LA MUERTE DE UN ESCRITOR

por Chesi

Murió José Emilio Pacheco que, entre otros incontables premios, obtuvo el Cervantes en el año 2009 y pese a ello, pese a ese aluvión de galardones, pasó por el mundo literario con una humildad que choca con la miseria de muchos otros que obtuvieron menos premios y dejaron una literatura intrascendente y deletérea. Hay autores que pasan de ese modo por la vida, silenciosamente, sin alharacas, sin darle importancia a lo que escriben o dándole una importancia meramente personal. Pienso en Rulfo, por ejemplo, en Onetti, en Carmen Martín Gaite, en Gonzalo Hidalgo Bayal, en Javier Pastor, en otros tantos que sería innecesario nombrar. Con frecuencia nos encontramos en el campo literario con nombres que pelearon hasta la indignidad por hallar un sitio en las antologías y en los tratados. Pacheco obtuvo lo que obtuvo sin más, por merecimientos propios, sin llamar a ninguna puerta, sin humillarse ante nadie, sin ejercer de turiferario frente a políticos o intelectuales. En ocasiones, el éxito (si en el arte la palabra éxito tiene algún sentido) llega de esa forma, inesperadamente, por cuestión exclusiva de talento. Pacheco escribió: No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos, dijo este hombre, narrador, ensayista, traductor, poeta y que pasó casi de una forma inadvertida por los salones egregios y rimbombantes de la literatura, como ese invitado que se cuela por error en una fiesta a la que no ha sido invitado y abandona el escenario al comprender que está de más allí, que ése no es su sitio. Hay literatos que son como efectos visuales de una película o fuegos artificiales de una mascletá; literatos cuya figura, cuyo personaje, edulcora la calidad de sus textos. Escribí en su día, y ello me ha reportado insultos, descalificaciones y desencuentros, que en el ámbito literario existen (existieron) personajes que estaban muy por encima del valor intrínseco de su obra: cité nombres y me parece hoy una descortesía abundar en algunos de ellos. Independientemente de que algunas de sus obras sean brillantes, el personaje ensombrecía la calidad del autor. Alguien como Echegaray, un dramaturgo de segunda línea, acaparó un premio Nobel de Literatura, premio que recayó asimismo en Churchill. Creo recordar que un premio Pulitzer adorna la biografía de un tal John Fitzgerald Kennedy. Tanta digresión para acceder de nuevo a José Emilio Pacheco que, curiosamente, muere un catorce de enero de 2014, dos días más tarde del fallecimiento, en 1984, de Julio Cortázar, así que febrero, como abril, es un mes inmensamente cruel para la literatura. Hay un par de versos estremecedores de Pacheco, de esos que personalmente descomponen una biografía (la mía en particular): Ya somos todo aquello / contra lo que luchábamos a los veinte años. Cuando creíamos en algo, erróneo o no, cuando creíamos (perdón por el plural: cuando creía) que yo nunca podría ser aquello que tanto detestaba, que jamás incurriría en los errores (o lo que consideraba errores) de mis antepasados, resulta que estamos (perdón otra vez: estoy) ahí, en ese fango miserable del que descreí toda mi vida. Uno siempre conjuga el verbo equivocarse en tiempo pasado, siempre estuvo equivocado ayer y cuando la vida transcurre y nos parecemos peligrosamente a aquello contra lo que peleábamos hace veinte años, es, nos decimos, nos consolamos así, porque hemos sabido adaptarnos a la realidad de la vida y los sueños de entonces no fueron sino quimeras infantiles que hay que dejar atrás para ser hombres, para ser adultos, ese lastre que nos impedía avanzar aunque no supiésemos bien hacia donde. Una justificación a destiempo. No importa que la flecha no alcance el blanco / Mejor así / No capturar ninguna presa / No hacer daño a nadie: es la simple y feliz filosofía de Pacheco, la forma de mejorar el mundo, de hacerlo  más llevadero. Hay personas, y él era una de ellas, que nos hacen más decente ese complicado asunto de vivir, de entendernos con los demás, de descubrir lo que Seifert denominaba “toda la belleza del mundo”.  No me deja pasar el guardia. / He traspasado el límite de edad. / Provengo de un país / que ya no existe. / Mis papeles no están en orden. / Me falta un sello. / Necesito otra firma. / No hablo el idioma. / No tengo cuenta en el banco. / Reprobé el examen de admisión. /Cancelaron mi puesto en la gran fábrica. / Me desemplearon hoy y para siempre. / Carezco por completo de influencias. / Llevo aquí en este mundo largo tiempo. / Y nuestros amos dicen que ya es hora / de callarme y hundirme en la basura. Ahí está el sentido vigente de su literatura, de su poesía, su vinculación con los problemas que acucian a tantos seres humanos: ese momento trascendental en el que un poema, unos versos, sirven de consuelo, de grito contra lo establecido, tan lejos, como dije antes, de una mera artesanía de salón. Hay poetas necesarios, hay otros prescindibles; hay poemas necesarios y poemas prescindibles. Muchos de los poemas de José Emilio Pacheco son imprescindibles, como compañía, como consuelo y como guía. Que personas así no nos falten nunca. La vida es mucho mejor con ellos, con sus palabras. Pertenecen a esa estirpe machadiana de buenas gentes que viven , laboran, pasan y sueñan y en un día, como tantos, ya se sabe. 

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