El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: febrero, 2014

MONDOÑEDO

Para Antonio Meilán, mindoniense.

El viajero, después de algunos días de recorrido por Galicia, entra en Mondoñedo. Como casi siempre, independientemente de la estación del año, la ciudad está gris y en el aire hay una suspensión de gotas imperceptibles que contradicen la rotundidad de un mes de mayo soleado que, con las lluvias precedentes, muestra el esplendor de los alrededores y otorgan a Mondoñedo la categoría fantasmal de una vieja película o de una ficción.  El viajero, que no ha leído a Cunqueiro, está en Mondoñedo pero no sabe que está en Mondoñedo o, más bien, no sabe dónde se ha metido. Cualquier lector de don Álvaro sabe que cuando arriba a Mondoñedo accede a otro mundo, a una especie de libro descatalogado donde todo puede suceder. El inocente viajero se sienta en la terraza de un bar y mira a su alrededor: mira y ve el cantón y la catedral, la estatua de un escritor que observa desde la plaza el monte de Silva, las callejas que divergen desde el centro urbano, los habitantes de la ciudad que transitan con una tranquilidad que ya apenas uno puede apreciar en el resto de las ciudades gallegas. Si se detuviese a escuchar, oiría el viento y el chorro de Fonte Vella, el alboroto del caudal del Masma, el aleteo de los murciélagos en las cuevas do Rei Cintolo, el agua que discurre por el barrio de Los Molinos y con un poco de imaginación, escucharía el tecleo de la máquina de escribir de Cunqueiro pergeñando algún artículo, algún poema, algún cuento en el chiscón frente a la arquitectura catedralicia. Pero al viajero le urge la sed y cuando la camarera sale a preguntar qué desea, pide una cerveza y mientras aguarda enciende un cigarrillo. Aunque no haya leído a don Álvaro, al caminante le da la impresión de que acaba de acceder a otra época, a un viejo diccionario, al anal de un siglo remoto.  Los montes de los alrededores se encienden de verdes esplendorosos, de brillantes amarillos. De repente, como si llegase desde muy lejos, como si el eco viniese arrastrado desde otro país o desde otro tiempo, el que saborea la cerveza ve pasar muy lentamente, apoyado en un enorme bastón que parece un báculo, a una persona de edad avanzada que camina con lentitud de quelonio y va vestido con un hábito talar azul salpicado de minúsculas estrellas y lunas en distintas fases y que adorna la cabeza con un capirote que tiene los mismos símbolos que el faldón. El extraño avanza mirando al suelo, como si el tiempo hubiese abatido definitivamente la arrogancia de una edad en la que caminaba erguido, con altivez, con la certeza de ser alguien importante y el viajero tiene esa misma impresión: que aquel personaje debió de ser alguien singular y que una vez perdida esa singularidad, se ha convertido en una sombra fantasmal y errabunda. Sin embargo, otras dudas asaltan al viajero: ¿No será un loco? ¿Dónde demonios me he metido yo? Bebe tranquilamente su cerveza y observa al extravagante que poco a poco se pierde al doblar la esquina de una calle que probablemente conduzca ‑piensa el viajero‑ a un ayer oscuro y remoto. Cuando termina la consumición, el viajero le hace un gesto a la camarera que sale a cobrar y aprovecha para preguntarle a la mujer si ha visto pasar a un hombre disfrazado de brujo. Ella asiente sin darle mayor trascendencia a la fugaz aparición; el viajero insiste y quiere saber quién es el personaje. La mujer responde que el mago Merlín y el viajero, que no leyó a don Álvaro, sí conoce algo de la saga artúrica y le comenta a la camarera que el mago Merlín vivía en otros países. Era inglés, llega a decirle el viajero. Y la mujer se limita a responder que ela descoñece se o mago Merlín é inglés ou de onde queira que sexa pero que o que ven de pasar por diante do bar, é o mago Merlín que leva toda a vida en Mondoñedo. Y entra al establecimiento. El viajero mueve la cabeza y empieza considerar que no sólo el mago Merlín sino todos los habitantes de Mondoñedo están locos. Siente la perenne humedad de la ciudad donde escribía Cunqueiro, el murmullo del río Masma, el aleteo de los murciélagos en las cuevas do Rei Cintolo, el sonido de las campanas de la catedral, el perfume del monte de Silva y, sorprendido, percibe el ligerísimo roce de la página de un libro que acaba de voltear alguien en algún lugar y, sin saberlo, el viajero ha pasado a ser un personaje de Álvaro Cunqueiro, ese escritor al que no ha leído y de cuyo imaginario ya forma parte, como el mago Merlín, la Fonte Vella, los Molinos, el puente del Pasatempo, la cabeza de Pardo de Cela que rebota en las lajas del cantón y la misma ciudad de Mondoñedo que dejará de existir, como ya se dijo, el día en el que en el mundo nadie abra un libro de Álvaro Cunqueiro. El viajero se levanta y se va camino del coche pero su sombra inexistente sigue los pasos del mago Merlín, hacia otro tiempo, hacia otro destino.

VIAJES IMAGINADOS

En 1983, un año después de conseguir el Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez viajó de incógnito a Galicia; de aquella estancia, tutelada por la discreción de Domingo García-Sabell (probablemente nadie como el entonces Delegado del Gobierno para acompañar al colombiano por Galicia) queda un artículo publicado en el diario El País en el que García Márquez cita, particularmente, la gastronomía gallega; cierto que no oculta su admiración por Santiago de Compostela, la arquitectura, la pátina increíble que la lluvia otorga a las piedras florecidas de nuestra capital. Habla en dicho artículo de la ría de Vigo y de la de Arosa (sic), de la plaza de Cambados, de la isla de La Toja (sic) y evoca un antiguo encuentro con Álvaro Cunqueiro en Barcelona en el que el mindoniense disertó, cómo no, acerca de la comida de Galicia, “y sus descripciones eran tan deslumbrantes que me parecieron delirios de gallego”, decía Márquez. No resulta complicado imaginar a Álvaro y a Gabo frente a frente, posiblemente consumiendo algunas botellas de vino, enzarzados en el regocijo de las pitanzas y dejando de lado la literatura y sus miserias. En los escasos encuentros de escritores a los que me ha tocado asistir, siempre se crearon dos bandos contrapuestos: por un lado aquellos que una vez dictada la conferencia o finalizado el debate o concluido el coloquio, se reunían a cenar y dejaban colgada en el perchero su piel de escritores: hablaban de cuestiones cotidianas, del vino que se bebía, de los deportes que más les gustaban, de las nimiedades habituales de la existencia; por otro, aquellos que, tramitadas las imposiciones propias de dichos encuentros literarios, se buscaban en una esquina de la mesa y continuaban hablando de libros, de los que habían leído, de los publicados, de los otros en los que trabajaban, de las reseñas que atesoraban acerca de sus obras, de sus proyectos, de sus egos que se extendían sobre el mantel como una copa de vino derramada. Perezoso, siempre me senté en el lado de la mesa en la que se agrupaban los primeros, los que sabían que cuando finalizan los actos oficiales inherentes a tales celebraciones, se cuelga en el perchero el abrigo, el paraguas y la piel de escritor. Pero volvamos a Álvaro Cunqueiro y a García Márquez, a la orilla del Mediterráneo, contándose anécdotas (con frecuencia inventadas, supongo) de sus respectivas nacionalidades, especialmente de sus gastronomías y siendo conscientes, o no, de que están relatándose los entresijos de aquello que se dio en llamar “realismo mágico” y que no era sino una forma de ver la existencia marcada por sus orígenes, el caribeño de García Márquez, el gallego de Cunqueiro que, en el fondo, son el anverso y el reverso de la misma moneda. No se puede desterrar la idea de una línea de consanguinidad que enlace a Juan Rulfo con Valle Inclán, a Márquez con Cunqueiro, a Torrente con Alejo Carpentier. Algunas ficciones de Gabriel García Márquez bien pudieran tener a Galicia como escenario; y bastantes argumentos de Cunqueiro podrían transcurrir en la geografía de Colombia. Galicia debería ser una isla que pudiéramos trasladar al Caribe, como un arbusto trasplantado, y colocarla cerca de Cuba y de Puerto Rico y de Jamaica. En aquel artículo Márquez escribe: “Llovía en la ciudad, llovía en los campos intensos, llovía en el paraíso lacustre…” y al leer ese texto recientemente, recordé un libro breve de García Márquez titulado Isabel viendo llover sobre Macondo que constituía un capítulo de Cien años de soledad que el autor había desechado y que su editor rescató de la papelera y publicó en forma de relato independiente. Es otra de las ventajas del papel, cada día más exiliado del mundo literario, sobre la informática: si Márquez hubiese rechazado tal texto para la novela en su ordenador, ese cuento maravilloso no se hubiera recuperado jamás. Como escribí antes, Domingo García‑Sabell ejerció de cicerone para Gabriel García Márquez durante su breve estancia clandestina en Galicia y dejó testimonio en otro artículo publicado en El País y titulado, si no me equivoco, Gabo, viendo llover en Compostela, por lo que deduzco que García‑Sabell había leído (qué no habría leído Domingo García-Sabell) dicho capítulo desechado por García Márquez para Cien años de soledad que cité anteriormente. Ahí tienen ustedes al fácilmente reconocible Gabo, un autor adorado por la crítica y por el público, que desea expresamente viajar de incógnito por Galicia y entra en sus bares, se asoma a sus playas, se admira de la plaza del Obradoiro, a la que compara con la de Siena, a su parecer la más bella del mundo. Y en el artículo de García-Sabell hay un párrafo que merece la pena repetir y que viene a cuento con respecto a lo ya dicho acerca de las conversaciones no literarias entre Gabo y Álvaro. Escribe Domingo García-Sabell: “Nada hablamos de literatura ‑Gabo no es un literato‑. Nada hablamos de eso, a Dios gracias”, lo cual humaniza a Gabriel García Márquez, de inmediato lo deslinda del torpe ejército de escritores que se levantan, viven, se acuestan con la piel de escritor bien ceñida al cuerpo. García Márquez pasó tres días en Galicia hablando de la piedra en la que crecía el musgo, de las comidas, de las islas, de sus mares y García-Sabell comenta en su artículo que ese viaje a Galicia quizá algún día “nos dará, en espléndidas páginas literarias, el resultado de tantas y tantas emociones por Gabo experimentadas.” Sin embargo, yo pienso que García Márquez ya nos había entregado esas páginas previamente, que en sus buenos libros (Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la Mamá Grande y otros) estaban ya las páginas que García-Sabell aguardaba en el porvenir. Porque en ese futuro de García Márquez, éste entregó los textos a mi entender menos brillantes de un autor de enorme talento que nació en Aracataca, sí, pero pocas cosas hubieran cambiado de haber nacido en Mondoñedo, por ejemplo.

NOTA: Este artículo  surgió tras la lectura de otro aparecido en la separata El sábado (Faro de Vigo), el 13 de julio de 2013, titulado “La abuela gallega de García Márquez” y cuyo autor es Ceferino De Blas, a quien agradezco la información contenida en su texto. 

EL RETORNO

A M. C.‑ C.

Eliges cuidadosamente ese bar silencioso y vacío al que acudiste varias veces para saber si es el lugar tranquilo en el que uno puede acogerse para leer o pensar en sus cosas o simplemente perder el tiempo a solas. Te gusta. Te gustan su silencio y su casi inexistente clientela que más temprano que tarde lo condenarán al cierre o al traspaso. Tiene una vieja barra de latón, un reloj parado con la publicidad de un alcohol que ya no se comercializa, un calendario del año 1963 y una enorme fotografía enmarcada del Celta de Vigo de la temporada 1970‑1971 con los nombres de los jugadores. Gost, Manolo, Hidalgo, Isabelo, Costas, Lezcano, Almagro, Juan, Jiménez, Rivera y Rodilla. El bar carece de televisión y solo de vez en cuando una máquina tragaperras habla como si fuese un oráculo: Decídete a buscar el tesoro. Es un local de otra época y eres capaz de imaginar ajadas partidas de julepe, de dominó, de subastado; los fantasmas de aquellos clientes remotos que juegan sin hablar, por un momento se materializan en tu memoria impostada. Imaginas que un escritor de escaso mérito y cierta consideración provinciana, pergeñó en la mesa de la esquina algún artículo, algún poema, algún cuento. Te sientas a la mesa, abres el libro que trajiste y comienzas a leer, bajo el aroma de un café que misteriosamente te consuela. El encargado se aburre en la barra y a veces busca una ocupación intrascendente e innecesaria: pasar una bayeta por el latón, colocar las botellas, lustrar el vidrio de las copas. Hay una imagen de un santo que no reconoces al lado de la cafetera. Donde está usted ‑dice‑ se sentaba siempre a escribir el director del periódico ‑y añade el nombre del diario y el del director. Asientes con la cabeza y sonríes agradeciendo la información superflua. El siseo de un ventilador adormece el local en el que zumban algunas moscas que, piensas, pudieran ser descendientes de aquellas que molestaron a aquel escritor de cierta consideración provinciana, muerto hace más de dos décadas y que un día de julio de 1986 entró en este mismo bar y pidió un carajillo a este mismo encargado que aún no era ni viejo ni viudo y que ahora barre el suelo de madera en el que yacen servilletas de papel, huesos de aceitunas y el cadáver de una cucaracha; aquel escritor con los dedos índice y medio de la mano derecha manchados de nicotina que nunca había salido de la ciudad provinciana que lo proveyó de un lábil prestigio y una antojadiza consideración, bebió parsimoniosamente el carajillo, extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un folio y un bolígrafo, miró a su alrededor: vio la máquina tragaperras, el reloj con la publicidad de un coñac que ya no está a la venta; vio el calendario de 1963 con la imagen de dos caballos trotando por una playa; vio la fotografía del equipo de fútbol del Celta de Vigo de la temporada 1970‑1971; vio el reflejo de las luces en la barra de latón, el ventilador que giraba lento emitiendo un bisbiseo beato, vio la luz del sol de junio entrar por la ventana y encorvándose sobre el folio, envuelto en el denso humo del cigarrillo, cogió el bolígrafo con decisión y comenzó a escribir un artículo para el periódico local y el texto era exactamente el mismo que tú estás escribiendo ahora, veintisiete años más tarde, porque aquel escritor provinciano ya fallecido acaba de caligrafiar las primeras líneas de su artículo que dicen Eliges cuidadosamente ese bar silencioso y vacío al que acudiste varias veces para saber si es el lugar tranquilo en el que uno puede acogerse para leer o pensar en sus cosas o simplemente perder el tiempo a solas. Te gusta. Te gustan su silencio y su casi inexistente clientela que más temprano que tarde lo condenarán al cierre o al traspaso…

ESCATOLOGÍA

Partiendo de un lábil principio como es que exista un merengue con el nombre de España, podemos afirmar que el santoral de los españoles radica en el tránsito intestinal. La santidad dura lo que los alimentos tardan en entrar por la boca y ser excretados por el ano. La santidad es fugaz, como un meteorito. Vamos a dejar aparte el sacratísimo nombre de combinados como el San Francisco, el sabor de un ribeiro metafísico como Sanclodio, el sabor vasto de un tintorro San Simón, licores como Fra Angélico, las cervezas trapenses y otros alcoholes similares que pertenecen a las deletéreas recetas de los monjes o platos como el San Honoré para centrarnos en la repostería, que es donde aflora lo celestial con mayor énfasis; pero antes quizá convenga traer a colación una cita de Juan Filloy, uno de los más singulares escritores argentinos, que tuvo una vida inusualmente longeva (1894‑2004), publicando siempre en ediciones de autor y urdiendo títulos que invariablemente se componían de siete letras: Op Oloop,  BalumbaSicigiaVil y vilYo, yo y yo y Witness son los títulos de algunos de esos libros entre los treinta y tantos que se costeó de sus nada deshabitados bolsillos. En una novela sorprendente, como casi todas las suyas, Caterva, una ficción extraordinaria, Juan Filloy dice lo siguiente: “Son golosos de dulces y patisserie casi todos los que no abastecen sus deseos sexuales. Las muchachas casaderas, las solteronas, las monjas, se atragantan de bombones, budines, pasteles y otros sustitutivos. La gula de las beatas, la angurria de los sacristanes y chupacirios, la bulimia de los cartujos y mercedarios son proverbiales. La fama reposteril y destilera que ostentan como productores de masas, postres y licores, más que fama es el coeficiente del apetito carnal postergado en la avidez, el onanismo y la perversión. Es empalagosa, pero cierta, la conexión profunda del almíbar y el sexo.” La cita queda para el análisis de expertos, tanto en santidad como en repostería sin desmerecer a los sexólogos. Allá cada cual con sus gustos, pero personalmente estoy de acuerdo con que los postres son una exageración innecesaria al final de las comidas y acaso entre horas ayuden a vivir, acompañados, probablemente, con alguno de esos licores con los que las manos generosas de las distintas órdenes religiosas nos agasajan, que suelen tender hacia lo dulzón y empalagoso, esas copas de la viudedad que bebía una señora del siglo XIX como si fuese un cordial o un hombre a media tarde después de una partida en el casino. Mujeres y hombres solitarios y posiblemente aburridos. Es irrefutable que, con frecuencia, cuando nos referimos a algo que comimos y que nos satisfizo empleamos la expresión “bocado de cardenal”, italianizándola, o la masculina “teta de novicia”, manjar que, sospecho, no muchos habrán catado excepción hecha de don Juan TenorioGiacomo Casanova y, barrunto, Juan Carlos I que no le hace ascos a nada, sagrado o profano. En la repostería es donde el santoral se inmiscuye sin contemplaciones, arrasando los postres, bautizándolos con referencias a quienes han alcanzado el estado supremo que otorga la divinidad una vez realizados los trámites terrenales que pueden ser largos o breves, fundamentados o no, como queda patente en el aluvión de santos con que Juan Pablo II (en una entrevista concedida a El PaísFernando Vallejo, el gran escritor colombiano, dice, entre otras perlas, que “entre beatificados y canonizados infló el santoral en 4.000”, refiriéndose al Papa citado, y previamente que “[la mano derecha de Juan Pablo II, aludiendo a tan vasta capacidad de santificar a diestro y siniestro] parecía más una manguera loca que una mano pegada al brazo de un cristiano”, afirmación con la que respetuosamente estoy de acuerdo) nos gratificó, que hubo que hacer hornacinas urgentes en todas las iglesias y compartir los días del año para que disfrutaran ex aequo de tal privilegio más de un elegido: es tanta la mies que hay que poner en faena a los celestes habitantes, sin contrato laboral y con sueldos irrisorios. Los santos no suelen hacer reclamaciones ni manifestaciones ni huelgas. Echando un vistazo ligero a internet, uno se encuentra con postres que tienen esta denominación santurrona: Rosquillas de san Blas, pasteles de santa Eva, tetas de monja (sic) ‑otro plato sólo al alcance de paladares osados y seductores‑, lenguas de obispo (a saber qué demonios va ahí dentro), huesos de santo (pura necrofagia), tocinillo de cielo (un nombre cursi como el título de una canción de Bisbal), huesos de san Froilán, yemas de san Leandro, rosquillas de santa Beatriz, orejuelas de san Carlos, rosco de san Antonio Abad. Queda por citar un prolijo etcétera en el que uno no incurre para que no se le haga la boca agua (bendita, por supuesto). La colonización de la repostería por parte de las monjas es un hecho irrefutable. Menos mal que se reducen a ese aspecto porque si Jeanne‑Paule Marie Deckers, más conocida como Hermana Sonrisa, hubiese creado escuela con su canción de 1963, aquella que decía  Dominique-nique-nique s’en allait tout simplement / routier pauvre et chantant / en tous chemins en tous lieux  il ne parl’que du Bon Dieu / Il ne parl’que du Bon Dieu, que debe de ser el himno del cielo o una prognosis dedicada a Dominique Strauss‑Kahn, a estas horas Lady Gaga, si no lo hizo ya, aparecería en el escenario con toca y hábito talar. Afortunadamente la cosa no pasó a mayores y sólo fue un susto aunque en el merengue llamado España, unos años después, apareció María Ostiz (un pueblo es, un pueblo es un pueblo es, aunque admito mi debilidad por Yo me vi rodeando el mundo yo me vi rodeando el mundo: era repetitiva en las letras, sor María, y al escucharla, no sabes cómo sufrí) que era lo mismo que Sor Sonrisa o Hermana Sonrisa pero vestida de calle. Y heroicamente resistimos a aquella patulea estadounidense que se llamaba Viva la gente (“la hay donde quiera que vas”: extenuado debió de quedar el letrista tras tan sesuda reflexión demográfica) y que preguntaba cosas como de qué color es la piel de Dios que ya son ganas de tocar las tetas de monja o los huevos de san Froilán. Queda aclarada, pues, la colonización gradual e incruenta de la cocina religiosa, sección repostería, por parte de sonrientes monjitas: al menos, en público, muestran siempre un rictus de tal beatitud que uno no se lo cree, como la promesa de un político. Pero volviendo al inicio (y disculpen la digresión) de este artículo, siempre me pregunté por qué un país que consume delicias con nombres de santos, a la hora de cagar invoca a esos mismos santos; o sea, por la boca entra el santoral y después, en las charlas, en las tertulias, en los enfados, cuando nos machacamos los dedos colgando un cuadro, cuando nos deja tirados en coche en la carretera, cuando algo nimio se nos tuerce, cuando nos va mal un negocio, lo que hacemos es excretar aquello que nos alimentó. El merengue español, el merengue español mayoritariamente masculino, es blasfemo y salvaje: comemos como monjas y defecamos como herejes. Por lo cual, aquel tocinillo de cielo que paladeamos con delectación, se va degradando a medida que inicia el tránsito intestinal y una vez depositado en el recipiente ad hoc, nos insufla la suficiente altanería desvergonzada y brutal, para cagarnos en la mismísima corte celestial que nos proveyó de tales exquisiteces. No hay Dios que entienda a los españoles. No sé si en psiquiatría eso es lo que se denomina bipolaridad o que, sencillamente, somos así de bestias. Gracias a Dios, claro.

Germán y los libros

A Germán Sierra

Germán Sierra es un escritor coruñés que imparte clases de Bioquímica en la universidad de Santiago, investigador en el área de la neurociencia y autor de varios libros entre los cuales pude disfrutar de La felicidad no da el dinero, Efectos secundarios, Intente usar otras palabras, Alto voltaje y Standards. Enfáticamente afirmo que todos ellos son excelentes. Como los intereses de Germán son múltiples, recomiendo una visita a su página web, en la que escribe acerca de ciencia, de literatura y de otros asuntos de importancia. Hecha la semblanza, sucinta, de Germán Sierra, leí recientemente una entrevista que le hicieron en la revista El Duende que se titulaba, creo recordar, Del papel al mando, en la que se le preguntaba a Sierra acerca del mundo de los videojuegos y su relación con la literatura. Una de las preguntas era la siguiente:

Hablando de Farenheit 451, ¿crees que algún día desaparecerán los libros y se impondrán los videojuegos?

La respuesta de Germán Sierra Paredes fue la siguiente: “En absoluto. Los medios no se sustituyen unos a otros. Ciertas tecnologías de reproducción pueden desaparecer, o volverse obsoletas o minoritarias, pero los libros seguirán siendo libros, en papel, en una pantalla o en cualquier otro tipo de soporte.”

Estando absolutamente de acuerdo con las apreciaciones que el escritor coruñés hace a lo largo de la entrevista, sobre todo en asuntos en los que Sierra es un experto y yo un cavernícola (los diez años que nos separan son una eternidad en mi caso), sus palabras “pero los libros seguirán siendo libros, en papel, en una pantalla o en cualquier tipo de soporte”, han alimentado esa certeza que tengo de que un día los libros desaparecerán en su formato de papel y ello, a este escribidor aferrado aún a reglas caducas, le inflige una cierta melancolía. Qué quieren que les diga: el día en el que uno no pueda entrar en una librería y hojear los volúmenes, particularmente habré perdido algo; el día en que no pueda oler la tinta del papel habré perdido algo y el día en que ya no se escuche el roce de una página al ser pasada habré perdido algo. Y habré perdido algo cuando no adquiera un ejemplar de segunda mano que tiene el ex libris de alguien que lo poseyó en otro tiempo. Y ese algo será para mí irreparable. Sé que no es un punto de vista realista pero a estas alturas estoy hecho a esos pequeños placeres, al ruido de la página al pasarla, al olor del papel recién impreso, a coger un bolígrafo y anotar en los márgenes algunas ideas que me surgen mientras voy leyendo, apuntar palabras cuyo significado desconozco o subrayar frases que me llaman la atención. Aunque no dispondré de tiempo ni de voluntad para hacerlo, a veces tengo la tentación de coger uno a uno los libros que poseo e ir anotando las frases que subrayé en ellos porque han conformado mi forma de entender el mundo y la vida y en ocasiones sirvieron de epígrafes para lo que he escrito. A lo mejor es que, como dice el mismo Germán en Alto voltaje “lo perfecto no soporta la supervivencia y suspira por la extinción”: quizá el libro, un hallazgo perfecto, esté suspirando ya por su extinción. Germán Sierra tiene razón (y otros que opinan juiciosamente como él): el libro no desaparecerá pero la extinción del formato de papel me infligirá una herida que quizá pueda sobrellevar heroicamente porque a fin de cuentas desaparecieron las canicas, los soldados de plástico, las nieblas invernales del río Miño, los limpiabotas y otros oficios y no terminó la historia con ellos: simplemente se modificó. Pero sé que me va a resultar difícil adaptarme a un mundo en el que no pueda hablar con un librero acerca del libro que hojeo, a escuchar en el fervoroso silencio de la lectura el roce insignificante de la página al ser pasada y reconocer el olor de la tinta que es similar a lo que César Vallejo definió como “el dionisíaco hastío del café”, ese aroma matinal que pone en marcha la maquinaria de este cuerpo cada día más caduco. Como los libros de papel, por ejemplo.

UN TATUAJE

Para A. M. y Ribadavia

Quienes tengan la santa paciencia (que Alá los proteja) de leer los artículos que desde hace algún tiempo vengo publicando en Faro de Vigo, conocerán mi debilidad por el escritor irlandés Samuel Beckett que, quizá lo haya repetido en alguna otra ocasión, es para mí uno de los mejores escritores del siglo XX. Ciertamente, la lectura de sus obras no suele ser fácil y exige una atención infinita, una tenacidad a prueba de resignación y una paciencia que, como dije al principio, debe ser santa: con una diferencia: la santa paciencia con Samuel Beckett termina recompensando al obstinado lector y la santa paciencia con quien esto escribe, pues qué quieren que les diga.

Aparte de una notable biografía acerca del escritor irlandés (Samuel Beckett. El último modernista, de Anthony Cronin, editada por La Uña Rota) darse un paseo, largo, complejo, agotador, por las páginas de El innombrableMalone muereEsperando a GodotWattMolloyTextos para nadaFilmBelacqua en DublínManchas en la oscuridadSueño con mujeres que ni fu ni faMercier y Camier, es una empresa confortadora y con frecuencia, asimismo, frustrante. No es infrecuente que sus juegos de palabras, sus asociaciones de ideas, los recuerdos de la memoria que irrumpen en la narración actual, la condensación de las frases, la transformación de los hechos en simbología, la arbitraria puntuación, la reinterpretación del pasado, lleven a más de uno a dejar de lado a ese autor que, entre otras fuentes, bebió del tumultuoso torrente de su amigo y tutor James Joyce.

Una ciudad como Dublín que en el plazo escaso de veinticuatro años ve nacer a Joyce y a Beckett es una ciudad tocada por algún tipo de divinidad: quizá Irlanda sea ese paraíso literario. Por cierto, en el libro Cuerpos del rey, el brillantísimo Pierre Michon traza una imagen del dublinés que es más que recomendable como, por otra parte, es recomendable toda la literatura del francés.

James Joyce nace el 2 de febrero de 1882 y Samuel Beckett el 13 de abril de 1906 y unos cuantos años más tarde le conceden a este último el premio Nobel que le negaron al autor de Ulises. A modo de mera y fraudulenta reinterpretación de lo ya sucedido no sería de extrañar que el hecho de haberle otorgado el Nobel a Joyce hubiese dejado sin él a Beckett, que los suecos son muy dados a ciertos juegos compensatorios, más o menos como el jurado del premio Cervantes en España.

Todo este larguísimo exordio viene a cuento porque cuando disputaron Rafael Nadal Wawrinka la final del Abierto de Australia (27 de enero de 2014), con victoria del jugador suizo, éste llevaba tatuado en su brazo izquierdo una variación, o una traducción libre, de una celebrada frase de Samuel Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Esta especie de aforismo es una suerte de apotegma beckettiano que entiende que cualquier proyecto literario está condenado al fracaso pero que, pese a ello, hay que seguir intentando una y otra vez conseguir algo, a lo mejor algo limitado, un buen sustantivo, un adjetivo acertado, una frase concluyente, un párrafo preciso, una página notable, un capítulo redondo, cualquier cosa que nos sirva para huir de ese fracaso al que parece estar condenada la literatura o cualquier expresión artística porque sospecho que los grandes autores de cualquier disciplina nunca quedan satisfechos con lo que han conseguido aunque al resto de los mortales nos parezca deslumbrante. Fracasa otra vez. Fracasa mejor. Fue, por cierto, una de las respuestas que Alfredo Bryce Echenique dio cuando le hicieron una de las múltiples preguntas acerca de sus plagios: “No se preocupen. La próxima vez fracasaré mejor”. Un tipo que cita a Beckett no puede ser un cabrón. Seguro que Bárcenas no cita a Beckett y de ahí su apodo.

A lo que iba: es de agradecer que en estos tiempos, cuando los tatuajes han superado ya lo de “amor de madre” y los corazones atravesados por una flecha y tienden hacia un experimentalismo pictórico que dejarían atónito a Brueghel o perpetúan (¿hasta cuándo?) los nombres de las personas que amamos o bien recurren a máximas chinas o árabes, haya un tenista suizo que lleva grabada en su brazo izquierdo una sentencia de ese escritor irlandés, alto, guapo, brillante y hermético que nos regaló, insisto, buena parte de la mejor literatura del siglo XX. Eso hace más llevadera la derrota de Nadal. Sería horrible que Wawrinka levantara el trofeo y leyéramos en su brazo izquierdo algo como Anne, te quiero o Viva Suiza o Contigo hasta el fin del mundo. O Todo por la patria. En el Abierto de Australia Wawrinka fracasó mejor, sin más.