El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: julio, 2014

LOS BARES DEL METRO

Allí están, a todas horas, cada vez que pasas, en cualquier línea que cojas: da lo mismo que sean estaciones del centro que del extrarradio: acostumbrado a verlos siempre, apenas reparas en ellos hasta que un día decides que tomar el metro no es tan urgente cómo adivinar por qué están allí, quiénes son, qué vida los condujo hasta aquel preciso lugar: los bares tristes de las estaciones del metro. Los miras desde fuera y te parecen personas abatidas, personas como venidas de otros mundos o que no aceptan la vida tal como nosotros solemos aceptarla, con sus códigos, sus costumbres, su lenguaje. Parecen siempre al margen, como personajes de una novela de Céline. Desastrados, solitarios, hipocondríacos, acodados en la barra de los bares consumen alcohol: ginebra matutina a la que añaden algún bollo, aguardiente, cerveza, coñac. Como si detestaran la vida y quisieran abandonarla urgentemente o como si detestaran las normas que otros les imponen para vivirla. Seres que uno sólo creía que existían en las ficciones, allí están, en silencio, como si la barra del bar fuera un burladero y la corrida de la existencia les importara un carajo. Que se maten otros, parecen decir, con sus prisas, sus compromisos, sus agendas, sus productividades: yo me quedo aquí, al margen de la corriente, viendo cómo se van agobiando cada día los miles de personas que suben al metro y recorren los andenes con prisa desquiciada. Hombres reconcentrados y sin dientes, enjutos, de barba atrasada, que encienden parsimoniosamente un cigarrillo, aspiran el humo, beben el primer trago y parecen lamentar (que quizá no sea sino una forma de agradecimiento) el hecho de estar vivos. Mujeres esqueléticas o pasadas de kilos que cuentan sus historias, exhiben vestidos de segunda mano y no conciben que la vida pueda suceder a sus espaldas, donde nos amontonamos nosotros que pasamos de largo sin reparar en ellas. A veces conviene detenerse y mirarlos, tratar de comprender por qué están allí, qué otro modo de entender la existencia poseen, qué piensan de las ocupaciones que habitualmente a los demás nos agobian. Miran los anaqueles de las botellas y aunque se detienen cada día en el mismo bar, no intiman con los camareros: estos les sirven las bebidas habituales, bebidas fuertes, bebidas narcóticas, bebidas que los sumerjan en el olvido y exhiben sus manos delgadas con venas azules por donde la vida transcurre mezclada con alcohol. Uno no debería pasar de largo por estos lugares, no debería desentenderse de estas biografías sedentarias, de esos hombres y mujeres que no sueñan con ir de vacaciones a ningún país exótico ni consumir vinos caros ni vestir ropa de marca: ahí están, quietos, bebiendo la vida en copas de coñac, soñando tal vez un pasado en el que fueron felices si es que no lo son ahora, mientras consumen alcoholes turbios y nos dan la espalda a los que nos ajetreamos en una sinrazón de horarios impuestos. ¿De qué lado estará la vida, la verdad, la ternura? Yo sospecho que del suyo, sospecho que nos gustaría detenernos en la barra, pagarles una copa, mirarlos, decirles que sin ellos la vida es un enloquecido viaje en metro sin destino. Escucharlos.

PHILIP ROTH

Philip Roth se retira. Después de una larguísima y exitosa carrera literaria ha decidido poner fin a la aventura de la ficción y concluir una trayectoria que alberga algunas de las mejores novelas de la literatura estadounidense de las últimas décadas y uno piensa que la decisión es bastante sensata y que poco más podría aportar, llegado a los ochenta años, que mejorase su Pastoral americana, El lamento de Portnoy o Me casé con una comunista, por citar algunos títulos de su vasta producción. Ciertamente, la edad, por sí sola, no justifica el retiro de un autor. Ciertos escritores urdieron algunas de sus grandes obras a una edad longeva: Jünger, Torrente Ballester, Juan Goytisolo o el mismo Cervantes, que se empeña en ese monumento literario de El Quijote con casi sesenta años, que, para su época, era ya una vejez avanzada. Saber retirarse a tiempo es complicado pero más triste resulta para un lector encontrarse con autores que en su día lo sedujeron y que con el transcurso de los años, empeñados en publicar a toda costa, prosiguen insensatamente su carrera amontonando obras menores y, en ocasiones, de una mediocridad insultante. No caeré en la bajeza de poner nombres pero tengo a media docena de autores “arrestados” porque, pese a su nombre y a galardones de todo tipo, hace años que no escriben nada medianamente decente. No se puede desechar la idea de que ese autor, ya acabado, crea que todavía está en forma, que la próxima novela que acometerá será tan buena como las que le dieron éxito en su día pero, una vez escrita, debería poseer la capacidad suficiente para ejercer una labor crítica exhaustiva y llegar a la conclusión de si merece o no ser publicada, si esa novela, ese libro de poemas, ese conjunto de cuentos, añade algo distinto no ya a la literatura en general sino a su literatura en particular. Supongo que, a mayores, se encuentran con un problema añadido: por mala que sea la obra, el nombre garantiza un número de ventas más o menos interesante, lo cual le reporta beneficios a él y, de paso, a la editorial. Esa misma editorial que, posiblemente, acaba de rechazar un manuscrito de un desconocido que atesora más calidad que el bodrio firmado por el autor de renombre. Saber parar, como hizo Philip Roth, a tiempo, es un acto de cordura pero difícil de asumir. En cualquier actividad humana llega ese momento en que hay que saber decir “basta” aunque, insisto, es complicado. Deportistas que buscan un retiro dorado en países árabes o norteamericanos cuando ya no están en forma para seguir jugando al fútbol de alto nivel, cantantes que repiten hasta la saciedad los éxitos que los catapultaron a la fama décadas atrás, en fin, hay ejemplos que no es necesario reseñar. Por supuesto que el hecho de cumplir años no implica que uno esté acabado; como ya se dijo, en ocasiones, aunque no sea lo más corriente, un escritor puede seguir pergeñando obras mayores pese al transcurso del tiempo; pero lo más común es que el deterioro de la edad menoscabe el resultado del talento, de la inteligencia. Por eso uno acoge con alegría la elegancia de Philip Roth al decidirse por el silencio que, en ocasiones, es más feraz que una obra literaria de escaso calado que sólo se justifica (si eso es una justificación) por el vanidoso hecho de que quien la firma es un nombre popular que en otro tiempo nos suministró el indecible placer de unas obras maravillosas pero que ahora, en plena decadencia, nos entrega productos de escasa calidad. Saber cuándo uno está de más, es un arte; si Philip Roth se manejó magistralmente en la ficción, también lo ha hecho sabiamente con el silencio. Y ambos asuntos los recibe el lector doblemente agradecido.

LOS BEBÉS

Siento inquietud ante la mirada inocente de un bebé. A la vez que ternura me da la impresión de que en silencio me están reprochando ser adulto y lo que eso conlleva. Quizá sea muy injusto lo que digo o que tengo demasiadas cosas que ocultar o de las que avergonzarme pero el otro día estaba apoyado en una esquina entre dos calles y un bebé pasó en su coche y se me quedó mirando como sólo te miraba la policía hace años o un hermano que te descubría masturbándote o tu padre durmiendo cuando deberías estudiar. Si el bebé tuviese permiso de armas a buen seguro hubiera abierto fuego contra mí. Tengo la impresión de que cuando me miran, de que cuando nos miran, nos reprochan la herencia que les estamos dejando: un planeta agonizante, guerras en cualquier lugar, hambre, enfermedades, epidemias, en fin, la basura con la que les estamos allanado el camino hacia un presunto futuro.
Hace años, la mirada de un bebé me tranquilizaba, me reconciliaba con la vida, creía que los desmanes que nosotros cometíamos hallarían en nuestros descendientes una vía de solución, un arreglo, una esperanza. Pero ésta debe de estarse deteriorando en exceso porque ahora me miran con rencor, con actitud fiscal, de obispo lanzando anatemas contra todo y contra todos desde un púlpito. Dejan de ser los niños de Guillermo el Travieso y empiezan a ser personajes de novelas de Henry James, niños monstruosos que idean algo contra los adultos. Estoy convencido de que hay una guerra larvada que llevan preparando mucho tiempo y de que un día actuarán. Una conjura. Y vencerán, claro, porque son más jóvenes y más fuertes. Y además, porque les asiste la razón. Hacen bien en mirarnos de ese modo, con recelo, con melancolía, hasta con rencor. Lo tenemos merecido; así tendríamos que mirarnos nosotros cada mañana en el espejo; mirarnos con calma, con los ojos fijos y decir: “Eres un maldito hijo de puta”. Los niños son nuestros espejos. No es posible esquivarlos, huir de ellos, darles la espalda. Con la mirada de un bebé, con una mirada así, Cortázar escribiría un cuento inolvidable; yo me limito a dejar constancia de lo que está sucediendo de forma solapada en nuestra sociedad, en nuestro universo. Esa mirada revanchista no atesora nada bueno, seguro.
Trataré de evitar esos ojos fijos, esos ojos de inocencia dubitativa, esos ojos justos y fríos que parecen decir: “La que te espera, desgraciado”. La infancia ya no es una felicidad o una patria: es una trinchera. El día en que den el paso al frente, la cagamos. Tengo miedo.