MONÓLOGO DEL CEMENTERIO DE COCHES

por Chesi

Toda la chatarra del mundo yace aquí. En el interior de los restos sobreviven los fantasmas de quienes los condujeron. Eso me conmueve: las memorias de las manos en los volantes, de los culos en los asientos, de los ojos en los retrovisores. En las horas de sol las carrocerías se desperezan como si deseasen volver a las autopistas, resucitar, regresar a la curva donde se accidentaron, a la recta en la que se detuvieron para siempre. Un cementerio de coches es una marisquería de automóviles: si en los expositores de los restaurantes conviven navajas con centollas, almejas con bogavantes, berberechos con langostas, aquí las marcas más humildes se oxidan junto a los de lujo. La democracia del desguace: lo que ya no sirve, lo que carece de valor, es solo cochambre. A estos automóviles, sus dueños o los mecánicos, les han retirado todo lo superfluo: los cojines, los rosarios, las fotos familiares, los ambientadores. Eso me parece bien. A los coches hay que enterrarlos dignamente, sin alharacas ni excesos, con lo justo para su viaje al más allá. A pesar de miles de hora de resistero, de lluvia, de rocío, de heladas, de tormentas, de granizo, los colores mantienen su orgullo pictórico, como militares en la reserva: blancos, rojos, burdeos, azules, amarillos, verdes. Cuando el sol se refleja en ellos parecen advertirnos de que aún les queda un cupo de energía y si les hacemos un par de arreglos, como enfermos que se resisten a morir pese a una larga agonía, podrían volver a la autopista. Camino entre sus osamentas como el día de fieles difuntos las familias se pasean entre las tumbas y pienso que las matrículas son los epitafios de los coches y así como hay tumbas que no nos indican quiénes están enterrados en ellas, existen vehículos sin matrícula que me cuentan qué gentes los condujeron y por dónde. Si todos los vehículos de los cementerios se colocaran uno detrás de otro, yo podría atravesar la península de norte a sur, de este a oeste, caminando por encima de ellos. En realidad, si se pusieran en fila todos los automóviles de todos los cementerios del mundo, podría cubrirse por completo la superficie de la tierra. La coches arrumbados en los cementerios suelen no tener cristales y por su interior deambulas ratas, cucarachas, gatos, culebras y otros animalejos que se alimentan de plástico, de cuero, de goma, de metal. En el mundo todo es susceptible de ser devorado. Los cementerios de coches son tristes y son decentes, una metáfora de algo que no acierto a explicarme. Alguna que otra tarde cojo un libro, camino hasta el cementerio y una vez dentro de un vehículo elegido al azar, apoyo los pies en el salpicadero y leo unas páginas; cuando me canso de leer, cierro el libro, me aferro al volante y sueño que circulo por alguna carretera, imito en brumbrum del motor y soy feliz, acaso porque viajar resulta más agradable que leer. Antes me acomodaba en un viejo Golf de color negro y leía en su interior; dejaba el libro en la guantera y regresaba unos días después y retomaba la lectura. Pero una tarde el Golf negro ya no estaba y no pude concluir la lectura de aquella novela: nunca supe a dónde se habían llevado el golf, a dónde se puede trasladar el cadáver de un coche y para qué, como nunca supe el final del libro que guardaba en la guantera. Ni la ausencia del coche ni la del libro me hicieron más infeliz. Hay personas que viven en esos coches desahuciados, eso sí que es terrible. Yo vi a una mujer de buen aspecto acercarse a un Jaguar verde y acariciar la carrocería dando vueltas a su alrededor y hablándole en voz baja. Vi a un mendigo que dormía en la pate de atrás de un Seat León, vi a un yonqui pincharse en el asiento del copiloto de un Renault, vi a una joven tomando el sol en el capó de un Audi, vi a un pordiosero almacenar cartones de vino en el maletero de un Citroën, vi a una pareja haciendo el amor en la trasera de un Ford, vi a una familia de gitanos comiendo en el interior de un Volvo, vi a un hombre con un caldero con agua y detergente que estuvo una hora limpiando la carrocería y los tapacubos y los cristales de un Fiat destartalado, así que los cementerios de automóviles son escenarios válidos para la lectura, los excesos, el amor, las manías y la muerte. Por eso cuando viajo y diviso un cementerio de coches en el borde de la carretera, invento una oración por las herrumbrosas almas de los vehículos y por el porvenir de quienes se refugian entre sus restos, porque estoy seguro de que los coches tienen en el cielo un santo tutelar que vela por sus futuros cuando ya no hay futuro alguno para ellos, tal vez tampoco para nosotros, sus antiguos propietarios, amén.

(De la novela Tela de araña, Editorial Trifolium, 2012

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