MANDALA

por Chesi

Tú empiezas a escribir a primera hora un texto acerca de un hombre solitario que en su casa, muy temprano, cuando aún la mañana es un esbozo o un borrador, se levanta de la cama, bebe un café solo sin azúcar, se sienta en el sillón de su escritorio y comienza a pergeñar un texto acerca de un hombre solitario que muy temprano, casi recién amanecido el día, se acomoda en el sillón de su escritorio y empieza a teclear en el ordenador un texto sobre un hombre que cuando amanece, después de una noche de insomnio, bebe un zumo de naranja, enciende un cigarrillo, mira por la ventana la lentitud del día que se va expandiendo como espuma y decide escribir un texto para un periódico en el que un hombre que acaba de salir de una enfermedad, para combatir el tedio y el desánimo de una improbable recaída, deja la cama sin hacer, paladea un café solo con galletas, consume las pastillas que el médico le ha prescrito y se pone a manuscribir con una estilográfica unas líneas que hablen de sí mismo, de ese hombre hasta hace poco enfermo que no sabe cómo demonios enfrentarse al día recién iniciado y, como el que hace un crucigrama, caligrafía en un folio un texto acerca de un hombre solitario pero varía la fórmula y le añade al hombre que escribe la compañía de un gato gris que en un momento determinado, en tanto el hombre busca un adjetivo, se alza hasta sus muslos y se aquieta allí con la tibieza de una manta, así que el hombre cree que es más importante acariciar al gato que seguir escribiendo pero no puede dejar la tarea a medias porque entonces se le vendría encima esa mañana lluviosa y la aprensión de una enfermedad de la que ya está restablecido, entonces decide retratarse a sí mismo, ser el protagonista de ese texto en el que un hombre escribe acerca de otro hombre (aunque sea el mismo) que pergeña unas líneas en torno a un hombre que está escribiendo en el piso séptimo de un edificio sobre un hombre al que le acaba de saltar un gato a los muslos y aunque el hombre (el que escribe) no tiene ningún animal de compañía en casa, piensa que será agradable introducir la presencia de un animal doméstico y cariñoso en ese texto, una especie de consuelo casi fraternal, y, además, para paliar la soledad del que escribe, añade la ayuda de una pieza musical cualquiera, no importa cuál, una música que haga más llevadera la mañana lluviosa, de forma que tenemos a un hombre que escucha música, escribe acerca de un hombre que escribe con un gato entre sus muslos y piensa que ahora sí, ese hombre que él acaba de inventar ya tiene una cierta personalidad, porque ha consumido un zumo de naranja, saboreado un café sin azúcar, fumado un cigarrillo, recibido el consuelo de la lluvia, el trato musical, en resumen, la rotundidad de una presencia sólida y se siente acompañado por el gato, por la música y por la lluvia, por el olor del café y el sabor de las naranjas, que son elementos fundamentales para combatir la soledad, de manera que no cree que deba incluir en el texto un cielo que empiece a despejarse de nubes y desde el que lleguen los rayos de un sol melifluo y demasiado poético, y él, ignoramos por qué, no tiene la menor intención de incurrir en aditamentos líricos para el texto que está escribiendo, de manera que ahora, ahora que tienes a un protagonista, un hombre que está escribiendo un artículo o un cuento mientras suena la música, escucha caer la lluvia y un gato se le encaramó en los muslos, lo que haces es dejar de escribir, pasar una mano por el lomo del gato, contemplar el aguacero que cae al otro lado del cristal y detenerte a escuchar la música porque tanto el gato, como la música, como la lluvia, son bastante más interesantes que el texto que estás escribiendo acerca de un hombre que se levanta de la cama, bebe un café y un zumo, fuma un cigarrillo pese a las recomendaciones del médico, y empieza a escribir acerca de un hombre que está escribiendo, circunstancia a la que debes poner fin de inmediato para olfatear la realidad de todo lo que está fuera de ti, más importante o, al menos, más interesante, que lo que te ronda la cabeza, esa estúpida idea de un cuento o un artículo acerca de un hombre que está escribiendo un texto para un periódico o para sí mismo o para un gato que, a fin de cuentas, apenas sabe deletrear algunas palabras del diccionario y más cuando quien ha inventado todo es un escritor desafortunado que comienza a escribir un texto sobre un hombre que cuando se levanta de la cama, bebé un café, ingiere un zumo de naranja y enciende un cigarro, le entrega a un gato los restos de una cena frugal y trata de pergeñar unas líneas que hablen de un hombre que escribe un cuento acerca de, lo que atestigua, tal como dijo Georges Perec que vivimos en un mundo “condenado a la repetición infinita de sus propios modelos”, quod erat demonstrandum o algo así o todo lo contrario, vaya usted a saber, porque el hombre que está escribiendo el texto aún no pasó de la primera línea que, a lo mejor, es también la última, la definitiva, esa que tú empezaste a manuscribir a antes del amanecer.

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