SERRAT

por Chesi

Lo malo de que cumplan años determinados personajes es que te los hacen cumplir a ti de rebote. Serrat acaba de cumplir las setenta castañas y si uno echa la vista atrás recuerda que su adolescencia y su juventud y buena parte de su madurez estuvieron marcadas por canciones como El drapaire, Paraules d’amor, La primera, Lucía, Mediterráneo, Esos locos bajitos, Señora, Hoy puede ser un gran día, Helena, No hago otra cosa que pensar en ti y un etcétera casi interminable. Por eso la primera línea de este artículo es falsa: Serrat no pertenece al ámbito de los personajes sino al de las personas, a los cómplices, a esos que forman parte de tu existencia como un tío al que ves con bastante frecuencia y que te suministra las anécdotas y los conocimientos de una vida intensa. Para cada situación que uno enfrentaba, o para casi todas, había una canción de Serrat que te confortaba o le ponía letra y música a ese instante, de forma que uno pensaba que esa canción había sido compuesta exclusivamente para él, que se refería a una experiencia particular que nadie más podía vivir con la intensidad con la que nosotros la vivíamos. Esa es una de las cosas que hace grande a Serrat: uno lo escuchaba y parecía estar dialogando con él, haciendo caso de sus consejos. Así que cuando el nano cumple los setenta uno envejece solidariamente con él. Hay personas a las que vimos nacer, crecer y morir y sus ausencias nos hacen mayores; carga nuestra memoria con demasiados muertos así que la longevidad de Serrat es un placer o una razón para seguir en este loco asunto con cierta esperanza. Ciertamente, hace años que Serrat ha dejado de ser Serrat y sus últimas composiciones carecen de la frescura y el talento que demostró desde la década de los sesenta del pasado siglo XX, cuando la vida en España transcurría en blanco y negro. Sus inolvidables conciertos de entonces hoy parecen necesitar de alguien que le haga un pie (Sabina, por ejemplo) y sólo los nostálgicos seguimos escuchando a aquel Serrat que cantaba Gloria a Dios en las alturas / recogieron las basuras / de mi calle ayer a oscuras / y hoy sembrada de bombillas. La fiesta de la música de Serrat, como dice esa canción, se va terminando pero uno nunca puede dejar tirado en el camino a quien le confortó y le dio ánimos en los malos momentos, a quien supo expresar la alegría cuando tocaba ser feliz e irónico cuando se trataba de ejercer la ironía y triste cuando la tristeza marcaba el paso. Así que, de alguna forma, los setenta tacos del nano son mis setenta tacos. Como con esos escritores a los que vuelves de vez en cuando, en ocasiones me encierro en un pequeña habitación de casa, cojo un cedé de Joan Manuel, en español o en catalán, y no sólo lo escucho sino que canturreo con él, como dos amigos fraternales que se reúnen alrededor de una mesa en una tasca o en un bodegón y cantan juntos mientras comparten una botella de vino. Casi todas sus canciones fueron la banda sonora de mi vida. Ciertamente, hay otros músicos que me parecen mejores que él pero, quizá por razones de edad o de empatía, siempre sentí por Serrat un cierto sentido de intimidad, de complicidad, como si fuera uno más de mi barrio y lo saludara cada mañana al salir o al regresar a casa. Por eso, incluso cuando falla, uno no deja de escucharlo sino que se dice “vaya por Dios, ahí la cagaste” pero es como cuando te peleas con un hermano: el odio no surge nunca o se cancela con el próximo abrazo, con la siguiente aventura. Moltes gràcies por todo, nano.  

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