El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: marzo, 2014

OBITUARIOS

Me gustaría poner nombres porque soy así de impulsivo pero voy a silenciarlo. Hay personas, o personajes, que tienen un necrologista dentro sí. (¿Existe la palabra necrologista?) Tipos que si alguien se muere a las 2 de la madrugada, a las siete de la mañana ya tienen pergeñado en el diario el obituario o la necrología. Llevo años comprobándolo. Yo me imagino a ese ser miserable y rastrero que desde hace tiempo, sigue la labor de científicos, intelectuales, artistas, políticos y otras gentes de fama, urdiendo día tras día sus necrologías. Va añadiendo como hormiga laboriosa cada tarde una línea, un párrafo, algo con que adecentar la vida del muerto, si se me permite el oxímoron. Mi comprobación es pragmática e incluso diría que científica: alguien conocido se muere, yo intuyo “mañana aparece el texto de Fulanito” y, efectivamente, al día siguiente ahí están las líneas laudatorias para ensalzar al fallecido, a veces recurriendo a una amistad inexistente. Me imagino perfectamente a ese constructor de necrologías: se despierta cada mañana, mira en la agenda la edad de quienes conoce, aunque no sea un trato de amistad profundo, y certifica que, dados los años que tienen, les queda poco tiempo. Maneja cientos de fichas con nombres de políticos, de escritores, de escultores, de actores, de pintores, de arquitectos, de músicos, con los que, seguramente, mantiene una relación superficial. Eso no le importa. Lo fundamental es que al día siguiente de la muerte de esa gente longeva, aparezca su nombre al pie de la necrología. Nunca dedicará unas líneas al tipo que muere por sobredosis en un solar, al que cae fulminado por un infarto en la calle, al que lleva agonizando meses en un hospital porque son personas sin nombres ni apellidos, que se someten a las iniciales que el periódico ordena. Esos necrologistas viven en función del éxito ajeno, de la popularidad ajena. Y suelen alardear de una amistad que no es tal, sino una simple relación más o menos superficial. El apotegma sería: “Yo vi morir a menganito”. Ese tipo de columnistas me causan terror. Los veo así: releyendo las fichas de sus conocidos que han pasado ya una barrera más o menos tenebrosa de la vida y que esperan, acaso con impaciencia, el momento de su muerte para poder dedicarles unas cuantas líneas en un diario con afán de buitres miserable. Me gustaría poner nombres, dije al principio. Pero mejor es contenerse y, como dice el refrán, que son esos asertos de múltiples lecturas, que lo mismo aciertan que no aciertan, como las predicciones astrológicas, voy a silenciar a quien considero el máximo necrologista de este país desde hace años, a resaltar el pecado pero no el pecador. Asisten al deterioro del enfermo como si eso los proveyera de una razón para existir: la muerte ajena justifica su existencia. Nunca optarán por un silencio respetuoso, necesitan desaforadamente estar ahí, escribir la crónica del fallecimiento, asistir al entierro y pronunciar unas palabras que ya habían preparado previamente. En un artículo sensacional, como todos los suyos, Gregorio Morán habló de algo similar al referirse a la muerte de Ana María Moix. En este artículo aparece el nombre que no quiero pronunciar. Estaban los que tenían que estar pero siempre se cuela uno, por lo general el que menos relación íntima tenía con el desaparecido, y se convierte en protagonista de un discurso mezquino que le otorga su razón de ser. Ese periodista podría pertenecer a una funeraria y su papel sería el mismo: acompañar al muerto con el que, realmente, carece de relación pero lo importante es estar ahí, que se le lea, que se le escuche, que cimiente su dudoso talento en la muerte de otra persona. Insisto: no daré nombres. Pero me causan asco ese tipo de seres que sólo aguardan a que alguien se muera para lucirse. Seguramente hasta tendrán ya pergeñado su propio obituario para enaltecerse. Cabrones. 

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Una dedicatoria

Deténganse a leer lo que el ilustre político escribe en la barrica.

MONÓLOGO EXORCISTA

En el edificio de enfrente, un bloque como en el que yo vivo, lo que se denominó Casas Baratas a mediados del siglo XX, hay una lápida con el Yugo y las Flechas Franquistas y un Año, 1959. Me quedo mirando la fecha y pienso qué hice yo aquel año, cuando aún no había tenido mi primer suspenso en Matemáticas. Aparte del Colegio, jugaría al fútbol ‑mejor sería decir jugué‑ en el parque, vería películas de indios y vaqueros y de El Gordo y el Flaco, de Abott y Costello, de Chaplin. Entonces no era necesario recordar porque a los siete años uno no recuerda sino que inventa. Los recuerdos son trofeos miserables a esa edad, los cambiamos por canicas o mechones de trenzas o barcos de cáscara de nuez o cromos. Estoy seguro de que fui feliz en blanco y negro. Ne existen los recuerdos en la infancia porque no hay memoria donde almacenarlos: es lo bueno de la niñez, que lo que no cabe en los bolsillos resulta superfluo o inservible. La vida a esa edad es pura magia. Me gusta escribir la palabra Franquismo: zigzaguear en la f, circular por la a como en los coches de choque, descender en la q, tomar las curvas de la s, clausurar la palabra con la o que es como clausurar aquella Época Infeliz e Ignominiosa en la que fui feliz a los 7 años con flores a María y todo eso. Franco y el Franquismo ensuciaron mucho España: los muros de medio País estaban tiznados con los rostros en blanco y negro del General a quien la Ceca de la Gracia de Dios convirtió en Caudillo y moneda de curso legal y la de José Antonio Primo de Rivera y los nombres de los Caídos por Dios otra vez y por la Patria y una parafernalia de estatuas y calles siniestramente dedicadas a los Héroes de la Cruzada. Había una angustiosa profusión de Mayúsculas en la escritura de aquella Historia Miserable y Mostrenca que no fue sino un Discurso Interminable y Farragoso, vacío de contenido, un largo Monólogo invariable desde el balcón de la Plaza de Oriente con el Prócer aupado a la prótesis de un escabel, un Boleto Premiado en la Tómbola de la Felicidad mientras cantaba Marisol. Escribo Franquismo y todo eso se borra, se extingue. Todo eso se pudre y muere. Que Se Jodan. Yo no podría conciliar el sueño en un piso situado en una calle denominada Queipo de Llano, por ejemplo: se me aparecería cada noche un Fantasma de Camisa Azul, Correajes, Botas Militares, Bigote de Cicatriz, Pistola al Cinto y Arengas Beligerantes. Soy muy miedoso, más por Estética que por ideología. Me dan miedo los Uniformes, hasta los de los Tunos como murciélagos que recorrían las calles de la España Universitaria de 1959 que ya no existe con sus clavelitos y de la que aún permanece una Cruz de 150 metros de altura y 47 de envergadura y que pesa más de 200.000 toneladas. La Historia del Franquismo tiene más Cifras que Letras: puede escribirse el (presunto) principio de esa Historia, 18/7/1936, el (presunto) final (20/11/1975) y rellenar el texto con el número de Muertos, el de los Seat 600, el de Turistas que llegaban de veraneo, el 2-1 a la URSS en el Campeonato de Europa de Fútbol de 1964, el de los Congregados en las Manifestaciones de la Plaza de Oriente, el del Porcentaje de Hanalfavetos, el de los Alumnos de los Seminarios, el del Sueldo Mínimo, el 12 de Octubre Día de la Hispanidad, el de los Mártires Caídos por Dios y por España, el de los Sonetos en Honor a Franco, el de los Componentes de la División Azul, el de los Hoyos que hacía el caudillo en La Zapateira, el peso de los Atunes que el Generalísimo pescaba a bordo del Azor o el concluyente número de Síes en cada Referéndum que el régimen franquista, perdón, Régimen Franquista, convocaba, el de Desaparecidos y Represaliados, del de los Seis Toros Seis de las Tardes de Domingo, el de los Hijos de las Familias Numerosas, el del Premio Gordo de Navidad de Doña Manolita, los afortunados de la Operación Plus Ultra, porque si intentas ponerle palabras a la Historia del Franquismo, te salen Joselito, Raza, el Cara al Sol, los Misterios del Santísimo Rosario, la Poesía de Pemán y otros Valores tremendistas: un bisbiseo de plegarias-torquemada que invita al silencio.  Me gusta pensar que cada 20‑N los nostálgicos del Franquismo se reúnen a media noche y Hacen Guardia Bajo los Luceros Impasible el Ademán con sus apolilladas Camisas Azules y cantan en voz baja cara al sol con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer y uno advertirá “piano, coño, que si nos descubren nos apalean”, arriba escuadras a vencer que en España empieza a. Miro las casas de enfrente y pienso quiénes las habitarían en 1959: seguramente, como yo, eran felices con la Costura, el Rosario, el Fútbol dominical, el reconfortante Vino barato, la Misa de 12 y el Pollo de los Domingos que era el Águila Franquista que comimos, malgrè nous, durante Cuarenta Años. Ahí están: el Yugo, las Flechas, 1959. Me acerco a la ventana del salón, la empaño con mi aliento y escribo una cifra: 1959. Cuando se borre ese año, unos segundos después de haberlo escrito, se desplomará la Puta Cruz de Cuelgamuros, se caerán los Yugos y las Flechas, desaparecerá para siempre la España de Palio y Pandereta. Qué Breves son los Valores eternos por la Gracia de Dios.

(De la novela E.A.B., elcercano.com)

MONÓLOGO DEL CEMENTERIO DE COCHES

Toda la chatarra del mundo yace aquí. En el interior de los restos sobreviven los fantasmas de quienes los condujeron. Eso me conmueve: las memorias de las manos en los volantes, de los culos en los asientos, de los ojos en los retrovisores. En las horas de sol las carrocerías se desperezan como si deseasen volver a las autopistas, resucitar, regresar a la curva donde se accidentaron, a la recta en la que se detuvieron para siempre. Un cementerio de coches es una marisquería de automóviles: si en los expositores de los restaurantes conviven navajas con centollas, almejas con bogavantes, berberechos con langostas, aquí las marcas más humildes se oxidan junto a los de lujo. La democracia del desguace: lo que ya no sirve, lo que carece de valor, es solo cochambre. A estos automóviles, sus dueños o los mecánicos, les han retirado todo lo superfluo: los cojines, los rosarios, las fotos familiares, los ambientadores. Eso me parece bien. A los coches hay que enterrarlos dignamente, sin alharacas ni excesos, con lo justo para su viaje al más allá. A pesar de miles de hora de resistero, de lluvia, de rocío, de heladas, de tormentas, de granizo, los colores mantienen su orgullo pictórico, como militares en la reserva: blancos, rojos, burdeos, azules, amarillos, verdes. Cuando el sol se refleja en ellos parecen advertirnos de que aún les queda un cupo de energía y si les hacemos un par de arreglos, como enfermos que se resisten a morir pese a una larga agonía, podrían volver a la autopista. Camino entre sus osamentas como el día de fieles difuntos las familias se pasean entre las tumbas y pienso que las matrículas son los epitafios de los coches y así como hay tumbas que no nos indican quiénes están enterrados en ellas, existen vehículos sin matrícula que me cuentan qué gentes los condujeron y por dónde. Si todos los vehículos de los cementerios se colocaran uno detrás de otro, yo podría atravesar la península de norte a sur, de este a oeste, caminando por encima de ellos. En realidad, si se pusieran en fila todos los automóviles de todos los cementerios del mundo, podría cubrirse por completo la superficie de la tierra. La coches arrumbados en los cementerios suelen no tener cristales y por su interior deambulas ratas, cucarachas, gatos, culebras y otros animalejos que se alimentan de plástico, de cuero, de goma, de metal. En el mundo todo es susceptible de ser devorado. Los cementerios de coches son tristes y son decentes, una metáfora de algo que no acierto a explicarme. Alguna que otra tarde cojo un libro, camino hasta el cementerio y una vez dentro de un vehículo elegido al azar, apoyo los pies en el salpicadero y leo unas páginas; cuando me canso de leer, cierro el libro, me aferro al volante y sueño que circulo por alguna carretera, imito en brumbrum del motor y soy feliz, acaso porque viajar resulta más agradable que leer. Antes me acomodaba en un viejo Golf de color negro y leía en su interior; dejaba el libro en la guantera y regresaba unos días después y retomaba la lectura. Pero una tarde el Golf negro ya no estaba y no pude concluir la lectura de aquella novela: nunca supe a dónde se habían llevado el golf, a dónde se puede trasladar el cadáver de un coche y para qué, como nunca supe el final del libro que guardaba en la guantera. Ni la ausencia del coche ni la del libro me hicieron más infeliz. Hay personas que viven en esos coches desahuciados, eso sí que es terrible. Yo vi a una mujer de buen aspecto acercarse a un Jaguar verde y acariciar la carrocería dando vueltas a su alrededor y hablándole en voz baja. Vi a un mendigo que dormía en la pate de atrás de un Seat León, vi a un yonqui pincharse en el asiento del copiloto de un Renault, vi a una joven tomando el sol en el capó de un Audi, vi a un pordiosero almacenar cartones de vino en el maletero de un Citroën, vi a una pareja haciendo el amor en la trasera de un Ford, vi a una familia de gitanos comiendo en el interior de un Volvo, vi a un hombre con un caldero con agua y detergente que estuvo una hora limpiando la carrocería y los tapacubos y los cristales de un Fiat destartalado, así que los cementerios de automóviles son escenarios válidos para la lectura, los excesos, el amor, las manías y la muerte. Por eso cuando viajo y diviso un cementerio de coches en el borde de la carretera, invento una oración por las herrumbrosas almas de los vehículos y por el porvenir de quienes se refugian entre sus restos, porque estoy seguro de que los coches tienen en el cielo un santo tutelar que vela por sus futuros cuando ya no hay futuro alguno para ellos, tal vez tampoco para nosotros, sus antiguos propietarios, amén.

(De la novela Tela de araña, Editorial Trifolium, 2012

BIOY Y BORGES

El que algunos consideran el más completo escritor de literatura castellana del siglo XX, dada la amplitud y la categoría de su producción (cuento, poesía, prólogos iluminadores, ensayos que insertaba casi al azar en sus escritos y que renunció al género de la novela), Jorge Luis Borges, es el protagonista del libro Borges (Adolfo Bioy Casares, Ediciones Destino, Colección Imago Mundi), 1.663 páginas en las que el autor de Diario de la guerra del cerdo narra sus múltiples encuentros con el autor de El Informe de Brodie y que disgustó enormemente a María Kodama. En el amplísimo volumen están recogidos los encuentros desde 1931 hasta el fallecimiento de Borges. Durante muchos años se reunieron semanalmente, después casi a diario y, en ocasiones, más de una o dos veces por día. Entre ambos idearon una forma de ver y de entender la literatura, que hoy se nos antoja, acaso de forma equivocada, en exceso romántica: desinteresados de los beneficios económicos, enredados en la relectura de los clásicos, reacios a entender las novedades (su rechazo de Joyce es casi un empecinamiento, el de Sábato roza la crueldad. ¿Para qué hablar de su desprecio por buena parte de la literatura española, excepción hecha de Cervantes, Fray Luis, san Juan de la Cruz y pocos más?), fieles a Stevenson y a Kafka. A veces dan la impresión de ser dos señoritos que disparan contra todo lo que se mueve: Cortázar o Mujica Láinez; a veces, dos sabios desatentos de lo que no sea su entorno; a menudo, dos misóginos conservadores que tienen claro lo que es el mundo o, al menos, lo que debe ser. Allí están ambos, mano a mano, examinando a los múltiples autores que leyeron y aparentemente empeñados en salvar del olvido a los que ya tienen unas cuantas toneladas de tierra sobre sus huesos y ninguneando a la mayoría de los que todavía están vivos, como si el universo al que pertenecen los dos argentinos fuese un universo ya extinto y en el que se sienten a sus anchas, nostálgicos de un ayer en el que quizá les gustaría haber vivido, Borges en un coronel victorioso y Bioy en un clásico inglés encerrado en un salón con un wkisky, una chimenea, un libro y una mujer. Se descubre al Borges culto, políglota, certero, mordaz: una suerte de dios clásico que poco a poco va perdiendo la vista, el interés, el ingenio. Lo mejor del libro es, posiblemente, ver cómo, poco a poco, el semidiós envejece, depende de su madre y se enamora a los 70 como un colegial y ya no es capaz de añadir nada nuevo a su gloria y se orina encima o en el suelo y, a pesar de ello, ahí está intacto ese hombre enterrado en Ginebra cuya literatura nos ha dado buena parte de lo mejor del siglo pasado. Y probablemente del venidero, si llegamos a contarlo. La lectura del libro provoca sensaciones contradictorias: uno no deja de admirar a Borges y a Bioy por su literatura, por su inteligencia, por su generosidad, por su falta de ambición y, a la vez, no se comprenden los dicterios contra los negros, contra los judíos, contra las novedades, contra la democracia. Quizá los grandes nombres de la literatura estén hechos de esa mezcla que, por mucho que pueda irritarnos, forma parte de lo más enriquecedor del ser humano. Entendamos que el genio es oscuro y múltiple: en Rimbaud, al que detestaban, y en Borges.

NEMBROT DIGITAL II

Con respecto a la entrada precedente, dejo aquí el enlace a la novela para quien pueda tener interés en adquirirla (4.84 euros). Perdón por la autocomplacencia, pero…

http://unoyceroediciones.com/libros/nembrot/

NEMBROT (Digital)

Una de egolatría: a partir de esta semana, en la página web de la editora digital Unoyceroediciones.com, se podrá descargar, por un precio aproximado de cinco euros, mi novela Nembrot, que se publicó originalmente en papel, en el año 2002, en la editorial DVD Ediciones, lastimosamente clausurada hace un año. El formato digital sirve para cualquier tipo de soporte. Basta con acceder a la página de dicha editorial (unoyceroediciones.com) para poder hacerse con la novela (o con cualquier otro libro de los que tiene disponibles).  

PERSONAJES

Hay personas suplantadas por su propio personaje, por su propia máscara. La familia real, por ejemplo: yo creo que España mantiene una familia real para que los artesanos (o artistas) que se dedican a fabricar ninots tengan a alguien en quien inspirarse. Son personas que pasan por la vida sin verla, que habitan en los márgenes de la realidad o dentro de una realidad propia que es una fantasía de la acaramelada factoría Disney con su fondo musical: Aquella estrella de allá / tiene una extraña luz / quizá nunca jamás se irá / si es que la sigues tú. Algo así como esos seres que yo ignoraba que existieran (aunque tuviese, supongo, una vaga percepción de su realidad similar a la de un sueño) que aparecen en las páginas de la revista HOLA enseñando sus mansiones y manifestando que están seriamente comprometidos con la humanidad (aristocracia en particular) o con los animales (langostas y esturiones, preferiblemente) o con el medio ambiente (islas paradisíacas del Pacífico, a ser posible). Lo mismo ocurre con los personajes que aparecen en los programas del corazón: son modelos para las fallas, ídolos que un día se queman y sólo se salva uno: el más monstruoso, seguramente. Con la familia real y la aristocracia y los millonarios ostentosos podría hacerse una película del corte de Mary Poppins y con los tertulianos del corazón algo de la ralea de Santiago Segura. O al revés, quién sabe. Los políticos daban para una de terror. Perdimos, desgraciadamente, los muñegotes de Canal+ pero en cambio basta encender determinados canales de televisión o abrir unas cuantas revistas del cotilleo para darse de bruces con una fauna que sólo tiene sentido como parodia, como imitación. Uno se pregunta cómo es posible tanta zafiedad o tanto descaro o tanta riqueza o tanta vanidad y la respuesta es ésa: para que los artistas de las fallas hagan con ellos los ninots y el fuego justiciero los condene: el juicio popular es a veces más imparcial que el académico. Ellos mismos van modelándose con sus declaraciones, con sus actuaciones y así son pasto de las sátiras de las revistas de humor, de los caricatos y de los chistes en la barra de un bar. Fomentan la seria comicidad de sus privilegios que los distancian de nosotros, que los deshumanizan y al verlos uno tiende a creer que son personajes irreales que sólo pueden existir en los cómics, en algún género de ficción. No resultan creíbles, como los maniquíes de los escaparates. Están ahí pero no son como nosotros, ni siquiera cuando deben acudir a una clínica: sufren de otra forma. Operan al rey de una cadera y parece que toda España esté recibiendo la anestesia aunque sea el otro el que se haya caído al tratar de atravesar virginalmente el vidrio de una puerta o derribar un elefantito allá en África que para eso está África: para que los que muestran sus casoplones en la revista HOLA ostenten dos colmillos de marfil delante de un Picasso, por ejemplo, porque si a un Picasso no le pones a ambos lados dos colmillos de marfil no vale un carajo. O sea, hay personas que responden etimológicamente a tal denominación (máscara de actor, personaje teatral) que son puras representaciones de sí mismas, posiblemente huecos por dentro y que, además, gozan de unos privilegios que al resto de los seres humanos nos están vedados aunque a veces los veamos delante de un juez o en una celda de una cárcel. Después, sí, en el mundo hay problemas, enormes problemas pero que a ellos les quedan tan endemoniadamente a desmano que no conciben que unos se manifiesten, otros maldigan, otros se suiciden y algunos los transformen en personajes de las fallas para darse el gustazo de castigarlos de manera simbólica, hacerlos arder en el fuego voraz y festivo de la primavera, esa primavera en la que viven permanentemente mientras suena aquello de eres tú, el príncipe azul, que yo soñé… 

EL BAR DE LA ESQUINA

El cliente habitual termina el trabajo, se va a casa con un leve cansancio o un ligero hastío y antes se detiene en el bar de la esquina, donde bebe un par de vinos rituales mientras hojea los periódicos, como si le costara abrir la puerta del piso y darse de bruces con el silencio acostumbrado porque el cliente habitual es un hipocondríaco al que la soledad le roza en las habitaciones como una telaraña, y en el que los parroquianos de cada día dirimen a los chinos algo más que el precio de la ronda, seguramente la estabilidad de la tarde o la derrota de un porvenir que desconocen. El cliente habitual podría urdir con escasos errores las biografías de los parroquianos, a cuál de ellos le van las cosas mal en los negocios o en el amor, como si fuesen personajes subalternos de una ficción que el cliente habitual dirige a su antojo. Cuando acaba la jornada y sabe que la soledad del piso se duplica porque el crepúsculo magnifica todas las tragedias, se parapeta de antemano en el bar de la esquina y consume con calma las cervezas necesarias que lo aturdan un poco, sólo para no encontrarse cara a cara con un piso que le resultará extraño como a un emigrante una ciudad extranjera. A veces las adversidades más crueles tienen lugar en los escenarios que consideramos más seguros, menos hostiles. Hay sábados en los que el cliente habitual se tumba frente al televisor e ignora qué hacer con el tiempo que transcurre por los canales con desidia, arrastrándose como una procesión de semana santa franquista y cuando el dolor es tan inmenso que no tiene a mano tranquilizantes para resolverlo, cuando está ahíto de contemplarse en los espejos y ni las páginas leídas le reconfortan, el cliente habitual se pone un chándal, baja al bar de la esquina y pide un gintonic a un camarero silencioso que le sirve y lo observa para indagar si el cliente habitual necesita una conversación intrascendente o el sólido mutismo en el que se encastra mientras bebe. Los bares de las esquinas son los servicios de urgencias contra la amargura laboral. Hay noches en las que, después de cenar, el cliente habitual sale al balcón, enciende un cigarrillo, contempla el vuelo enloquecido de los murciélagos y el brillo desgastado de la luna y le sobrecoge un inexplicable pánico a morirse allí mismo, a solas, o a meterse en una cama que tendrá textura de arenas movedizas y de nuevo se enfunda el viejo chándal del tedio y desciende desesperado hasta el bar de la esquina: no bien se asoma a la puerta, el camarero le está preparando exactamente el güisqui que su cuerpo requiere al filo de la medianoche, como un doctor que al primer golpe de vista acertara con el diagnóstico preciso, cuando en la barra sólo resiste un parroquiano que, como el cliente habitual, será un hipocondríaco sin oficio, tal vez un borracho que repite por enésima vez su historia a quien quiera oírla o a sí mismo. Los clientes del bar de la esquina se reconocen como miembros de una secta con sólo mirarse a los ojos. Incluso algún domingo, vencido por ese día innoble, el cliente habitual se pone el chándal acostumbrado y baja hasta el bar de la esquina sin acordarse de que cerramos por descanso del personal, perdonen las molestias, gracias. Los paraísos tienen fecha de caducidad. Apoyado en la persiana metálica, al cliente habitual se le desmorona el mundo y piensa dónde demonios podrá refugiarse contra esa melancolía inexplicable que lo destroza al encontrar cerrado el bar de la esquina, como si alguien le hubiera proporcionado un pasaporte falso para emigrar a un país inexistente y errase desnortado hacia un futuro imprevisto. El lunes, seguramente, volverá a ser frágilmente feliz en el bar de la esquina. Pero hasta entonces, qué, se pregunta el cliente habitual.