El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: mayo, 2014

SERRAT

Lo malo de que cumplan años determinados personajes es que te los hacen cumplir a ti de rebote. Serrat acaba de cumplir las setenta castañas y si uno echa la vista atrás recuerda que su adolescencia y su juventud y buena parte de su madurez estuvieron marcadas por canciones como El drapaire, Paraules d’amor, La primera, Lucía, Mediterráneo, Esos locos bajitos, Señora, Hoy puede ser un gran día, Helena, No hago otra cosa que pensar en ti y un etcétera casi interminable. Por eso la primera línea de este artículo es falsa: Serrat no pertenece al ámbito de los personajes sino al de las personas, a los cómplices, a esos que forman parte de tu existencia como un tío al que ves con bastante frecuencia y que te suministra las anécdotas y los conocimientos de una vida intensa. Para cada situación que uno enfrentaba, o para casi todas, había una canción de Serrat que te confortaba o le ponía letra y música a ese instante, de forma que uno pensaba que esa canción había sido compuesta exclusivamente para él, que se refería a una experiencia particular que nadie más podía vivir con la intensidad con la que nosotros la vivíamos. Esa es una de las cosas que hace grande a Serrat: uno lo escuchaba y parecía estar dialogando con él, haciendo caso de sus consejos. Así que cuando el nano cumple los setenta uno envejece solidariamente con él. Hay personas a las que vimos nacer, crecer y morir y sus ausencias nos hacen mayores; carga nuestra memoria con demasiados muertos así que la longevidad de Serrat es un placer o una razón para seguir en este loco asunto con cierta esperanza. Ciertamente, hace años que Serrat ha dejado de ser Serrat y sus últimas composiciones carecen de la frescura y el talento que demostró desde la década de los sesenta del pasado siglo XX, cuando la vida en España transcurría en blanco y negro. Sus inolvidables conciertos de entonces hoy parecen necesitar de alguien que le haga un pie (Sabina, por ejemplo) y sólo los nostálgicos seguimos escuchando a aquel Serrat que cantaba Gloria a Dios en las alturas / recogieron las basuras / de mi calle ayer a oscuras / y hoy sembrada de bombillas. La fiesta de la música de Serrat, como dice esa canción, se va terminando pero uno nunca puede dejar tirado en el camino a quien le confortó y le dio ánimos en los malos momentos, a quien supo expresar la alegría cuando tocaba ser feliz e irónico cuando se trataba de ejercer la ironía y triste cuando la tristeza marcaba el paso. Así que, de alguna forma, los setenta tacos del nano son mis setenta tacos. Como con esos escritores a los que vuelves de vez en cuando, en ocasiones me encierro en un pequeña habitación de casa, cojo un cedé de Joan Manuel, en español o en catalán, y no sólo lo escucho sino que canturreo con él, como dos amigos fraternales que se reúnen alrededor de una mesa en una tasca o en un bodegón y cantan juntos mientras comparten una botella de vino. Casi todas sus canciones fueron la banda sonora de mi vida. Ciertamente, hay otros músicos que me parecen mejores que él pero, quizá por razones de edad o de empatía, siempre sentí por Serrat un cierto sentido de intimidad, de complicidad, como si fuera uno más de mi barrio y lo saludara cada mañana al salir o al regresar a casa. Por eso, incluso cuando falla, uno no deja de escucharlo sino que se dice “vaya por Dios, ahí la cagaste” pero es como cuando te peleas con un hermano: el odio no surge nunca o se cancela con el próximo abrazo, con la siguiente aventura. Moltes gràcies por todo, nano.  

EL DESPERTAR

El asunto no es tan simple como pudiera parecer a primera vista. Quiero decir: lo de despertar, sacar primero los pies y después el resto del cuerpo de la cama, adentrarte por un pasillo que en ese instante casi sonámbulo es irreconocible, como si de repente estuvieses en otro país o en otro hemisferio, acercarte hasta el baño, levantar la tapa, orinar, bajar la tapa, lavarte las manos y entrar en la cocina, encontrar el interruptor de la luz que cada día está en un sitio distinto. Parece sencillo pero se necesitan instrucciones de carácter cortazariano. No en vano escribió Perec aquello de La Vie Mode d’Emploi, valga decir, La vida instrucciones de uso, porque cada mañana debería traer aparejado su prospecto y su plano para ir enfrentándote a la heroica tarea de poner en marcha un organismo cada vez más desgastado. Digamos, pues, (¿a santo de qué viene ese “pues”?), que te miraste de reojo en el espejo mientras soltabas el chorrito matinal y viste a alguien vagamente parecido a ti que bien podrías ser tú o tu padre o el tipo que te atiende en el supermercado. Pero a tales horas, imprudencias metafísicas, las menos. En la cocina ya no hay espejos sino una suerte de espacio semidesconocido con una heterogénea mezcla de objetos que a saber para qué demonios sirven. ¿Qué significan los imanes de la nevera? Un imán con forma de tomate, una foto de Budapest, una receta de salmorejo, una frase de algún libro, un número de teléfono. Tardas unos segundos en dilucidar la finalidad de la cafetera y la pones en marcha mientras te preparas un zumo de naranja, asunto en apariencia banal pero que requiere concentración. El ruido del aparato es similar, a tales horas, al de las hélices de un helicóptero. Bebes ese zumo, pelas una manzana y cascas unas nueces por aquello del colesterol. Pelar una manzana, en ese momento, es una labor de titanes; los dedos responden perezosamente y te da la impresión de que estás circunvalando el mundo mientras dejas caer la tira de la monda como si estuvieses desempaquetando una momia. Lo de cascar las nueces ya es algo sólo al alcance de un héroe homérico: obtienes el botín después de pinzarte un dedo y lanzar la primera  maldición del día. ¡Me cago en…! Al otro lado del cristal de la ventana, la noche es todavía sólida y no hay indicio alguno de una claridad que deseas pero que se retrasa de forma innoble, como un tren. Ahora empieza a borbollar el agua de la cafetera que retiras del hornillo y viertes el líquido en una taza que tiene el rostro de John Lennon (seguramente algún regalo de alguien que en ese instante no recuerdas). El primer sorbo del café, cuyo aroma parece poner en funcionamiento el ritual del día, te quema los labios y la lengua, lo cual, necesariamente conduce a la segunda maldición del día. ¡Me cago en…! Medio despabilado, apoyas la nuca contra la pared, mezclas con el café una pastilla de Indapamida Retard  (prescripción médica para la tensión), enciendes un cigarrillo. Parece que el mundo empieza a iluminarse, a tener contornos, a delimitar los objetos, incluso a situarte en medio de la espesura del día recién comenzado. Te concedes la tregua de ese cigarrillo que dejará el piso oliendo a humo durante bastante tiempo. Piensas en lo que tienes que hacer. No es mucho, ciertamente, pero a semejantes horas, te parece una tarea ímproba sólo al alcance de los dioses y los héroes. Y tú estás demasiado lejos de la divinidad y de la epopeya. A las siete de la mañana, un tipo despeinado, en pijama, con todo el torpor de la noche en los párpados, es algo similar a un muerto que resucita unos segundos para volver a morirse hastiado de lo que ve. Bien: debes escribir un artículo para el periódico, seguir trabajando en la novela que comenzaste hace tiempo y se quedó malditamente atascada en el desagüe de la imaginación, salir a hacer la compra, preparar la comida, llevar a cabo algunas gestiones en los bancos. ¿Y esa piltrafa que ahora apaga el cigarrillo en el fregadero será capaz de tan ímprobo esfuerzo? Para nada. Echas un vistazo al periódico de ayer: las noticias te resultan tan familiares que sabes que el de hoy va a reseñar lo mismo y el de mañana también: bastaría con cambiar la fecha del diario sin alterar para nada lo que cuenta. Luego friegas los restos del desayuno y entras en el baño con la intención de cepillarte los dientes y ducharte; en el espejo te observas otra vez y, sí, eres tú o al menos eres alguien que se parece sospechosamente a ti. Ése que, como el periódico, es igual al de ayer, al de hoy y al de mañana: no hay sorpresa alguna. La rutina establece su rotunda contundencia. Lo del artículo no corre tanta prisa, la novela, en fin, tampoco es algo que sea indispensable para nada ni para nadie y tú, una vez consumido el café, los frutos secos, la manzana y el zumo, empiezas a estar en paz contigo mismo. Así que crees, responsablemente, que mereces, al menos, media hora más en la cama. Con barba de dos días, despeinado, en pijama, medianamente renovado, vuelves a la piltra y te dices que nada es tan urgente como para que no pueda esperar una hora más. El mundo no va a echarte de menos. Aunque durmieses el resto de tu vida, nadie iba a echarte nunca en falta. Nadie. Nunca. Nada. Y, además, aún sigue siendo de noche. 

ANTES Y DESPUÉS

Tiempo de descrédito, tiempo de pactos, tiempo de silencio para muchos, la vejez es, debiera ser, sin embargo, la playa tranquila que nos recibiera después de una larga travesía de despropósitos. Como en la leyenda, en el mito y en la ficción, atrás quedó el territorio nutricio de la infancia del que partimos para una aventura desconocida: quedó a nuestra espalda el hogar acogedor, la niñez ensimismada, la juventud altiva, la madurez incierta: atrás quedaron Circes y Calypsos, las costas traidoras de Scylla y de Caribdis, las tormentas que turbaron un viaje del que, si la vida nos fue propicia, deberíamos regresar a Itaca, a su inquebrantable paz inexistente, más sabios y más desarraigados, como en un poema de Cavafis. Que ese viaje azaroso se haya cumplido o no, quizá no sea lo más importante. Si ese destino soñado no hemos podido conseguirlo, tal vez hayamos dejado por el camino cosas que a la larga nos enriquecieron. Desde los ojos de una vejez marchita, acaso todos los amores fueron igual de importantes: el frágil y efímero de la niñez, el convulso y eterno amor que dura unos meses de la juventud, el prolongado de una madurez que posiblemente no nos haya traído la felicidad pero que ha dado un nuevo nombre a nuestra patria, a nuestro territorio. Travesía que surge de la nada para llevarnos a ningún lugar o a un lugar desconocido por la cartografía, si la vida fuese justa (y a veces se cumple el milagro de que lo sea), uno tendría que arribar a su destino ignoto como los antiguos héroes legendarios: hambriento, con los cabellos sucios, con los harapos de la adversidad, con la mirada un poco más triste pero con el corazón templado de los supervivientes. De regreso, uno podría amontonar los tesoros de la memoria, repasar en calma su pasado, establecer que fue aquella luna de septiembre la misma luna de todos los años venideros, que los dioses que descubrimos sin saber que existían eran los dioses que nos protegieron desde entonces, que en el primer beso estaban contenidos todos los besos ulteriores y en la primera traición todas las traiciones que la siguieron. Habría también un libro en el que estuviesen contenidos todos los libros que leímos después y en alguna de sus páginas alguien había establecido por nosotros el futuro que arrostraríamos a partir de aquel momento. Incluso en lo incumplido hallamos la ternura necesaria para vivir, para defendernos con uñas y dientes del desafecto y de la melancolía, porque cualquier existencia contiene un instante, un solo instante breve pero tocado por un voluntarioso destino de eternidad, en el que descubrimos quiénes somos, quiénes seremos ya para siempre. Recodo final la vejez donde uno se siente acompañado incluso por los que ya no están a nuestro lado. El olvido que tantas veces nos hace fuertes repara en ocasiones los episodios que tiñeron de dolor los días que ahora, tan lejanos, se nos antojan sutiles como una telaraña. Porque quizá también las cicatrices establecieron los límites de nuestra felicidad, porque en la memoria amontonada todo ha servido para hacernos, para construirnos. Decantamos las viejas experiencias con la imparcialidad que nos da el tiempo vivido; posiblemente, las desventuras que un día nos hicieron pensar que la existencia de un ser humano era una infelicidad dictada por dioses crueles, se hayan transformado ahora, cuando ya todo adquiere un valor relativo, el relativo valor de la nostalgia, tan feraces en nuestra biografía como la primera piel que acariciamos, la primera estrella que descubrimos. Somos memoria. Feliz o infeliz pero memoria. Debería bastarnos con haber llegado hasta aquí, con poder rubricar decorosamente la página escrita de nuestra existencia, saber firmar sin dolo nuestra autobiografía que es, en el fondo, la común autobiografía de tantos seres humanos, fraguada con amor y amargura, con adioses y esperanzas, con heridas y afectos. No existe en la vejez un tiempo de descrédito, de pacto, de silencio; o acaso sí: acaso sea el silencio el último tesoro de quien ha vivido, el silencio que nos permite abismarnos en el recuerdo de cuantos lances han constituido nuestra existencia, leve existencia escrita sobre la superficie del mar, efímera mancha sobre la piel del mundo, tan poca cosa y sin embargo tan importante para la historia como la órbita de una planeta, como el deslumbrante rastro de una estrella fugaz. Eso somos, quizá: rayas en la superficie del planeta, vaho que desaparece en el cristal de la ventana porque ya no es tiempo de mirar hacia fuera y contemplar la vida sino de que la vida, desde el otro lado del cristal, nos contemple a nosotros, se enorgullezca de que hayamos colaborado con cierto decoro al proyecto final, para que todo se fuera cumpliendo lentamente, como van madurando los frutos o sucediéndose las estaciones, como suben las mareas y los viajes llegan al final a Itaca, aquella patria que un día vislumbramos tan lejana, a la que creímos que nunca podríamos arribar, cuando nos dijimos que no merecía la pena intentar la travesía y, sin embargo, nos lanzamos al mar como a los brazos amados y después de sortear monstruos y tormentas y finisterres, alcanzamos por fin el territorio que no es pacto, que no es silencio, que no es descrédito: era, simplemente, la vida.