El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: octubre, 2014

HACIA DÓNDE VAMOS

Hace ya unos cuantos años, Juan Goytisolo publicó un artículo titulado Vamos a menos. Su intención era suscitar un debate acerca de la cultura en España; no sé en qué quedó aquello, salvo una respuesta de Benjamín Prado en El País. Durante muchos tiempo acumulé y encuaderné los suplementos literarios de distintos periódicos; semanas atrás, echándole una ojeada al de El País del 19 de febrero de 1989, tomé nota de las diez obras más vendidas; aunque no crea en ese tipo de listas, reproduzco aquí los autores que aparecían: 1.-T. Wolfe 2.-Torrente Ballester 3.-Mourad 4.-Mahfouz 5.-Vázquez Montalbán 6.-Muñoz Molina 7.-J. Llamazares 8.-P.D. James 9.-Maalouf y 10.- Ricardo de la Cierva. Como se aprecia, la mayoría de ellos escritores que, pueden gustar más o menos, pero son literatos, salvo Ricardo de la Cierva, un historiador. Si hoy uno repasa una de esas listas, se descubre entre los libros más vendidos, aparte de los nombres consagrados (Pérez-Reverte, Marías, Almudena Grandes, Vargas Llosa), una sucesión de biografías de futbolistas veinteañeros, de monstruos televisivos, superventas fútiles, erotismo chabacano, libros de autoayuda, recetarios, memorias de expresidentes y una grosera acumulación de delitos ecológicos en papel impreso. Por otra parte, en aquellos suplementos había artículos de autores españoles y extranjeros que eran verdaderos ensayos; uno se encontraba con lingüistas, filósofos, ensayistas, novelistas, poetas. Hoy tales suplementos se han convertido en portavoces y sostén publicitario de los grandes grupos editoriales y para tener acceso a críticos interesantes e independientes o a autores de calidad pero sin el ringorrango de un grupo editorial‑crematístico detrás de ellos que  los promueva, debe acudir a revistas de limitada difusión o a blogs, a una especie de territorio compuesto por sectas y grupos resistentes. Actualmente, en esas listas detestables que nada tienen que ver con la literatura,  aparecen entre los más vendidos los nombres de dos o tres escritores de renombre y el resto son libros que no llegan a poder considerarse literatura sino productos comerciales. Con todo, se da una situación paradójica: probablemente nunca se haya leído tanto como ahora, de lo cual cabe deducir que se leen esos libros citados anteriormente y de escasa o nula calidad y que se lee en un soporte distinto al papel, ya que numerosas editoriales, librerías y quioscos cerraron sus puertas. ¿Vamos a menos? Posiblemente no sino que las circunstancias nos han obligado a variar el rumbo. Afortunadamente, para el lector atento y curioso, existen reservas todavía en las que hallar esas obras que nos consuelan y nos marcan y nos forman, pequeñas editoriales independientes que eligen con mucho cuidado qué libros publicar, a qué autores prestarles atención y que editan con mimo y delicadeza. Uno aún puede refugiarse en las trincheras para hacer frente al enemigo. Esas reservas eran hace años las librerías, librerías literarias, esas librerías de verdad que como dice el crítico y escritor Jorge Carrión, deberían estar subvencionadas. ¿Por qué no? Si las obvenciones se dilapidan en fiestas gastronómicas y en batallas de flores y en concursos de belleza y en otras zarandajas miserables, ¿por qué no ser generosos con la cultura? Seguramente porque la cultura no da votos sino que arma voces críticas contra el poder: el voto se garantiza por el estómago y no por el cerebro. Dichas librerías, añado yo, deberían estar catalogadas como bienes de interés cultural o patrimonio de la humanidad. La conclusión de todo este panorama es que a la literatura, a la ciencia, al cine, al teatro, es mejor dejarlos languidecer, mantenerlos alejados como a enfermos contagiosos y sí, posiblemente las artes y la literatura (nunca entendí bien esa dualidad) sean enfermedades contagiosas y leves. ¿Vamos a peor? No quiero incurrir en esa contundencia con la que Goytisolo aseguraba que sí. Posiblemente estemos asistiendo a un mundo que se desvanece y muta y algunos agoreros aún no somos capaces de advertir las cualidades de ese cambio y nos empecinamos en una nostalgia empalagosa evocando eso que se denomina tiempos mejores y que tal vez no sean más que los cimientos de una nueva forma de entender la literatura.

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PRESENTACIÓN de EXAMEN FINAL

El día 7 de noviembre se conmemora al siguiente elenco de personajes:  san Amaranto de Albi, san Atenodoro de Neocesarea, san Baldo de Torus, san Cungaro de Congresbury, san Engelberto de Colonia, san Florencio de Estrasburgo, san Herculano de Perugia, san Hierón y compañeros (¿), san Lázaro estilita, san Pedro Guosheng, san Prosdócimo de Padua, san Wilibrordo y los humildes beatos Antonio Baldinucci y Vicente Grossi. Además, es la festividad de san Ernesto, un abad del monasterio benedictino de Zwiefalten que renunció al cargo para unirse a las 2ª cruzada; predicó en Persia y Arabia, por lo que se ve con escaso éxito. No sólo eso, sino que fue apresado por los sarracenos y ejecutado, paradojas de la vida, en La Meca en 1148.

Pues el 7 de noviembre del año 2014, D. V., Juan Tallón presentará mi novela Examen final (Editorial Trifolium) en El Cercano (Ourense, C/Cardenal Quevedo, 20, bajo: al lado de la librería Tanco) a las 19:00 horas. No habrá vino, ni pinchos ni música: sólo literatura.  Gracias por vuestra asistencia.

EXAMEN FINAL

Portada Examen Final

 

Sin noticias del mundo, estás solo en tu islita, Robinson. A veces la recorres con la esperanza de hallar en la arena la huella de un pie humano: búsqueda inútil, Robinson. Sólo tú sobreviviste al naufragio de la goleta de tu vida pero ignoras hasta cuándo resistirás. Naufragaste y los miserables restos del accidente llegan a la costa: un galón de whisky, el pañol de tu dolorcito, el diario de a bordo que se inaugura con las veintisiete palabras de rigor. No es necesario un mamotreto para consignar tu existencia, Robinson: te definen las veintisiete palabras rituales. Queda dicho: eres un escolio. Estás desorientado y perdido, sin brújula ni víveres. Ninguna singladura, ninguna derrota aproarán hacia tu isla barco alguno que pueda rescatarte: tu isla es una isla maldita: todos la rodean, la evitan. Quizá sospechan que la habita un monstruo: tú. No hagas muescas para ponerte al día con los calendarios porque tu tiempo no se corresponde con el tiempo exterior. No arrojes botellas con mensajes al mar porque nadie entenderá tu lenguaje glosolálico. Mira con el catalejo a tu alrededor: no verás nada: el cielo y el océano que te cercan, sólo eso. Acaso alguna tarde descubras la silueta de un barco en el horizonte: no pierdas energías haciéndole señales porque esa fragata es una fragata fantasma, una alucinación. Estás perdido en tu islita, Robinson. Calculaste erróneamente el itinerario, no supiste descifrar los mapas, desobedeciste las órdenes del sextante, malinterpretaste la lucidez del astrolabio, confundiste las estrellas, manejaste con impericia el timón: has naufragado. Tú eres el culpable, el único culpable, Robinson. Es tan burda tu historia que no hallarás un Defoe que la escriba: no eres argumento literario, Robinsoncito. Eres más bien material para forenses, cadáver reventado contra un coche. Nadie va a hacerse cargo de tus restos. No habrá embarcaciones que singlen cerca de tu islote y, por descontado, tu isla no es la isla del tesoro. Así que ni Stevenson ni Defoe van a encargarse de narrar tus peripecias: las islas ya no tiene el prestigio de antaño. (Consejo para el futuro: desconfía de los escritores.) Pasas las noches con tu galón de whisky y el aporte lacerante de tu dolor en el costado: nada más que eso. Puedes empezar a escribir tu diario (¿no lo estás haciendo ya desde hace años?) para que cuando te encuentren muerto, alguien dé fe de tu existencia náufraga, de tu inexistencia, pobrecito Robinson Crusoe confinado en su isla. Has empleado trece veces el adverbio no. Esa negación te define. Eres un simple adverbio de negación. Un no. Ese adverbio es tu isla: toma posesión de ella. Te sirves otra copa y te preguntas cuándo empezó a deteriorarse todo. Cuándo, cómo y por qué. No sabes/no contestas. Uno no debería interrogarse borracho de madrugada, soplagaitas. Eres incorregible. Porque puedes empezar a hurgar y alcanzar el mismísimo centro del hermetismo. Cuando escarbas nunca llegas a la luz sino al caos y entonces, claro, “tu radicalismo me inquieta.” Pero se trata de entender por qué Erótida (¡por Dios, qué nombre!) y tú estáis donde estáis, es decir, compartiendo un techo y, a veces, los platos que preparas ya que tú no aportas a la economía familiar más que unas cantidades limosneras. No te importa cuándo se jodió Perú, cuándo se jodió Marito, sino cuándo se jodió tu matrimonio, tu vida. Tu literatura. Cuándo te jodiste tú, eso es lo que te interesa. Bien. Vas reconstruyendo el inventado ‑no inverosímil‑ episodio como una telenovela. Sigue, sigue. Es lo que vende, te diría Ester. Por ahí, por ahí, te aleccionaría el crítico Tito Colmenar. Las alimañas comparten principios. Intuyes que Erótida trata de envenenarte con ignoras qué turbias intenciones. Eres el marido perfecto, el perfecto casado. Toleras con cierta elegancia sus infidelidades con seres de uno y otro sexo. Cocinas para los dos. Esta mañana preparaste un marmitaco redondo. Te das maña con las chapuzas caseras. Vas al mercado. Vendes pocos libros pero ¿es ésa una razón para matar a alguien? De ser así, en este país quedarían dos docenas de escribidores. ¿Es mejor arrojarse desde un balcón que morir envenenado? El siniestro tictac avanza hacia la una y media. Erótida y Ester Sin Hache. Cesterton, Céjov, Candler: es ridículo. Sírvete otro whisky. Eso que no alcanzas a ver es tu cuerpo empotrado contra un coche de esperanzador color verde. En el salto has perdido las zapatillas, el pantalón del pijama bajó hasta las rodillas y el culo queda al aire. La chaqueta está arrugada y se te ve la zona lumbar. La alarma del vehículo se ha disparado pero no hay sangre. No hay sangre. Estás reventado por dentro pero la sangre se niega a salir. Eres un cadáver limpio. Ibas a escribir decente pero el culo te traiciona. Cuando te recojan descubrirán que te measte, así que tampoco eres un cadáver limpio. Eres sólo un cadáver. Un puto cadáver. ¿No puedes morir como los demás, no puedes escribir como los demás? Siempre dando la nota.

(Capítulo de mi novela Examen final que aparecerá, editada por Trifolium, a partir del día 25 del presente mes y que sea lo que los dioses quieran).

VIENTO DE TRAMOTANA

Sergio Gaspar, exdirector de DVD Ediciones y poeta (Revisión de mi naturaleza, Aben Razin, El caballo en su muro y Estancia), acaba de debutar en el belicoso campo de la narrativa con la novela Viento de tramontana (Edhasa, 2014). Sería injusto no recordar que, aparte de la brillante línea de poesía de DVD (infelizmente clausurada en 2011 a causa de ese despilfarro denominado crisis) y en la que figuran nombres como Esther Zarraluqui, Fonollosa, Pablo García Casado, Miriam Reyes, López-Vega, Elena Medel, Manuel Vilas, Jordi Doce, Eduardo Moga, Enrique Badosa o Sebastià Alzamora, que avalan la calidad de dicha editorial, Sergio Gaspar abrió las puertas de la ficción a autores entonces desconocidos y que en la actualidad gozan de reconocimiento, como Javier Sebastián, Francisco López Serrano, Vilas, Juan Francisco Ferré, Eloi Fernández Porta, Agustín Fernández Mallo y Vicente Luis Mora, para no hacer enfadosa la relación. Uno podía esperar de un editor que su incursión en la narrativa se adentrase en terrenos memorialistas y el lector asistiese, con ese irrefragable regusto que proporciona el cotilleo, a una serie de anécdotas que revelaran la intimidad de los escribidores. Pues, no: felizmente no es así. Y asimismo podría esperar que un poeta incurriera en la prosa poniéndose estupendo estilísticamente y nos regalara el oropel de su exquisitez: Pues no, felizmente no es así y Sergio Gaspar sortea ambas tentaciones hábilmente de forma que uno, al concluir el libro, tiene dos impresiones: que el autor ha acumulado y digerido con sabiduría miles de lecturas y que es difícil entender que una novela tan redonda sea la primera novela escrita por Sergio Gaspar, nacido en la provincia de Guadalajara y residente en Barcelona (dato de interés a la hora de evaluar ciertos pasajes la novela), que despliega en Viento de tramontana un decantado oficio en una obra construida con elementos como el amor, la literatura, la ironía, la parodia, el sexo, el sarcasmo y la amargura, esto es, si prescindimos del sexo, los mismos materiales que El Quijote. Pues sí, hasta el bueno de Cervantes recorre Cataluña en burro con Josep Pla, lo que nos proporciona una idea aproximada de que a Sergio Gaspar ciertas convenciones narrativas, como el tiempo y el espacio, le parecen superfluas y posiblemente castrantes. El dramatis personae pone los dientes largos a cualquier lector arriesgado (¿hay otro tipo de lector? No, pero no incurriremos en aquella metedura de pata de mi admirado Julio Cortázar, al distinguir entre lector-macho o activo y lector-hembra, lector pasivo). Atención a los actuantes: Tarradellas, Mas, Montilla, Ava Gadner, Maragall, Lara, Pujol, Franco (Francisco. ¡Presente!), Josep Pla, Cervantes, un escritor nonagenario en busca de la gloria perdida a cualquier precio, con negro incluido, una veterana editora de prestigio internacional (¡sí, esa misma!), un charnego, Cataluña, Barcelona con sus transformaciones geográficas y paisajísticas y sociales del siglo pasado, referencias nunca enfadosas a la literatura, desde el Mío Cid hasta David Foster Wallace y todo ello encajado con una sabia precisión narrativa. ¿Quién mejor que un equidistante señor de Guadalajara para analizar lo que se ha dado en llamar el “problema catalán”? Con la misma imparcialidad, por la vía del humor, disecciona Gaspar el nacionalismo catalán y el español. El fragmento del diálogo entre el Caudillo (sic) y Pla es divertidamente demoledor. Escuchemos al escritor ampurdanés decirle al militar ferrolano lo siguiente:
-Ustedes, los gallegos, son bisentimentales. Se quieren a sí mismos y quieren a España. Los catalanes nunca. No se deje engañar por monsergas de poetas modernistas y otras máscaras líricas o periodísticas. Nosotros, los catalanes, somos unisentimentales y monoamantes. No le voy a negar, porque nuestra historia así lo demuestra hasta el aburrimiento, que a menudo cometemos adulterio con España, o, dicho con más precisión, con los reyes, presidentes de república y gobiernos de España. Pero siempre será un adulterio por interés, por cálculo político, jamás por atracción erótica, ni desde luego por amor. España, Excelencia, no nos la levanta.
Ahí está resumido el “problema”, con más lucidez y síntesis que sesudos artículos o centenares de turbias tertulias apasionadas y rastreras, por lo general. La literatura, una vez más, como dijo el otro, contiene todos los conocimientos aunque no de una forma científica. Pla, en la ficción, es mucho más clarividente que Federico Jiménez Losantos, por citar a un prócer periodístico al azar (o no). Más (con acento) adelante, consigna el autor: “Anhelar la vida propia y la muerte de los otros es una emoción típicamente nacionalista”. Pero centrar la novela de Sergio Gaspar en este aspecto sería concederle una trascendencia excesiva a lo puramente circunstancial (a estas alturas, la política española -y la catalana, si cabe distinción- es una anécdota digna de un chabacano programa del corazón o de una zafia película de Torrente), a algo que es episódico o que, al menos, contiene sólo una parte, más o menos importante, del argumento. Que a Gaspar no se le escapa la dignidad de la literatura, que bien conoce por su oficio, lo demuestra esta frase irrefutable: “Un hombre que no (la negrita es mía, dicho sea sin malicia alguna) pierde el culo por publicar la primera mierda que escribe tiene madera de escritor” (página 160), apotegma que desmantela esos productos seudoliterarios que son las biografías de personajes famosos, ocurrencias de expresidentes, manuales de autoayuda y demás bazofia amparada por un lanzamiento editorial de carácter, cuando menos, porcino: la concepción de la literatura, aunque no sea literatura, como propulsión hacia la fama o la ganancia económica. Porque el verdadero escritor se acoge a esta sentencia breve que Gaspar dispara en la página 65: “Nadie que no se contradiga logra expresar la realidad”. ¿Novela de tesis? También, además de otras virtudes; porque Viento de tramontana es asimismo una novela satírica, una novela de viajes, una novela filosófica, una novela histórica, una novela de humor, una novela realista, una novela metaliteraria: mapa y compendio de la literatura, radiografía de múltiples manifestaciones narrativas. Porque, como escribió el argentino, todo es literatura, es decir, fábula. En esta novela Sergio Gaspar aglutina su concepto de la vida y su concepto de la literatura sin caer en extremismos o sectarismos, como si su mirada inteligente y experta considerase que la verdad, de existir, no es una sino múltiple y en ocasiones contradictoria, como se refleja en el aserto ya citado. Y, variando mutatis mutandis dicha frase, si no hay contradicción no hay literatura. Creo que el secreto de la calidad de esta obra estriba en lo que el autor refleja hacia el final (página 256): “… la originalidad brota, si brota, del diálogo con un conjunto más o menos extenso de textos que no [la negrita es mía, dicho sin] hemos escrito. Y, tal vez, ni siquiera leído”. Las expectativas que el autor señala en la breve introducción de la novela quedan plenamente confirmadas en el desarrollo de la misma. Sergio Gaspar se metamorfosea (o les regala una voz particular) en cada uno de los personajes, relevantes y secundarios, que transitan por Viento de Tramontana, manejando la complejidad estructural de la novela con sabiduría y sin que resulte apenas perceptible para el lector. Es evidente el feraz diálogo que establece con el legado de las obras precedentes y que dan como resultado un ejercicio honesto, brillante y sorprendente, escrito con una prosa activa y chisporroteante, un modelo de pasión por la literatura que al lector, al menos al que esto escribe, le provocó fascinación, entusiasmo, sorpresa, hilaridad, conocimiento, reflexión y gratitud. Poco más, creo, se le puede pedir a una novela.

CATALUNYA

Alguien dijo que la literatura contiene todos los conocimientos pero no de una forma científica; no sé si el aserto es irrefutable o no pero me acordé de él leyendo la recomendable novela de Sergio Gaspar “Viento de tramontana” (Edhasa, 2014). No es que el denominado problema catalán sea el argumento de la obra pero el autor le dedica algunas páginas (divertidas, irreverentes e ingeniosas). Seguramente resulta más esclarecedora, contundente y descacharrante que sesudas tertulias televisivas o cientos de artículos periodísticos la visión que de dicho asunto nos proporciona Sergio Gaspar en una humorística e imaginaria conversación entre el escritor ampurdanés Josep Pla y el militar ferrolano Francisco Franco. Le dice Pla a Franco: “Ustedes, los gallegos, son bisentimentales. Se quieren a sí mismos y quieren a España. Los catalanes nunca. No se deje engañar por monsergas de poetas modernistas y otras máscaras líricas o periodísticas. Nosotros, los catalanes, somos unisentimentales y monoamantes. No le voy a negar, porque nuestra historia así lo demuestra hasta el aburrimiento, que a menudo cometemos adulterio con España, o, dicho con más precisión, con los reyes, presidentes de república y gobiernos de España. Pero siempre será un adulterio por interés, por cálculo político, jamás por atracción erótica, ni desde luego por amor. España, Excelencia, no nos la levanta.” Y más adelante, apelando a la contundencia, el autor de la novela desliza este apotegma rotundo: “Anhelar la vida propia y la muerte de los otros es una emoción típicamente nacionalista” En fin, no sé si desde el punto de vista político y social la teoría de Sergio Gaspar puede discutirse pero al menos es bastante más entretenida que el cacareo que se traen los gallos de la Moncloa y de la plaza de Sant Jaume.