PARÍS, FRANCIA

por Chesi

A S. L. C., con perdón.

Releyendo a Gerald Brenan (ese inglés que, como sucede con frecuencia, escribió algunos libros imprescindibles para que los españoles nos conozcamos a nosotros mismos un poco mejor, como El laberinto español Al sur de Granada), di con una frase de su libro Pensamientos en una estación seca, que el tiempo se encargó de rectificar (otra cosa que sucede con frecuencia). En ese volumen de aforismos, recuerdos, apuntes breves, sueños, lecturas  y anotaciones a vuela pluma, Brenan refleja lo siguiente: “Cuando uno dice Europa, quiere decir Francia. Los restantes pueblos del continente tienen cierto aire de provincianos. Francia es la norma”. Resulta evidente que en determinadas épocas de la historia, Francia fue el centro del mundo. Un país poderoso que nos ha provisto de políticos, revolucionarios, escritores, memorialistas, pintores, músicos, modistos, escultores, militares, filósofos y cineastas que crearon importantes corrientes de todo tipo y se fueron extendiendo por el resto del orbe, particularmente por Europa. Francia era el epicentro, el espejo donde nos mirábamos, el país al que había que imitar, al que era necesario viajar para ser cosmopolitas, descubrir las últimas tendencias de cualquier actividad que nos hacía más nobles y más sabios. París era asimismo el epítome de Francia y no hay nadie en el mundo que no haya repetido aquello de “siempre nos quedará París” aunque no sepa en qué coordenadas exactas incrustar la frase. Adorábamos a sus literatos, sus músicos, su bohemia, su elegancia, sus pintores, sus vinos porque todo cuanto provenía de París traía la etiqueta del refinamiento. Y aprendíamos francés, lo chapurreábamos con cierta gracia que desagradaba a los franceses. Quizá hasta finales del siglo pasado, París seguía siendo el modelo para cualquier ciudad: educada, cosmopolita, abierta a la recepción de quienquiera que huyese del agobio de otros países, un paraíso mundano, arquitectónicamente saludable. Hasta la torre Eiffel nos pareció hermosa y aprendimos a amar su descomunal estructura, la misma que a mediados del siglo pasado le hizo exclamar a un gallego que la vio por primera vez: “Vaya pedazo de grúa”. Francia, París, era la norma, la aspiración de cualquier país. La frase de Brenan me hizo derivar hacia otro libro recientemente leído, la magnífica novela Kaputt de Curzio Malaparte en la que consigna que para los alemanes en la II Guerra Mundial, “Viena no es más que un cariñoso apodo de Berlín”. Hoy, cuando el centro del mundo se ha desplazado o, más bien, cuando ya no existe uno sino varios centros del mundo, me temo que París no es más que una nostalgia o, parafraseando a Malaparte, no es sino el apelativo cariñoso de Nueva York, de Abu Dhabi, de Londres, de Shangai, de Berlín, de Tokio o de Pekín. Francia se ha convertido en la banlieue de la voraz Alemania, un viejo jardín de Estados Unidos, un parque temático de Japón, el extrarradio de Inglaterra, una ruinosa barriada de China, una joyería de Catar, como si el país entrara en un letargo o la gente pensara que los centros artísticos más importantes son otros, están en otro lugar, y uno viajase a París simplemente para constatar que existe, para seguir las huellas de Picasso, de Brassens, de Baudelaire, de Duras, de Vallejo, de Cortázar o de Sartre. A principios del siglo pasado todo el mundo, artistas, exiliados, vagabundos, bohemios y soñadores, acababan en París pero actualmente da la impresión de que se viaja a la capital francesa como quien se desplaza a un castro, a una catedral gótica, a un dolmen o un menhir, para cerciorarse de que existió una antigua civilización que creó esos monumentos pero que ya está extinguida y sólo subsiste como una referencia en la historia que queremos conocer antes de que desaparezca para siempre. Los afrancesados estamos de capa caída: habíamos pateado París hasta la extenuación, visitado sus museos y sus iglesias, sus barrios más ocultos, sus cementerios, ya casi ni nos interesaba la parte más turística de la ciudad, nos entendíamos medianamente con los parisinos, paladeábamos sus vinos y saboreábamos su gastronomía y de repente París se transforma en un espejismo, en un organismo enfermo y lo que realmente atrae hoy al que viaja son otras ciudades: ciudades de Estados Unidos, de Japón, de Suecia, de Alemania, de China, de Holanda, de Marruecos, de los Emiratos Árabes, de Australia: y nosotros con esos imanes verdes y negros con los nombres en blanco de las calles de París pegados en el frigorífico, me cago en todo. Hasta los autores que tanto nos gustaban (PerecMichonQueneau) han sido sustituidos por DeLillo Ballard Mo Yan Pynchon Cormack McCarthy y el francés chapurreado ya no nos sirve para nada más que para entender medianamente lo que cantan Jacques Brel Edith Piaf a quienes únicamente seguimos escuchando los afrancesados de mierda que nos quedamos más solos que la una con el diccionario Larousse en la estantería. En fin, quizá algún día el centro vuelva a confluir en París, Francia. Mientras tanto nos queda aquella frase que dijo no sé quién y que está exactamente en la frontera de la cursilería pero que repito ahora como un epitafio: “¿Hay algo más hermoso que París que no sea la nostalgia de París?” París, en resumen, bien vale un artículo aunque merecería algo mejor que éste.

Anuncios