PERSONAJES

por Chesi

Hay personas suplantadas por su propio personaje, por su propia máscara. La familia real, por ejemplo: yo creo que España mantiene una familia real para que los artesanos (o artistas) que se dedican a fabricar ninots tengan a alguien en quien inspirarse. Son personas que pasan por la vida sin verla, que habitan en los márgenes de la realidad o dentro de una realidad propia que es una fantasía de la acaramelada factoría Disney con su fondo musical: Aquella estrella de allá / tiene una extraña luz / quizá nunca jamás se irá / si es que la sigues tú. Algo así como esos seres que yo ignoraba que existieran (aunque tuviese, supongo, una vaga percepción de su realidad similar a la de un sueño) que aparecen en las páginas de la revista HOLA enseñando sus mansiones y manifestando que están seriamente comprometidos con la humanidad (aristocracia en particular) o con los animales (langostas y esturiones, preferiblemente) o con el medio ambiente (islas paradisíacas del Pacífico, a ser posible). Lo mismo ocurre con los personajes que aparecen en los programas del corazón: son modelos para las fallas, ídolos que un día se queman y sólo se salva uno: el más monstruoso, seguramente. Con la familia real y la aristocracia y los millonarios ostentosos podría hacerse una película del corte de Mary Poppins y con los tertulianos del corazón algo de la ralea de Santiago Segura. O al revés, quién sabe. Los políticos daban para una de terror. Perdimos, desgraciadamente, los muñegotes de Canal+ pero en cambio basta encender determinados canales de televisión o abrir unas cuantas revistas del cotilleo para darse de bruces con una fauna que sólo tiene sentido como parodia, como imitación. Uno se pregunta cómo es posible tanta zafiedad o tanto descaro o tanta riqueza o tanta vanidad y la respuesta es ésa: para que los artistas de las fallas hagan con ellos los ninots y el fuego justiciero los condene: el juicio popular es a veces más imparcial que el académico. Ellos mismos van modelándose con sus declaraciones, con sus actuaciones y así son pasto de las sátiras de las revistas de humor, de los caricatos y de los chistes en la barra de un bar. Fomentan la seria comicidad de sus privilegios que los distancian de nosotros, que los deshumanizan y al verlos uno tiende a creer que son personajes irreales que sólo pueden existir en los cómics, en algún género de ficción. No resultan creíbles, como los maniquíes de los escaparates. Están ahí pero no son como nosotros, ni siquiera cuando deben acudir a una clínica: sufren de otra forma. Operan al rey de una cadera y parece que toda España esté recibiendo la anestesia aunque sea el otro el que se haya caído al tratar de atravesar virginalmente el vidrio de una puerta o derribar un elefantito allá en África que para eso está África: para que los que muestran sus casoplones en la revista HOLA ostenten dos colmillos de marfil delante de un Picasso, por ejemplo, porque si a un Picasso no le pones a ambos lados dos colmillos de marfil no vale un carajo. O sea, hay personas que responden etimológicamente a tal denominación (máscara de actor, personaje teatral) que son puras representaciones de sí mismas, posiblemente huecos por dentro y que, además, gozan de unos privilegios que al resto de los seres humanos nos están vedados aunque a veces los veamos delante de un juez o en una celda de una cárcel. Después, sí, en el mundo hay problemas, enormes problemas pero que a ellos les quedan tan endemoniadamente a desmano que no conciben que unos se manifiesten, otros maldigan, otros se suiciden y algunos los transformen en personajes de las fallas para darse el gustazo de castigarlos de manera simbólica, hacerlos arder en el fuego voraz y festivo de la primavera, esa primavera en la que viven permanentemente mientras suena aquello de eres tú, el príncipe azul, que yo soñé… 

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