BAIUQUEIRO

por Chesi

Usted hace un gesto inocente ‑si es que existen gestos inocentes‑: entra en un supermercado y compra una botella de vino barato. Ese acto inocuo puede abrirle las puertas del cielo o las del infierno. Lleva a casa la botella, la descorcha y empieza a beber, quizá en la compañía de una música suave (desconozco sus gustos), tal vez Scarlatti, quizá Brahms. Es importante que el bebedor ejecute el ritual despacio, como si fuese el último acto de una vida a punto de terminarse.  Mientras está bebiendo, se entrega a la memoria más secreta, a la nostalgia de un domingo de lluvia o a la del atardecer en un cantil de Finisterre. Recuerda, acaso, una luna colgada en un cielo de tinta, los besos de algunos cuerpos olvidados, un verso de un poema de Vallejo o de Plath, el olor empalagoso de las vendimias, el eco de un trueno tras un relámpago invisible, un callejón de un pueblo gris, la tumba de un amigo que murió en ese eufemismo denominado “lo mejor de la vida”. El nivel del líquido, como una lenta bajamar, desciende poco a poco. En algún lugar, una campana quiebra la cúpula de la tarde y un reloj de pared avanza hacia el final de la circunferencia. El bebedor sigue recordando imágenes aisladas: la forma de una nube, el inconsútil aire de una mañana de niebla, las bodegas perforadas en la tierra nutricia, el vuelo de un murciélago alrededor de la fuente de una plaza, el garabato de las cigüeñas en la espadaña de una iglesia. Cuando la botella está vacía, el bebedor descubre, asombrado, que un hombre del tamaño de un cigarrillo, lo mira desde el interior de la cárcel de vidrio: un hombrecillo desnudo, muy pequeño, bien formado, que golpea la vítrea jaula como el genio de una fábula oriental. Ese hombrecito condenado a vivir en el fondo de un envase es el baiuqueiro. Non es cierto, pues, que los chinos milenarios fuesen los primeros en echar seres vivos en el interior de las botellas, aunque fuesen lagartos.

(De mi libro en gallego, En perigo de extinción)

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