreich.

En las páginas 200-201, alguien (piensas que una mujer) ha deslizado una flor que con el tiempo se tornó ocre, tal cual tú la descubres. Convertida en una especie de mariposa, casi irreconocible como flor, tiene el escaso valor de un fósil sentimental. Te imaginas a la mujer que llega a la parte exacta del libro de Roth e impulsada por quién sabe qué motivos, extrae la flor de un jarrón, le corta el tallo y la taxidermiza entre las páginas 200 y 201 como un mensaje secreto para futuros lectores. Pero no acabarán ahí los indicios, las claves para descubrir a esa mujer: como un marcapáginas apenas visible, entre la 236 y la 237, descubres un cabello blanco por lo que intuyes que la aplicada lectora tiene una edad avanzada. Sin embargo (si los textos manuscritos, la flor y el cabello pertenecen a la misma persona) la cuidadosa y firme caligrafía remite a alguien joven; concluyes que quien escribió en el libro y depositó la flor e introdujo el cabello es una mujer de unos cincuenta años, delgada, hermosa, independiente e inaccesible a la que no conocerás nunca no porque no exista sino porque no existe para ti.

Coges La marcha de Radetzky a media tarde para ir a devolverlo a la biblioteca, con la flor y el cabello de la mujer intactos. En el piso 12º se detiene el ascensor y entra el deán en compañía de Margarita de Carintia y Tirol que, contraviniendo las ordenanzas municipales, ingresa en el habitáculo sin traílla ni bozal. En semejante compañía piensas que el ascensor no se detendrá donde debe y descenderá hasta el Averno. ¡Con cuántos que creía santos no se encontrará allí el deán! Que ahora -piso 10º- repara en la novela que llevas en la mano y decide romper el silencio con el que obsequias a los vecinos del inmueble.

¡Qué casualidad! -comenta el deán interponiéndose entre la bestia y tú-. Joseph Roth. Uno de mis escritores predilectos.

Planta baja. Solicitas a la divinidad que nadie te vea en compañía del monstruo y su domador. Del fresco del portal al horno de la calle, el travestido te informa de que ha leído varias novelas de ese autor. Y en alemán, durante los años que pasó en Heidelberg. Cita títulos. Sin saber por qué -aún hoy te maldices por ello- aceptas entrar en una cafetería para hablar de Roth mientras miss mundo se acerca al supermercado para comprar casquería con la que atragantarse. Un mozallón con una calavera en el antebrazo trae una cerveza fría y un té con unas pastitas, cómo no, para el deán. Repetirías la frase del argentino si la almacenases en la memoria: “Son golosos de dulces y patisserie casi todos los que no abastecen sus deseos sexuales”. Sobre la mesa, la novela establece un dudoso vínculo entre el eclesiástico y el ateo. El deán te cuenta con retórico oropel que domina varias lenguas pero no le das importancia porque esa ralea se dopa con el espíritu santo: así cualquiera. Procura leer siempre en el idioma original: portugués, italiano, francés, inglés, alemán, latín y griego (clásicos, los dos últimos, te advierte). ¿En cuál de ellos se dirigirá a 666, su ama de llaves? Vierte el azúcar en el té, remueve el líquido con la cucharilla. El deán te habla de su estancia en Heidelberg y sus profusas lecturas, entre ellas las obras de Roth, Joseph, que le ayudaron a desvelar la grandeur (sic) del imperio austrohúngaro. En la pantalla de una televisión descubres la sonrisa taimada y emputecida de un ministro que mueve los labios y pides la segunda cerveza a otro camarero con un dragón tatuado en el cuello.

El deán coloca una mano sobre el título de la novela y sonríe casi como el ministro: tiene una mano hermosa, delicadamente femenina, de dedos largos y huesudos, adecuados para el órgano catedralicio y la pasta celestial que ahora se lleva a la boca con la ligereza de un vuelo de colibrí, como si fuera un gesto más de la liturgia religiosa. Después baja la mano con el ringorrango de una bendición urbi et orbi. No gesticula: representa.

-Antes, en el ascensor, comenté qué casualidad -dice elevando el libro de Roth, Joseph, a la altura del rostro. Solo le falta añadir: “Tomad y comed todos de él porque esto es mi cuerpo”.

La cerveza ha dejado rastros espumosos y circulares a lo largo de la copa, cercos tristes de copas vacías. Según parece, meses atrás, el deán quería leer, aunque fuera en español, la que consideraba obra maestra de Roth, y para paliar ese deseo tan ansiado como la acostumbrada bandeja de pasteles, había retirado de la biblioteca un ejemplar de dicha novela, “el mismo que usted va a devolver, una edición de Bruguera bastante mediocre tipográficamente, del año 1981, pero con una notable traducción de no recuerdo quién…”, abrió el libro, consultó las primeras páginas, “ah, sí, Griselda Vallaribera Blanc, en efecto”. La delicuescente dialéctica del clérigo no te conmueve: sabes que la retórica ampulosa oculta banalidades. El discurso de la iglesia se sustenta en fruslerías predicadas con grandilocuencia: el arte de no decir nada de forma rimbombante. Te pregunta si leíste la novela del señor Roth, Joseph. Abre otra vez el libro, te muestra las notas manuscritas con una caligrafía pueril que atribuiste a manos de mujer. Y aunque su eminencia tiene manos de mujer, confiesa:

-Lo escribí yo. Para la comprensión de la historia de…

Lo interrumpes.

-¿Y el cabello entre las páginas 236 y 237?

C’est à moi -dice-. Apenas unos ralos cabellos blancos orlan mis sienes y quise dejar uno de ellos en la novela de Roth. Un canto a la alopecia, como un verso de Horacio. Un homenaje al tiempo que transcurre y nos desgasta, consumiéndonos, hasta nuestro encuentro final con Dios. Un acto de inocua coquetería para un deán de nuestra digna catedral que usted tanto detesta.

El deán te explica que en la biblioteca de la universidad de Heidelberg había leído la edición original de la novela de Roth, Joseph, que databa de 1950, y que, tantos años después, tuvo deseos, casi una necesidad, de releerla y acudió a la biblioteca municipal y. Siempre hay un y que descoloca la sucesión de acontecimientos.

-Tembloroso, preguntas:

-¿Y la flor?

El capullo sonríe. Otra vez.

-¿La descubrió usted? Veo que leyó el libro de principio a fin. Ah, la fleur, como usted dice. Entre las páginas 200 y 201. Pero una flor… Demasiado ambiguo. Es un tulipán. ¿Sabe que el nombre proviene del turco, dulband, por su forma de turbante? La cogí del altar mayor para incorporarla a la novela. El genio y la divinidad se dan la mano aunque, mutatis mutandis, aquél provenga de ésta.

El deán ejecuta un mohín diabólico. Una gota desciende lentamente por el exterior del vidrio de la copa y deja un rastro sinuoso, como un arroyo que se estuviese formando desde un manantial invisible. El deán repone la mueca de sayón de Salcillo azotando a un cristo que necesariamente va a morir. Tiene el aspecto reservado y humilde de un torturador, de alguien que vivisecciona inútilmente a seres vivos en busca de su alma divina: ranas, pájaros, ratones, cucarachas. Quizá indague en los bichos porque sabe que en los humanos no la hallará nunca y menos en Margarita de Carintia y Tirol, la guardiana del Hades que ahora asoma el hocico monstruoso por la puerta del establecimiento y hace al deán unos gestos que semejan un ritual de vudú. El deán, zombi, se levanta y deja sobre la contraportada del libro de Roth, Joseph, un billete de color salmón. Dice con Dios y camina hacia la salida con lentitud procesional. Piensas en la perfecta caligrafía de las notas manuscritas en la novela que vas a devolver, en el cabello gris, en la flor aplastada entre las páginas 200 y 201.

UNA VISITA

La casucha insalubre podría haber sido declarada ruinosa con toda justicia, pensó el flemático don Arturo cuando golpeó con los nudillos la puerta de la habitación marcada con una plaquita oval que tenía inscripto el número 1. ¿Convendría explicar a usted, oh lector, o a usted, oh lectora, si existieren y de ser así vaya por delante mi honda gratitud, por qué don Arturo Elizondo, un cincuentón atildado, de broncínea tez, ojos marinos, cuidadas maneras, elegante terno, un jazmín en el ojal (aunque ya sé que no se estila), trilingüe, empresario exitoso, casado y padre de seis hijos y que, si había decidido ser infiel a doña Anuncia, podría conseguir las mejores hembras de la costa y alrededores merced a su porte e hipertrofiado capital, se ausentaba del hotel de cinco estrellas en el que estaba alojado para buscar la querencia de una prostituta que le cobraría por la transacción una cantidad inferior a la que él dejaba de propina cuando iba a cenar con su señora y soltaban a la prole en las seguras y blancas manos de la institutriz miss Witt que había llegado a trabajar para la Familia Real Británica? Eso mismo se preguntaba don Arturo Elizondo en tanto recorría con paso atlético que denotaba la práctica habitual del deporte (hípica, esgrima, vela, tenis, esquí ‑marítimo y terrenal‑, paracaidismo, frontón, balonmano, halterofilia, boxeo, salto de longitud, trampolín, polo, petanca, ciclismo, gimnasia, bowling, colombofilia, patinaje) a prima noche la distancia que separaba el hotel El Esplendor Costanero, casi prodigioso palacio de Oriente, de la humilde pensión La Mandrágora do, según le había secreteado su amigo el laureado poeta Nicasio Formentor y Urrutia (autor, entre otras delicadas composiciones, de El desbarajuste de los grillos, Las cigarras invisibles, Luciérnagas  furiosas, Caracoles pausados y Cangrejos de ayer, que significaban su amoroso estro por el mundo animal) ejercía la prostitución una tal Elisa Flora que al desnudarse emitía un olor epidérmico cuyos efectos habían catapultado a más de un cliente al recogimiento conventual o al manicomio (y a algún otro al insensato suicido). Caminando bajo un firmamento en el que las estrellas celosas hilvanaban las costuras celestes (se volvían a mirarlo ‑a don Arturo, no al cielo‑ las mujeres de cualquier edad y catadura sin importar la clase social a la que pertenecieren) pensó, divertido ya que no era hombre celoso, que a aquella hora su nunca bien ponderada cónyuge doña Anuncia Pérez de Goodbye estaría fornicando alocadamente con Rómulo, el monitor de gimnasia, creyendo haberlo seducido cuando en realidad don Arturo Elizondo Camposanto le había donado al mozo, bien formado pero piantado y congénitamente estúpido, una sabrosona cantidad equivalente a seis meses de sueldo (el de Rómulo García) para que copulara con la mujer (la de Arturo Elizondo) aunque sabía que el gañán (ídem)  jamás satisfaría a la hembra (Anuncia) en la desmedida medida (disculpe el lector o la lectora tamaña teratología) en la que él (Arturo) la enloquecía merced a un sexo hipertrofiado (“luces sexo de negro mandinga”, solía repetirle Nicasio Formentor que aseguraba parecerse “a Óscar Wilde y no sólo en el aspecto de dandi”), a una depurada técnica sexual tibetana y a susurrarle al oído procacidades en español, francés e italiano. Cuando Elisa Flora abrió la puerta del cuartucho de la pensión La Mandrágora, antro de penurias y malevaje, por detrás de la mujer (alta, esbelta, rubia, ojos azules, senos turgentes, amplias caderas, cuello delgado, pómulos vietnamitas, nariz grecolatina, boca irlandesa, piernas marfileñas, nalgas africanas, manos siamesas, hombros arquitectónicos: todo eso consignó don Arturo merced a una halcónica ojeada tan fugaz como experta) nuestro protagonista (aunque no sea el único pues ya se verá a su debido tiempo que ésta es obra coral, no unívoca) tanteó con su agudísima vista (no usaba lentes de ni cerca ni de lejos) el descorazonador decorado, a saber: una habitación de cuatro por cuatro metros con las paredes empapeladas de azul purísima con querubes armados con arcos y flechas y que aspiraban en vano a la intrigante categoría de Cupidos, esos gordezuelos diosecillos del amor, love, amour, amore; una lámpara de luz dubitativa cuasi leprosa colgando del techo; una cama desgalichada más yacija que tálamo de 1.85 por 0.80; a sus pies una alfombra de alarmante alopecia; al fondo aparecía una ventana de marco verde bajo la cual se incrustaba una pileta; a la derecha había un armario grande (ganas dan de escribirlo con hache) de doble puerta al que estaba adosada una mesa de pino con una silla en la que se sentaba una chiquilina de cuatro o cinco años, angelicalmente blonda, que desvestía a una muñeca y a la que Elisa Flora (nos referimos a la niña, no al juguete) presentó como su hija Isabelita. Don Arturo, acostumbrado a suntuosos palacios, a suites exuberantes, a interminables limusinas, a efervescentes salones, a restaurantes de lujo, a yachts de armador griego, a legendarios hipódromos, no sintió repugnancia ni desazón, dadas sus veleidades democráticas, por el espectáculo mas preguntóse en silencio: ¿Esta gente dónde defeca? ¿En la vereda, como los chuchos?

-¿Qué desea usted, buen hombre? ‑inquirió Elisa Flora.

-Vengo a olerla.

-Cuánto vicio rinológico, por Cristo bendito. Con lo fácil que es coger…

-Traigo recomendación ‑dijo don Arturo desplegando un moquero con sus iniciales, AEC, sobre la cama y sentándose encima‑ de don Nicasio Formentor y Urrutia.

-El poeta. Vaya pájaro. Otro que tal baila aunque sazona unos óbolos fastuosos, auténticas prebendas. Él también viene sólo a olerme porque, además de asegurar que así se inspira, es maricón. No paga mal, reitero, y me regala poesías. Mire ‑la hetaira metió la mano entre los opulentos senos, extrajo un papel cuadriculado y lo desdobló‑, ésta me la dejó hace un momento. Nica acaba de irse, no sé cómo no se cruzaron en la escalera.

Don Arturo tuvo una sospecha: el hombre con el que se encontró en el rellano, que le cedió el paso cortésmente y llevaba el rostro velado por un antifaz, ¿sería su amigo y egregio vate don Nicasio Formentor y Urrutia a quien una vulgar suripanta amputaba confianzudamente Nica? Otrosí: ¿No había sonado muy artificial, muy impostado, muy forzoso, muy servil, muy enrevesado, muy falso, el acento mexicano cuando lo saludó “con Dios, chamaquito”? Elisa Flora, que de momento no olía a nada, si la nada tiene olor, digamos que a nada remarcable, le entregó el papel que don Arturo leyó con cierta perplejidad no exenta de vergüenza: Ayer, mañana y ahora / nadie huele como Flora. No era, ni de lejos, su mejor composición; tampoco, debía reconocerlo, la peor. Una vez leído, Elisa reintegró el papel a su amorosa estantería cárnica (aunque carnosa quizá sea aquí le mot juste).

-Así que viene usted a olerme, sólo eso.

-Ese sólo no encaja aquí, madame. Dicen que husmearla es como ver el aleph.

La culta referencia desubicó a Elisa Flora: la mayoría de sus clientes parecían huidos de un psiquiátrico. Don Arturo pensó brevemente y sin inquina en lo que estarían haciendo Anuncia y Rómulo: no llegó a conmoverse. Reparó entonces en la niña que ajena al diálogo de los adultos vestía a la muñeca. “¿Y ella?”, preguntó el hombre señalando a la capitidisminuida con el mentón firme de teutona arrogancia. “Está acostumbrada”, dijo la mujer (la puta, la adulta). Elizondo vio obscurecerse el firmamento celestial a través de la fenestra. Elisa Flora se apropincuó a Isabelita, le acarició la melena piojosa, “vamos”, le dijo, la guió hasta el armario (¿harmario?); la innúbil no lamentó introducirse en el jonásico mueble que clausuró la madonna con la llave. “La muñeca le hace compañía”, comentó la hermosa meretriz sonriendo.

Una vez que la infanta estuvo enjaulada, Elisa Flora apagó la luz aunque la claridad de la delicada noche estival permitía a don Arturo Elizondo Camposanto discernir la cama, la alfombra, el lavabo, el armario, la mesa, la silla. Quizá todo ello incitase en su incólume memoria el pasaje de un libro, la escena de una película o un ayer putero en una juventud remota y alocada como la de cualquier efebo. La mujer le preguntó a don Arturo si no pensaba desvestirse. “Sólo vine a oler”. Elisa Flora advirtió: “Le prohíbo que se masturbe mientras me olfatea; me repugnan los tocamientos propios que devienen, ipso facto, impropios”. Suficiente, pero elegante, el míster dijo: “No sé lo que es masturbarse; cuando estaba excitado acudía a una mujer. Perdí la virginidad a los once años”. “Como yo”, escolió Elisa Flora que pasó a demostrar la veracidad del endeble pareado de Nicasio Formentor; para lo cual retiró primero el veraniego vestido floreado (merecido por su segundo nombre) adquirido a precio de ganga en los almacenes La Primavera; la vaharada inaugural de un aroma endemoniadamente penetrante frunció la perfilada napia de don Arturo. ¿Lavanda, azahar? La incontestable belleza de la deidad solapábase con el olor indefinido: el hombre se acercó un poco más a la mujer y la olfateó de forma cánida (perruna, si se quiere). Elisa Flora llevó las manos a la espalda y dejó caer a sus pies el sujetador como cóndor andino que exhausto expira en pleno vuelo: la fragancia se hizo más intensa, más densa, casi sólida, hasta tal extremo que el hombre creyó que iba a marearse. ¿Menta, albahaca? El aroma resultaba indefinible a la par que irreconocible. Turbó el éxtasis la voz casi llorosa de Isabelita: “Mamá, déjame salir, porfa”. Elisa sonrió. “Un momento, corazón, ya estoy terminando”. Con una gestualidad perezosa, casi teatral, la cortesana, oscilando las estoicas caderas, deslizó las bragas hasta los tobillos y don Arturo Elizondo descubrió que el impar aroma provenía del sexo. No, no era anís, no, no era tomillo, no, no era hierbaluisa. ¡Nunca en su larga y afortunada vida donjuanesca había sido testigo de milagro tal! Se arrodilló y rozó con la punta del soberbio órgano olfativo la femenil vulva y sintióse transportado a una geografía ignota que sólo podía existir en trances oníricos o en falsos mapamundis. Le pareció oler una destilería de whisky en la que se rompieran al unísono las barricas y el líquido anegara un local; le pareció oler una fábrica de perfumes en la que se abrieran de golpe todos los pomos a la vez; le pareció oler una capilla donde centenares de sacerdotes orates agitaran otros tantos turíbulos; le pareció oler un zoco marroquí saturado de diferentes especias; le pareció oler en uno solo el aroma de todos los vinos de la tierra; le pareció oler en una sola todas las rosas de la eternidad; le pareció oler, entre las piernas de Flora, todos los mares que había conocido; le pareció oler el estiércol de todas las granjas de su niñez, los múltiples frutos de todos los huertos que había hollado, todas las pieles que besó a lo largo de su vida y supo que por más que se duchase para combatir el perfume olería a Elisa Flora el resto de los días que tuviera el destino a bien otorgarle. “Mamá, joder, quiero salir”, se quejó la voz difusa de Isabelita (no olvidemos que permanece encerrada en el armario). “Ya voy, mi amor”, dijo la mujer que recogió las prendas de ropa y procedió a enmendar el déshabillé visceral. Arturo Elizondo, cual devoto que se recupera de místico arrobo, se puso de pie y Elisa Flora, sonriendo, retiró del ojal de la chaqueta made in London el jazmín que otrora lo engalanaba (al ojal, a la chaqueta y al elegante Elizondo: a ambos los tres). Estaba marchito. Nada le extrañó a Arturo que meditó en tanto rebuscaba en la cartera, arduo le resultaría convencer a Anuncia de que no regresaba de una orgía con ciento o doscientas huríes trepanadoras. Los tres billetes que entregó a Elisa Flora y que bien administrados abastecerían varios cursos escolares de Isabelita, no dolieron a Elizondo: la mujer, que atesoró el caudal (podría decirse la plata) entre seno y seno, como el dístico de don Nicasio Formentor y Urrutia, bien que los había ganado sin despeinarse. Después Elisa Flora dejó en libertad a la alocada potranca de su retoño que mientras acompañaba a don Arturo a la puerta afirmó preguntando: “¿A que huele de puta madre?” Elizondo Camposanto consideró que la frase acuñada contenía al menos tres verdades: la olfativa, la profesional y la consanguínea. Acarició la rubicunda cabellera de la hija de puta.

CALLE DE LA IMPRENTA

En la calle de la Imprenta, que merece sin duda la categoría de plaza, no existe nada reseñable salvo las ruinas y la elegante escultura de Castelao que Buciños creó para este enclave y que parece haber sido diseñada con el trazo seguro, escueto y aéreo con el que Castelao afinaba sus dibujos y que, junto con sus textos y los de otros autores, dan testimonio de lo que fuimos y probablemente de lo que somos, tal vez, incluso, de lo que aspiramos a ser. La calle de la Imprenta no es  sino una desolación que une dos desolaciones: la calle Colón y la calle Libertad: ambas poseen todo lo necesario para ser dos calles históricas del casco antiguo y sin embargo parecen escenarios de una película de guerra que se abandonan porque ya nunca volverán a ser atrezo para un nuevo rodaje. Recurriendo a una frase tópica, ambas están dejadas de la mano de Dios (y de los sucesivos alcaldes) como tantos otros lugares de la ciudad. Siguiendo con un símil cinematográfico, no sería extraño ver deambular a un zombi por Libertad o por Colón. En la calle de la Imprenta no es habitual encontrar a grupos de personas que sentadas en un banco intercambien las confidencias que suelen participarse los vecinos y más bien parece un tránsito o un atajo para ir a otro lugar, para huir a otro sitio. Me temo que ni los pájaros anidan en los escasos árboles; posee la hostil pesadumbre de lo que un día fue o pudo haber sido, como el barrio chino o la plazuela de la Trinidad: se intuye en ella el prometido prodigio que nunca se alcanzó. Siempre hay un gato que atraviesa solemne espacios así. Si un día leyéramos en el periódico que un edificio se había derrumbado, que un muro había cedido, destriparíamos la noticia sin sorpresa, como una maldición anunciada que por fin se cumple y no suscitaría en nosotros otro comentario que el habitual “eso estaba visto”. ¿Por qué se degradan ciertos lugares que no merecen tal desidia? ¿Por qué la calle Libertad es una llaga pútrida y a su lado la plaza de Pena Vixía muestra una salud de hermosa consistencia? ¿Quién o quiénes son (de alguna forma, somos) los culpables? ¿Podría diagnosticarlo Castelao y acaso proporcionarnos el remedio? ¿O es muy tarde ya y el mal resulta incurable? Siempre nos quedará el consuelo de la fantasía, así que vamos a imaginar que algunas noches del año salgan de sus tumbas Víctor Campio, Otero Pedaryo, Blanco Amor, Tovar, Antón y Vicente Risco, Filomena Dato, Valente, Carlos Casares, Xocas, Julio y José Luis López Cid, Alexandre Bóveda, Ricardo Outeiriño, Julio Gimeno, Ben Cho Shey, Pura y Dora Vázquez, en definitiva, que los muertos ilustres de las letras vinculados de una u otra forma a esta ciudad y a esta provincia, se dirijan por diversas rutas a la calle de la Imprenta y mantengan un diálogo interminable con Castelao, proponiendo tal vez soluciones para arreglar el deterioro urbanístico. “Y yo qué pinto aquí, en esta calle insalubre, muerto de frío…”, se quejará Castelao. Quizá alguno de sus acompañantes se despoje de la chaqueta y se la eche por los hombros al de Rianxo, poco acostumbrado a los gélidos inviernos ourensanos. Cuando se deshaga la reunión, uno de los asistentes, no diremos cuál, con una excusa baladí, disimuladamente, se perderá (o se encontrará) en un burdel del próximo barrio de las putas, tan declinante como su entorno. Tengo para mí que si un día cambian de ubicación la estatua de Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao, la calle de la Imprenta desaparecería para siempre.

EL ESCRITOR

El escritor estuvo tecleando una hora en el ordenador, una hora infinita y dura en la que urdió frases que luego borraba y rehacía porque le ha caído en suerte ese feliz oficio ingrato (tal vez haya que tachar esta frase) en el que acaso sea tan importante escribir como desescribir y al cabo de los fugaces pero larguísimos sesenta minutos en los que apenas rescató unas líneas decide concederse un descanso pero antes agrega ¿Sog…, sogtulaak? Exacto. Sogtulaak significa: hable usted del tiempo, nuestros acompañantes no son de fiar y a ver quién es el guapo que lo entiende y con frecuencia eso mismo sospecha el escritor, a ver quién cojones me entiende, así que se otorga una tregua y la tregua es un espacio de silencio que él llena con sonidos, a saber: deslizar un dedo por el teclado del piano, repicar dos cubos de hielo en un vaso minúsculo, lagrimear en su interior un chorro de whisky y velar el resplandor de la lámpara de pie con un lienzo de color azul, todo lo cual, pero sobre todo esto último, proporciona al espacio de silencio una atmósfera conventual o de prostíbulo de lujo para clientes con cuentas corrientes en paraísos fiscales. Sale con el whisky a la terraza y mira a la gente que se apresura en la tarde bochornosa y, no sabemos por qué, quizá por su inmovilidad, se fija especialmente en un hombre que está apoyado contra la pared de la acera de enfrente y, como si el hombre sintiera el peso de la mirada que el escritor derrama desde la terraza del cuarto piso, alza su rostro hacia el que lo observa desde arriba y ahora que el hombre inmóvil levanta la cabeza, y, puedeserque intimidado por la inocente mirada escrutadora, sigue su camino en dirección a un bar. El escritor regresa al salón, se sienta en el sofá y apoya la cabeza en el respaldo como si le pesaran las palabras en la nuca, esas palabras torponas, aparentemente ligeras, que tiene que escribir y que acarrea al ordenador como una hormiga infatigable transportando briznas sin parar, un día y otro y otro y, detente, porque el escritor también sabe que siempre hay un y que queda suelto, así que recoge el vaso, se sienta delante del ordenador, pecha con su briznita y escribe que para eso eligió este insano oficio o viceversa y que alguien aclare aquí el sentido de viceversa. “En este momento de mi vida y de mi escritura me repugnan vivir y escribir”, da un trago al whisky y como si obedeciera a un instinto impostergable y maldito añade “Sueño demasiado ‑¡pero escribirlo! Los sueños narrados, propios o (sobre todo) ajenos son un coñazo. Y una descortesía” o como si en vez de ceder a ese instinto impostergable y maldito un idioma hermético lo obligara a escribir así y en ocasiones su editor lo insta a ser menos críptico pero él no escribe así de forma deliberada sino porque no sabe hacerlo de otra manera y lo aburren mortalmente las monsergas de editores y críticos literarios con sus extravagantes por razonables teorías acerca del CAOMI o Cómo Afrontar el Oficio Maldito e Impostergable que en el fondo no es sino una VMI, o sea, la Vanidad Maldita e Impostergable de ver nuestro nombre y apellidos en la portada de un libro que no va a leer ni Diosz o a lo sumo la docena de personas que nos quieren sin tener en cuenta para nada, generosos, que somos sacristanes de la liturgia de un oficio que, aunque no convenga repetirlo para no incurrir en reiteración, resulta maldito e impostergable y por eso regresa al salón, rellena el whisky al que añade otro hielo y lía un porro y trata de inventar una biografía para el desconocido que hace un rato lo miró ‑se miraron‑ apoyado en la pared de la acera de enfrente. Después relee el párrafo que acaba de teclear, se reconoce en él, reconoce su voz entre el alud de las voces prestadas y considera que esta vez no tiene que desescribirse, que dijo, más o menos aproximadamente, lo que quería decir o escribió, más o menos aproximadamente, lo que tenía que escribir y que en el futuro, cuando lea lo escrito, no va a tener que arrepentirse y tal sensación de éxito, aunque sepa que literatura y éxito son palabras antónimas, lo impulsa a regalarse la limosna de un whisky que le recuerda a los domadores de los circos cuando premian a los animales con un terrón de azúcar o un pescado. Va a sentarse de nuevo pero escucha el primer movimiento de la Sonata Waldstein, opus 53 que alguien interpreta en la calle, sale a la terraza y en el mismo lugar en el que descubrió al desconocido y ambos intercambiaron la desdicha de vuestras miradas, está ahora un pianista manco que, sobrio, se afana sobre el teclado en medio de curiosos que se detienen a escuchar el concierto, dejan unas monedas, pasan de largo. Algunas noches de verano el escritor se sienta en la terraza y mira las estrellas o enciende la luz y lee un libro. Ahora contempla la manca habilidad del pianista que defiende la pieza de Beethoven solventemente con cinco dedos ágiles y seguros; el escritor se pregunta si el músico ambulante habrá nacido sin el brazo o lo perdería en algún accidente pero es incapaz de imaginar de dónde puede provenir la ausencia del miembro que no empaña la ejecución de la sonata. Cae la tarde y la chicharrera es menos sofocante. El escritor, con algunas gotas de sudor en la frente, entra de nuevo en el piso, vuelve a sentarse frente al ordenador y va pescando palabrejas de aquí y de allá, de la calle y del diccionario, y las enhebra, las ensarta, las cambia de sitio, varía sus significados, las siente palpitar, sabe que están vivas, que no son un ejercicio que el profesor impone a un alumno tonto sino una necesidad o un reclamo o eso que late y que lo mismo puede ser corazón que almorrana, chicha y limoná, oro y mierda, pero que en cualquier caso hay que escribir y escribe (“ay qué violenta es la vida, Oskar, qué ayuna de cordura y de paciencia, cuán presta a la ofensa y a la sangre, y a la sangre y a la sangre, qué demonio ha guiado la mano que estrangula esa botella que busca fragmentar la jeta del probe desgraciao que la esquiva de milagro. Pero ha ido a darle, joder si ha ido a darle, a Oskar se le agarrotan las nalgas del susto, hijjjadé”) porque si luego no sirven para nada, como tantas veces, qué fastidio, como tantas veces, ya habrá tiempo de desescribirlas y rendido por el titánico esfuerzo de hacer un castillo invisible con aquellas 78 cartas o palabras o cartapalabras y culminar el noble e inestable edificio de su aristocrática profesión, el escritor se otorga magnánimo la corona de hachís que merecida tiene por lo bien que se portó en la pista del circo y cuando enciende el porro suena el troc‑troc de la cerradura, sonido que propulsa al probe desgraciao del escritor hacia la verticalidad adquirida por esta raza no hace tanto y dirigirse hacia el origen del troc‑troc, su causa y su efecto, su milagroso origen y su terapéutico y jubiloso final y se acerca a la mujer que entra en el piso a la vez que pronuncia su nombre.

EL CADÁVER

La señora del séptimo B está sentada delante del televisor con el gato gris sobre los muslos. El animal, inmóvil, pertenece al orden decorativo y si no fuera por el fuelle de la pausada respiración, podría pasar por un peluche; también la mujer, quieta frente al aparato, detenta la categoría de una muñeca de tamaño natural. En la televisión un hombre de aspecto truculento habla con una chica rubia.

‑¿Nunca volveré a verte?

La rubia le da la espalda y llora.

Una claridad gris, otoñal, se cuela por la ventana e impregna la habitación de una aciaga atmósfera de tanatorio. El piso huele mal, acaso por el gato, acaso por una deficiente higiene de la propietaria.

‑Es posible ‑dice la rubia.

Sobre la ménsula de la falsa chimenea hay dos fotografías. En una de ellas, la mujer, con bastantes años menos, posa risueña al lado de un hombre contra un paisaje costero cerca de un muelle en el que se aquietan algunos barcos de pesca; si alguien mirara el reverso de la fotografía podría leer Cadaqués, 1970. En la segunda fotografía, la mujer, envejecida, acaricia un perro de color canela; seria, manosea al animal con desafecto, como si fuese una costumbre: detrás, al fondo, hay un jardín con un camelio y un arriate con rosas y margaritas; si le diésemos la vuelta a esta fotografía podríamos leer Pontevedra, 1999. El gato se mueve: pasa una pata por el hocico varias veces, aprieta la cabeza contra la mano de la mujer y recobra la postura anterior.

‑No voy a poder soportarlo ‑dice el hombre truculento con las manos en los bolsillos del pantalón, actitud que parece contradecir la tristeza que le provoca la futura ausencia de la chica rubia que ahora se aproxima a él, le roza una mejilla y trata de consolarlo.

‑Quizá la vida nos dé una segunda oportunidad.

‑La vida nunca da segundas oportunidades.

Delante de la mujer con el gato hay una mesa baja de madera y cristal; sobre ella una revista en cuya portada sonríe Martina Klein; al lado, un periódico abierto con el crucigrama a medio cubrir y encima de esa página un bolígrafo; a la derecha del diario yace un reloj de pulsera que marca las 17:47: va retrasado dos minutos. En una pared cuelga un cuadro de firma ilegible que representa un paisaje urbano con edificios, antenas, una calle desierta y, lejano, algo que parece un tranvía. Pudiera ser algún rincón de Lisboa, de Bruselas, tal vez. Si aplicáramos una lupa a la firma leeríamos M. Lor, 1985. Ignoramos quién pueda ser el hombre o la mujer que firma el cuadro de una ejecución limpia que denota oficio. Junto a la chimenea una planta se dobla y sus hojas mustias delatan la falta de cuidados. Tiene un tronco retorcido o varios troncos que se enroscan en uno: es una pachira, una planta de interior a la que no conviene la luz directa y cuyas hojas hay que pulverizar con agua cada tres días y regar la tierra cada ocho; parece evidente que nadie se ha encargado de procurarle tales atenciones. Al pie del sillón donde está la mujer del gato alguien abandonó un frasco de Nasolina, un inhalador nasal.

‑Por favor, no digas eso ‑ruega la chica rubia.

El gato salta del regazo de la mujer, relaja los músculos, se dirige al comedero situado en el balcón pero no hay pienso en el recipiente; bebe el agua sucia del plato y asoma la cabeza por los hierros, mirando una bandada de patos que planean sobre la superficie del río.

El hombre truculento golpea una pared con el puño y alza la voz.

‑¡Estoy harto de resignarme!

La mujer de cuyo regazo saltó el gato, la mujer que dejó a medias el crucigrama, la que usa un pulverizador nasal, la que aparece en la fotografía costera y en la del jardín, lleva seis días muerta recostada en el sillón. Muerte en soledad: la más cruel de las muertes. Nadie en el edificio lo sabe pero más temprano que tarde alguien se percatará de su ausencia o detectará el olor nauseabundo de la descomposición que atufa el piso y empieza a dispersarse por debajo de la puerta. El gato regresa y se pone a jugar con el frasco de Nasolina, 20 ml., oximetazolina, 0,05%.

‑¡Harto de este infierno! ‑vocifera el hombre.

La muerta tiene las gafas sobre el pecho, sujetas con un cordón. Restos de saliva seca sellan las comisuras de los labios que el tiempo redujo a un tajo horizontal, apenas perceptible. La dentadura postiza se ha aflojado y le proporciona al rostro un aspecto de tétrica comicidad. Los párpados permanecen abiertos. Una paloma viene a posarse en la barandilla del balcón y cuando el gato da un paso hacia ella reemprende el vuelo. El gato se acerca a la pachira y juguetea con las hojas. Maúlla.

El hombre truculento mira a la chica rubia.

‑Cuando te vayas, moriré ‑dice y rompe a llorar.

EL BAUTISMO

Fue un día de invierno y, como hijo único, experimentaba las sobadas atenciones con las que sus padres lo mimaban convirtiéndolo gradualmente en el don nadie que ahora es. A causa de una gripe no pudo acompañarlos a un bautizo en una provincia limítrofe. Once años, una gripe y una chica, Mercedes, que ayudaba a la madre en la cocina y servía la mesa, con su cofia y su delantal cuando aparecían invitados. Aunque le pareciera mayor, Mercedes apenas tenía diez años más que él y unas instrucciones que cumplió escrupulosamente: cada cierto tiempo tomarle la fiebre, bañarlo en agua templada, darle la comida, no olvidar la medicación fijada por el médico, hacerle la merienda y, a media tarde, ya estarían de regreso los señores de la casa, él, viajante, ella, cómo no, sus labores.

Mercedes canturreaba por el piso mientras él trataba de leer, en vano, a causa del dolor de cabeza, un libro resumido e ilustrado titulado Las aventuras de Huckleberry Finn, pero se le cerraban los párpados y mediosoñaba con islas, barcos que navegaban ríos anchos y oscuros, negros que dormían a la intemperie y niñas rubias apellidadas Thatcher: hubiera cambiado su vida de enfermo por la vicaria realidad de la novela. Mercedes desmantela su sueño como quien aparta un cortinón y anuncia que está preparando el baño; luego coloca una mejilla en su frente, colige que aún tiene algo de fiebre y empapa con alcohol de romero sus sienes y sus muñecas. Piensa que así debe de oler la geografía del libro de Mark Twain: siempre huele mejor el extranjero.

Suenan las campanadas del mediodía en la almoneda del ayuntamiento cuando Mercedes le anuncia que puede pasar al baño y el chico descubre el paraíso de la bañera con agua humeante y cubierto de espuma: se introduce como si fuera a sumergirse en un océano donde hallará islotes, barcos hundidos, cofres herrumbrosos, el cadáver de algún pirata, un sinuoso tiburón. Cierra los ojos. Soñar es sedante y gratuito. Mercedes está arrodillada al otro lado pero él sonríe sin vergüenza ya que únicamente su cabeza asoma por encima de la espuma. No tiene cuerpo: sólo frente, ojos, nariz, boca, mentón y orejas. El resto de la anatomía pertenece al océano. Ella lo enjabona y el chaval, enfermo y afortunado, la deja hacer. Está boca abajo y nota las manos de Mercedes que, delicadamente, con más ternura y lentitud que las de mamá, lavan su pelo, el cuello, las axilas, la espalda, el culo, la parte de atrás de las piernas. Clinc, clinc. En realidad, desearía que Mercedes fuese su mamá. La espuma ha ido deshaciéndose y ella le pide que se dé la vuelta, así que se coloca boca arriba, como un muerto al que han estado buscando durante semanas que emerge a la superficie en el río Misisipi. Mercedes se pone un momento de pie, le sonríe, enrolla las mangas de la blusa casi hasta los hombros: tiene un vello suave y rubio en los antebrazos y no usa sortija. Detesta a las mujeres que llevan adornados los dedos con anillos y sortijas porque le recuerdan a las brujas de las películas. Su madre usa sortijas: dos en la mano izquierda y tres en la derecha. A veces se pregunta si tales adornos significan algo, si son un símbolo de algo que él, como niño, no sabe comprender. Clinc, clinc. Mercedes le lava la cara y las orejas, los sobacos de nuevo, el pecho y el vientre, las ingles, las piernas y los pies, hurgando entre los dedos. No ha tocado su sexo y le pregunta sin malicia ¿por qué no me lavas eso? Mamá sí lo hace, añade. Ella le sonríe como si hubiera dicho una inconveniencia, como si le hubiera propuesto algo impropio o nefando. Se enjabona las manos y comienza a frotarle la pichula circularmente, de forma demorada, como si su higiene y su fiebre dependieran de la limpieza del pipí. Cosas que no hacen las mamás, niñito, dice sonriendo y aunque le disgusta lo de niñito, disfruta con la limpieza de la zona que empieza a convertirse en un cuidadoso masajeo en los testículos. Clinc, clinc. Nota que el gusanito engorda y se endurece como cuando se levanta a mear a medianoche. Ahora Mercedes empuña el miembro que se vuelve invisible en el interior de su mano, con lentitud al principio pero aumentando paulatinamente el ritmo. Sin soltar el pene cambia de postura y con la mano libre le acaricia los huevos. Piensa en los testículos peludos de su padre que parecen tarántulas. Mercedes sigue moviendo el brazo derecho arriba y abajo y el chico ve asomar, roja, por encima del índice y del pulgar, la cabeza de su pirula que no reconoce, que no puede pertenecerle: es un órgano ajeno, de otro. Siente alborotarse ahí un placer del que nadie le había hablado nunca y no sabe si esa especie de mareo proviene de la fiebre o del gusto que le proporciona la chica que susurra goza, niñito mío, córrete, pero ignora el sentido de los imperativos que, intuye, están vinculados a la maniobra de Mercedes. Sabe que algo va a suceder porque su cuerpo se agita a sacudidas, como convulsionando. En adelante, recordará sobre todo una cosa: el clinc‑clinc de la pulsera plateada con unos colgantes que representaban a animales que no olvidará nunca, el muy golfo: un elefante, un pájaro, un camello, un pez, una serpiente, un gato, aquel zoo de abalorios que emitían un incansable concierto metálico en tanto el brazo derecho de Mercedes iba y venía como en una antigua faena agrícola, clinc, clinc. Percibe la inusual dureza de la carne en la mano incansable de la chica y surge de no sabe dónde el espasmo final de un placer inédito e incalculable a la vez que apenas unas gotas de líquido blanquecino afloran en la abertura del glande y Mercedes suelta la minga que aún está erecta, se dobla hacia el interior de la bañera y con la lengua recoge el chorrito de semen, lo saborea y después lo traga, ese zumito sin cuajar del esperma primerizo, con su fructosa, su ácido cítrico, sus aminoácidos, su carnitrina, su fósforo y su potasio, y el calcio y el sodio y las prostaglandinas, ñam, ñam, pura vitamina, mmm, mmm. Es dolorosa la felicidad. Luego le lava la pilila que ha recobrado su exiguo tamaño habitual, lo besa en los labios y dice: bienvenido al mundo, hombrecito y: le gusta lo de hombrecito y: piensa que quiere más a Mercedes que a su madre y dice: te quiero. Ella se pone de pie y se ríe, se seca las manos en una toalla que le entrega y lo conmina a que se vista porque le va a preparar la comida, sopa de fideos y un bisté de hígado con patatas fritas para reponer fuerzas y entonces descubre que el más feliz de la vida, de su vida, al menos, no es el día de la primera comunión. Ya no tiene fiebre: ni unas décimas. Clinc, clinc.