El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: abril, 2014

COMO UN VERSO DE BRASSENS

Cosas de la ciencia y la tecnología: cada día es más caro y más difícil morirse. De verdad. Morirse e instalarse definitivamente en el olvido cuesta cada vez más. Antes uno moría, borrábamos de la agenda manuscrita su número de teléfono, si lo tenía, y de vez en cuando lo recordábamos, bien con afecto, si nos era querido, bien con desdén, si no existía un trato de confianza con el difunto. Hasta hace unos años he ido tachando de mi agenda manuscrita unos cuantos nombres, sus direcciones postales, sus números de teléfono. Ahora, la muerte se empeña como ese verso que modificó a su antojo Brassens: La mort, la mort, toujours recomencée, porque a los muertos los matamos varias veces, para borrar cualquier huella. No daré nombres porque sería innoble pero buscando en la agenda de mi teléfono móvil he dado con al menos tres personas que habían fallecido, una hace años, otra meses y otra recientemente. No crean: resulta bastante duro, con su punto de crueldad, dar de baja de la lista a personas con las que mantuvimos conversaciones y que se habían perpetuado ahí, escondidas en la tarjeta de un teléfono móvil. Me ocurrió lo mismo cuando recientemente envié a todos mis contactos del correo electrónico una comunicación de índole particular y me di cuenta de que en la avalancha de destinatarios iban los nombres de algunos fallecidos. No es insólito que, por costumbre, visites un blog de alguien que ha fallecido, des con un tuit de una persona que murió recientemente, repases en el teléfono móvil fotografías de quienes ya no están entre nosotros o accedas al facebook de quien ya no vive. Es como si te ensañaras de forma gratuita en rematar a esa persona, en enterrarla definitivamente, en borrar cualquier huella que haya dejado en tu vida. Ciertamente, antes uno era más joven y los muertos menos frecuentes; pero a medida que uno cumple años y tiene aparatos como iphones, teléfonos móviles, tabletas, el muerto asoma su sombra y se manifiesta en los oscuros rincones de la tecnología como en un programa de Iker Jiménez. Antes localizabas al muerto en ese álbum de fotos en las que posabas junto a compañeros, familiares y seres más o menos afines a ti; hoy, con esto de los selfies y las fotografías indeseadas de los móviles, apareces retratado junto a personas a las que no te importaría apuñalar si el asesinato no fuese descubierto nunca. Así pues, igual que en el verso que Georges Brassens tomó prestado de El cementerio marino de Valery, la muerte recomienza siempre, una y otra vez urde estrategias para que el fallecido deje una leve sombra de su paso por el mundo y acaso de esa manera se muera, parodiando a Antonio Colinas cuando habla de Venecia,un poco menos, o se muera un poco más tarde o, en todo caso, sea más difícil condenarlo al olvido al que todos estamos destinados. Muere, sí, pero citando de nuevo a Brassens, mais de mort lente, gradualmente, como declina una tarde de verano en Finisterre.

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BAIUQUEIRO

Usted hace un gesto inocente ‑si es que existen gestos inocentes‑: entra en un supermercado y compra una botella de vino barato. Ese acto inocuo puede abrirle las puertas del cielo o las del infierno. Lleva a casa la botella, la descorcha y empieza a beber, quizá en la compañía de una música suave (desconozco sus gustos), tal vez Scarlatti, quizá Brahms. Es importante que el bebedor ejecute el ritual despacio, como si fuese el último acto de una vida a punto de terminarse.  Mientras está bebiendo, se entrega a la memoria más secreta, a la nostalgia de un domingo de lluvia o a la del atardecer en un cantil de Finisterre. Recuerda, acaso, una luna colgada en un cielo de tinta, los besos de algunos cuerpos olvidados, un verso de un poema de Vallejo o de Plath, el olor empalagoso de las vendimias, el eco de un trueno tras un relámpago invisible, un callejón de un pueblo gris, la tumba de un amigo que murió en ese eufemismo denominado “lo mejor de la vida”. El nivel del líquido, como una lenta bajamar, desciende poco a poco. En algún lugar, una campana quiebra la cúpula de la tarde y un reloj de pared avanza hacia el final de la circunferencia. El bebedor sigue recordando imágenes aisladas: la forma de una nube, el inconsútil aire de una mañana de niebla, las bodegas perforadas en la tierra nutricia, el vuelo de un murciélago alrededor de la fuente de una plaza, el garabato de las cigüeñas en la espadaña de una iglesia. Cuando la botella está vacía, el bebedor descubre, asombrado, que un hombre del tamaño de un cigarrillo, lo mira desde el interior de la cárcel de vidrio: un hombrecillo desnudo, muy pequeño, bien formado, que golpea la vítrea jaula como el genio de una fábula oriental. Ese hombrecito condenado a vivir en el fondo de un envase es el baiuqueiro. Non es cierto, pues, que los chinos milenarios fuesen los primeros en echar seres vivos en el interior de las botellas, aunque fuesen lagartos.

(De mi libro en gallego, En perigo de extinción)

23 DE ABRIL

Pasearse hoy por una librería es como hacerlo como una sección de enfermos terminales en un hospital o en una unidad de cuidados paliativos: es decir, está usted caminando entre cuerpos con vocación inmediata de cadáveres. Hablo, naturalmente, del libro de papel, ese soporte condenado a desaparecer en un plazo más breve que largo. La celebración del Día del Libro (por una vez respeto las mayúsculas) tiene que cambiar de nombre porque, originalmente, se refería a la edición impresa. Y eso, mal que nos pese a algunos nostálgicos (o pesimistas), está a punto de desaparecer. El Día del Libro, en la actualidad, debería ser como el día de fieles difuntos: uno lleva flores a los muertos, se reúne con los familiares, allegados o amigos y habla del fallecido o de otras anécdotas que de alguna forma palíen la ausencia del que ya no está entre nosotros. Por supuesto, y como dije en algún artículo refiriéndome a este mismo asunto y citando a Germán Sierra, no va a desaparecer el libro sino el soporte en el que desde hace siglos venimos disfrutándolo: el papel. Cuando entro en una librería me da ya la penosa impresión de que estoy entre cuerpos desahuciados, volúmenes que huelen a cadáver, a algo a punto de extinguirse y uno tiene deseos de colocar en los lomos de los libros un pequeño crisantemo y una plaquita que ponga RIP y señale “aquí yace…” Lo que hasta ahora era (y, de momento, sigue siéndolo) una celebración de la literatura, paulatinamente seguirá siendo una celebración de lo mismo pero uno no tendrá entre sus manos ese libro del que puede oler la tinta, comprobar la tipografía, hablar con otro comprador para ver qué le parece: más que un ritual de exaltación se está aproximando a una ceremonia de incineración. No es que la literatura en cualesquiera de sus modalidades vaya a extinguirse, sino que va a desaparecer una forma de enfrentarse a ella.  Recuerden, por ejemplo, el momento en el que un creyente pudo coger la hostia en sus manos y llevarla a la boca; seguramente, unos siglos o unas décadas antes, les parecería a los sacerdotes poco menos que un sacrilegio. Evolucionan las formas, los modelos y casi nunca para peor. Quizá haya escrito ya de las tertulias en los mismos términos: hace años se reunía la gente a hablar en determinados lugares y aunque hoy resulte casi insólito, los mecanismos informáticos (blogs, twitter, facebook y demás) cumplen la misma función por otros medios. Sólo señalo que, dada mi edad, me dará pena tener que prescindir de las librerías convencionales, de los libros en papel, del olor de la tinta, del sonido leve como el aleteo inaudible de una mariposa al pasar las páginas, de comentar con el librero qué le pareció ese libro. De carecer de la compañía táctil de un volumen que en la noche parece que ayuda a resolver el día. Los buenos escritores seguirán estando ahí: en cualquier soporte: en papel, en un libro electrónico, en un ipad, en un ordenador. Pero hay algo, algo que no sé determinar, que se pierde. Como cuando antes te reunías alrededor del fuego de la lareira y charlabas o escuchabas y hoy una calefacción te proporciona ese mismo calor pero no ese sentido nostálgicamente poético (y acaso por ello erróneo) que ya pertenece a la leyenda. Perder las librerías, ahora que con la crisis cierran tantas, y el libro de papel, será algo difícil de asumir aunque terminaremos por acostumbrarnos: más puñaladas recibimos y sobrevivimos a ellas. Así que, aunque descreído, rezaré una oración por las almas de los libros en papel, de sus márgenes anotados, de sus frases subrayadas, de los préstamos y los chambos y de descubrir, en aquel libro que adquirimos de segunda mano, el exlibris de alguien que lo compró muchos años atrás y que dejó su firma para atestiguar el tiempo y la pertenencia. Por eso creo que el Día del Libro (sí, merece las mayúsculas) debería de ser un segundo día de fieles difuntos, para perpetuar la memoria de lo que se desvanece aunque lo que se desvanece dé lugar a un nuevo camino que seguramente nada tendrá que envidiar al que ya no conduce a ninguna parte.

TERRORISMO

Todas las noches de Buenos Aires, un ejército de cronopios terroristas le cambia la denominación a la plazoleta de Julio Cortázar, intuyendo que el escritor argentino jamás habría dado su conformidad a que espacio alguno llevara su nombre. De hecho, a Martín Caparrós, cundo éste le preguntó a Julio si creía que alguna vez le pondrían su nombre a una calle, a una plaza, Cortázar contestó: “Uy, qué espanto, ojalá no lo hagan. Nada me daría más horror.” Así que para ser fieles a la memoria de Julio Cortázar, los cronopios, armados con una escalera (ya se sabe de la insignificante estatura de las cronopios) y con un bote de pintura y pinceles, varían el nombre al cartel de la plaza y de esa forma cada mañana la plazoleta se llama de una manera distinta: plazoleta del reloj, plazoleta de los famas, del silencio, de Jack El Destripador, de Diego Armando Maradona, del mate, del jazz, del boxeo. Así todas las noches. Después los cronopios entran en un bar próximo, piden café con leche con mucho azúcar y se parten de risa viendo cómo los obreros del ayuntamiento borran los nombres que ellos le ponen a esa plazoleta y vuelven a escribir el del escritor. Los cronopios llevan cometiendo tales desatinos razonables desde el día 1 de enero de 2014, por ser este el año en el que se cumple el centenario del nacimiento de Julio Cortázar, que, como buen argentino, fue a nacer en Bruselas, y no piensan parar hasta el día 31 de diciembre. Los belgas, que son seres razonables, instalaron en Bruselas una escultura bastante extraña con la cabeza del famoso autor de Rayuela y ahí estriba el problema mayor de los cronopios argentinos: no hay cronopios belgas. Los buscaron en Bruselas, en Amberes, en Gante, en Lovaina, en Brujas, en Halle, en Asse, en Fleurus, en Mol, pero sólo encontraron funcionarios, tenistas, pasteleros, políticos, fontaneros, reyes, joyeros, dibujantes, trapecistas y otras gentes de mal vivir pero ni un solo cronopio. Un país sin cronopios es un país de mierda. Así pues, una facción de cronopios argentinos está yendo a clases urgentes de francés (los cronopios no tienen facilidad alguna para el neerlandés, el alemán y el inglés) con el fin de desplazarse hasta la capital belga y decapitar la cabeza (qué si no podemos decapitar, comentan entre ellos) de Julio Cortázar una noche sí y otra también y después, aunque no sea la hora más adecuada, entrar en un bar, pedir una cerveza y unos mejillones, y morirse de risa viendo cómo los obreros del ayuntamiento bruselense se desloman recomponiendo cada mañana la cabeza del escritor argentino. De momento, los componentes de la facción que proyecta atravesar el Atlántico ya aprendieron a decir bonjour, s’il vous plaît, merci y bière. No se sabe por qué, les da mucha vergüenza decir moule. Al prescindir del acompañamiento de los mejillones y beber la cerveza en ayunas, sospechan que van a pillar unas borracheras de tres pares de moules pero no les importa sacrificio alguno para salvaguardar el buen nombre de Julio Cortázar.