PHILIP ROTH

por Chesi

Philip Roth se retira. Después de una larguísima y exitosa carrera literaria ha decidido poner fin a la aventura de la ficción y concluir una trayectoria que alberga algunas de las mejores novelas de la literatura estadounidense de las últimas décadas y uno piensa que la decisión es bastante sensata y que poco más podría aportar, llegado a los ochenta años, que mejorase su Pastoral americana, El lamento de Portnoy o Me casé con una comunista, por citar algunos títulos de su vasta producción. Ciertamente, la edad, por sí sola, no justifica el retiro de un autor. Ciertos escritores urdieron algunas de sus grandes obras a una edad longeva: Jünger, Torrente Ballester, Juan Goytisolo o el mismo Cervantes, que se empeña en ese monumento literario de El Quijote con casi sesenta años, que, para su época, era ya una vejez avanzada. Saber retirarse a tiempo es complicado pero más triste resulta para un lector encontrarse con autores que en su día lo sedujeron y que con el transcurso de los años, empeñados en publicar a toda costa, prosiguen insensatamente su carrera amontonando obras menores y, en ocasiones, de una mediocridad insultante. No caeré en la bajeza de poner nombres pero tengo a media docena de autores “arrestados” porque, pese a su nombre y a galardones de todo tipo, hace años que no escriben nada medianamente decente. No se puede desechar la idea de que ese autor, ya acabado, crea que todavía está en forma, que la próxima novela que acometerá será tan buena como las que le dieron éxito en su día pero, una vez escrita, debería poseer la capacidad suficiente para ejercer una labor crítica exhaustiva y llegar a la conclusión de si merece o no ser publicada, si esa novela, ese libro de poemas, ese conjunto de cuentos, añade algo distinto no ya a la literatura en general sino a su literatura en particular. Supongo que, a mayores, se encuentran con un problema añadido: por mala que sea la obra, el nombre garantiza un número de ventas más o menos interesante, lo cual le reporta beneficios a él y, de paso, a la editorial. Esa misma editorial que, posiblemente, acaba de rechazar un manuscrito de un desconocido que atesora más calidad que el bodrio firmado por el autor de renombre. Saber parar, como hizo Philip Roth, a tiempo, es un acto de cordura pero difícil de asumir. En cualquier actividad humana llega ese momento en que hay que saber decir “basta” aunque, insisto, es complicado. Deportistas que buscan un retiro dorado en países árabes o norteamericanos cuando ya no están en forma para seguir jugando al fútbol de alto nivel, cantantes que repiten hasta la saciedad los éxitos que los catapultaron a la fama décadas atrás, en fin, hay ejemplos que no es necesario reseñar. Por supuesto que el hecho de cumplir años no implica que uno esté acabado; como ya se dijo, en ocasiones, aunque no sea lo más corriente, un escritor puede seguir pergeñando obras mayores pese al transcurso del tiempo; pero lo más común es que el deterioro de la edad menoscabe el resultado del talento, de la inteligencia. Por eso uno acoge con alegría la elegancia de Philip Roth al decidirse por el silencio que, en ocasiones, es más feraz que una obra literaria de escaso calado que sólo se justifica (si eso es una justificación) por el vanidoso hecho de que quien la firma es un nombre popular que en otro tiempo nos suministró el indecible placer de unas obras maravillosas pero que ahora, en plena decadencia, nos entrega productos de escasa calidad. Saber cuándo uno está de más, es un arte; si Philip Roth se manejó magistralmente en la ficción, también lo ha hecho sabiamente con el silencio. Y ambos asuntos los recibe el lector doblemente agradecido.

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