El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: diciembre, 2013

Para Gonzalo Hidalgo Bayal

Gonzalo Hidalgo Bayal publicó su última y reciente novela con el título La sed de sal, con el que construye un palíndromo a los que él es tan aficionado. La obra de Gonzalo Hidalgo es un lujo y un reto para cualquier lector. Así que, en cierta medida, le devuelvo el placer que la lectura de La sed de sal me proporcionó, con este palíndromo que le dedico el último día de este año más bien torcido:

Allí ves, o no, Sevilla. Con la variante:

Allí ves, ¿o no?, Sevilla.

Seguramente alguien lo habrá inventado antes que yo pero el plagio, en el fondo, es un arte.

La sed de sal

La vida según San Juan

Investigar la Biblia, bien como creyente, bien como un simple lector de ciencia ficción (o de cualquier otro género: ese libro contiene todas las posibilidades de la narrativa) depara en ocasiones sustento para cualquier teoría literaria. En el Nuevo Testamento, en el Evangelio de san Juan, el capítulo I, versículo primero, se dice lo siguiente (en la traducción de Cipriano de Valera, “cotejada con diversas traducciones y revisada con arreglo a los originales hebrero y griego”): “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” Logos es un vocablo de origen griego que puede traducirse por discurso o razón; verbum, de origen latino, suele traducirse por palabra. Tanto Heráclito como Filón de Alejandría interpretan el logos como una fuerza divina que rige el universo y Platón creía que el logos se identificaba con la voluntad de Dios. San Juan es el primero que en el cristianismo emplea la palabra logos y cuando san Jerónimo traduce la Biblia del griego al latín, concede al logos el significado de verbum o palabra. San Juan parece ser el más interesado en el sentido literario, a la vez que divino, de la palabra como eje creador de Dios. El primer capítulo del Evangelio de San Mateo se ciñe a una tediosa sucesión de engendramientos, como un árbol genealógico de una familia de alcurnia. San Marcos tampoco hace referencia a la palabra como nudo vertebrador del discurso de Jesucristo, Hijo de Dios. San Lucas se maneja como un historiador que trata de dar veracidad a lo que narra (y la veracidad no es ninguna virtud literaria): “Habiendo muchos tentado a poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas…” y ese preámbulo de su Evangelio remite más a la Historia de las guerras del Peloponeso de Tucídides que a una invención ficcional feliz como es la de san Juan que equipara, certeramente, a mi entender, el verbo creador, el logos, con la actividad divina pero que instruye, tal vez sin pretenderlo, una teoría de la narratividad que no despreciaría Harold Bloom, por ejemplo. Quizá el fundamento primero del mundo o de la historia sea, efectivamente, la palabra; es cierto que hay cosas preexistentes pero en tanto éstas no se pongan por escrito carecen de validez. Lo que no se nombra no existe, sería la conclusión. Forzando el argumento, podría decirse que lo no nombrado no tiene acomodo en la realidad al carecer de una referencia nominal, la auctoritas de la palabra escrita que acredita su razón de ser. Ese primer versículo del Evangelio de san Juan contiene en esencia la teoría del mundo literario. En el año 2011, la BAC editó, extraordinariamente, con sumo cuidado, el libro Sagrada Biblia, con la anotación (y aviso para navegantes) Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española que atestigua en el prólogo urdido por Antonio María Rouco Varela que dicha versión debe ser considerada la oficial, entre otros motivos, “por haber sido aprobada específicamente como tal por la CCXI Comisión Permanente de la Confederación Episcopal” y porque “contiene el texto bíblico que será utilizado desde ahora en los libros litúrgicos de la Conferencia Episcopal Española” y uno piensa qué autoridad se arroga la Conferencia Episcopal Española para dar por válida una versión de algo que constituye un monumento literario (tal vez teológico) de carácter universal porque sería exactamente igual que si la Real Academia Española de la Lengua sacara una edición revisada de El Quijote y modificara algunos párrafos para adecuarlos al sentir actual y sustituyera, por ejemplo, las comidas que cita Cervantes,  “una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos”, por una empanada, una tortilla de patatas, un  cocido y unos huevos rotos para que el lector de hoy se sitúe más cómodamente en la reseña. En países como Estados Unidos la Biblia, que tantas veces aparece en las mesas de noche de las películas, es un libro que está a libre disposición del usuario y por eso hay diversas y contradictorias interpretaciones de su mensaje: cada cual lo entiende a su manera pero eso es un asunto que daría para un artículo que otra persona más solvente podría escribir. La versión de la Conferencia Episcopal Española no discrepa de la de Colunga y respeta, más o menos, el introito del Evangelio de san Juan: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” de lo que puede deducirse, acaso con demasiada ligereza, que el logos, el verbo como elemento creador se mantiene en bastantes versiones de la Biblia. Acaso Rouco no sea tan torpe y entienda que buena parte de ese libro es literatura, de la mejor literatura que se ha escrito y en él aparecen todos o casi todos los géneros literarios: desde la ciencia ficción hasta el erotismo, desde la fábula a la novela, desde la poesía a la profecía. Un libro que resiste las traducciones y sale de ellas incólume, sin perder ni un ápice de su calidad, un libro que soporta el paso del tiempo, la lectura de creyentes y de agnósticos y de ateos, de lectores que pertenecen a culturas distintas, tiene que contener algo que yo no catalogaría de  divino pero sí, cuando menos, de genial. Y el hecho de que san Juan, aunque atribuya el logos a una divinidad (al Gran Narrador, digamos) insista en que el principio de todo estriba en la palabra, me parece un hallazgo postmoderno (perdón por la palabreja) que justifica la aparición de las obras maestras posteriores y los vanos intentos en los que otros incurrimos contra toda razón. Porque, realmente, cualquier gran escritor está creando, desde el Verbo, desde el Logos, un universo único e irrepetible, está rehaciendo el mundo, dándole otras dimensiones y otras fronteras y acaso lo mejor que nos fue dado haya sido, precisamente, la palabra, el Verbo, el Logos. Porque, como escribió José Ángel Valente, “el día en que este juego sin fin con las palabras se termine habremos muerto.” Cuando ya no quede nada que decir, cuando ya no quede nada que escribir, cuando el logos o el verbum carezca de sentido, este mundo empezará a desmoronarse precisamente como en el libro del Apocalipsis, donde se dice “y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida”. Uno podría sentirse personaje de un libro escrito por otro. Mientras exista una palabra por escribir tendremos alguna esperanza a la que aferrarnos. Aunque sea la palabra FIN.