El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

EL REENCUENTRO

Uno estaba acostumbrado, más o menos acostumbrado, a que los muertos se apareciesen en lugares estratégicos, espacios que desde siempre ocuparon esa realidad entre la leyenda, la tradición, la historia y la cultura en la que el alma del vizconde de Klöemel cruzaba a caballo por la lejanía o la abuela Lola, muerta cuatro décadas atrás, se plantaba en la cocina de lareira y comía castañas con la familia dándole primicias de lo que a uno le aguardaba cuando pasase el trance que tan atinadamente glosó Jorge Manrique, entre otros. Eran tiempos distintos: los muertos estaban en los libros, en las películas, en los sueños y en la tradición: fuera de ahí sólo ocupaban el espacio de los chistes de humor negro al tercer gintonic. O al cuarto, allá cada cual. Acaso alguna vez (seguro que lo escribió Cunqueiro) mientras uno iba a llevar flores a la tumba de un familiar, viese cómo un cadáver levantaba la lápida de la suya y se ponía a adecentarla con una esponja humedecida en agua tarareando Cuando salí de Cuba o algo por el estilo. Pero el prestigio de los cadáveres mengua y ahora ocupan espacios neutrales e incluso impropios de su categoría; por ejemplo, hay escritores que son cadáveres desde hace años aunque sigan ganando premios y aparezcan en los suplementos literarios porque se repiten y se plagian a sí mismos desde que cumplieron los cuarenta, convirtiéndose en parodias o caricaturas: varía la carátula del libro pero el contenido es el mismo. Hay, es indudable, cadáveres políticos que no es necesario señalar; creo firmemente que en la conferencia episcopal también existen y huelen a cloroformo. Pero tales digresiones impertinentes me alejan del objetivo: la aparición de muertos en convenciones como, por ejemplo, comidas de empresa (a las que no asistí jamás), de exalumnos (a las que no asistí jamás) o de reclutas de un determinado reemplazo (a las que no asistí jamás). Sin embargo, las navidades pasadas me topé con uno de esos cadáveres en un bar, lo que demuestra que existe una epidemia y que nos están invadiendo. Estaba yo bebiendo el vino ritual de las tardes, cuando se me aproximó un sujeto de mi edad, de pelo canoso y buen aspecto que, como de costumbre, hizo la pregunta que a todo ser indefenso pone en alerta: “¿Te acuerdas de mí?” Como la pregunta ya me la hicieron alrededor de tres docenas de veces, opté por la respuesta que suelo aplicar para no perder el tiempo con acertijos: “Para nada”. Se presentó, dijo su gracia, un nombre común en los listines telefónicos (si siguen existiendo) y en las esquelas, que me resultaba vagamente familiar y apuntó el dato concreto que según él establecía una relación irrebatible entre ambos. “Fuimos compañeros de curso en el colegio”. En un instante brevísimo pero que dio de sí como un chicle, repasé mis once largos años de alumno marista: recordé fisonomías, nombres de compañeros, habilidades de unos y de otros en distintos deportes, las flores a María en los meses de mayo, evoqué a profesores y hasta me dio tiempo para conceder que quizá mi memoria fuese injusta con el profesorado marista y le debiese más de lo que yo creía: determinados principios, la memorización de numerosos poemas, el amor por la literatura. Cierto que ellos, los profesores, solían recomendar a autores que no dejaron huella en mí pero, por reacción, uno iba a buscar (a Tanco, naturalmente) a aquellos otros que ellos repudiaban por rojos, por comunistas, por ateos, por borrachos, por homosexuales o simplemente por extranjeros. Nada bueno podía venir de más allá de nuestras fronteras salvo el beato Champagnat, elevado posteriormente a santo. Mi acompañante, que como acto de cortesía y complicidad me invitó a un segundo vino, hizo un repaso de colegas y evidenció las cualidades que los hacían singulares. A cada nombre (que, insisto, me sonaban de manera muy vaga, como sucede con los rostros de las personas que no conoces en una ciudad pequeña como la nuestra pero que te resultan familiares de cruzártelas una y otra vez por la calle y que crean en ti el desconcierto de “¿a éste de qué demonios lo conozco?”) añadía una particularidad: Fernando López (anda que no habré tratado yo a Fernandos López) era un fenómeno en fútbol. “¿Te acuerdas?”. Dije que sí pero no, como hice con todos los siguientes: Luis Álvarez suspendió todas en junio y las aprobó en septiembre. Guillermo Díaz, el de baloncesto, que después pasó al instituto. Moncho Fernández, que coleccionaba matrículas de honor y ahora tenía una empresa de alquiler de coches. Chomín Crespo, que actualmente era concejal no sé dónde. Largó (estábamos en el tercero vino) una nómina onomástica con sus correspondientes características, ora virtudes, ora defectos, y remataba con el soniquete “¿te acuerdas?” al que yo respondía contundentemente que no, en ocasiones con algo como “si, me parece recordar” o bien “vagamente, creo que sé quién era, sí”. Anochecía ya en una de esas tardes breves de diciembre enfoscadas de villancicos y luces de colores y dos mil reproducciones de Papá Noel cuando mi compañero de barra decidió que ya era hora de poner fin a nuestro encuentro, aquellos cuarenta minutos que depositó ante mí restos de un pasado definitivamente extinto y las señas de identidad de desconocidos por los que no sentía nostalgia alguna. Algo debo anotar a su favor; no ejecutó la insidiosa pregunta que acostumbran a hacerme con cierta frecuencia: “¿Qué? ¿Sigues escribiendo?”, que suena a “¿sigues fumando?, esos vicios. Me quedé mirándolo mientras se alejaba; al acercarse a la puerta se giró, me dedicó la más amplia de las sonrisas, me señaló con el dedo índice de la mano derecha como si fuese una pistola y dijo en voz alta: “¡Qué bien los pasamos en los salesianos!” Pedí un innecesario cuarto vino. Vi alejarse al muerto por la acera, sonreírme desde el cristal de la ventana, perderse en la noche, la misma noche en la que yo me quedé anclado, rodeado de cadáveres que me hacían señas desde un ayer tan remoto como indeseable.

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LA DENUNCIA

La chica presenta la denuncia en la comisaría con voz insegura y temblona: que estaba paseando como casi todas las tardes de su vida yendo de aquí para allá por la orilla del río, sin meterse con nadie, pensando en sus asuntos, pensando que algún día tendría que abandonar el oficio y buscarse otro empleo, cualquier empleo por humilde que fuera porque las cosas pintaban muy mal, cada vez tenía menos clientes y los ingresos apenas le llegaban para pagar la habitación con derecho a cocina en la que vivía desde que se marchó de casa a los diecisiete años ‑y aquí la historia tomaba la deriva de una telenovela‑ embarazada a saber de quién y entregó el hijo en adopción a cambio de una cantidad ridícula que entonces le pareció una fortuna, y que todo eso pensaba y recordaba esta tarde como un aluvión de nostalgia y recuerdos, una cellisca que en vez de agua y nieve fuese de nostalgia y recuerdos mientras

(música de bandoneón, maestro, por favor)

la chavala linda como una flor ‑si no hay que atenerse a una rigurosa exactitud fisonómica‑ esperaba coqueta no necesariamente bajo la quieta luz de un farol cuando se le apropincuó un gil apoyado en el tronco de un árbol y sin mediar palabra le exigió dinero a punta de estilete o realmente sí medió palabra le dijo que:

‑no podés laburar acá en la orisha del río que era territorio privado y que en todo caso si querés laburar acá en la orisha del río

en la veredita leprosa donde ella gambeteaba la pobreza o caminito que todas las tardes feliz recorría él sería su macró el que la protegería de los bacanes indeseables y al que debería dar una parte de los beneficios ¿comprendés, piba? y que a modo de adelanto y compromiso de buena fe aflojás la plata que llevás encima esos pesos duraderos pero ella encima sólo portaba cinco napos para un café y para el boleto del colectivo y entonces el cafisho milonguero principió a golpiarla y naide de la chusma que transitaba por la veredita del carajo acudió a socorrerla ni discó el número de la cana por lo cual l’hijueputa mendocino la desplumó no sólo de la plata sino también del celular y lo que ignoraba la pebeta que definimos ut supra linda como una flor recurriendo a una hipérbole imperdonable era por qué el pendejo después de inferirle las trompadas no la había despojao de la medalla de la virgen de Lourdes que le había obsequiado una sor cuando entregó a su pipiolo aunque ella la agraviada no se llamaba Lourdes sino Yesika con i griega como Yenifer y con k como Karina.

Fin del teletango.

EL PIANISTA

Hace tiempo que no coincide en el portal con el pianista, un tipo alto y de barba canosa que tiene un ruidoso teclado electrónico con el que da conciertos en las calles y plazas de la ciudad recurriendo a un repertorio estrictamente clásico. Le fascina ver tocar al pianista porque es manco: arma el instrumento y con el brazo izquierdo ataca el teclado. A veces se detiene a observarlo más que a oírlo. Le falta el antebrazo derecho pero con el sano posee una diabólica habilidad para la interpretación. Al lado del teclado, yace siempre una botella de ginebra a la que recurre con generosa frecuencia, lo que paulatinamente merma la agilidad de sus dedos y entorpece la pulcritud de la ejecución, de forma que Chopin suena como una tragaperras; cuando el flujo de alcohol en la sangre del artista alcanza los niveles adecuados, sea cual sea la naturaleza del público, abre la bragueta, extrae una polla rabelesiana y con ella aporrea el teclado y otra noche en comisaría. Los policías, antes de detenerlo, contemplan asombrados y divertidos el pene glorioso que golpea el teclado electrónico con satánica imprecisión porque el arte pertenece siempre a la mitad demoníaca del ser humano: el arte es oscuro. Alguna vez lo acompañó a casa y le contó su triste historia, la triste historia de una mujer: él vivía en Madrid y pertenecía a una orquesta que actuaba en un bar de Malasaña. Las cosas les iban bien: habían trabajado en televisión, los reclamaban de algunos festivales y tenían dos cedés grabados. Era el novio de la cantante, Linda, una negra estadounidense en cuyo cuerpo uno nunca encontraba la paz. El oyente imagina el cuerpo de la negra, el majestuoso cuerpo de la negra embutido en un vestido semitransparente: los hombros bien marcados, los brazos firmes, las implacables tetas, el vientre exacto, las redondeadas caderas, los muslos perfectos que muestra por las aberturas del vestido, las largas piernas oscuras: un sueño de caoba.

Todo marchaba entre ambos hasta que Linda decidió enamorarse del maromo que tocaba el banjo y la guitarra, negro y grande como ella aunque de distinta nacionalidad. Por afinidad de color, aquella mujer que transformaba el jazz en un puro lamento de hembra en celo, sustituyó al pianista nacional por el instrumentista isleño. El pianista se pasaba las noches llorando y bebiendo, escuchando las grabaciones de Linda, su voz grave y rota, particularmente la memorable versión de una canción de Abel Meeropol que popularizó Billie Holiday. El pianista canta mientras esperan el ascensor.

Dice que ahora ya no sufre al escuchar la canción pero que entonces, cuando tenía ambos brazos, imaginaba un extraño fruto colgado de las ramas de un árbol y que ese extraño fruto podrido era su cuerpo abandonado por Linda, ya que Meeropol compuso esa canción tristísima al ver los cadáveres de los negros que los blancos colgaban de los árboles, los cadáveres torturados balanceándose entre las miradas de los curiosos indiferentes. La barbarie y el horror carecen de fronteras. El pianista lo invita a una copa en su piso que él acepta.

Una muñeca de plástico a la que le presenta como Air Doll FG‑123 está malamente sentada en una silla. La señala, le acaricia la cabeza. Algún malnacido la tiró a la basura, explica. Él la recogió y trató de inflarla pero perdía aire; buscó el agujero, le puso un parche y ahí la tienes. Me hace una compañía de la hostia aunque no lo creas. Luego pone uno de los cedés que grabó con su antigua orquesta que respondía al nombre de Esclavos del Ritmo. Es Linda, dice cuando suena una rotunda voz femenina cantando una versión de Fina estampa. Linda, aclara mientras sirve la ginebra, no sólo era buena en el jazz (y en la cama, añade sonriendo); bordaba cualquier modalidad: blues, bossa, fado, rancheras. Air Doll, no canta pero, insiste, me hace compañía. A veces, cuando salgo a tocar la llevo conmigo, la coloco en una silla y no me siento tan solo. La gente se ríe porque la gente es estúpida por naturaleza, ¿no crees? Mira a Air Doll: con la boca abierta parece ser ella la que cante. Acaso el pianista sea dichoso con la muñeca como en otro tiempo lo fue con Linda que ahora interpreta Milonga sentimental. Después observa el hueco del brazo ausente, el muñón a la altura del codo, la amputación de un miembro que el músico consideraría indispensable para su profesión. Se imagina a un sacerdote manco celebrando la misa. A un cirujano. A un guitarrista. A un pescador. Un churrete de luz lunar se filtra por la ventana y repta por el suelo como una culebra. El pianista repone la ginebra y le cuenta a su vecino, que lo observa embutir la botella en la axila del brazo incompleto y enroscar el tapón con la mano superviviente, cómo perdió el brazo. Tres semanas después de que Linda lo abandonara, hundido y harto de escuchar hasta la extenuación lo de strange fruit hanging from the poplar trees, cuando ya no le quedaba ni una lágrima más que verter y la música no era consuelo sino tortura y se sentía como un extraño fruto podrido balanceándose en la rama de un álamo, tomó la decisión de suicidarse para llevar a cabo lo cual se emborrachó metódicamente en un bar de la calle Toledo llamado El Rincón de El Bierzo del que salió con una cogorza fúnebre y monumental y se encaminó a la estación de metro más cercana (Pirámides) con la intención de arrojarse al paso del tren, tropezando con unos y con otros, trastabillando en las escaleras mecánicas y cuando vio las luces de la máquina acercarse por el túnel, se aproximó al borde del andén, dio un paso en falso (ya sabemos que la vida está llena de pasos en falso, aclara innecesariamente), se precipitó a la vía y el tren le seccionó el brazo pero no la amarga memoria de Linda que era lo que él realmente quería extirpar, el desventurado recuerdo de aquella mujer negra con una voz prodigiosa que ahora canta algo de Vinicius de Moraes. Cuando se recuperó y creyó que nunca volvería a tocar el piano, una hermana suya que trabajaba aquí, lo acogió en este piso donde ahora beben los dos hombres, en la planta octava de la torre norte. Esa hermana (en todas las familias hay una oveja negra) se dedicó a la política y desde hace ocho años vive en Bruselas y tuvo la cortesía de poner el piso a su nombre y girarle esporádicamente dinero, aunque sospecha que si ella se entera de que su pobre hermano tullido toca el piano con la polla en espacios públicos, adiós a las generosas subvenciones que ella detrae asimismo de sus escandalosas dietas y el otro le dice que sí, qué cojones, que es un delito más grave cobrar las indecentes dietas que acapara la patulea política que enseñar la picha en público aunque esto conduzca a la cárcel y aquello al feroz enriquecimiento. Los políticos emigran a Bruselas como los vencejos al sur: ambos buscan el paraíso. Cuando abandona el piso ya no suena la voz de Linda y el pianista está charlando con Air Doll que ni se molesta en despedirse porque es muy largo el olvido.

SOMBRAS DE LA CIUDAD, 1

Cree firmemente en la existencia del monstruo de lago Ness; otros creen firmemente en la existencia de Dios.

BARRAS DE PAN

Veo por la calle a personas que acuden a la panadería, compran una barra y toman el camino de su domicilio dándole pellizcos tranquilamente, sin prisas, con la displicencia que te regala ignorar (o no importarte) que si sigues a ese ritmo, antes de abrir el portal tendrás que dar la vuelta, entrar de nuevo en la panadería y comprar otra barra. Entiendo perfectamente la tentación: pocos sabores más maravillosos que el del pan recién hecho. Son personas aventureras, que no piensan en el mañana, que descreen del futuro: en todo caso, admirables para mí que pertenezco al grupo de compradores de pan que mantienen intocada la barra hasta que llegan a casa y a la hora de comer cortan los trozos que se irán repartiendo. Eso de mantener intacta la virginidad de la barra es propio de gentes conservadoras, sedentarias, formales y aburridas. Me incluyo, lamentablemente, en este grupo. Me vino a la mente la comparación al echar un vistazo a los libros que acumulé en mi ya larga vida, ojeando las dos librerías (salón y despacho) que me acompañan desde hace algún tiempo durante el cual he sido testigo, próximo o lejano, del atentado de J. F. Kennedy, por ejemplo; para no abundar en otros hitos de mi biografía, digamos que cuando yo nací el mundo estaba a medio hacer (o a medio deshacer, quizá): soy, como ven, viejo de carajo. Si a la edad le suman la afición temprana a la lectura y una cierta capacidad económica (restringida: nunca podría ser, ni por capital ni por gusto, un bibliófilo) entenderán que me haya hecho con una biblioteca xeitosa manque no hipertrofiada. ¿Y lo de las barras de pan, las intonsas y las decapitadas? Pues en ello pensé mirando (no cabe agregar pensativamente, sospecho) las dos librerías y comprobar que hay volúmenes que sé con total seguridad que no leeré nunca; más aun: de algunos de ellos me pregunto por qué demonios los compré. Y pensé asimismo que en la juventud, tal vez no sólo por la naturaleza que te dan los pocos años sino asimismo porque uno anda más justo de dinero (hay edades en las que es más necesaria una cerveza que un libro), uno compraba los que iba a leer de inmediato; es decir, no salía de una librería con un libro y se decía que iba a leerlo más adelante, en el futuro, cuando tuviera tiempo; no, era tal la expectante necesidad de hincarle el diente que obraba como los compradores de pan que pellizcan y mordisquean la barra: con voracidad inmediata, sin plantearse el porvenir; así, creo recordar, nos sumergíamos a cierta edad en los libros, como zambullidas desde un trampolín en una piscina. Después uno se hace inevitablemente mayor y si la vida no lo mata a coces y reveses, dispone de algún que otro billete o tarjeta de crédito para comprar libros pero no va directamente (o no sólo va directamente) hacia la pieza deseada sino que se detiene muchos minutos paseando entre los expositores, los anaqueles y los rincones de la librería y aparte de comprar lo que buscaba, adquiere asimismo la biografía de Kafka (por ejemplo) en dos tomos casi infinitos y se plantea seriamente que ese libro se lo merendará en los meses de vacaciones pero para entonces no se acuerda de la biografía y al arrancar el verano compra tres o cuatro libros que acaso tampoco termine de leer porque interfieren otros que exigen una lectura inmediata; y compra además aquel otro que le recomendaron porque cualquier día, cuando acabe los que tiene pendientes, podrá dedicarle unas horas. Y obrando así, al final, uno atesora en su biblioteca particular muchos libros que leyó pero también muchos que aguardan a que uno tenga tiempo y ganas de meterse con ellos aun sabiendo que posiblemente esas dos condiciones no se den nunca. O sea, dejas la barra de pan sin mordisquear aguardando el momento de la comida. De cualquier forma, aunque observemos la cantidad de libros que permanecen sin leer en la biblioteca, seguimos con nuestro afán de comprar esos que nos juramos que ya leeremos en el puente de la constitución, por ejemplo. E incluso incurriendo en lo solemnemente trágico, tenemos la total certeza de que nos moriremos sin haber leído todos los libros que compramos. Muchos de ellos van a sobrevivirnos. Recuerdo que un día, un día lejano y extraviado para siempre, yo también mordisqueaba la barra de pan camino de casa.

EPITAFIOS VENGATIVOS

Hace años (y ya hace años de casi todo lo que uno recuerda) escribí un artículo titulado Epitafios en el que recogía las inscripciones de algunas lápidas que me habían llamado la atención, tanto de personas conocidas, en general escritores, como de otras que habían vivido de forma anónima, como acostumbran a ser la mayoría de las vidas que van a dar etcétera; en el texto daba cuenta de ciertos epitafios y resaltaba su categoría: filosóficos, divertidos, ampulosos, dramáticos, sentenciosos, solemnes, pesimistas, resignados, irónicos, humorísticos y aquí conviene  intercalar un segundo etcétera. Pero existe una índole de epitafios que da título a este artículo y de la que no tengo noticia, aunque probablemente exista, que el corazón y el ingenio de los humanos es tan ilimitado como perverso y viene de antiguo. Hablemos, pues, de los epitafios vengativos. Lo malo de ellos es que la condición indispensable estriba en que su autor se muera, asunto bastante corriente porque somos raza gregaria, pero no de forma repentina, sino que, desahuciado por los doctores, sepa que en dos semanas o dos meses va a diñarla. Digamos que el que va a palmar se llama Eufrasio y por la razón o la sinrazón que sea, que el odio no requiere fundamentos, detesta a su vecino del quinto C, que responde a la gracia de Alcibíades Marisco Caro: ¡ni siquiera hablan del tiempo en el ascensor! Eufrasio acude al marmolista situado frente al cementerio donde será inhumado en breve y le encarga un epitafio cruel (y falso)  que el artesano debe grabar en la lápida un día o dos después del deceso. Alcibíades Marisco Caro me adeuda la cantidad de trescientos cuarenta y dos euros y cincuenta y cuatro céntimos desde el 21 de mayo de 2014 una noche que fuimos de putas juntos y pagué yo. Algún visitante del cementerio, o un encargado, descubre la tumba, hace una foto con el móvil y a las pocas horas la inscripción revolotea como mariposa por las redes sociales (resulta pertinente el sustantivo redes: algo que atrapa, que impide la libertad; en definitiva, trampa) de todo el país y otorga fama al inocente Alcibíades de moroso y putañero, de modo que si el del quinto C se demora en una reunión de vecinos, el del tercero A comentará son sorna “a lo mejor no viene porque está en putas” y el resto de los comuneros que si jiji, que si jaja, hasta que aparece Alcibíades y el presidente le pregunta que si viene a la reunión o se va de putas y ya la tenemos armada. “Además de putero y moroso, violento”, enjuiciará alguno. Los epitafios vengativos abarcan tantas posibilidades de inquina que para no pecar de prolijo los resumiré en dos ejemplos más. Erundina odia a su amiga Leonor Pinche Cuate porque lunes, miércoles y viernes van a jugar al pádel y Leonor le inflige unas derrotas de escándalo, impías, sin dejarle ganar un punto ni por caridad. Así que cuando Erundina descubre lo poco que le queda de vida acude a un marmolista (no el que está enfrente del cementerio sino otro de la calle Pardo Bazán) y apalabra la leyenda que debe aparecer en la lápida dos o tres días después de su anunciado y funesto óbito y que reza así: Leonor guarra los días 9 y 20 de cada mes cuando ibas a la pelu yo me tiraba a tu marido y en tu cama. El implacable proceso posterior (fotografía, instagram, twitter, facebook) se cumple inexorablemente y cuando el marido de Leonor llega a casa, ésta le muestra la foto que le enviaron por whatsapp y comenta “así que Erundina y tú ñaca ñaca, ¿eh?” y pone paralelos los dedos índices de cada mano y los junta y los separa dando a entender claramente que ella ya tenía la mosca detrás de la oreja y esto viene a confirmar sus sospechas, que se va de casa y que a las cinco en el despacho del abogado y que adiós; y el hombre, que no entiende nada, que ni siquiera le pone cara a la tal Leonor, mascuja “pero, pero, pero”, descorcha una botella de vino, vacía de golpe un vaso bien cumplido de los de Nocilla, y sigue repitiendo pero, pero, pero, porque cuando nos desbordan las circunstancias suele replegarse la elocuencia. Incurriré para terminar en un último ejemplo. Gervasio sabe que le queda poco de vida y ese poco quiere dilapidarlo en destrozar la de su compañero de trabajo Adán Barro Divino, que una vez lo conminó a invertir el Bolsa y el incauto Gervasio quedó con el culo al aire; como es pertinente acude a un marmolista (éste ubicado en la carretera de la Granja)  y le encarga la inscripción que un empleado debe grabar en la lápida al día siguiente del entierro; efectivamente, antes de veinticuatro horas, alguien fotografía la leyenda y la hace rular por las redes sociales: Yo soy el verdadero padre de los hijos de Adán Barro Divino. Adán no tarda en recibir un whatsapp con la información, urde un malestar en el trabajo y va a buscar a su mujer que, inventemos, ostenta la Concejalía de Nubes Errantes y Despropósitos Atmosféricos. Llega Adán al despacho, enarbola el móvil, exige: Lee esto. La mujer, boquiabierta, no da crédito a la patraña y después de repetir como el marido de Leonor pero, pero, pero, añade: No te creerás esa falacia. El marido duda si sentenciar “los muertos no mienten” y la mujer aprovecha la vacilación para argumentar: “Pero si Monchete y Ángeles son igualitos que tú”. Adán, enloquecido y rabioso, discrepa: “La nariz de Monchete es la nariz de Gervasio y los ojos de Ángeles son los ojos de Gervasio” y camina hacia la puerta del despacho y, sin girarse, comunica: “No me esperes para comer. Ah, y a las cinco en el despacho del abogado, ¡sin demoras que te conozco!” La mujer se derrumba en el sillón. Pero, pero, pero. Pues ya ven ustedes las numerosas posibilidades que atesoran los epitafios vengativos, como mensajes dentro de una botella arrojada al mar y que arriba a la costa insólitamente a su debido tiempo. De hecho, yo ya urdí mi propio epitafio vengativo y ojalá que tarde muchos años en ponerlo en práctica; naturalmente, está destinado a un colega de oficio al que no tengo el gusto de conocer y cuyo nombre no desvelaré de momento. Fulanito de Tal, de que leí tres novelas soberbias, atesora innumerables defectos: escribe mejor que yo, gana más premios que yo,  es más brillante que yo, tiene más prestigio que yo, obtiene más dinero que yo, es más alto y guapo que yo: motivos más que sobrados para tramar un epitafio vengativo cuyo texto, tras largas reflexiones, reescrituras y correcciones, pergeñé en otra noche de puñetero insomnio; a veces sonrío imaginando a mi rival murmurando pero, pero, pero, cuando circule por las redes sociales y llegue a su whatsapp mi epitafio vengativo: “Fulanito de Tal es un escritor de mierda y además un plagiario”. Que se joda.

RECTIFICACIÓN

En la entrada anterior, se me coló un “y indagó” por el que pido disculpas y por el cual bien merezco una segunda operación en el otro ojo efectuada por un batallón de zapadores. Perdón por el crimen aunque sea imperdonable.

FINAL DE UNA OPERACIÓN

Que algunas personas me hayan animado a escribir un artículo que cierre aquel otro que titulé Una operación, es gratificante por varios motivos; sobre todo, en primer lugar, porque sigue habiendo gente que lee periódicos; en segundo lugar porque esa gente lee Faro de Vigo y, en último lugar, porque entre los colaboradores ourensanos (Eguileta, Miguel Ángel, Martinón, Arneiros, Fraiz y otros que en este momento lamento no recordar) existen lectores que al menos ojean lo que uno escribe. Así que el presente artículo da fe de algo que yo ponía en entredicho en el anterior: sobreviví a la operación de cataratas. Vaya por delante mi total agradecimiento al personal que se ocupó de mí (y de otros tantos damnificados) en la residencia sanitaria: desde celadores hasta los cirujanos (si había más de uno, supongo que tal es el protocolo, no pude saberlo con certeza porque me enmascararon de fantasma en la camilla con un trapo tipo mortaja que me tapaba la cabeza o, en símil taurino, la testuz). En la primera fase, allá en toriles, una enfermera que respondía a la gracia de Rocío y de la que me enamoré de inmediato me trató (y a todos los que aguardábamos la intervención, unos más tranquilos que otros) con tanto interés que varias veces, mientras me ponía gotas en el ojo averiado, sentí ganas de abrazarla sin impulsos lascivos, por mera ternura, por gratitud. Aunque yo creí que sería uno de los que exigiría de inmediato, mientras aguardábamos entrar en el quirófano, ir urgentemente al baño para, sin rodeos, cagarme por la pata abajo pensando “ésta es mi última deposición en vida” (seguramente intuí que muerto incurriría en el vaciado alguna vez más) soporté el trance con apostura de héroe homérico: ni me meé ni me tuvieron que dar un tranquilizante: mi tensión era normal; de este hecho deduje que ya estaba muerto. No era así. Mi desconcierto y mi temor, que podríamos tildar de terror absoluto, fue cuando me llevaron a la antesala del quirófano y una doctora a la cual, pese a la mascarilla, le adiviné la belleza del rostro (tal vez creyendo que ya estaba muerto y me hallaba en presencia de una santa), me miró el ojo e hizo ese comentario displicente e ingenuo que ya había escuchado en una revisión previa: “Menuda catarata”. Tomé la frase como si fuera una opinión admirativa. Cuando salió el cirujano del quirófano y indagó en el ojo siniestro y siniestrado, dijo algo así como “éste no” y me devolvieron a toriles. Ahí empezó mi legendario ánimo a flaquear. Regresé a ese espacio intermedio en el que Rocío me dijo algo que me preocupó ligeramente hasta el punto de pensar en reclamar ipso facto un notario: “Contigo tienen que aplicar otra técnica”. Una frase así desanima al más pintado: a mí también. ¿Otra técnica? ¿Barrena, explosivos, tuneladora? Ahí empecé a pensar en mi gente: en los días de mi infancia, en mi adolescencia, en mi pecaminosa juventud, en las geografías que había visitado, en los libros que había leído, en las personas que amé, en el porvenir de lo poco que poseía. Adiós, adiós. Al cabo de una eternidad apareció otro médico que volvió a mirarme el ojo (para mí que ya habían comentado entre ellos el desatino de mi catarata dura, creo que la llamaron así) y repitió el apotegma: “Menuda catarata”. De todo ello nada bueno podía inferirse. Transcurrido un tiempo lento como el que pasa un cochinillo asado al espeto, me introdujeron en la antesala del coso y un anestesista procedió: actuó limpiamente, todo hay que decirlo, como José Tomás entrando a matar: la aguja de la jeringuilla penetró de forma irreprochable en la ojera de un ojo que previamente habían marcado con un líquido, como para facilitar la estocada del diestro. ¡Diana! Guillermo Tell había acertado en la manzana y no había atravesado con la saeta la frente de su hijo. Supe, mientras derramaban Betadine en ese ojo, que tenía la parte izquierda de la cara insensible: una dureza granítica, rocosa. Si el mejor Muhamad Alí me hubiera suministrado en ese sitio un derechazo no lo habría acusado. Al cabo de una eternidad que medida en tiempo real (durante el cual los anestesistas me hablaron como si aquello no fuese nada; de ese desinterés deduje que lo mío era extremadamente grave) entré en el quirófano en el que el maestro, cuyo nombre desconozco, reincidió en el aforismo: “Menuda catarata”. Ya casi empezaba a sentirme orgulloso de padecer una catarata que asombraba a la cuadrilla: mi popularidad rozaba la de los cojones del caballo de Espartero. Ignoro cuánto tiempo duró la operación en la que me sentí asfalto trabajado por operarios municipales: algo que sonaba como un torno, algo que sonaba como una lijadora, algo que sonaba a canto gregoriano. Creo haber entrevisto una luz blanca al final de la cual un ser incorpóreo y sonriente me recibía con los brazos abiertos. ¿Dios? No es imposible. La verdad sea dicha: sin el mínimo dolor por lo que conjeturo que el diestro, al terminar, sería galardonado con las orejas, el rabo y la vuelta al ruedo. Finalizado el trámite de exterminio, fui, como los demás pacientes, condecorado con un café que me supo a gloria (creí que nunca más iba a tomar café) y unas galletas: estaba vivo. Salí de la resi con el ojo vendado y las posteriores revisiones confirmaron que todo iba bien. En este momento, justo ocho días después de la operación, estoy recuperando la vista: ya había olvidado la tonalidad de los colores, la visión a más de un metro de distancia, la dicha casi táctil de un mundo que había contemplado en blanco y negro. La felicidad casi absoluta. El corolario es que gozamos de una seguridad social irreprochable, con unos profesionales que son un ejemplo y que gracias a ellos ahora sé que las cerezas son rojas, el aguacate verde, los limones amarillos, la hipocondría gris y la vista (la salud en general) un sentido innegociable. Desde estas líneas que posiblemente ninguno de ellos lea, gracias.

UNA OPERACIÓN

El próximo día ocho de octubre tengo programada una operación de cataratas; es posible que cuando este artículo aparezca ya haya pasado el trance y quien esto escribe siga vivo para contarlo aunque prometo no dar la tabarra al respecto porque no hay nada peor que esa persona que te encuentra en la calle y te participa los achaques, intervenciones quirúrgicas, malestares y alifafes con los que la vida nos carga a los que vamos cumpliendo años. Como decía el otro, de casa se viene llorado. Con respecto a la operación citada ut supra, como acreditado hipocondriaco que soy avalado por un máster en Aravaca, un máster legal, con todas las de la ley, desde que me comunicaron la necesidad de esa intervención, no he dejado de acopiar datos por parte de ambos bandos: de los profesionales y de los pacientes. Todos llegan a una conclusión: eso no es nada. Mire, yo dije lo mismo cuando alguien me comunicaba que tenía que someterse a una operación de cataratas; las operaciones nunca son nada si quien se somete a ellas es el otro; pero cuando se trata de que hurguen en tu ojo, ya cambia la visión (no sé si la palabreja conviene) del asunto. Médicos en los que confío confirmaron la tesis de que es una operación menor. Eso me recuerda una anécdota de no sé quién, un personaje famoso, no sé si un político, un filósofo o un escritor de principios del siglo XX, que acudió a una barbería a afeitarse y el barbero le infligió un corte en la mejilla; el barbero se excusó diciendo: “Es un corte pequeño, apenas un milímetro”. Y el cliente le respondió: “Tal vez un milímetro en una autopista de miles de kilómetros no represente apenas nada; un milímetro en mi mejilla es un corte en toda regla”. Confesé a los pacientes para que me ayudaran con datos a tener en cuenta, por ejemplo, si era necesaria la extremaunción, si debía hacer testamento y otras minucias: todos declinaron tales exageraciones y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, afirmaron, sin llegar a convencerme, que el trámite no era nada. En mi familia, cuando yo era niño, vi operarse a mi padre de cataratas. El doctor Barja, un eminente oftalmólogo que vivía en el parque de San Lázaro, cerca de nuestra casa, fue el ejecutor; ciertamente eran los años sesenta del pasado siglo y la operación resultó una carnicería porque no existían los medios que hoy tienen a su disposición quienes deben efectuar esa intervención quirúrgica. Pero la imagen de mi padre con un parche en el ojo, manchado de sangre, y reposando boca arriba en la cama durante muchos días, la tengo grabada de forma irrevocable. Cuando fui a pasar unas pruebas previas y en la sala de espera había más concurrencia que en un concierto de cámara, escuché cómo una enfermera le aseguraba a una paciente amiga suya que la operación de cataratas no era nada, un trámite menor, que se trataba de que el cristalino…, y no bien oí la palabra cristalino, me levanté y me fui lejos, para no ser testigo de los minuciosos detalles que le proporcionaba la enfermera a su amiga. No son tranquilizadores, coño, que no; están cargados, sí, lo reconozco, de buena intención pero a mí me nombran el cristalino y es como si me nombraran el Valle de los Caídos: me echo a temblar. La verdad es que asumo mi culpa: el proceso de pérdida de visión en mi caso fue lento y cuando hice la primera visita al oftalmólogo ya no veía nada del ojo izquierdo y con el derecho borrosamente, de forma que en la calle discernía sombras irreconocibles y hasta que alguien se estrellaba contra mí no lo distinguía. Recuerdo aquella primera sesión porque la enfermera, tapándome el ojo derecho, abrió una mano (eso me lo dijo ella) y me preguntó “¿cuántos dedos ve?” Mi respuesta se ciñó a la estricta verdad: “No la veo a usted, no veo la mano, cómo voy a ver cuántos dedos hay ahí”. El diagnóstico de la doctora, tras hacerme firmar un papel, fue operación de cataratas del ojo izquierdo. Empecé a temblar, pues, en verano y ya estamos en otoño. En la siguiente visita, una médico, después de vaciarme en ambos ojos (¿por qué en los dos?, me preguntaba yo) unas gotas en una cantidad similar al agua bendita que se desprende en la cabeza del neófito cuando se bautiza, me abocó a la sala de espera y tras un par de horas aguardando, me llamó, entré en el despacho y me miró los ojos por el aparato pertinente que no sé cómo se llama. Su comentario me animó mucho: “Uf, menuda catarata”.  Las indicaciones que me dio fueron entrañables, algo como si la retina cae dentro del ojo hay que volver a operar y cosillas así que sumadas a las indicaciones de otro papel que firmé (sólo recuerdo que dejé de leerlas cuando apuntaron la posibilidad de una parada cardiaca) me condenaron al terror más absoluto. En ese tiempo que transcurre hasta la fecha del 8 de octubre, mientras voy recordando cómo fue mi vida, de quiénes debo despedirme y de poner al día los asuntos pendientes, pensé asimismo en una tontería que me preocupa. Al operarse de los ojos uno comenta ”me voy a operar de la vista”. No me parece correcto, es tomar la función por el órgano. Es decir, tú no anuncias “me voy a operar del olfato” si te operan de la nariz o “me voy a operar del tacto” (aparte, claro, de que tú no te operas: te operan, estás a merced de otros) si te operan de una mano. No. Sin embargo, con los ojos pasa eso: no dices me van a operar de los ojos sino me van a operar de la vista cuando en realidad, con láser o cómo demonios sea, van a hurgar en tus puñeteros ojos, no en la función que los ojos ejecutan. Ahí me tienen, dándole vueltas a un asunto gramatical o lingüístico cuando se aproxima la fecha infausta. La frase de la doctora, uf, menuda catarata, me impele a pensar en un tipo con una barrena perforando mi ojo y excavando, excavando sin piedad, con saña, a jornal. Y eso, para un hipocondríaco, ya digo, es una tortura que no se soporta fácilmente. Al próximo que me diga eso no es nada, si soy capaz de distinguirlo, lo ultimo o lo apaleo con el bastón blanco con el que estoy empezando a hacer prácticas.

ESE MOMENTO

Ese momento en el que sabes que no vas a vender un puto libro en tu puta vida. Ese momento en el que sabes que sólo van a leerte media docena de amigos, a lo mejor un crítico ocioso y cuatro colegas que te aprecian. Ese momento en el que te desentiendes de los maestros a los cuales pusiste como ejemplos a los que debías aspirar Ese momento. Ese momento en el que coges el bolígrafo y empiezas a acumular líneas y párrafos y capítulos con la certeza de que estás escribiendo para ti. Ese momento en el que descubres tus limitaciones. Ese momento en el que eres consciente de que tu nombre no aparecerá en suplementos literarios, ni en revistas; de que jamás te llamarán de una feria de libro para firmar ejemplares; de que nadie te reclamará para coloquios ni mesas redondas ni otros alardes literarios. Ese momento en el que las editoriales rechazarán tus manuscritos. Ese momento en el que eres consciente de que el mundo se circunscribe a tu despacho, a tu mesa de trabajo, a los libros que te rodean y nada más, apenas nada más. Ese momento en el que te das cuenta de que ya nada es posible fuera de una cierta decencia para escribir. De que tuviste a tu alrededor personas que confiaban en que fueras capaz de hacer algo extraordinario pero descrees ya de lo extraordinario si proviene de ti mismo. Ese momento en el que mundo se reduce a lo que diariamente te rodea, esa basura miserable. Ese momento en el que disfrutas más de lo que lees que de lo que escribes. Ese momento en el que te gustaría mandarlo todo a la mierda pero algo te impulsa a seguir. Ese momento en el que descubres que hay numerosos escritores excelentes que de alguna forma compensan lo que tú eres incapaz de conseguir. Ese momento en el que percibes que estás en una división inferior a la que te gustaría pertenecer. Ese momento en el que tu incapacidad te invita al silencio; ese momento en el que te preguntas ¿para qué seguir intentándolo? Ese momento brutal en el que el mundo se te cae encima y u optas por transigir con la maldición o decides poner punto final a lo intentado hasta ahora. Ese momento en el que en vez de esgrimir el bolígrafo piensas que es mejor abrir un libro ajeno o salir a beber un vino. Ese momento en el que te avergüenzas de lo que has firmado. Ese momento en el que tienes la seguridad de que el silencio es la mejor opción que debes admitir contra toda esperanza. Ese momento. Acaso ese momento cruel. Ese momento en el que la vida se paraliza y sales al balcón a fumar un cigarrillo y ves un cielo medianamente azul que nada te sugiere. Ese momento. Ese momento en el que estableces una rutina que te exima de escribir: salir a caminar, beber una cerveza, hablar con algún conocido, regresar a casa, leer a otros autores, ceñirte a la tristeza o a la melancolía, convertirte en presidente de la comunidad de vecinos. Ese momento en el que sabes que nunca escribirás nada medianamente digno, medianamente inolvidable. Ese momento en el que sabes que nadie se preocupará por ti, que ningún agente literario reclamará tus libros ni editorial alguna se interesará por lo que escribes, que no puedes aspirar a ningún premio, que sólo te queda esa vana esperanza, esa vana de costumbre de emborronar páginas sin ningún destino que no sea el del olvido, ese momento. Justo en ese momento, es que cuando debes empezar a escribir.