LOS MISERABLES

por Chesi

Recientemente, una cámara instalada en un helicóptero de la Guardia Civil de Tráfico, captó a un conductor que leía un libro colocado sobre el atril del volante mientras circulaba a través de una autovía. La alta definición de la cámara, tras algunas investigaciones, logró detectar la portada del libro que el irresponsable conductor iba leyendo y, por deducciones más o menos acertadas, se llegó a la conclusión de que el automovilista estaba destripando Los Miserables de Victor Hugo. Sé que no se puede jugar con las tragedias que diariamente asuelan nuestras carreteras merced a indeseables que se saltan las señales de tráfico, hablan por el teléfono móvil, violan el código o encienden el motor en condiciones lamentables de alcohol u otras sustancias. Vaya por delante esa precisión. Pero resulta asombroso que alguien que circula por la carretera se dedique a leer a Victor Hugo: no está echando un vistazo a un mapa, estudiando análisis financieros, rezando el Breviario o evadiéndose con Paulo Coelho sino que optó por una obra mayor (y extensa) del escritor francés. Me imagino a ese majara (en cierto modo entrañable) recorriendo las autovías españolas en su vehículo que es una especie de burbuja o de biblioteca siguiendo las aventuras que narra Victor Hugo en Los miserables. Ciertamente constituye una imprudencia y una temeridad porque pone en riesgo su vida y las de otros conductores pero subyace una raíz de carácter poético en el hecho de tener que aprovechar un trayecto para leer en un soporte de papel una obra literaria de tal enjundia. 

Hace años conocí en Valencia a un español de origen francés que se dedicaba al diseño de moda, principalmente pantalones vaqueros; no diré la marca que trabajaba (que se correspondía con su nombre) y que estuvo muy de moda por aquellos años. Su padre era un exiliado que una vez regresado a Valencia, hacía diariamente, hasta poco antes de morir a los noventa y tantos años, 100 kilómetros en bicicleta. El hijo, del que hablo, optaba por otro tipo de medio de transporte y era un enamorado (supongo que lo seguirá siendo) de la literatura y concretamente de la novela negra. Y atesoraba media docena de multas porque había sido sorprendido por la Guardia Civil de Tráfico leyendo obras de dicho género mientras conducía. Él se justificaba arguyendo que le encantaba leer, que necesitaba hacerlo y que dado que en su empresa unifamiliar no tenía personal que se dedicase al transporte de la mercancía, aprovechaba el tiempo que le permitían sus largos desplazamientos para destripar los argumentos de esas novelas. En estos oscuros años en los que cierran librerías y editoriales, en los que merman escandalosamente los fondos de los bibliotecas, en los que se prefiere lo audiovisual a la lectura, en los que los superventas son cada vez ficciones más sofisticadas pero a la vez inanes, no deja de tener su encanto que haya unos locos (sí, de acuerdo, peligrosos) que apuran el tiempo libre del que apenas disponen para leer. Una pasión perversa, como digo, que puede perfectamente desembocar en catástrofe; pero seguramente la mayoría de los accidentes provienen del consumo de drogas, de mantener conversaciones telefónicas, de hacer caso omiso de las señales y de otros actos vandálicos antes que de los tipos que leen al volante que, a fin de cuentas, son más bien pocos; que leen, quede claro, buena literatura. Seguramente, aunque descrea de ello, los lectores de ese tipo de obras tienen un ángel tutelar que guía los vehículos para que no suceda nada trágico mientras ellos se abisman en los meandros del argumento y en las vidas de los personajes de ficción. Por cierto, ¿cuántos kilómetros invertirá una persona en leer Los Miserables?  

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