El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: agosto, 2014

EL DOCUMENTAL

No seguí el debate sobre el estado de la nación (prescindamos de las mayúsculas) de hace algún tiempo pero sí pude ver algunas intervenciones en la televisión o escuchar en la radio a distintos participantes en esa especie de feria de las vanidades que no sirve para nada salvo para darse un paseíllo torero entre los aplausos de los conmilitones y una hipertrofia del ego de los contendientes. Uno está esperando que después de cada intervención suene un pasodoble y el que acaba de hablar dé una vuelta al ruedo con la oreja ensangrentada de su adversario en la mano alzada entre las ovaciones de sus acólitos. A Rajoy no le quedaría mal un traje de luces ni a Rubalcaba uno de alguacilillo; quizá no desentonara Cayo Lara de monosabio y el resto de los intervinientes podrían ceñirse los distintos atavíos que en la denominada fiesta nacional (que ni es fiesta ni es nacional) lucen los participantes en la sangría. Digamos, pues, que asistí a un tráiler y la verdad es que aquello me pareció como una escena de El planeta de los simios: el momento en el que un hueso se transforma en arma y empiezan a golpearse entre sí los monos. Lo cierto es que la especie política de este país merecería un documental de National Geographic: nada de retransmitir en la cadena pública española esa exhibición de mediocridad y mal gusto; lo mejor es atenerse al formato del documental y exhibirlo a media tarde, cuando nos vence el sopor, justo antes de que pasen otro documental relativo a las hienas. Existe una España política que no se entera de lo que sucede en la España real; hay una España de las Cortes y una España de la calle. Como Juan Filloy decía de la literatura de Borges, a la política le falta calle, le falta oxígeno, le falta vida. La política, la política de los partidos, de estos partidos al menos, está muerta. El trayecto entre el congreso y la plaza del pueblo no lo recorren jamás los políticos que creen que lo real es lo que ellos debaten, exactamente lo que menos interesa a los ciudadanos: la cantidad de mierda almacenada en sus gavetas, esos excrementos que se arrojan los unos a los otros y que siempre nos cogen a nosotros por medio. Verlos debatir me produce una sensación desasosegante: es como si entrase en una sala para asistir a una conferencia acerca de la novelística de Proust y por error hubiese accedido a un recinto en el que varios científicos disertan en torno a la física cuántica. Soportar un debate acerca del estado de la nación es la mejor fórmula para convertirse en abstencionista de la misma manera que enfrentarse a una homilía dominical es el camino más corto para el ateísmo. Si uno se somete a una actitud de entomólogo, los diputados son una serie de insectos que buscan libar cuantas más flores a tiro se pongan, mejor; si primatólogo, asistimos a una manifestación de primates enloquecidos que se masturban de manera impúdica. En definitiva, cualquier afeite animal les sienta estupendamente, aislados en sus jaulas, con sus vidas regaladas, ajenos a cuanto acontece en el exterior, a los problemas que soportan los mortales. En un documental caben todos ellos, es su hábitat natural, una especie de gran hermano para políticos. Seguro que unas cuantas cadenas pagarían millones por contratarlos. Lo que ignoro es si tendrían una audiencia mayoritaria porque ya sabemos de sobra de qué pie cojean las manadas de animales que se acuerdan de nosotros cada cuatro años: puede variar el pelaje pero no su podrido corazón de chimpancés.

LAS LLUVIAS

Ha venido la lluvia de verano como un regalo de los dioses. Hay quien a eso le llama mal tiempo, posiblemente no por las condiciones climáticas sino porque en esos instantes uno debe enfrentarse a la soledad y consigo mismo desarmado. Cuando sale el sol, apuramos la agenda con compromisos sospechosos que nos invitan a pasar por la vida cumpliendo ritos sociales vacíos, nos encontramos en la calle con conocidos, nos reunimos a beber en las terrazas, podemos bañarnos en las piscinas, urdir en el vocinglero devenir de las horas una trama que se sustenta en una fragilidad que nunca miramos a la cara. Lo mismo sucede con el territorio de la noche. Hay noctámbulos empedernidos a los que si los sacas de las copas y los bares se encontrarán en un territorio hostil y con un tiempo lento en el que no sabrán qué hacer. Uno ama las lluvias como ama las islas remotas. La frase “escucho como quien oye llover” es una falacia: pocos sonidos hay más hermosos que el de la lluvia golpeando las lajas de una plaza, el capó de un coche, el periódico abandonado en el suelo. La lluvia tiene su música como una melodía de jazz. La eternidad debiera ser un territorio de lluvias permanentes, de vagabundeos desnortados, de errantes paseos hacia ningún lugar. Bajo la lluvia es más difícil el amor y la amistad, más reconcentrada la lectura, más espesa la urdimbre de la vida. Cuando llueve hay quien pega el rostro al cristal de la ventana maldiciendo el tiempo infernal y aguarda el sol que le permita continuar con lo de siempre, los rituales de la apariencia; hay otros, y entre ellos me incluyo, que miramos caer la lluvia con sorprendido gozo y entendemos que el fluir del tiempo es así, a veces remansado como una llovizna otoñal, a veces torrencial como un chaparrón veraniego. Ha venido una lluvia impropia de la estación y nos insta a comprender la fragilidad sobre la que está sustentada nuestra felicidad que puede encapotarse con una nube con la que no contábamos. Hay que estar siempre dispuesto para lo imprevisto. En realidad, uno recuerda mejor las hermosas escenas de las películas en las que la lluvia era una presencia ominosa, acaso falsa, pero que imponía un ritmo diferente al argumento ya escrito. El verano se ha quedado de pronto en suspenso detrás de la lluvia y o miramos el cielo solicitando el regreso del sol o bien nos atenemos al rigor de un clima que nos trae ese don distinto en el que uno se encuentra a sí mismo desnudo de toda adherencia de improbable felicidad. Quizá los que amamos la lluvia y los mares bravos y los cementerios seamos unos tipos raros y un tanto sospechosos que nunca estamos de acuerdo con lo que poseemos y anhelamos cosas distintas: veranos de aguaceros interminables, súbitos chaparrones que obliguen a la gente a escapar de las terrazas donde consumían cervezas y amparados dentro del bar contemplan como en las sillas permanecen sus sombras que en el fondo son ellos mismos, su propia realidad, personas que se dejan mojar por la lluvia, la misma lluvia que los hizo felices en la infancia y de la que ahora recelan, adultos perdidos para siempre.

UN DECORADO

Pasear a media noche por una ciudad da unos resultados espléndidos, siempre y cuando uno sepa huir de los horas y los días en los que está invadida por gentes con ganas de diversión. Los mejores veinte minutos del año 2012 fueron para mí los que pasé por las calles de mi ciudad el 31 de diciembre, poco antes de que finalizara el año: vagabundeé por la zona del centro y salvo algún esporádico vehículo estacionado en un semáforo (disculpen la procesión de esdrújulas) no me tropecé con ninguna persona: la ciudad tenía algo de paisaje lunar o submarino como si perteneciese a una civilización extinguida o a punto de desaparecer. Era un territorio tomado por la soledad y el silencio. Ya en casa, en cuanto sonaran las campanadas terribles de todos los años, el espectáculo zafio de la felicidad impostada volvería a suceder como una riada.
Si actualmente usted se toma la molestia de salir de casa un lunes o un martes o un miércoles por la noche deambulará por una ciudad en la que puede encontrarse con alguien que regresa a su piso, algunos trabajadores de esos oficios ingratos y nocturnos pero, sobre todo, verá, como en un decorado, numerosos locales con los carteles Se Traspasa, Se Alquila o Se Vende. Uno tiene la sensación de que la ciudad ha sido, efectivamente, el decorado de una película en la que ha tenido lugar la vida pero que una vez rematada la cinta, cuando ya los actores, los guionistas, el director, el ayudante del director, los figurantes, los iluminadores, los maquilladores y los del sonido lo han abandonado, carece de sentido: carecen de sentido esos locales que se han ido a la miseria, los negocios que quebraron, los que tuvieron que traspasarse por falta de clientela. Y se sospecha que ninguna película con final feliz va a volver a rodarse en ese decorado inútil. E imagina qué ha sido de las personas que un día estuvieron al frente de esos establecimientos y sobrevivían mejor o peor de sus negocios. Para pensar en lo cual, claro, conviene acercarse a un bar que aún esté abierto, acceder a ese local en el que antaño se reunían los noctívagos para hablar de cualquier fruslería o contarse sus proyectos o discutir de fútbol; pero ahora ese local al que uno accede, está únicamente ocupado por el tabernero que hace un crucigrama al otro lado de la barra, te saluda con un cierto fastidio y te sirve el café o la cerveza o el gintonic que acabas de pedir y murmura como para sí que las cosas pintan tan mal que está pensando seriamente en cerrar el negocio y regresar a su pueblo. En otros tiempos, las puertas de esos locales no dejaban de abrirse y cerrarse a tales horas y entraban y salían, como en un salón del oeste, grupos alborotadores que alteraban tu tranquilidad pero ahora, ahora que tienes tranquilidad a manos llenas, echas de menos a los bulliciosos que hablaban en voz alta y en ocasiones se emborrachaban y reían con la misma felicidad impostada que en las celebraciones de fin de año. Como en aquellos decorados almerienses de los westerns del siglo pasado, los poblados están quedándose vacíos, las personas se atrincheran en sus casas y desde las ventanas miran hacia abajo y ven las calles desiertas, los negocios que cerraron, algún viandante solitario que vaga como un fantasma esperando que venga un viento terrible y brutal que barra la ciudad como en alguna página de Gonzalo Torrente Ballester o de García Márquez porque es posible que la existencia no sea sino una novela, mejor o peor, pero uno empieza a intuir que el final de la ficción va a ser calamitoso y cuando reflexiona al respecto, el paseante que ha entrado en ese bar casi vacío, decide que es mejor cambiar de idea y en vez de pedirle un café al camarero, le ruega que le sirva un gintonic y añade a media voz “bien cargado, por favor”, se pone de espalda a la barra, apoya los codos en ella como un forastero de una película del oeste que aguarda retador la llegada del sheriff para solventar cuestiones jerárquicas y mira a través de la cristalera el decorado vacio de la ciudad, con sus Se Alquila, Se Vende, Se Traspasa y decide que en cuanto acabe la consumición, subirá a su caballo y marchará en busca de nuevos horizontes aun sabiendo lo difícil que es que existan nuevos horizontes distintos al territorio que ahora observa, desolado, ruinoso, como el decorado de una película que se ha rodado muchos años atrás y que ya no sirve ni para el recuerdo. Quizá este artículo debería haberse titulado Liquidación, como aquella novela de Imre Kertész.