BIOY Y BORGES

por Chesi

El que algunos consideran el más completo escritor de literatura castellana del siglo XX, dada la amplitud y la categoría de su producción (cuento, poesía, prólogos iluminadores, ensayos que insertaba casi al azar en sus escritos y que renunció al género de la novela), Jorge Luis Borges, es el protagonista del libro Borges (Adolfo Bioy Casares, Ediciones Destino, Colección Imago Mundi), 1.663 páginas en las que el autor de Diario de la guerra del cerdo narra sus múltiples encuentros con el autor de El Informe de Brodie y que disgustó enormemente a María Kodama. En el amplísimo volumen están recogidos los encuentros desde 1931 hasta el fallecimiento de Borges. Durante muchos años se reunieron semanalmente, después casi a diario y, en ocasiones, más de una o dos veces por día. Entre ambos idearon una forma de ver y de entender la literatura, que hoy se nos antoja, acaso de forma equivocada, en exceso romántica: desinteresados de los beneficios económicos, enredados en la relectura de los clásicos, reacios a entender las novedades (su rechazo de Joyce es casi un empecinamiento, el de Sábato roza la crueldad. ¿Para qué hablar de su desprecio por buena parte de la literatura española, excepción hecha de Cervantes, Fray Luis, san Juan de la Cruz y pocos más?), fieles a Stevenson y a Kafka. A veces dan la impresión de ser dos señoritos que disparan contra todo lo que se mueve: Cortázar o Mujica Láinez; a veces, dos sabios desatentos de lo que no sea su entorno; a menudo, dos misóginos conservadores que tienen claro lo que es el mundo o, al menos, lo que debe ser. Allí están ambos, mano a mano, examinando a los múltiples autores que leyeron y aparentemente empeñados en salvar del olvido a los que ya tienen unas cuantas toneladas de tierra sobre sus huesos y ninguneando a la mayoría de los que todavía están vivos, como si el universo al que pertenecen los dos argentinos fuese un universo ya extinto y en el que se sienten a sus anchas, nostálgicos de un ayer en el que quizá les gustaría haber vivido, Borges en un coronel victorioso y Bioy en un clásico inglés encerrado en un salón con un wkisky, una chimenea, un libro y una mujer. Se descubre al Borges culto, políglota, certero, mordaz: una suerte de dios clásico que poco a poco va perdiendo la vista, el interés, el ingenio. Lo mejor del libro es, posiblemente, ver cómo, poco a poco, el semidiós envejece, depende de su madre y se enamora a los 70 como un colegial y ya no es capaz de añadir nada nuevo a su gloria y se orina encima o en el suelo y, a pesar de ello, ahí está intacto ese hombre enterrado en Ginebra cuya literatura nos ha dado buena parte de lo mejor del siglo pasado. Y probablemente del venidero, si llegamos a contarlo. La lectura del libro provoca sensaciones contradictorias: uno no deja de admirar a Borges y a Bioy por su literatura, por su inteligencia, por su generosidad, por su falta de ambición y, a la vez, no se comprenden los dicterios contra los negros, contra los judíos, contra las novedades, contra la democracia. Quizá los grandes nombres de la literatura estén hechos de esa mezcla que, por mucho que pueda irritarnos, forma parte de lo más enriquecedor del ser humano. Entendamos que el genio es oscuro y múltiple: en Rimbaud, al que detestaban, y en Borges.

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