El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

EL PIANISTA

Hace tiempo que no coincide en el portal con el pianista, un tipo alto y de barba canosa que tiene un ruidoso teclado electrónico con el que da conciertos en las calles y plazas de la ciudad recurriendo a un repertorio estrictamente clásico. Le fascina ver tocar al pianista porque es manco: arma el instrumento y con el brazo izquierdo ataca el teclado. A veces se detiene a observarlo más que a oírlo. Le falta el antebrazo derecho pero con el sano posee una diabólica habilidad para la interpretación. Al lado del teclado, yace siempre una botella de ginebra a la que recurre con generosa frecuencia, lo que paulatinamente merma la agilidad de sus dedos y entorpece la pulcritud de la ejecución, de forma que Chopin suena como una tragaperras; cuando el flujo de alcohol en la sangre del artista alcanza los niveles adecuados, sea cual sea la naturaleza del público, abre la bragueta, extrae una polla rabelesiana y con ella aporrea el teclado y otra noche en comisaría. Los policías, antes de detenerlo, contemplan asombrados y divertidos el pene glorioso que golpea el teclado electrónico con satánica imprecisión porque el arte pertenece siempre a la mitad demoníaca del ser humano: el arte es oscuro. Alguna vez lo acompañó a casa y le contó su triste historia, la triste historia de una mujer: él vivía en Madrid y pertenecía a una orquesta que actuaba en un bar de Malasaña. Las cosas les iban bien: habían trabajado en televisión, los reclamaban de algunos festivales y tenían dos cedés grabados. Era el novio de la cantante, Linda, una negra estadounidense en cuyo cuerpo uno nunca encontraba la paz. El oyente imagina el cuerpo de la negra, el majestuoso cuerpo de la negra embutido en un vestido semitransparente: los hombros bien marcados, los brazos firmes, las implacables tetas, el vientre exacto, las redondeadas caderas, los muslos perfectos que muestra por las aberturas del vestido, las largas piernas oscuras: un sueño de caoba.

Todo marchaba entre ambos hasta que Linda decidió enamorarse del maromo que tocaba el banjo y la guitarra, negro y grande como ella aunque de distinta nacionalidad. Por afinidad de color, aquella mujer que transformaba el jazz en un puro lamento de hembra en celo, sustituyó al pianista nacional por el instrumentista isleño. El pianista se pasaba las noches llorando y bebiendo, escuchando las grabaciones de Linda, su voz grave y rota, particularmente la memorable versión de una canción de Abel Meeropol que popularizó Billie Holiday. El pianista canta mientras esperan el ascensor.

Dice que ahora ya no sufre al escuchar la canción pero que entonces, cuando tenía ambos brazos, imaginaba un extraño fruto colgado de las ramas de un árbol y que ese extraño fruto podrido era su cuerpo abandonado por Linda, ya que Meeropol compuso esa canción tristísima al ver los cadáveres de los negros que los blancos colgaban de los árboles, los cadáveres torturados balanceándose entre las miradas de los curiosos indiferentes. La barbarie y el horror carecen de fronteras. El pianista lo invita a una copa en su piso que él acepta.

Una muñeca de plástico a la que le presenta como Air Doll FG‑123 está malamente sentada en una silla. La señala, le acaricia la cabeza. Algún malnacido la tiró a la basura, explica. Él la recogió y trató de inflarla pero perdía aire; buscó el agujero, le puso un parche y ahí la tienes. Me hace una compañía de la hostia aunque no lo creas. Luego pone uno de los cedés que grabó con su antigua orquesta que respondía al nombre de Esclavos del Ritmo. Es Linda, dice cuando suena una rotunda voz femenina cantando una versión de Fina estampa. Linda, aclara mientras sirve la ginebra, no sólo era buena en el jazz (y en la cama, añade sonriendo); bordaba cualquier modalidad: blues, bossa, fado, rancheras. Air Doll, no canta pero, insiste, me hace compañía. A veces, cuando salgo a tocar la llevo conmigo, la coloco en una silla y no me siento tan solo. La gente se ríe porque la gente es estúpida por naturaleza, ¿no crees? Mira a Air Doll: con la boca abierta parece ser ella la que cante. Acaso el pianista sea dichoso con la muñeca como en otro tiempo lo fue con Linda que ahora interpreta Milonga sentimental. Después observa el hueco del brazo ausente, el muñón a la altura del codo, la amputación de un miembro que el músico consideraría indispensable para su profesión. Se imagina a un sacerdote manco celebrando la misa. A un cirujano. A un guitarrista. A un pescador. Un churrete de luz lunar se filtra por la ventana y repta por el suelo como una culebra. El pianista repone la ginebra y le cuenta a su vecino, que lo observa embutir la botella en la axila del brazo incompleto y enroscar el tapón con la mano superviviente, cómo perdió el brazo. Tres semanas después de que Linda lo abandonara, hundido y harto de escuchar hasta la extenuación lo de strange fruit hanging from the poplar trees, cuando ya no le quedaba ni una lágrima más que verter y la música no era consuelo sino tortura y se sentía como un extraño fruto podrido balanceándose en la rama de un álamo, tomó la decisión de suicidarse para llevar a cabo lo cual se emborrachó metódicamente en un bar de la calle Toledo llamado El Rincón de El Bierzo del que salió con una cogorza fúnebre y monumental y se encaminó a la estación de metro más cercana (Pirámides) con la intención de arrojarse al paso del tren, tropezando con unos y con otros, trastabillando en las escaleras mecánicas y cuando vio las luces de la máquina acercarse por el túnel, se aproximó al borde del andén, dio un paso en falso (ya sabemos que la vida está llena de pasos en falso, aclara innecesariamente), se precipitó a la vía y el tren le seccionó el brazo pero no la amarga memoria de Linda que era lo que él realmente quería extirpar, el desventurado recuerdo de aquella mujer negra con una voz prodigiosa que ahora canta algo de Vinicius de Moraes. Cuando se recuperó y creyó que nunca volvería a tocar el piano, una hermana suya que trabajaba aquí, lo acogió en este piso donde ahora beben los dos hombres, en la planta octava de la torre norte. Esa hermana (en todas las familias hay una oveja negra) se dedicó a la política y desde hace ocho años vive en Bruselas y tuvo la cortesía de poner el piso a su nombre y girarle esporádicamente dinero, aunque sospecha que si ella se entera de que su pobre hermano tullido toca el piano con la polla en espacios públicos, adiós a las generosas subvenciones que ella detrae asimismo de sus escandalosas dietas y el otro le dice que sí, qué cojones, que es un delito más grave cobrar las indecentes dietas que acapara la patulea política que enseñar la picha en público aunque esto conduzca a la cárcel y aquello al feroz enriquecimiento. Los políticos emigran a Bruselas como los vencejos al sur: ambos buscan el paraíso. Cuando abandona el piso ya no suena la voz de Linda y el pianista está charlando con Air Doll que ni se molesta en despedirse porque es muy largo el olvido.

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SOMBRAS DE LA CIUDAD, 1

Cree firmemente en la existencia del monstruo de lago Ness; otros creen firmemente en la existencia de Dios.

BARRAS DE PAN

Veo por la calle a personas que acuden a la panadería, compran una barra y toman el camino de su domicilio dándole pellizcos tranquilamente, sin prisas, con la displicencia que te regala ignorar (o no importarte) que si sigues a ese ritmo, antes de abrir el portal tendrás que dar la vuelta, entrar de nuevo en la panadería y comprar otra barra. Entiendo perfectamente la tentación: pocos sabores más maravillosos que el del pan recién hecho. Son personas aventureras, que no piensan en el mañana, que descreen del futuro: en todo caso, admirables para mí que pertenezco al grupo de compradores de pan que mantienen intocada la barra hasta que llegan a casa y a la hora de comer cortan los trozos que se irán repartiendo. Eso de mantener intacta la virginidad de la barra es propio de gentes conservadoras, sedentarias, formales y aburridas. Me incluyo, lamentablemente, en este grupo. Me vino a la mente la comparación al echar un vistazo a los libros que acumulé en mi ya larga vida, ojeando las dos librerías (salón y despacho) que me acompañan desde hace algún tiempo durante el cual he sido testigo, próximo o lejano, del atentado de J. F. Kennedy, por ejemplo; para no abundar en otros hitos de mi biografía, digamos que cuando yo nací el mundo estaba a medio hacer (o a medio deshacer, quizá): soy, como ven, viejo de carajo. Si a la edad le suman la afición temprana a la lectura y una cierta capacidad económica (restringida: nunca podría ser, ni por capital ni por gusto, un bibliófilo) entenderán que me haya hecho con una biblioteca xeitosa manque no hipertrofiada. ¿Y lo de las barras de pan, las intonsas y las decapitadas? Pues en ello pensé mirando (no cabe agregar pensativamente, sospecho) las dos librerías y comprobar que hay volúmenes que sé con total seguridad que no leeré nunca; más aun: de algunos de ellos me pregunto por qué demonios los compré. Y pensé asimismo que en la juventud, tal vez no sólo por la naturaleza que te dan los pocos años sino asimismo porque uno anda más justo de dinero (hay edades en las que es más necesaria una cerveza que un libro), uno compraba los que iba a leer de inmediato; es decir, no salía de una librería con un libro y se decía que iba a leerlo más adelante, en el futuro, cuando tuviera tiempo; no, era tal la expectante necesidad de hincarle el diente que obraba como los compradores de pan que pellizcan y mordisquean la barra: con voracidad inmediata, sin plantearse el porvenir; así, creo recordar, nos sumergíamos a cierta edad en los libros, como zambullidas desde un trampolín en una piscina. Después uno se hace inevitablemente mayor y si la vida no lo mata a coces y reveses, dispone de algún que otro billete o tarjeta de crédito para comprar libros pero no va directamente (o no sólo va directamente) hacia la pieza deseada sino que se detiene muchos minutos paseando entre los expositores, los anaqueles y los rincones de la librería y aparte de comprar lo que buscaba, adquiere asimismo la biografía de Kafka (por ejemplo) en dos tomos casi infinitos y se plantea seriamente que ese libro se lo merendará en los meses de vacaciones pero para entonces no se acuerda de la biografía y al arrancar el verano compra tres o cuatro libros que acaso tampoco termine de leer porque interfieren otros que exigen una lectura inmediata; y compra además aquel otro que le recomendaron porque cualquier día, cuando acabe los que tiene pendientes, podrá dedicarle unas horas. Y obrando así, al final, uno atesora en su biblioteca particular muchos libros que leyó pero también muchos que aguardan a que uno tenga tiempo y ganas de meterse con ellos aun sabiendo que posiblemente esas dos condiciones no se den nunca. O sea, dejas la barra de pan sin mordisquear aguardando el momento de la comida. De cualquier forma, aunque observemos la cantidad de libros que permanecen sin leer en la biblioteca, seguimos con nuestro afán de comprar esos que nos juramos que ya leeremos en el puente de la constitución, por ejemplo. E incluso incurriendo en lo solemnemente trágico, tenemos la total certeza de que nos moriremos sin haber leído todos los libros que compramos. Muchos de ellos van a sobrevivirnos. Recuerdo que un día, un día lejano y extraviado para siempre, yo también mordisqueaba la barra de pan camino de casa.

EPITAFIOS VENGATIVOS

Hace años (y ya hace años de casi todo lo que uno recuerda) escribí un artículo titulado Epitafios en el que recogía las inscripciones de algunas lápidas que me habían llamado la atención, tanto de personas conocidas, en general escritores, como de otras que habían vivido de forma anónima, como acostumbran a ser la mayoría de las vidas que van a dar etcétera; en el texto daba cuenta de ciertos epitafios y resaltaba su categoría: filosóficos, divertidos, ampulosos, dramáticos, sentenciosos, solemnes, pesimistas, resignados, irónicos, humorísticos y aquí conviene  intercalar un segundo etcétera. Pero existe una índole de epitafios que da título a este artículo y de la que no tengo noticia, aunque probablemente exista, que el corazón y el ingenio de los humanos es tan ilimitado como perverso y viene de antiguo. Hablemos, pues, de los epitafios vengativos. Lo malo de ellos es que la condición indispensable estriba en que su autor se muera, asunto bastante corriente porque somos raza gregaria, pero no de forma repentina, sino que, desahuciado por los doctores, sepa que en dos semanas o dos meses va a diñarla. Digamos que el que va a palmar se llama Eufrasio y por la razón o la sinrazón que sea, que el odio no requiere fundamentos, detesta a su vecino del quinto C, que responde a la gracia de Alcibíades Marisco Caro: ¡ni siquiera hablan del tiempo en el ascensor! Eufrasio acude al marmolista situado frente al cementerio donde será inhumado en breve y le encarga un epitafio cruel (y falso)  que el artesano debe grabar en la lápida un día o dos después del deceso. Alcibíades Marisco Caro me adeuda la cantidad de trescientos cuarenta y dos euros y cincuenta y cuatro céntimos desde el 21 de mayo de 2014 una noche que fuimos de putas juntos y pagué yo. Algún visitante del cementerio, o un encargado, descubre la tumba, hace una foto con el móvil y a las pocas horas la inscripción revolotea como mariposa por las redes sociales (resulta pertinente el sustantivo redes: algo que atrapa, que impide la libertad; en definitiva, trampa) de todo el país y otorga fama al inocente Alcibíades de moroso y putañero, de modo que si el del quinto C se demora en una reunión de vecinos, el del tercero A comentará son sorna “a lo mejor no viene porque está en putas” y el resto de los comuneros que si jiji, que si jaja, hasta que aparece Alcibíades y el presidente le pregunta que si viene a la reunión o se va de putas y ya la tenemos armada. “Además de putero y moroso, violento”, enjuiciará alguno. Los epitafios vengativos abarcan tantas posibilidades de inquina que para no pecar de prolijo los resumiré en dos ejemplos más. Erundina odia a su amiga Leonor Pinche Cuate porque lunes, miércoles y viernes van a jugar al pádel y Leonor le inflige unas derrotas de escándalo, impías, sin dejarle ganar un punto ni por caridad. Así que cuando Erundina descubre lo poco que le queda de vida acude a un marmolista (no el que está enfrente del cementerio sino otro de la calle Pardo Bazán) y apalabra la leyenda que debe aparecer en la lápida dos o tres días después de su anunciado y funesto óbito y que reza así: Leonor guarra los días 9 y 20 de cada mes cuando ibas a la pelu yo me tiraba a tu marido y en tu cama. El implacable proceso posterior (fotografía, instagram, twitter, facebook) se cumple inexorablemente y cuando el marido de Leonor llega a casa, ésta le muestra la foto que le enviaron por whatsapp y comenta “así que Erundina y tú ñaca ñaca, ¿eh?” y pone paralelos los dedos índices de cada mano y los junta y los separa dando a entender claramente que ella ya tenía la mosca detrás de la oreja y esto viene a confirmar sus sospechas, que se va de casa y que a las cinco en el despacho del abogado y que adiós; y el hombre, que no entiende nada, que ni siquiera le pone cara a la tal Leonor, mascuja “pero, pero, pero”, descorcha una botella de vino, vacía de golpe un vaso bien cumplido de los de Nocilla, y sigue repitiendo pero, pero, pero, porque cuando nos desbordan las circunstancias suele replegarse la elocuencia. Incurriré para terminar en un último ejemplo. Gervasio sabe que le queda poco de vida y ese poco quiere dilapidarlo en destrozar la de su compañero de trabajo Adán Barro Divino, que una vez lo conminó a invertir el Bolsa y el incauto Gervasio quedó con el culo al aire; como es pertinente acude a un marmolista (éste ubicado en la carretera de la Granja)  y le encarga la inscripción que un empleado debe grabar en la lápida al día siguiente del entierro; efectivamente, antes de veinticuatro horas, alguien fotografía la leyenda y la hace rular por las redes sociales: Yo soy el verdadero padre de los hijos de Adán Barro Divino. Adán no tarda en recibir un whatsapp con la información, urde un malestar en el trabajo y va a buscar a su mujer que, inventemos, ostenta la Concejalía de Nubes Errantes y Despropósitos Atmosféricos. Llega Adán al despacho, enarbola el móvil, exige: Lee esto. La mujer, boquiabierta, no da crédito a la patraña y después de repetir como el marido de Leonor pero, pero, pero, añade: No te creerás esa falacia. El marido duda si sentenciar “los muertos no mienten” y la mujer aprovecha la vacilación para argumentar: “Pero si Monchete y Ángeles son igualitos que tú”. Adán, enloquecido y rabioso, discrepa: “La nariz de Monchete es la nariz de Gervasio y los ojos de Ángeles son los ojos de Gervasio” y camina hacia la puerta del despacho y, sin girarse, comunica: “No me esperes para comer. Ah, y a las cinco en el despacho del abogado, ¡sin demoras que te conozco!” La mujer se derrumba en el sillón. Pero, pero, pero. Pues ya ven ustedes las numerosas posibilidades que atesoran los epitafios vengativos, como mensajes dentro de una botella arrojada al mar y que arriba a la costa insólitamente a su debido tiempo. De hecho, yo ya urdí mi propio epitafio vengativo y ojalá que tarde muchos años en ponerlo en práctica; naturalmente, está destinado a un colega de oficio al que no tengo el gusto de conocer y cuyo nombre no desvelaré de momento. Fulanito de Tal, de que leí tres novelas soberbias, atesora innumerables defectos: escribe mejor que yo, gana más premios que yo,  es más brillante que yo, tiene más prestigio que yo, obtiene más dinero que yo, es más alto y guapo que yo: motivos más que sobrados para tramar un epitafio vengativo cuyo texto, tras largas reflexiones, reescrituras y correcciones, pergeñé en otra noche de puñetero insomnio; a veces sonrío imaginando a mi rival murmurando pero, pero, pero, cuando circule por las redes sociales y llegue a su whatsapp mi epitafio vengativo: “Fulanito de Tal es un escritor de mierda y además un plagiario”. Que se joda.

RECTIFICACIÓN

En la entrada anterior, se me coló un “y indagó” por el que pido disculpas y por el cual bien merezco una segunda operación en el otro ojo efectuada por un batallón de zapadores. Perdón por el crimen aunque sea imperdonable.

FINAL DE UNA OPERACIÓN

Que algunas personas me hayan animado a escribir un artículo que cierre aquel otro que titulé Una operación, es gratificante por varios motivos; sobre todo, en primer lugar, porque sigue habiendo gente que lee periódicos; en segundo lugar porque esa gente lee Faro de Vigo y, en último lugar, porque entre los colaboradores ourensanos (Eguileta, Miguel Ángel, Martinón, Arneiros, Fraiz y otros que en este momento lamento no recordar) existen lectores que al menos ojean lo que uno escribe. Así que el presente artículo da fe de algo que yo ponía en entredicho en el anterior: sobreviví a la operación de cataratas. Vaya por delante mi total agradecimiento al personal que se ocupó de mí (y de otros tantos damnificados) en la residencia sanitaria: desde celadores hasta los cirujanos (si había más de uno, supongo que tal es el protocolo, no pude saberlo con certeza porque me enmascararon de fantasma en la camilla con un trapo tipo mortaja que me tapaba la cabeza o, en símil taurino, la testuz). En la primera fase, allá en toriles, una enfermera que respondía a la gracia de Rocío y de la que me enamoré de inmediato me trató (y a todos los que aguardábamos la intervención, unos más tranquilos que otros) con tanto interés que varias veces, mientras me ponía gotas en el ojo averiado, sentí ganas de abrazarla sin impulsos lascivos, por mera ternura, por gratitud. Aunque yo creí que sería uno de los que exigiría de inmediato, mientras aguardábamos entrar en el quirófano, ir urgentemente al baño para, sin rodeos, cagarme por la pata abajo pensando “ésta es mi última deposición en vida” (seguramente intuí que muerto incurriría en el vaciado alguna vez más) soporté el trance con apostura de héroe homérico: ni me meé ni me tuvieron que dar un tranquilizante: mi tensión era normal; de este hecho deduje que ya estaba muerto. No era así. Mi desconcierto y mi temor, que podríamos tildar de terror absoluto, fue cuando me llevaron a la antesala del quirófano y una doctora a la cual, pese a la mascarilla, le adiviné la belleza del rostro (tal vez creyendo que ya estaba muerto y me hallaba en presencia de una santa), me miró el ojo e hizo ese comentario displicente e ingenuo que ya había escuchado en una revisión previa: “Menuda catarata”. Tomé la frase como si fuera una opinión admirativa. Cuando salió el cirujano del quirófano y indagó en el ojo siniestro y siniestrado, dijo algo así como “éste no” y me devolvieron a toriles. Ahí empezó mi legendario ánimo a flaquear. Regresé a ese espacio intermedio en el que Rocío me dijo algo que me preocupó ligeramente hasta el punto de pensar en reclamar ipso facto un notario: “Contigo tienen que aplicar otra técnica”. Una frase así desanima al más pintado: a mí también. ¿Otra técnica? ¿Barrena, explosivos, tuneladora? Ahí empecé a pensar en mi gente: en los días de mi infancia, en mi adolescencia, en mi pecaminosa juventud, en las geografías que había visitado, en los libros que había leído, en las personas que amé, en el porvenir de lo poco que poseía. Adiós, adiós. Al cabo de una eternidad apareció otro médico que volvió a mirarme el ojo (para mí que ya habían comentado entre ellos el desatino de mi catarata dura, creo que la llamaron así) y repitió el apotegma: “Menuda catarata”. De todo ello nada bueno podía inferirse. Transcurrido un tiempo lento como el que pasa un cochinillo asado al espeto, me introdujeron en la antesala del coso y un anestesista procedió: actuó limpiamente, todo hay que decirlo, como José Tomás entrando a matar: la aguja de la jeringuilla penetró de forma irreprochable en la ojera de un ojo que previamente habían marcado con un líquido, como para facilitar la estocada del diestro. ¡Diana! Guillermo Tell había acertado en la manzana y no había atravesado con la saeta la frente de su hijo. Supe, mientras derramaban Betadine en ese ojo, que tenía la parte izquierda de la cara insensible: una dureza granítica, rocosa. Si el mejor Muhamad Alí me hubiera suministrado en ese sitio un derechazo no lo habría acusado. Al cabo de una eternidad que medida en tiempo real (durante el cual los anestesistas me hablaron como si aquello no fuese nada; de ese desinterés deduje que lo mío era extremadamente grave) entré en el quirófano en el que el maestro, cuyo nombre desconozco, reincidió en el aforismo: “Menuda catarata”. Ya casi empezaba a sentirme orgulloso de padecer una catarata que asombraba a la cuadrilla: mi popularidad rozaba la de los cojones del caballo de Espartero. Ignoro cuánto tiempo duró la operación en la que me sentí asfalto trabajado por operarios municipales: algo que sonaba como un torno, algo que sonaba como una lijadora, algo que sonaba a canto gregoriano. Creo haber entrevisto una luz blanca al final de la cual un ser incorpóreo y sonriente me recibía con los brazos abiertos. ¿Dios? No es imposible. La verdad sea dicha: sin el mínimo dolor por lo que conjeturo que el diestro, al terminar, sería galardonado con las orejas, el rabo y la vuelta al ruedo. Finalizado el trámite de exterminio, fui, como los demás pacientes, condecorado con un café que me supo a gloria (creí que nunca más iba a tomar café) y unas galletas: estaba vivo. Salí de la resi con el ojo vendado y las posteriores revisiones confirmaron que todo iba bien. En este momento, justo ocho días después de la operación, estoy recuperando la vista: ya había olvidado la tonalidad de los colores, la visión a más de un metro de distancia, la dicha casi táctil de un mundo que había contemplado en blanco y negro. La felicidad casi absoluta. El corolario es que gozamos de una seguridad social irreprochable, con unos profesionales que son un ejemplo y que gracias a ellos ahora sé que las cerezas son rojas, el aguacate verde, los limones amarillos, la hipocondría gris y la vista (la salud en general) un sentido innegociable. Desde estas líneas que posiblemente ninguno de ellos lea, gracias.

UNA OPERACIÓN

El próximo día ocho de octubre tengo programada una operación de cataratas; es posible que cuando este artículo aparezca ya haya pasado el trance y quien esto escribe siga vivo para contarlo aunque prometo no dar la tabarra al respecto porque no hay nada peor que esa persona que te encuentra en la calle y te participa los achaques, intervenciones quirúrgicas, malestares y alifafes con los que la vida nos carga a los que vamos cumpliendo años. Como decía el otro, de casa se viene llorado. Con respecto a la operación citada ut supra, como acreditado hipocondriaco que soy avalado por un máster en Aravaca, un máster legal, con todas las de la ley, desde que me comunicaron la necesidad de esa intervención, no he dejado de acopiar datos por parte de ambos bandos: de los profesionales y de los pacientes. Todos llegan a una conclusión: eso no es nada. Mire, yo dije lo mismo cuando alguien me comunicaba que tenía que someterse a una operación de cataratas; las operaciones nunca son nada si quien se somete a ellas es el otro; pero cuando se trata de que hurguen en tu ojo, ya cambia la visión (no sé si la palabreja conviene) del asunto. Médicos en los que confío confirmaron la tesis de que es una operación menor. Eso me recuerda una anécdota de no sé quién, un personaje famoso, no sé si un político, un filósofo o un escritor de principios del siglo XX, que acudió a una barbería a afeitarse y el barbero le infligió un corte en la mejilla; el barbero se excusó diciendo: “Es un corte pequeño, apenas un milímetro”. Y el cliente le respondió: “Tal vez un milímetro en una autopista de miles de kilómetros no represente apenas nada; un milímetro en mi mejilla es un corte en toda regla”. Confesé a los pacientes para que me ayudaran con datos a tener en cuenta, por ejemplo, si era necesaria la extremaunción, si debía hacer testamento y otras minucias: todos declinaron tales exageraciones y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, afirmaron, sin llegar a convencerme, que el trámite no era nada. En mi familia, cuando yo era niño, vi operarse a mi padre de cataratas. El doctor Barja, un eminente oftalmólogo que vivía en el parque de San Lázaro, cerca de nuestra casa, fue el ejecutor; ciertamente eran los años sesenta del pasado siglo y la operación resultó una carnicería porque no existían los medios que hoy tienen a su disposición quienes deben efectuar esa intervención quirúrgica. Pero la imagen de mi padre con un parche en el ojo, manchado de sangre, y reposando boca arriba en la cama durante muchos días, la tengo grabada de forma irrevocable. Cuando fui a pasar unas pruebas previas y en la sala de espera había más concurrencia que en un concierto de cámara, escuché cómo una enfermera le aseguraba a una paciente amiga suya que la operación de cataratas no era nada, un trámite menor, que se trataba de que el cristalino…, y no bien oí la palabra cristalino, me levanté y me fui lejos, para no ser testigo de los minuciosos detalles que le proporcionaba la enfermera a su amiga. No son tranquilizadores, coño, que no; están cargados, sí, lo reconozco, de buena intención pero a mí me nombran el cristalino y es como si me nombraran el Valle de los Caídos: me echo a temblar. La verdad es que asumo mi culpa: el proceso de pérdida de visión en mi caso fue lento y cuando hice la primera visita al oftalmólogo ya no veía nada del ojo izquierdo y con el derecho borrosamente, de forma que en la calle discernía sombras irreconocibles y hasta que alguien se estrellaba contra mí no lo distinguía. Recuerdo aquella primera sesión porque la enfermera, tapándome el ojo derecho, abrió una mano (eso me lo dijo ella) y me preguntó “¿cuántos dedos ve?” Mi respuesta se ciñó a la estricta verdad: “No la veo a usted, no veo la mano, cómo voy a ver cuántos dedos hay ahí”. El diagnóstico de la doctora, tras hacerme firmar un papel, fue operación de cataratas del ojo izquierdo. Empecé a temblar, pues, en verano y ya estamos en otoño. En la siguiente visita, una médico, después de vaciarme en ambos ojos (¿por qué en los dos?, me preguntaba yo) unas gotas en una cantidad similar al agua bendita que se desprende en la cabeza del neófito cuando se bautiza, me abocó a la sala de espera y tras un par de horas aguardando, me llamó, entré en el despacho y me miró los ojos por el aparato pertinente que no sé cómo se llama. Su comentario me animó mucho: “Uf, menuda catarata”.  Las indicaciones que me dio fueron entrañables, algo como si la retina cae dentro del ojo hay que volver a operar y cosillas así que sumadas a las indicaciones de otro papel que firmé (sólo recuerdo que dejé de leerlas cuando apuntaron la posibilidad de una parada cardiaca) me condenaron al terror más absoluto. En ese tiempo que transcurre hasta la fecha del 8 de octubre, mientras voy recordando cómo fue mi vida, de quiénes debo despedirme y de poner al día los asuntos pendientes, pensé asimismo en una tontería que me preocupa. Al operarse de los ojos uno comenta ”me voy a operar de la vista”. No me parece correcto, es tomar la función por el órgano. Es decir, tú no anuncias “me voy a operar del olfato” si te operan de la nariz o “me voy a operar del tacto” (aparte, claro, de que tú no te operas: te operan, estás a merced de otros) si te operan de una mano. No. Sin embargo, con los ojos pasa eso: no dices me van a operar de los ojos sino me van a operar de la vista cuando en realidad, con láser o cómo demonios sea, van a hurgar en tus puñeteros ojos, no en la función que los ojos ejecutan. Ahí me tienen, dándole vueltas a un asunto gramatical o lingüístico cuando se aproxima la fecha infausta. La frase de la doctora, uf, menuda catarata, me impele a pensar en un tipo con una barrena perforando mi ojo y excavando, excavando sin piedad, con saña, a jornal. Y eso, para un hipocondríaco, ya digo, es una tortura que no se soporta fácilmente. Al próximo que me diga eso no es nada, si soy capaz de distinguirlo, lo ultimo o lo apaleo con el bastón blanco con el que estoy empezando a hacer prácticas.

ESE MOMENTO

Ese momento en el que sabes que no vas a vender un puto libro en tu puta vida. Ese momento en el que sabes que sólo van a leerte media docena de amigos, a lo mejor un crítico ocioso y cuatro colegas que te aprecian. Ese momento en el que te desentiendes de los maestros a los cuales pusiste como ejemplos a los que debías aspirar Ese momento. Ese momento en el que coges el bolígrafo y empiezas a acumular líneas y párrafos y capítulos con la certeza de que estás escribiendo para ti. Ese momento en el que descubres tus limitaciones. Ese momento en el que eres consciente de que tu nombre no aparecerá en suplementos literarios, ni en revistas; de que jamás te llamarán de una feria de libro para firmar ejemplares; de que nadie te reclamará para coloquios ni mesas redondas ni otros alardes literarios. Ese momento en el que las editoriales rechazarán tus manuscritos. Ese momento en el que eres consciente de que el mundo se circunscribe a tu despacho, a tu mesa de trabajo, a los libros que te rodean y nada más, apenas nada más. Ese momento en el que te das cuenta de que ya nada es posible fuera de una cierta decencia para escribir. De que tuviste a tu alrededor personas que confiaban en que fueras capaz de hacer algo extraordinario pero descrees ya de lo extraordinario si proviene de ti mismo. Ese momento en el que mundo se reduce a lo que diariamente te rodea, esa basura miserable. Ese momento en el que disfrutas más de lo que lees que de lo que escribes. Ese momento en el que te gustaría mandarlo todo a la mierda pero algo te impulsa a seguir. Ese momento en el que descubres que hay numerosos escritores excelentes que de alguna forma compensan lo que tú eres incapaz de conseguir. Ese momento en el que percibes que estás en una división inferior a la que te gustaría pertenecer. Ese momento en el que tu incapacidad te invita al silencio; ese momento en el que te preguntas ¿para qué seguir intentándolo? Ese momento brutal en el que el mundo se te cae encima y u optas por transigir con la maldición o decides poner punto final a lo intentado hasta ahora. Ese momento en el que en vez de esgrimir el bolígrafo piensas que es mejor abrir un libro ajeno o salir a beber un vino. Ese momento en el que te avergüenzas de lo que has firmado. Ese momento en el que tienes la seguridad de que el silencio es la mejor opción que debes admitir contra toda esperanza. Ese momento. Acaso ese momento cruel. Ese momento en el que la vida se paraliza y sales al balcón a fumar un cigarrillo y ves un cielo medianamente azul que nada te sugiere. Ese momento. Ese momento en el que estableces una rutina que te exima de escribir: salir a caminar, beber una cerveza, hablar con algún conocido, regresar a casa, leer a otros autores, ceñirte a la tristeza o a la melancolía, convertirte en presidente de la comunidad de vecinos. Ese momento en el que sabes que nunca escribirás nada medianamente digno, medianamente inolvidable. Ese momento en el que sabes que nadie se preocupará por ti, que ningún agente literario reclamará tus libros ni editorial alguna se interesará por lo que escribes, que no puedes aspirar a ningún premio, que sólo te queda esa vana esperanza, esa vana de costumbre de emborronar páginas sin ningún destino que no sea el del olvido, ese momento. Justo en ese momento, es que cuando debes empezar a escribir.

ESTATUAS

Hablando de gastronomía con un amigo, asunto en el que él es un experto y yo un aficionado sin más, mientras caminábamos por las calles de la zona antigua bajo un sol otoñal excesivamente tibio y casi peligrosamente veraniego, se me desvió un tanto el pensamiento de los halagos que mi amigo hacía hacia determinados restaurantes y de las pegas que les ponía a otros y en tanto él disertaba acerca de sus gustos particulares, decidimos hacer una pequeña ruta por las estatuas dedicadas a literatos que hay en la ciudad, ya que mi amigo no sólo conoce los entresijos de los fogones sino igualmente de la literatura y otras disciplinas artísticas, lo cual demuestra la amplitud de sus apetencias que no sólo de pan vive el hombre. Ya que el busto de Vicente Risco, en el barrio de A Ponte, nos quedaba a desmano, optamos por dar salida a nuestro nuevo rumbo desde la estatua de Concepción Arenal y llegar hasta los jardines del Padre Feijoo. Mientras mi amigo, al que llamaré en adelante Paco para no insistir en el hecho de nuestra amistad, alababa sin concesiones una dorada a la sal de un determinado establecimiento y cometía el imperdonable delito de catalogarla de “espectacular”, asunto que obvié dada la ya larga amistad que nos une, con esa manía funesta de adjetivar como espectacular todo lo que nos deleita o sobrecoge (una puesta de sol espectacular, un paisaje espectacular, un físico espectacular, un edificio espectacular), yo recordaba la frase de un escritor al que no pude identificar, que dice: “Las estatuas erigidas al autor marcan los límites de su gloria poética”.  ¿Son las estatuas los límites de esa gloria póstuma o contienen un significado de perdurabilidad?, me pregunté delante de la de Blanco Amor, en los jardines del Obispado y detrás del Liceo, entidad por la que pasaron notables no sólo de la literatura sino de otros campos. Intercambiamos nuestras miradas con la seria de Ferro Couselo al amparo del Museo Arqueológico y seguimos caminando hacia la plaza de la Imprenta, donde un quintaesenciado Castelao yace con aspecto humilde tan cerca del barrio chino que un día albergó glorias ya extintas, anécdotas que pasaron a formar parte del imaginario colectivo o a aliñar páginas de algunas novelas o de las crónicas de sucesos que el buen periodismo es otra forma de literatura. Ascendimos hasta la plaza del Corregidor, en la que un pletórico Otero Pedrayo parece estar dando una conferencia ante un público invisible y después bajamos hasta la denominada popularmente plaza de los Ramones: allí están mirando cada uno hacia un punto distinto del horizonte, Valle‑Inclán y Cabanillas: dos pontevedreses acogidos al territorio ourensano. Paco y yo mezclamos la gastronomía con el hecho de que no hay excesivas estatuas dedicadas a literatos en la ciudad aunque sí quedan huellas de ellos en placas (aquí nació, aquí vivió, aquí escribió, aquí murió) o en el nombre de las calles: José Luis López Cid, Filomena Dato. Cervantes tiene un oscuro callejón con rastros de puterío. A Valente le han dedicado un centro cultural que mucha gente aún llama el Banco de España, el Simeón mantiene ese nombre que a veces se reemplaza por el actual, Marcos Valcárcel. Nos preguntamos uno al otro quién merece una estatua. ¿Carlos Casares, por ejemplo, López Cuevillas, Xocas?  ¿Establece la calidad literaria, o el trabajo de investigación, el hecho de que se erija una estatua a un autor o pesa asimismo la importancia local, el azar de haber nacido en la ciudad, para que decidan inmortalizarlo en bronce o en piedra? Abogamos por pensar en ello seriamente y entramos en un bar de la calle Lepanto, la antigua rúa da Obra, y regalarnos con un par de ribeiros. Paco hablaba cada vez menos de gastronomía y, de repente, quiso saber si en la categoría de literatos o de personajes literarios, O Carrabouxo de Xosé Lois merecía una estatua. Yo, aunque callé, estaba convencido de que sí: O Carrabouxo la merece y, aparte del fauno de Xaime Quessada a cuyo pie se rinde homenaje a personajes de los tebeos (incurro deliberadamente en lo de tebeos), a mí no me importaría, todo lo contrario, que hubiese monumentos dedicados a Mortadelo y Filemón, a Asterix y Obelix, a Carpanta, a doña Urraca, a Tintín, como en la hermosa canción de Sisa Qualsevol nit pot sortir el sol. Tengo claro que prefiero la irrealidad de estos personajes al busto de un político del signo que sea. Incluso no sería disparatado erigirles estatuas a  aquellos personajes que sin ser estrictamente literarios llenaron de leyendas mi infancia, ya remota: El Capitán Bombilla, La Concha, El Cepo, Toñito Patata, que fueron esenciales para otorgar categoría legendaria a Ourense y formar parte ya de la mitología popular. Realmente, una ciudad como la nuestra, si uno empieza a escarbar, debería erigir una estatua cada pocos metros a sus literatos, a sus pintores, a sus escultores, a sus médicos, a sus fotógrafos, a sus empresarios, a sus arquitectos, a sus estudiosos,  porque basta expurgar un poco para darse de bruces con el talento de mucha gente. No sólo las personas famosas vinculadas al mundo de la literatura y demás artes merecen una estatua (si es que alguien la merece, a saber): también las gentes del común, por decirlo de algún modo, que le van dando a la ciudad la categoría de su esencia. Yo siempre fui partidario de erigirle una a La Chichona: jamás tuve la fortuna de conocer a esa mujer, esa puta legendaria, acerca de la cual los mayores nos contaban hazañas que de ser ciertas, amontonaban en su cuerpo más cadáveres que Agustina de Aragón largando cañonazos contra las tropas francesas.  Así transcurrió la agradable mañana: pasamos de la gastronomía a la literatura y al final ya nos enfangamos, sin nostalgia, en los personajes de nuestro pasado que tienen en la memoria la misma consistencia que Guillermo Brown porque en la vida de uno es tan importante don Quijote como aquel guardia municipal que te hurtaba el balón por jugar al fútbol en el parque de San Lázaro. Para rematar esa mañana de agradable tertulia, entramos a comer a un restaurante y el camarero nos alertó de que allí comía con frecuencia Baltar. Paco, que a veces tiene una vena cáustica muy particular, con tintes anarquistas, le preguntó: “¿Y ése quién es? ¿Tiene alguna estatua en la ciudad?” Sospecho que antes o después erigirán alguna. Pedimos de primero caldo y de segundo lubina. Elegimos un Sanclodio para acompañar la jornada gastronómicoliteraria.

ARROZ CON LECHE

La nostalgia es el arroz con leche de la vejez. Ignoro por qué, pese a la afición que los niños suelen tener por el dulce, jamás fui capaz de probar un bocado de ese postre que se servía en bandejas ovaladas que, por lo general, tenían un borde azul y que remiten a un tiempo ya concluso, como tantas cosas. Aquella gollería (escribir gollería es incurrir en nostalgia), con su capa de canela, siempre me proporcionó algo que tiraba más hacia el asco que al desasosiego, como si su textura, entre lo sólido y lo líquido, fuese un experimento nefando, similar al puré. Nunca entendí que alguien pudiese gustar del puré de patatas (aunque lo ornamenten con una floración perejilera) pudiendo comer patatas fritas o patatas cocidas: me parecía que era una forma de degradar el tubérculo, si la patata es un tubérculo, haciéndole perder su esencia sólida y contundente: si ese templo gastronómico que es McDonald’s no pone en sus hamburguesas puré de patatas sino patatas fritas, por algo será, coño. Así que cuando uno ya cumplió sus años más o menos decorosamente (expresión que no significa absolutamente nada pese a la eufonía), un buen montón de años, y los médicos le recomiendan no acercarse al azúcar (ni a muchas otras cosas; en definitiva, te recomiendan no vivir), la vida, a través de intermediarios, te suministra la falsificación del arroz con leche: la nostalgia. Quede claro que no soy de los que ven la grisalla del NO-DO  y lloran; es más, si me quieren someter a una tortura irreprochable, pongan ante mis ojos esa sucesión de fotografías que se inician cuando uno está en la cuna todavía con cara de feto, y sigan con la progresión clásica: haciendo castillos de arena en una playa, primera comunión, corbatita para el primer fin de año en el Liceo, amarrado a los colegas de final de Bachillerato, grapado a los conmilitones del servicio militar, ostentación de los primeros vaqueros acampanados, sonrisa alcohólica de un magosto, foto con tu novia en el monte, otras del día de la boda, acunando hijos y después ya lo que viene y que sigue siendo lo habitual de la anterior exhibición; hasta que te muestran una actual (posiblemente tomada a traición, con el móvil) y uno se pregunta qué demonios de línea consanguínea se puede establecer entre el gilipollas de la cuna y el actual con su barriguita, su alopecia, sus gafas y las hondas cicatrices de la existencia. A lo mejor nuestra vida es sólo eso: instantes. Hay perversos que malinterpretan a Jorge Manrique y señalan sus versos más conocidos: Cualquiera tiempo pasado/fue mejor. Cita errónea, torticera y tramposa. Don Jorge Manrique escribió eso, sí, pero el verso anterior señala la clave de la decadencia: Cómo a nuestro parecer. Y nuestro parecer no siempre es objetivo, todo lo contrario. Aunque descreo de ello: la vida me parece infinitamente mejor hoy, ya entrando en la vejez, que cuando me bañaba en el río, me enamoraba con afeites wertherianos y creía que el futuro era una extensión ilimitada plagada de resortes para la felicidad. La nostalgia ataca por vías numerosas y agresivas: un día te encuentras en el whatsapp una fotografía  de un curso en el colegio cuando tenías doce años y te preguntas quién demonios será aquel chiquillo con cara de espantado que vagamente te recuerda a ti y hasta quieres anular las posibles correspondencias que existen entre el infante y el tipo que eres hoy, cincuenta años más tarde. Porque si llegas a reconocerte y a aceptarte, antes o después caerás en una de esas comidas de exalumnos donde se cuentan las imbecilidades más prosaicas adornándolas con la orla de la fantasía legendaria. Rebuscar en ese álbum de fotos que conservó tu madre es darte de bruces con un desconocido del que eres incapaz de desvelar qué lazos, de cualquier tipo, lo encadenan al que hoy eres. La nostalgia es eso que ya recogió (si no lo hizo, fue un error) Max Aub en sus Crímenes ejemplares: cuando te invitan a una casa y después de la comida alguien anuncia: Y ahora, el postre, chán, chán. Y de postre hay… arroz con leche, exacto. Por educación tratas de escaquearte y alegar que el médico te ha advertido que tengas cuidado con la glucosa. Alguno de los comensales insiste: Por una vez que te saltes las normas del médico, no pasa nada. Concluyes, casi con los ojos cerrados, la porción de arroz con leche que te sirvieron. Uno es, en el fondo, educado. Pero la cosa no termina ahí; otro de los comensales propone: Venga, un poquito más, hombre, que este postre lo borda Amparito. Y te sirven una nueva ración que tragas con ganas de vomitar. Cuando concluyes, otra vez te invita a repetir: No nos vas a hacer un feo, vamos, una última ración y terminamos; es una vergüenza dejar ese poco. En ese momento, si fueses uno de los personajes que Aub incorpora a su libro, te levantarías, esgrimirías el cuchillo del asado (que, además, sirvieron con puré de patatas) y exterminarías a todos los que te rodean desparramando luego los restos de arroz con leche encima de los cadáveres ensangrentados. Quede claro, pues, que no me gusta el arroz con leche. Tampoco la nostalgia.