EXAMEN FINAL

por Chesi

Portada Examen Final

 

Sin noticias del mundo, estás solo en tu islita, Robinson. A veces la recorres con la esperanza de hallar en la arena la huella de un pie humano: búsqueda inútil, Robinson. Sólo tú sobreviviste al naufragio de la goleta de tu vida pero ignoras hasta cuándo resistirás. Naufragaste y los miserables restos del accidente llegan a la costa: un galón de whisky, el pañol de tu dolorcito, el diario de a bordo que se inaugura con las veintisiete palabras de rigor. No es necesario un mamotreto para consignar tu existencia, Robinson: te definen las veintisiete palabras rituales. Queda dicho: eres un escolio. Estás desorientado y perdido, sin brújula ni víveres. Ninguna singladura, ninguna derrota aproarán hacia tu isla barco alguno que pueda rescatarte: tu isla es una isla maldita: todos la rodean, la evitan. Quizá sospechan que la habita un monstruo: tú. No hagas muescas para ponerte al día con los calendarios porque tu tiempo no se corresponde con el tiempo exterior. No arrojes botellas con mensajes al mar porque nadie entenderá tu lenguaje glosolálico. Mira con el catalejo a tu alrededor: no verás nada: el cielo y el océano que te cercan, sólo eso. Acaso alguna tarde descubras la silueta de un barco en el horizonte: no pierdas energías haciéndole señales porque esa fragata es una fragata fantasma, una alucinación. Estás perdido en tu islita, Robinson. Calculaste erróneamente el itinerario, no supiste descifrar los mapas, desobedeciste las órdenes del sextante, malinterpretaste la lucidez del astrolabio, confundiste las estrellas, manejaste con impericia el timón: has naufragado. Tú eres el culpable, el único culpable, Robinson. Es tan burda tu historia que no hallarás un Defoe que la escriba: no eres argumento literario, Robinsoncito. Eres más bien material para forenses, cadáver reventado contra un coche. Nadie va a hacerse cargo de tus restos. No habrá embarcaciones que singlen cerca de tu islote y, por descontado, tu isla no es la isla del tesoro. Así que ni Stevenson ni Defoe van a encargarse de narrar tus peripecias: las islas ya no tiene el prestigio de antaño. (Consejo para el futuro: desconfía de los escritores.) Pasas las noches con tu galón de whisky y el aporte lacerante de tu dolor en el costado: nada más que eso. Puedes empezar a escribir tu diario (¿no lo estás haciendo ya desde hace años?) para que cuando te encuentren muerto, alguien dé fe de tu existencia náufraga, de tu inexistencia, pobrecito Robinson Crusoe confinado en su isla. Has empleado trece veces el adverbio no. Esa negación te define. Eres un simple adverbio de negación. Un no. Ese adverbio es tu isla: toma posesión de ella. Te sirves otra copa y te preguntas cuándo empezó a deteriorarse todo. Cuándo, cómo y por qué. No sabes/no contestas. Uno no debería interrogarse borracho de madrugada, soplagaitas. Eres incorregible. Porque puedes empezar a hurgar y alcanzar el mismísimo centro del hermetismo. Cuando escarbas nunca llegas a la luz sino al caos y entonces, claro, “tu radicalismo me inquieta.” Pero se trata de entender por qué Erótida (¡por Dios, qué nombre!) y tú estáis donde estáis, es decir, compartiendo un techo y, a veces, los platos que preparas ya que tú no aportas a la economía familiar más que unas cantidades limosneras. No te importa cuándo se jodió Perú, cuándo se jodió Marito, sino cuándo se jodió tu matrimonio, tu vida. Tu literatura. Cuándo te jodiste tú, eso es lo que te interesa. Bien. Vas reconstruyendo el inventado ‑no inverosímil‑ episodio como una telenovela. Sigue, sigue. Es lo que vende, te diría Ester. Por ahí, por ahí, te aleccionaría el crítico Tito Colmenar. Las alimañas comparten principios. Intuyes que Erótida trata de envenenarte con ignoras qué turbias intenciones. Eres el marido perfecto, el perfecto casado. Toleras con cierta elegancia sus infidelidades con seres de uno y otro sexo. Cocinas para los dos. Esta mañana preparaste un marmitaco redondo. Te das maña con las chapuzas caseras. Vas al mercado. Vendes pocos libros pero ¿es ésa una razón para matar a alguien? De ser así, en este país quedarían dos docenas de escribidores. ¿Es mejor arrojarse desde un balcón que morir envenenado? El siniestro tictac avanza hacia la una y media. Erótida y Ester Sin Hache. Cesterton, Céjov, Candler: es ridículo. Sírvete otro whisky. Eso que no alcanzas a ver es tu cuerpo empotrado contra un coche de esperanzador color verde. En el salto has perdido las zapatillas, el pantalón del pijama bajó hasta las rodillas y el culo queda al aire. La chaqueta está arrugada y se te ve la zona lumbar. La alarma del vehículo se ha disparado pero no hay sangre. No hay sangre. Estás reventado por dentro pero la sangre se niega a salir. Eres un cadáver limpio. Ibas a escribir decente pero el culo te traiciona. Cuando te recojan descubrirán que te measte, así que tampoco eres un cadáver limpio. Eres sólo un cadáver. Un puto cadáver. ¿No puedes morir como los demás, no puedes escribir como los demás? Siempre dando la nota.

(Capítulo de mi novela Examen final que aparecerá, editada por Trifolium, a partir del día 25 del presente mes y que sea lo que los dioses quieran).

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