EL RETORNO

por Chesi

A M. C.‑ C.

Eliges cuidadosamente ese bar silencioso y vacío al que acudiste varias veces para saber si es el lugar tranquilo en el que uno puede acogerse para leer o pensar en sus cosas o simplemente perder el tiempo a solas. Te gusta. Te gustan su silencio y su casi inexistente clientela que más temprano que tarde lo condenarán al cierre o al traspaso. Tiene una vieja barra de latón, un reloj parado con la publicidad de un alcohol que ya no se comercializa, un calendario del año 1963 y una enorme fotografía enmarcada del Celta de Vigo de la temporada 1970‑1971 con los nombres de los jugadores. Gost, Manolo, Hidalgo, Isabelo, Costas, Lezcano, Almagro, Juan, Jiménez, Rivera y Rodilla. El bar carece de televisión y solo de vez en cuando una máquina tragaperras habla como si fuese un oráculo: Decídete a buscar el tesoro. Es un local de otra época y eres capaz de imaginar ajadas partidas de julepe, de dominó, de subastado; los fantasmas de aquellos clientes remotos que juegan sin hablar, por un momento se materializan en tu memoria impostada. Imaginas que un escritor de escaso mérito y cierta consideración provinciana, pergeñó en la mesa de la esquina algún artículo, algún poema, algún cuento. Te sientas a la mesa, abres el libro que trajiste y comienzas a leer, bajo el aroma de un café que misteriosamente te consuela. El encargado se aburre en la barra y a veces busca una ocupación intrascendente e innecesaria: pasar una bayeta por el latón, colocar las botellas, lustrar el vidrio de las copas. Hay una imagen de un santo que no reconoces al lado de la cafetera. Donde está usted ‑dice‑ se sentaba siempre a escribir el director del periódico ‑y añade el nombre del diario y el del director. Asientes con la cabeza y sonríes agradeciendo la información superflua. El siseo de un ventilador adormece el local en el que zumban algunas moscas que, piensas, pudieran ser descendientes de aquellas que molestaron a aquel escritor de cierta consideración provinciana, muerto hace más de dos décadas y que un día de julio de 1986 entró en este mismo bar y pidió un carajillo a este mismo encargado que aún no era ni viejo ni viudo y que ahora barre el suelo de madera en el que yacen servilletas de papel, huesos de aceitunas y el cadáver de una cucaracha; aquel escritor con los dedos índice y medio de la mano derecha manchados de nicotina que nunca había salido de la ciudad provinciana que lo proveyó de un lábil prestigio y una antojadiza consideración, bebió parsimoniosamente el carajillo, extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un folio y un bolígrafo, miró a su alrededor: vio la máquina tragaperras, el reloj con la publicidad de un coñac que ya no está a la venta; vio el calendario de 1963 con la imagen de dos caballos trotando por una playa; vio la fotografía del equipo de fútbol del Celta de Vigo de la temporada 1970‑1971; vio el reflejo de las luces en la barra de latón, el ventilador que giraba lento emitiendo un bisbiseo beato, vio la luz del sol de junio entrar por la ventana y encorvándose sobre el folio, envuelto en el denso humo del cigarrillo, cogió el bolígrafo con decisión y comenzó a escribir un artículo para el periódico local y el texto era exactamente el mismo que tú estás escribiendo ahora, veintisiete años más tarde, porque aquel escritor provinciano ya fallecido acaba de caligrafiar las primeras líneas de su artículo que dicen Eliges cuidadosamente ese bar silencioso y vacío al que acudiste varias veces para saber si es el lugar tranquilo en el que uno puede acogerse para leer o pensar en sus cosas o simplemente perder el tiempo a solas. Te gusta. Te gustan su silencio y su casi inexistente clientela que más temprano que tarde lo condenarán al cierre o al traspaso…

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