VIENTO DE TRAMOTANA

por Chesi

Sergio Gaspar, exdirector de DVD Ediciones y poeta (Revisión de mi naturaleza, Aben Razin, El caballo en su muro y Estancia), acaba de debutar en el belicoso campo de la narrativa con la novela Viento de tramontana (Edhasa, 2014). Sería injusto no recordar que, aparte de la brillante línea de poesía de DVD (infelizmente clausurada en 2011 a causa de ese despilfarro denominado crisis) y en la que figuran nombres como Esther Zarraluqui, Fonollosa, Pablo García Casado, Miriam Reyes, López-Vega, Elena Medel, Manuel Vilas, Jordi Doce, Eduardo Moga, Enrique Badosa o Sebastià Alzamora, que avalan la calidad de dicha editorial, Sergio Gaspar abrió las puertas de la ficción a autores entonces desconocidos y que en la actualidad gozan de reconocimiento, como Javier Sebastián, Francisco López Serrano, Vilas, Juan Francisco Ferré, Eloi Fernández Porta, Agustín Fernández Mallo y Vicente Luis Mora, para no hacer enfadosa la relación. Uno podía esperar de un editor que su incursión en la narrativa se adentrase en terrenos memorialistas y el lector asistiese, con ese irrefragable regusto que proporciona el cotilleo, a una serie de anécdotas que revelaran la intimidad de los escribidores. Pues, no: felizmente no es así. Y asimismo podría esperar que un poeta incurriera en la prosa poniéndose estupendo estilísticamente y nos regalara el oropel de su exquisitez: Pues no, felizmente no es así y Sergio Gaspar sortea ambas tentaciones hábilmente de forma que uno, al concluir el libro, tiene dos impresiones: que el autor ha acumulado y digerido con sabiduría miles de lecturas y que es difícil entender que una novela tan redonda sea la primera novela escrita por Sergio Gaspar, nacido en la provincia de Guadalajara y residente en Barcelona (dato de interés a la hora de evaluar ciertos pasajes la novela), que despliega en Viento de tramontana un decantado oficio en una obra construida con elementos como el amor, la literatura, la ironía, la parodia, el sexo, el sarcasmo y la amargura, esto es, si prescindimos del sexo, los mismos materiales que El Quijote. Pues sí, hasta el bueno de Cervantes recorre Cataluña en burro con Josep Pla, lo que nos proporciona una idea aproximada de que a Sergio Gaspar ciertas convenciones narrativas, como el tiempo y el espacio, le parecen superfluas y posiblemente castrantes. El dramatis personae pone los dientes largos a cualquier lector arriesgado (¿hay otro tipo de lector? No, pero no incurriremos en aquella metedura de pata de mi admirado Julio Cortázar, al distinguir entre lector-macho o activo y lector-hembra, lector pasivo). Atención a los actuantes: Tarradellas, Mas, Montilla, Ava Gadner, Maragall, Lara, Pujol, Franco (Francisco. ¡Presente!), Josep Pla, Cervantes, un escritor nonagenario en busca de la gloria perdida a cualquier precio, con negro incluido, una veterana editora de prestigio internacional (¡sí, esa misma!), un charnego, Cataluña, Barcelona con sus transformaciones geográficas y paisajísticas y sociales del siglo pasado, referencias nunca enfadosas a la literatura, desde el Mío Cid hasta David Foster Wallace y todo ello encajado con una sabia precisión narrativa. ¿Quién mejor que un equidistante señor de Guadalajara para analizar lo que se ha dado en llamar el “problema catalán”? Con la misma imparcialidad, por la vía del humor, disecciona Gaspar el nacionalismo catalán y el español. El fragmento del diálogo entre el Caudillo (sic) y Pla es divertidamente demoledor. Escuchemos al escritor ampurdanés decirle al militar ferrolano lo siguiente:
-Ustedes, los gallegos, son bisentimentales. Se quieren a sí mismos y quieren a España. Los catalanes nunca. No se deje engañar por monsergas de poetas modernistas y otras máscaras líricas o periodísticas. Nosotros, los catalanes, somos unisentimentales y monoamantes. No le voy a negar, porque nuestra historia así lo demuestra hasta el aburrimiento, que a menudo cometemos adulterio con España, o, dicho con más precisión, con los reyes, presidentes de república y gobiernos de España. Pero siempre será un adulterio por interés, por cálculo político, jamás por atracción erótica, ni desde luego por amor. España, Excelencia, no nos la levanta.
Ahí está resumido el “problema”, con más lucidez y síntesis que sesudos artículos o centenares de turbias tertulias apasionadas y rastreras, por lo general. La literatura, una vez más, como dijo el otro, contiene todos los conocimientos aunque no de una forma científica. Pla, en la ficción, es mucho más clarividente que Federico Jiménez Losantos, por citar a un prócer periodístico al azar (o no). Más (con acento) adelante, consigna el autor: “Anhelar la vida propia y la muerte de los otros es una emoción típicamente nacionalista”. Pero centrar la novela de Sergio Gaspar en este aspecto sería concederle una trascendencia excesiva a lo puramente circunstancial (a estas alturas, la política española -y la catalana, si cabe distinción- es una anécdota digna de un chabacano programa del corazón o de una zafia película de Torrente), a algo que es episódico o que, al menos, contiene sólo una parte, más o menos importante, del argumento. Que a Gaspar no se le escapa la dignidad de la literatura, que bien conoce por su oficio, lo demuestra esta frase irrefutable: “Un hombre que no (la negrita es mía, dicho sea sin malicia alguna) pierde el culo por publicar la primera mierda que escribe tiene madera de escritor” (página 160), apotegma que desmantela esos productos seudoliterarios que son las biografías de personajes famosos, ocurrencias de expresidentes, manuales de autoayuda y demás bazofia amparada por un lanzamiento editorial de carácter, cuando menos, porcino: la concepción de la literatura, aunque no sea literatura, como propulsión hacia la fama o la ganancia económica. Porque el verdadero escritor se acoge a esta sentencia breve que Gaspar dispara en la página 65: “Nadie que no se contradiga logra expresar la realidad”. ¿Novela de tesis? También, además de otras virtudes; porque Viento de tramontana es asimismo una novela satírica, una novela de viajes, una novela filosófica, una novela histórica, una novela de humor, una novela realista, una novela metaliteraria: mapa y compendio de la literatura, radiografía de múltiples manifestaciones narrativas. Porque, como escribió el argentino, todo es literatura, es decir, fábula. En esta novela Sergio Gaspar aglutina su concepto de la vida y su concepto de la literatura sin caer en extremismos o sectarismos, como si su mirada inteligente y experta considerase que la verdad, de existir, no es una sino múltiple y en ocasiones contradictoria, como se refleja en el aserto ya citado. Y, variando mutatis mutandis dicha frase, si no hay contradicción no hay literatura. Creo que el secreto de la calidad de esta obra estriba en lo que el autor refleja hacia el final (página 256): “… la originalidad brota, si brota, del diálogo con un conjunto más o menos extenso de textos que no [la negrita es mía, dicho sin] hemos escrito. Y, tal vez, ni siquiera leído”. Las expectativas que el autor señala en la breve introducción de la novela quedan plenamente confirmadas en el desarrollo de la misma. Sergio Gaspar se metamorfosea (o les regala una voz particular) en cada uno de los personajes, relevantes y secundarios, que transitan por Viento de Tramontana, manejando la complejidad estructural de la novela con sabiduría y sin que resulte apenas perceptible para el lector. Es evidente el feraz diálogo que establece con el legado de las obras precedentes y que dan como resultado un ejercicio honesto, brillante y sorprendente, escrito con una prosa activa y chisporroteante, un modelo de pasión por la literatura que al lector, al menos al que esto escribe, le provocó fascinación, entusiasmo, sorpresa, hilaridad, conocimiento, reflexión y gratitud. Poco más, creo, se le puede pedir a una novela.

Anuncios