Capítulo de la novela EXAMEN FINAL (Ed. Trifolium)

por Chesi

Al llegar a casa, una Erótida triunfal te muestra el cadáver de Marcela sobre una hoja de periódico. Un certero escobazo, aclara. Te cagas en la ecologista victimaria. Piensas si en el instante de morir una cucaracha verá pasar toda su vida como dicen que les ocurre a los humanos. Sus escondrijos, sus comidas, sus cópulas, las irritantes luces nocturnas. Su quietud, sus apresuradas carreras. Su tranquilo bienestar. Los roces de sus antenas. Las suelas que esquivaron. ¿Cuánto tiempo vive una cucaracha si no la aplastamos, si no la envenenamos? ¿Habrá dejado una familia que ahora invada el piso, que reclame venganza? ¿Qué pasa con una cucaracha cuando muere? ¿Habrá un cielo, un infierno para los ortópteros? Qué complicada es la vida. Ojeas la entradilla del artículo sobre el que yace Marcela. “Un papel activo de Europa es crucial para que la democracia termine triunfando en la zona.” Hace tiempo que no lees los periódicos así que no desentrañas el mensaje. Papel activo, Europa, democracia, zona. Dicen que el mundo anda revuelto por ahí fuera. Te importa más el cadáver del bichejo que semejante faramalla. Panza arriba Marcela, contemplas el vientre rojizo, las antenas filiformes, las seis patas ya inservibles. Las alas, los rudimentarios élitros y una especie de masilla que le brota del abdomen: su alma animal. Erótida te pregunta qué miras con tan grave atención. Eso dice: tan grave atención. Como ella miraba los cuadros de Paolo o los genitales de Harris. ¿Por qué la mataste? Estás loco, comenta, ni que hubiera asesinado a un ser humano. Europa, democracia, Marcela. Éste es un día triste para ti. Ella repite que estás loco, que no serás tan imbécil de meter una cucaracha en tu próxima novela si llegases a escribir una próxima novela, Franz, y se ríe. Tardas en comprender lo de Franz, en asumir la mala baba de Erótida. Aquel día, en vez de Aline, debiste haberle cantado Santo es el Señor, así no hubieseis follado y Marcela seguiría viva. Yendo y viniendo por el piso, Franz, comiendo las migajas que abandonabas en las esquinas, Franz. La soledad ahora será intolerable. Proyectas algún tipo de venganza contra tu mujer que envuelve el cadáver de Marcela, hace una bola con el periódico y lo deposita en la basura. Sí, orgánica. Después se lava las manos en el fregadero. Sic transit gloria etcétera. Y recuerdas a Gloria Amandi, la segunda mujer con la que le fuiste infiel a Erótida. Y recuerdas el vino de amandi, vas a la bodega y a falta de amandi, descorchas una botella de El Pecado de 2005, mezcla de mencía y caíño, 98 puntos sobre 100 de (el mítico) Robert Parker. Parker es a los vinos lo que Colmenar a la crítica literaria: eso que llaman gurú. (Hay que ser gilipollas.) Prescindes de cualquier ritual y sirves dos copas. Le entregas una a Erótida. ¿Ahora quieres envenenarme tú por haber matado a Marcela?, pregunta sonriendo. Creo que estoy empezando a odiarte, Erótida. Pero no lo dices, Franz, sólo dices que el vino es demasiado caro para estropearlo con veneno. Mañana, cuando despiertes, serás el de siempre, Franz: un ortóptero con apariencia humana. “Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Bien es verdad que le dolía todo el cuerpo, pero le parecía como si los dolores se fueran debilitando progresivamente y, al final, desapareciesen por completo”, escribió el verdadero Franz, el único Franz.

Anuncios