LOS LOMOS VACÍOS

por Chesi

Hay discursos políticos, poemas, novelas, canciones, anuncios publicitarios, conferencias, obras de teatro, cuadros, epístolas, conversaciones, esculturas, instalaciones, artículos bajo cuya superficie más o menos brillante, no existe nada. Un vacío. O el vacío. Es decir, uno se enfrenta a un texto oral o escrito, a una exposición, a un mitin, rasca la superficie y debajo se encuentra la más absoluta definición de la nada. Todo ello me hace recordar esos lomos que aparecen en las tiendas de muebles, ordenadamente instalados en las baldas de un aparador y que no son sino volúmenes vacíos; si el que visita la tienda, como una vez me sucedió hace años (o siglos), extrae uno de aquellos libros, acapara en su mano una ligera sucesión de lomos que pueden ser abiertos (en algunos casos) pero que no contienen páginas en su interior: están allí como un simple ornamento. A primera vista, suelen dar el pego perfectamente porque imitan tipografías de siglos pasados, atestiguan una longevidad de la que carecen y una sabiduría o un conocimiento del que están exentos. Muchas veces una vida es algo similar: un lomo de un libro que cuando lo coges del lugar en el que está situado y lo abres, te encuentras con un hueco que quizá sirva para contener unas llaves o unos puros habanos pero nunca, desde luego, nada que tenga que ver con la realidad y a saber qué demonios es eso que llamamos realidad. La belleza de la superficie no siempre da la medida de la intensidad del fondo. Y con frecuencia sucede al revés: una superficie desagradable esconde un fondo que merece nuestra atención. Si uno se toma la molestia (innecesaria, la mayoría de las veces) de estudiar un discurso político, se dará de bruces con fórmulas manidas que conservan la apariencia de una brillantez que desaparece a la segunda lectura. Lo mismo ocurre con novelas deslumbrantes, con músicas pegadizas, con cuadros que nos causan una impresión devastadora a la primera mirada pero en los cuales, si te paras a reflexionar, no existe detrás sino el vacío de un hueco. El vacío. Muchos de los discursos políticos de la historia están armados sobre banalidades, fruslerías y, cuántas veces, mentiras. Los sentidos nos entregan un elemento que debe ser releído, revisitado, reflexionado para descubrir dónde subyace la trampa del prestidigitador. Ahí están, rodeándonos, los tópicos, los diccionarios de las ideas recibidas, los chistes o los discursos según los cuales determinadas nacionalidades tienen una genética forma de ser que asumimos sin más. Es conocida la anécdota, que ahora no sé a quién atribuir, de aquella persona a la que le preguntaron: “¿Y a usted qué tal le caen los franceses?” La respuesta era lógica por inteligente o al revés: “No lo sé. Sólo conozco a cuatro o cinco”. Ese tipo de generalizaciones da lugar a los chistes de Arévalo, por ejemplo, y se perpetúa la idea del escocés avaricioso (así era años atrás la publicidad de un whisky escocés en la televisión española que la embajada escocesa logró que se retirara: “Escocés con avaricia”), del italiano chulesco y ligón, del estadounidense infantil o del argentino hablador. Mejor no nos metemos con los marroquíes porque de lo contrario declaramos la guerra santa. Con un rasgo hacemos un estudio sociológico. En una reciente reunión internacional, el músico Bono solicitó que se consumiesen productos españoles y reclamó, cómo no, el flamenco. Y olé. He caído, de nuevo, en una digresión paranoica: al principio hablé de la vaciedad de muchos textos, cuadros, músicas y discursos políticos en cuyo interior, como en los libros de los escaparates de una tienda de muebles, no hay nada dentro salvo la inmensidad del vacío. En resumen: ustedes pueden abrir la apariencia de este artículo y verán que en el fondo, tampoco quiere decir nada con lo cual procedería acogerse al silencio pero, al menos, adorna un recuadro del periódico o de la página web. Y conduce directamente al vacío sin necesidad de movilizar a científicos en el CERN, por ejemplo.

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