El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: septiembre, 2014

LITERATURA LOW COST

A la vista de los actuales y sombríos éxitos editoriales a uno le asaltan ciertas ideas de peligroso pesimismo. Ciertamente, no hay que denostar determinados libros porque alcancen éxitos de ventas. Existen novelas extraordinarias que afortunadamente fueron del agrado del público y se vendieron de forma multitudinaria. La poética del fracaso, tan manida, no siempre resulta cierta y quizá cualquier escritor lo que desea en el fondo es conseguir un número de ventas que le permita dedicarse a escribir otra novela durante un tiempo que los que escriben suelen ser tipos así de perversos. Lo malo estriba en los libros concebidos como superventas, escritos simplemente para llegar a un público mayoritario y que por lo general no exige calidad sino entretenimiento, morbo, cotilleo, aventuras extravagantes, animales míticos y lugares insólitos de tarjeta postal. La impostura, a poco que uno haya leído, se detecta de inmediato. Si se repasan las listas de éxitos de ventas (y creo que debería prescindirse de semejante categoría) veremos que aparte de determinados nombres de escritores profesionales y bien valorados, aparecen los advenedizos con cualquier tipo de coartada: una presentadora de televisión que se mete en la piel de una princesa y a la que manipula a su antojo, más presentadores de televisión con sus novelas (y no necesariamente un presentador de televisión tiene que ser un mal novelista), biografías cada vez más prematuras porque si antes una biografía o una autobiografía se escribía cuando el protagonista alcanzaba una edad longeva, hoy los escaparates se nutren de esos volúmenes con la vida de futbolistas, cantantes adolescentes y actores y actrices que frisan la treintena. Es decir, no se trata ya de escribir bien, de escribir algo interesante sino de escoger un personaje mediático que asegure un buen número de compradores para el libro y después escribirlo: el libro es un simple envoltorio para la fruslería. Sospecho desde hace tiempo que si en una barca estuviesen juntos y a punto de naufragar Anne Sexton e Isabel Allende, por citar un ejemplo, se acercaría a ellos una lancha salvavidas (con un agente literario y un editor a bordo) y en la tesitura de tener que salvar sólo a una de ambas, me temo que Sexton llevaría las de perder y sería pasto de los tiburones. Los escaparates están siendo tomados, de forma irremediable, por manuales de autoayuda, libros de cocina, gallardas visiones de expresidentes de gobierno, biografías de futbolistas veinteañeros, métodos de adelgazamiento y otros productos prodigiosos. Tengo la seguridad, un tanto triste, de que determinadas novelas que se publicaron en España en el siglo pasado (cito al azar: La vida perra de Juanita Narboni, Don Julián, El gran momento de Mary Tribune, Antagonía, Larva, Volverás a Región) carecerían de espacio hoy en las librerías o dicho con las palabras con las que suelen rehusar los manuscritos las editoriales, no tendrían sitio dentro de su línea editorial, aforismo repugnante e hipócrita. Hay mucho cobarde escribiendo libros y hay mucho cobarde editando. Y mucho cobarde reseñándolos y mucho cobarde comprándolos. Así nos va.

Anuncios

LOS LOMOS VACÍOS

Hay discursos políticos, poemas, novelas, canciones, anuncios publicitarios, conferencias, obras de teatro, cuadros, epístolas, conversaciones, esculturas, instalaciones, artículos bajo cuya superficie más o menos brillante, no existe nada. Un vacío. O el vacío. Es decir, uno se enfrenta a un texto oral o escrito, a una exposición, a un mitin, rasca la superficie y debajo se encuentra la más absoluta definición de la nada. Todo ello me hace recordar esos lomos que aparecen en las tiendas de muebles, ordenadamente instalados en las baldas de un aparador y que no son sino volúmenes vacíos; si el que visita la tienda, como una vez me sucedió hace años (o siglos), extrae uno de aquellos libros, acapara en su mano una ligera sucesión de lomos que pueden ser abiertos (en algunos casos) pero que no contienen páginas en su interior: están allí como un simple ornamento. A primera vista, suelen dar el pego perfectamente porque imitan tipografías de siglos pasados, atestiguan una longevidad de la que carecen y una sabiduría o un conocimiento del que están exentos. Muchas veces una vida es algo similar: un lomo de un libro que cuando lo coges del lugar en el que está situado y lo abres, te encuentras con un hueco que quizá sirva para contener unas llaves o unos puros habanos pero nunca, desde luego, nada que tenga que ver con la realidad y a saber qué demonios es eso que llamamos realidad. La belleza de la superficie no siempre da la medida de la intensidad del fondo. Y con frecuencia sucede al revés: una superficie desagradable esconde un fondo que merece nuestra atención. Si uno se toma la molestia (innecesaria, la mayoría de las veces) de estudiar un discurso político, se dará de bruces con fórmulas manidas que conservan la apariencia de una brillantez que desaparece a la segunda lectura. Lo mismo ocurre con novelas deslumbrantes, con músicas pegadizas, con cuadros que nos causan una impresión devastadora a la primera mirada pero en los cuales, si te paras a reflexionar, no existe detrás sino el vacío de un hueco. El vacío. Muchos de los discursos políticos de la historia están armados sobre banalidades, fruslerías y, cuántas veces, mentiras. Los sentidos nos entregan un elemento que debe ser releído, revisitado, reflexionado para descubrir dónde subyace la trampa del prestidigitador. Ahí están, rodeándonos, los tópicos, los diccionarios de las ideas recibidas, los chistes o los discursos según los cuales determinadas nacionalidades tienen una genética forma de ser que asumimos sin más. Es conocida la anécdota, que ahora no sé a quién atribuir, de aquella persona a la que le preguntaron: “¿Y a usted qué tal le caen los franceses?” La respuesta era lógica por inteligente o al revés: “No lo sé. Sólo conozco a cuatro o cinco”. Ese tipo de generalizaciones da lugar a los chistes de Arévalo, por ejemplo, y se perpetúa la idea del escocés avaricioso (así era años atrás la publicidad de un whisky escocés en la televisión española que la embajada escocesa logró que se retirara: “Escocés con avaricia”), del italiano chulesco y ligón, del estadounidense infantil o del argentino hablador. Mejor no nos metemos con los marroquíes porque de lo contrario declaramos la guerra santa. Con un rasgo hacemos un estudio sociológico. En una reciente reunión internacional, el músico Bono solicitó que se consumiesen productos españoles y reclamó, cómo no, el flamenco. Y olé. He caído, de nuevo, en una digresión paranoica: al principio hablé de la vaciedad de muchos textos, cuadros, músicas y discursos políticos en cuyo interior, como en los libros de los escaparates de una tienda de muebles, no hay nada dentro salvo la inmensidad del vacío. En resumen: ustedes pueden abrir la apariencia de este artículo y verán que en el fondo, tampoco quiere decir nada con lo cual procedería acogerse al silencio pero, al menos, adorna un recuadro del periódico o de la página web. Y conduce directamente al vacío sin necesidad de movilizar a científicos en el CERN, por ejemplo.

EL PELUQUERO

Cortar el pelo es un acto de una seriedad suprema. Cortar el pelo, sin más. Nada de hacerse cosas raras en él, como Cristiano Ronaldo o Dani Alves, unos diseños que parecen las líneas de Nazca, que uno ve tales bifurcaciones en las cabezas de algunos y tiene la necesidad de acudir a la cábala para tratar de entender qué tipo de mensaje secreto se esconde en tan abigarradas concepciones artísticas que merecerían mostrarse en algunos museos. Cortar el pelo como se hizo siempre es, repito, un acto muy serio y hay que acudir con tiempo disponible y, sobre todo, oídos atentos. A mí, mi peluquero habitual, un viejo conocido, me suministró algunas excelentes anécdotas pero últimamente he descubierto en él algo que me inquieta: lee los artículos que escribo para el periódico. No es que el asunto me parezca mal porque uno trata de escribir para todo el mundo pero es que este amigo tiene un espíritu crítico demoledor. Abre el diario, lee un artículo del que éste firma, y recibo bien una llamada telefónica, bien un sms con su juicio. Unos le gustan, otros le parecen flojos y algunos malos. Está en su derecho: uno escribe, mejor o peor, y los demás enjuician lo que uno hace. Por lo general, la gente alaba los artículos que le gustan y silencian piadosamente los que les parecen más flojos. Eso se llama educación y la convivencia se sustenta en buena medida en semejante premisa. No estoy llamando a mi peluquero maleducado; simplemente es de los que no se calla lo que le disgusta. Empieza a atenazarme una duda terrible a la hora de pergeñar mis líneas más o menos habituales: ¿le gustarán a mi peluquero? Eso es espantoso: como si un novelista escribiera en función de los compradores y no de lo que realmente debería escribir. Corrijo mis artículos con ojos de peluquero porque a fin de cuentas estoy en sus manos cada dos meses. ¿Y si un día el artículo le parece tan malo que decide exterminar al escribidor con una cualquiera de las armas que a mano tiene cada vez que caigo por su establecimiento? Por otra parte desconozco sus gustos; a lo mejor hay asuntos acerca de los que quiero escribir que a él le resultan indiferentes. Mis artículos, pues, deben de quedar como una cabeza pulcramente rapada. Me planteo tratar de llegar a un acuerdo noble: que él se abstenga de criticar mis artículos y yo me abstendré, como hasta el momento, de criticar los resultados de su trabajo en las cabezas ajenas. Si él no comenta “vaya artículo más flojo el de ayer en el periódico”, yo no diré “menuda mierda le hiciste en el pelo a ese cliente”. Quid pro quo. Porque en un enfrentamiento entre los dos yo llevaría las de perder: armado con un bolígrafo, poco puedo oponerle a un rival que se maneja con tijeras, navajas barberas y maquinillas eléctricas y, la verdad, tengo no sólo un terror innato a la violencia sino asimismo carezco de madera de héroe. Yo antes no me preocupaba de lo que escribía: sabía que existían probables lectores pero eran lectores anónimos, a los que les gustarían más o menos lo que yo escribiese, pero que nunca me paraban en la calle para juzgar mis artículos pero ahora sé que existe ese lector concreto, con su rostro familiar, con su bata blanca y el habitual peine saliendo por el bolsillo y que, además, guarda un arsenal que lo hace potencialmente peligroso: y ese señor que atesora un armamento bélico de incalculable poder exterminador, abre cada mañana el periódico en el que colaboro, busca mi artículo, lo lee, me manda un sms para enjuiciarlo y, sospecho, cuando no le gusta, afila puntilloso la navaja barbera en la tira de cuero, ris, ris, y yo me echo a temblar. A veces me planteo dejar de escribir.