El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: enero, 2014

RECTIFICACIÓN

Si alguien se tomó la molestia de leer la entrada anterior acerca de Pacheco, verá el anacronismo entre su muerte (mes de enero) y la de Julio Cortázar, que tuvo lugar, creo recordar, un 14 de febrero de 1984. Y si no me equivoco, un 13 de enero de 1941 murió James Joyce.Así que cualquier mes es igual de cruel y más al conocer la muerte hoy de Félix Grande. Pido disculpas por ese laberinto de cronologías.

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LA MUERTE DE UN ESCRITOR

Murió José Emilio Pacheco que, entre otros incontables premios, obtuvo el Cervantes en el año 2009 y pese a ello, pese a ese aluvión de galardones, pasó por el mundo literario con una humildad que choca con la miseria de muchos otros que obtuvieron menos premios y dejaron una literatura intrascendente y deletérea. Hay autores que pasan de ese modo por la vida, silenciosamente, sin alharacas, sin darle importancia a lo que escriben o dándole una importancia meramente personal. Pienso en Rulfo, por ejemplo, en Onetti, en Carmen Martín Gaite, en Gonzalo Hidalgo Bayal, en Javier Pastor, en otros tantos que sería innecesario nombrar. Con frecuencia nos encontramos en el campo literario con nombres que pelearon hasta la indignidad por hallar un sitio en las antologías y en los tratados. Pacheco obtuvo lo que obtuvo sin más, por merecimientos propios, sin llamar a ninguna puerta, sin humillarse ante nadie, sin ejercer de turiferario frente a políticos o intelectuales. En ocasiones, el éxito (si en el arte la palabra éxito tiene algún sentido) llega de esa forma, inesperadamente, por cuestión exclusiva de talento. Pacheco escribió: No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos, dijo este hombre, narrador, ensayista, traductor, poeta y que pasó casi de una forma inadvertida por los salones egregios y rimbombantes de la literatura, como ese invitado que se cuela por error en una fiesta a la que no ha sido invitado y abandona el escenario al comprender que está de más allí, que ése no es su sitio. Hay literatos que son como efectos visuales de una película o fuegos artificiales de una mascletá; literatos cuya figura, cuyo personaje, edulcora la calidad de sus textos. Escribí en su día, y ello me ha reportado insultos, descalificaciones y desencuentros, que en el ámbito literario existen (existieron) personajes que estaban muy por encima del valor intrínseco de su obra: cité nombres y me parece hoy una descortesía abundar en algunos de ellos. Independientemente de que algunas de sus obras sean brillantes, el personaje ensombrecía la calidad del autor. Alguien como Echegaray, un dramaturgo de segunda línea, acaparó un premio Nobel de Literatura, premio que recayó asimismo en Churchill. Creo recordar que un premio Pulitzer adorna la biografía de un tal John Fitzgerald Kennedy. Tanta digresión para acceder de nuevo a José Emilio Pacheco que, curiosamente, muere un catorce de enero de 2014, dos días más tarde del fallecimiento, en 1984, de Julio Cortázar, así que febrero, como abril, es un mes inmensamente cruel para la literatura. Hay un par de versos estremecedores de Pacheco, de esos que personalmente descomponen una biografía (la mía en particular): Ya somos todo aquello / contra lo que luchábamos a los veinte años. Cuando creíamos en algo, erróneo o no, cuando creíamos (perdón por el plural: cuando creía) que yo nunca podría ser aquello que tanto detestaba, que jamás incurriría en los errores (o lo que consideraba errores) de mis antepasados, resulta que estamos (perdón otra vez: estoy) ahí, en ese fango miserable del que descreí toda mi vida. Uno siempre conjuga el verbo equivocarse en tiempo pasado, siempre estuvo equivocado ayer y cuando la vida transcurre y nos parecemos peligrosamente a aquello contra lo que peleábamos hace veinte años, es, nos decimos, nos consolamos así, porque hemos sabido adaptarnos a la realidad de la vida y los sueños de entonces no fueron sino quimeras infantiles que hay que dejar atrás para ser hombres, para ser adultos, ese lastre que nos impedía avanzar aunque no supiésemos bien hacia donde. Una justificación a destiempo. No importa que la flecha no alcance el blanco / Mejor así / No capturar ninguna presa / No hacer daño a nadie: es la simple y feliz filosofía de Pacheco, la forma de mejorar el mundo, de hacerlo  más llevadero. Hay personas, y él era una de ellas, que nos hacen más decente ese complicado asunto de vivir, de entendernos con los demás, de descubrir lo que Seifert denominaba “toda la belleza del mundo”.  No me deja pasar el guardia. / He traspasado el límite de edad. / Provengo de un país / que ya no existe. / Mis papeles no están en orden. / Me falta un sello. / Necesito otra firma. / No hablo el idioma. / No tengo cuenta en el banco. / Reprobé el examen de admisión. /Cancelaron mi puesto en la gran fábrica. / Me desemplearon hoy y para siempre. / Carezco por completo de influencias. / Llevo aquí en este mundo largo tiempo. / Y nuestros amos dicen que ya es hora / de callarme y hundirme en la basura. Ahí está el sentido vigente de su literatura, de su poesía, su vinculación con los problemas que acucian a tantos seres humanos: ese momento trascendental en el que un poema, unos versos, sirven de consuelo, de grito contra lo establecido, tan lejos, como dije antes, de una mera artesanía de salón. Hay poetas necesarios, hay otros prescindibles; hay poemas necesarios y poemas prescindibles. Muchos de los poemas de José Emilio Pacheco son imprescindibles, como compañía, como consuelo y como guía. Que personas así no nos falten nunca. La vida es mucho mejor con ellos, con sus palabras. Pertenecen a esa estirpe machadiana de buenas gentes que viven , laboran, pasan y sueñan y en un día, como tantos, ya se sabe. 

EPITAFIOS

Escribió Jorge Luis Borges en algún poema de Fervor de Buenos AiresNo arriesgue el mármol temerario / gárrulas transgresiones al todopoderoso olvido, / enumerando con prolijidad / el nombre, la opinión, los acontecimientos, la patria. Reclamaba de ese modo el pudoroso silencio de las lápidas, la humildad de un olvido irrectificable. Yo, que visito en cualquier lugar al que viajo las tascas y los cementerios, por este orden, he coleccionado algunos de esos excesos, trágicos o elogiosos, con el mismo fervor con el que Borges cantó a Buenos Aires y reclamó el decoro del silencio en los monumentos funerarios.

Recuerdo en el cementerio de San Francisco (Ourense) el escueto Pobre Asunción, Viernes Santo, dedicado a una muchacha a quien un amante despechado mató en la Plaza Mayor de mi ciudad, el día de viernes santo de 1881, a causa del desamor, que es un arma homicida recurrente y de larga y triste tradición. Tan lacónico epitafio apunta certeramente a ese final imprevisto que retrata una biografía en cuatro palabras y una fecha amputada: 81. Hay ahí un argumento inexplorado para una ficción.

En general, suelen ser más ditirámbicos los epitafios de gentes desconocidas que los de los personajes famosos. Esos últimos acostumbran a descansar bajo el somero homenaje de sus nombres, fechas de nacimiento y muerte y, a lo sumo, el añadido tantas veces innecesario: escritor, pintor, médico, violinista, físico. Sus existencias parecen justificar sobradamente el hecho de no caer en la ampulosidad cuando se trata de prolongar la huella de su paso por el mundo, en tanto que las personas anónimas tienden a exagerar las inscripciones funerarias para dar a entender a quienes las contemplan los méritos humildes que se magnifican en sus tumbas. Sobrevive en Nosa Señora das Areas (Fisterra, A Coruña) una cruz que corona una lápida donde se lee: Hay un rincón de un campo extranjero que es siempre Inglaterra, fragmento del poema El soldado de Rupert Brooke que adorna la tumba de una tal Chistine Patricia Boyle, que falleció a los 44 años. Me pregunto siempre, cada vez que la visito como en un ritual inexplicable, qué sucesión de azares llevaron a la mujer a abandonar su país y terminar, tan precozmente, su corta vida en el majestuoso paisaje de Fisterra, en un cementerio próximo a ese lugar que es el fin del mundo, el fin de los mundos. Vuelve a existir ahí, como tantas veces, un argumento inexplorado para una ficción, esa ficción que la muerte siempre merece. Y acaso ella misma decidió que cuando llegara su hora alguien colocase en la tumba los últimos versos de ese fragmento escrito por Brooke: Si muriese, piensa sólo esto de mí: / Que existe algún lugar en un sitio extranjero / Que es siempre Inglaterra. Toda la obra de Rupert Brooke, todo su esfuerzo literario, adquiere sentido cuando alguien que va a morir opta porque una parte de sus versos, libremente transcritos, adornen una tumba frente al mar.    

En otro cementerio de A Costa da Morte, hay un nicho en el que un muchacho, llamado Álvaro, es eternamente rememorado por su madre y por aquellos que nos aproximamos a su tumba, de esta forma: Cuando pases mírame / cuenta si puedes mis llagas / ay hijo qué mal me pagas / la sangre que derramé. Uno se pregunta quién ideó el poema, qué vate local, qué familiar aficionado a la poesía, decidió que semejante inscripción apurara en esos cuatro versos la biografía de una existencia adversa. De nuevo, subyace ahí un argumento inexplorado para una ficción. La vida nos suministra continuamente posibilidades para reinventar, para escribir. Para fijar la muerte en la memoria. O para retrasar el olvido.

Viajo por los cementerios de mi tierra, Mondoñedo, Carnota, Ézaro, Cee, por otros que tienen la hermosura de un paisaje que sólo parece existir en algunas novelas románticas, en alguna película, por los grandes cementerios de París, a la búsqueda de esos epitafios que le arrancan a uno una dosis de melancolía, de piedad, casi de ganas de intentar una oración que ya ha olvidado.

En Montparnasse, el viajero puede visitar las tumbas de Baudelaire, de Sartre y de Simone de Beauvoir, de César Vallejo, de Samuel Beckett, de los autonautas de la cosmopista, Carol Dunlop y Julio Cortázar: no hallará en ellas sino sus nombres y las fechas de nacimiento y muerte. Y el homenaje de quienes se aproximan a visitarlas: guijarros, flores, cigarrillos, fragmentos de papel donde se reproducen líneas de sus obras. Somos irremediablemente fetichistas. (Como la tumba de Franz Kafka en el cementerio de Praga, donde los aprendices de escritor, decimos algunas palabras en silencio o fotografiamos la portada de uno de nuestros libros sobre la osamenta de aquel que nos obliga a la agrafía porque poco más puede decirse del contrasentido de la existencia que lo que él dejó ya escrito. Lo mejor, en este caso, es abrir los ojos y sentirse un insecto. No volver a intentar una línea). Pero si uno, despreciando el plano que te dan en la entrada, se desvía al azar por un camino de grava de Montparnasse, se encontrará con la escultura de un pájaro abstracto de hierro y vidrio en una aparatosa tumba de pórfido donde alguien ha grabado en francés: A mi amigo Jean Jacques, pájaro que voló demasiado temprano. Todos emprendemos vuelo antes de tiempo, vivamos lo que vivamos: siempre queda algo por hacer: un amigo que descubrir, un libro que leer, una ciudad que visitar. Nunca se cumple de todo el circular proyecto de nuestra existencia. La longevidad no garantiza la sabiduría. Y uno se muere siempre antes de tiempo.

Quizá no sean los muertos anónimos quienes reclaman esa exuberancia de inscripciones sino los muertos prematuros que necesitan una dedicatoria que justifique la brevedad de su existencia. Christine Patricia, Asunción, Jean Jacques, Álvaro: todos fallecidos cuando la vida todavía estaba en deuda con ellos. Aunque lo juicioso sería pensar que somos nosotros quienes estamos en deuda permanente con la vida, ese regalo de los dioses.

En el cementerio de Père Lachaise se siguen muriendo silenciosamente Oscar Wilde y su ironía y Guillaume Apollinaire y sus caligramas y Jim Morrison y sus excesos entre restos de porros. La eternidad para Morrison debe de ser un colocón constante gracias a sus adeptos. Nadie trafica en el más allá. Que se sepa.

Otro camposanto en A Costa da Muerte. En él, un párroco, D. Juan Bautista Durán Insúa, que parece desconfiar de quienes lo sobrevivan (juiciosa desconfianza, por cierto; siempre son más peligrosos los vivos que los muertos, pese a las leyendas) advierte en la inscripción de su lápida: Deja prohibido tanto a herederos como a extraños el que en ningún tiempo usen y usurpen esta propiedad. Aviso similar al que el intelectual ourensano Ben Cho Shey, con más barroco estilo, escribe en vida para que lo perpetúen en su reposo del cementerio de San Francisco, ordenando que no se le hagan homenajes porque éstos, o se hacen en vida  aclara  o no se hacen nunca. En gallego: tarde piaches. En ese mismo cementerio donde yacen José Ángel Valente, Ramón Otero Pedrayo, José Luis López Cid, Eduardo Blanco Amor. Y tantos otros. En pocos espacios tan escuetos hay tal cantidad de huesos ilustres. En otros cementerios aparecen botellas permanentes a medio vaciar sobre tumbas de jóvenes, como perpetuando una existencia que transcurrió siempre en escenarios festivos, fotografías de la moto en la que alguien perdió la vida, eternas flores de plástico: trucos para soslayar o, cuando menos, para demorar el olvido.

Los territorios de la muerte son mucho más vastos que los de la vida porque, como sabiamente dejó consignado Italo Svevo, a diferencia de las demás enfermedades, la vida es siempre mortal. Los paseos por los cementerios nos deparan estas sorpresas que en ningún caso provocan hilaridad (hablo del enfático pájaro abstracto de Jean Jacques) sino conmiseración, pena, desconsuelo, a veces el sentimiento de que halagamos una vida gris (¿y cuál no lo es?) con frases y monumentos a veces grandilocuentes, a veces certeras, pero siempre innecesarias.

Lo escribió Jorge Luis Borges: No arriesgue el mármol temerario / gárrulas transgresiones al todopoderoso olvido. Y, sin embargo, contradiciéndose, el mismo Borges, allá en Ginebra, hizo esculpir en su tumba, la 735, una frase en anglosajón, última coquetería del viejo sabio y vanidoso, levemente vanidoso, que parece querer transmitirnos ese postrer destello de la enormidad de sus conocimientos: And ne forhtedon. Vale decir: no tengáis miedo. Jorge Luis Borges, como otros tantos artistas, intelectuales, escritores, eligió para descansar una patria ajena, lejos de su tierra. Acaso eso, sin más alharacas, sea el epitafio perfecto. Sin necesidad de palabras, de elogios, de recuerdos, de flores. Esas tres letras definitivas: R.I.P. Y, sin embargo, todo eso no es la muerte sino literatura acerca de la muerte.

PARÍS, FRANCIA

A S. L. C., con perdón.

Releyendo a Gerald Brenan (ese inglés que, como sucede con frecuencia, escribió algunos libros imprescindibles para que los españoles nos conozcamos a nosotros mismos un poco mejor, como El laberinto español Al sur de Granada), di con una frase de su libro Pensamientos en una estación seca, que el tiempo se encargó de rectificar (otra cosa que sucede con frecuencia). En ese volumen de aforismos, recuerdos, apuntes breves, sueños, lecturas  y anotaciones a vuela pluma, Brenan refleja lo siguiente: “Cuando uno dice Europa, quiere decir Francia. Los restantes pueblos del continente tienen cierto aire de provincianos. Francia es la norma”. Resulta evidente que en determinadas épocas de la historia, Francia fue el centro del mundo. Un país poderoso que nos ha provisto de políticos, revolucionarios, escritores, memorialistas, pintores, músicos, modistos, escultores, militares, filósofos y cineastas que crearon importantes corrientes de todo tipo y se fueron extendiendo por el resto del orbe, particularmente por Europa. Francia era el epicentro, el espejo donde nos mirábamos, el país al que había que imitar, al que era necesario viajar para ser cosmopolitas, descubrir las últimas tendencias de cualquier actividad que nos hacía más nobles y más sabios. París era asimismo el epítome de Francia y no hay nadie en el mundo que no haya repetido aquello de “siempre nos quedará París” aunque no sepa en qué coordenadas exactas incrustar la frase. Adorábamos a sus literatos, sus músicos, su bohemia, su elegancia, sus pintores, sus vinos porque todo cuanto provenía de París traía la etiqueta del refinamiento. Y aprendíamos francés, lo chapurreábamos con cierta gracia que desagradaba a los franceses. Quizá hasta finales del siglo pasado, París seguía siendo el modelo para cualquier ciudad: educada, cosmopolita, abierta a la recepción de quienquiera que huyese del agobio de otros países, un paraíso mundano, arquitectónicamente saludable. Hasta la torre Eiffel nos pareció hermosa y aprendimos a amar su descomunal estructura, la misma que a mediados del siglo pasado le hizo exclamar a un gallego que la vio por primera vez: “Vaya pedazo de grúa”. Francia, París, era la norma, la aspiración de cualquier país. La frase de Brenan me hizo derivar hacia otro libro recientemente leído, la magnífica novela Kaputt de Curzio Malaparte en la que consigna que para los alemanes en la II Guerra Mundial, “Viena no es más que un cariñoso apodo de Berlín”. Hoy, cuando el centro del mundo se ha desplazado o, más bien, cuando ya no existe uno sino varios centros del mundo, me temo que París no es más que una nostalgia o, parafraseando a Malaparte, no es sino el apelativo cariñoso de Nueva York, de Abu Dhabi, de Londres, de Shangai, de Berlín, de Tokio o de Pekín. Francia se ha convertido en la banlieue de la voraz Alemania, un viejo jardín de Estados Unidos, un parque temático de Japón, el extrarradio de Inglaterra, una ruinosa barriada de China, una joyería de Catar, como si el país entrara en un letargo o la gente pensara que los centros artísticos más importantes son otros, están en otro lugar, y uno viajase a París simplemente para constatar que existe, para seguir las huellas de Picasso, de Brassens, de Baudelaire, de Duras, de Vallejo, de Cortázar o de Sartre. A principios del siglo pasado todo el mundo, artistas, exiliados, vagabundos, bohemios y soñadores, acababan en París pero actualmente da la impresión de que se viaja a la capital francesa como quien se desplaza a un castro, a una catedral gótica, a un dolmen o un menhir, para cerciorarse de que existió una antigua civilización que creó esos monumentos pero que ya está extinguida y sólo subsiste como una referencia en la historia que queremos conocer antes de que desaparezca para siempre. Los afrancesados estamos de capa caída: habíamos pateado París hasta la extenuación, visitado sus museos y sus iglesias, sus barrios más ocultos, sus cementerios, ya casi ni nos interesaba la parte más turística de la ciudad, nos entendíamos medianamente con los parisinos, paladeábamos sus vinos y saboreábamos su gastronomía y de repente París se transforma en un espejismo, en un organismo enfermo y lo que realmente atrae hoy al que viaja son otras ciudades: ciudades de Estados Unidos, de Japón, de Suecia, de Alemania, de China, de Holanda, de Marruecos, de los Emiratos Árabes, de Australia: y nosotros con esos imanes verdes y negros con los nombres en blanco de las calles de París pegados en el frigorífico, me cago en todo. Hasta los autores que tanto nos gustaban (PerecMichonQueneau) han sido sustituidos por DeLillo Ballard Mo Yan Pynchon Cormack McCarthy y el francés chapurreado ya no nos sirve para nada más que para entender medianamente lo que cantan Jacques Brel Edith Piaf a quienes únicamente seguimos escuchando los afrancesados de mierda que nos quedamos más solos que la una con el diccionario Larousse en la estantería. En fin, quizá algún día el centro vuelva a confluir en París, Francia. Mientras tanto nos queda aquella frase que dijo no sé quién y que está exactamente en la frontera de la cursilería pero que repito ahora como un epitafio: “¿Hay algo más hermoso que París que no sea la nostalgia de París?” París, en resumen, bien vale un artículo aunque merecería algo mejor que éste.

CHARCKETT

Cuando una editorial francesa solicitó a varios autores la confección de guiones cinematográficos, Beckett fue uno de los que respondió afirmativamente y poco después tenía preparado un texto titulado Film; otros autores, entre ellos Robbe Grillet, jamás llegaron a entregar las páginas comprometidas. Beckett acostumbraba a supervisar todos los montajes de sus obras, donde quiera que tuviesen lugar, de forma casi maniática; sus conocimientos de francés, alemán e italiano, además de su idioma natural, el inglés, le permitían corregir la dicción y los gestos de los actores o dar indicaciones al director acerca de cómo debía desarrollarse una escena. ¿Fue casualidad que Beckett eligiera personalmente a Charles Chaplin para que protagonizara Film? Charlot ya era entonces un reconocido hombre de cine y le hicieron llegar el texto de Samuel Beckett; al poco tiempo, el agente de Chaplin respondió afirmando que “el señor Chaplin no lee nunca guiones”; la feliz réplica del representante del escritor irlandés resultó contundente e ingeniosa: “Ignorábamos que el señor Chaplin fuese analfabeto”. Cuando se filmó el guión, su protagonista fue Buster Keaton quien al final del rodaje confesó que no se había enterado de nada de lo que había grabado, cosa no insólita con las ficciones de un hermético Beckett cuya lectura requiere paciencia e intuición. ¿Por qué Samuel Beckett, cuyas obras en apariencia son hostiles, carentes de esperanza, nihilistas y abstrusas escogió a Chaplin para protagonizar Film? Los escritos del irlandés, si uno escarba en ellos cuidadosamente, encierran una buena dosis de humor que no conduce a la risa sino a la perplejidad y al absurdo, al desconcierto y a la melancolía; entre el cine mudo de entonces (Laurel y Hardy, Keaton, Chaplin) y algunos textos del premio Nobel existen abundantes concomitancias. Numerosos personajes de Beckett son mendigos como los protagonistas de bastantes películas de Charlot; ni unos ni otros tienen origen, procedencia o familia, salvo en algunas ocasiones, lejanas y vagas referencias a una madre muerta o ausente por parte de los personajes beckettianos. En ambos casos, los protagonistas carecen de esperanzas aunque en el de Charlot no es insólito que exista un final feliz en la aventura; en Chaplin parece consolidarse un heroico deseo de justicia a la que tal vez sean ajenos los personajes de Beckett. En los dos ejemplos, son personajes educados e indiferentes y el humor que subyace en las películas de uno y en los textos del otro, es una comicidad triste y amarga. Y existe otra complicidad entre los protagonistas de Charlot y los de Beckett: suelen tener tendencia a emplear objetos que parecen darles cierta personalidad y en algunas escenas hasta su razón de ser: bastones, paraguas, sombreros. Los mendigos de Chaplin y los desarraigados seres que pueblan casi toda la literatura de Samuel Beckett están unidos por una especie de destino común: son perdedores ambos (aunque, insisto, en el caso del cineasta, no es infrecuente que al final aparezca una especie de justicia universal que parece premiar la nobleza, la honradez, la inocencia o la bondad), vienen de no se sabe dónde, ignoramos su procedencia, están ahí, surgen desde ningún lugar y en el caso del escritor, cuando finalizan las ficciones, continúan en el mismo sitio, tal como llegaron, sin posibilidades de redimirse o de triunfar, de acomodarse a la vida siquiera, mientras que en el cine de Chaplin suelen esfumarse camino de ignoramos qué nuevo destino, después de haber solucionado algún tipo de problema que no les concierne pero en el que voluntariamente o involuntariamente se han metido, y se marchan con sus pasos breves, saltarines, mientras en la pantalla hay un fundido en negro que se cierra como el círculo que se va empequeñeciendo hasta hacerlos desaparecer. Ello nos indica que los protagonistas de Charlot (mejor sería decir el protagonista) va a proseguir su camino hacia otro lugar donde enderezará algún entuerto (hay una cierta similitud entre el personaje protagonista de Charlot y Alonso Quijano) en tanto los de Beckett, anclados en el fatalismo, permanecen en su mundo una vez que la historia concluye sin cerrarse, desafortunados, ajenos a cualquier atisbo de esperanza, conocedores del adverso destino al que están sujetos ellos y, quizá, todo el género humano. La comicidad de Chaplin y la comicidad de Beckett existen aunque sea más fácilmente identificable la del cineasta y más difícil de detectar la de Beckett pero si cuando escribió Film, el irlandés pensó de inmediato que el protagonista perfecto para dicho guión era Chaplin, el Chralot de las comedias, seguramente se debiese a que había detectado ese destino común que subyace entre unos personajes de la ficción narrativa y los del mundo cinematográfico de Charlot: todos ellos son supervivientes, a veces contra su voluntad.

Un día con Julio

EL AZAR

A finales de 2006, mientras paseaba por Santiago de Compostela, en la plaza de Mazarelos, entré, casualmente, en la iglesia de La Compañía. Uno va a Santiago a recorrer sus calles, visitar las tascas, demorarse en Bonaval, recordar viejos tiempos y sumergirse en el tráfago de turistas, pero, como si alguien me reclamase, atravesé el pórtico de la iglesia y me encontré con la formidable sorpresa. Viejo y empecinado admirador de Julio Cortázar, yo, que no acostumbro a visitar iglesias (salvo en caso de depresión lacerante, cuando los ansiolíticos no hacen el efecto condigno ni reforzados con ribeiro y uno rehúye la multitud y entonces sí, aquella tasca tan a mano o aquella catedral protectora), penetré para encontrarme, como si alguien me llamase o acudiese a una cita postergada por desidia, con una exposición dedicada al argentino. El retablo, los altares, el ábside, todo estaba solapado por la presencia de Cortázar: fotografías en París, en Buenos Aires, en Bruselas, en Galicia; con la trompeta entre sus grandes manos, o el desolado cigarrillo en la izquierda, su picuda caligrafía. Reproducían su voz de erres atormentadas, aparecían las primeras ediciones de sus obras, sonaba música de jazz que arrumbaba al gregoriano a un destino subalterno y Cristo era ese hombre alto, desgarbado, con el pertinaz aire de desorientación que parece aureolarlo y sólo faltaba un legionario que hundiera la lanza en el costado del escritor argentino. Un quiebro del azar me llevó hasta Julio Cortázar al que descubrí hace tantos años y que me descubrió otro modo de entender la literatura. Allí me refugié de todo y de todos, allí hablé en voz baja con él como quien reza porque cada cual tiene sus dioses aunque llegue un momento en la vida en el que renegamos de casi todas las deidades. Un milagro en una iglesia para quien no cree ni en milagros ni en iglesias. La Maga y Rocamadour, Lucas y Horacio Oliveira, Talita y Morelli eran los santos de esa religión agnóstica en la que uno desea acunarse para siempre: la palabra, las palabras, el evangelio según Julio Cortázar o algo así. A veces el azar es así de sorprendente: entras en una iglesia porque quieres oler el incienso y la soledad y te encuentras con Julio Cortázar y sales reconfortado y tiras los antidepresivos a la papelera más próxima, acudes a una taberna, pides un vaso de vino, enciendes un cigagho y aghastras las eghes por la garganta porque eres, sorprendentemente, feliz. O casi.