UNA MENTE TORTURADA

por Chesi

Teóricamente, las editoriales humildes y los escritores minoritarios (entiéndase: los que vendemos unos centenares de ejemplares y casi nos sentimos felices con la miseria) debemos estarles agradecidos a los autores de los superventas porque, según no demostrados mecanismos del mundo editorial, el éxito de éstos genera beneficios para la empresa que le permite publicar obras más arriesgadas y destinadas a públicos más exigentes. Ignoro si alguna vez se hizo un seguimiento de ese dinero producido por obras de ventas desmesuradas para saber si realmente una porción del beneficio se emplea en arriesgar, por parte de la editorial, el amparo de ficciones cuya calidad les interesa pero que saben de antemano que originarán escasos beneficios cuando no pérdidas. Así que, pues, de antemano, expongo mi gratitud a esos autores que tienen la buena fortuna y el talento de pergeñar novelas que la gente lee en los metros, en los ipads, en las piscinas, en los libros electrónicos, en las playas y en miles de sitios aunque no esté seguro de que una parte del montante obtenido con tales obras repercuta en el cobijo de quienes no vendemos más que unos centenares de ejemplares si nos acompaña la buena suerte. Dicho lo cual, pasemos al meollo del asunto. No tengo nada que objetar ni argumentar contra un escritor, español o extranjero, especializado en esas novelas extensas, ligeras, que atraen a miles de lectores, con una intriga bien trabada y que, por lo general, no exige del lector sino tiempo, sin mayores profundidades. Lo malo es cuando alguno de ellos dicta lecciones de literatura porque suelen cagarla. El ínclito Paulo Coelho dictaminó hace años que Joyce le había hecho mucho daño a la literatura; después, supongo, se sentó a su mesa de trabajo y en quince días escribió su siguiente novela. No sé exactamente, ni aproximadamente, el mal que Joyce le haya podido infligir a la literatura como no sea los miles de discípulos aventajados que quisieron escribir su Ulises particular igual que en los años setenta del siglo pasado miles de escritores estaban empecinados en escribir (reescribir) su particular Cien años de soledad. La culpa, evidentemente, no es de Joyce ni de García Márquez. Y más recientemente (Faro de Vigo, 31 de octubre de 2014), otro conocido urdidor de superventas, Javier Sierra, que tiene en su bibliografía éxitos como El maestro del Prado, La dama azul y La cena secreta, no se recata en manifestar lo siguiente: “El escritor que no tiene voluntad de llegar al lector, que se pierde en sus propios laberintos, no es un escritor, es una mente torturada que busca aclarar el universo en su texto. Eso no sirve a los demás.” Chapó. En 39 palabras, el señor Sierra se carga, ciñéndonos al ámbito de la narrativa, a Faulkner y a Joyce y a Juan Goytisolo y a Beckett y a Kafka y a David Foster Wallace y a Gertrude Stein y a Julián Ríos y a Thomas Pynchon y a buena parte de la mejor literatura. Repetí en varias ocasiones aquella frase de Genet que dice que la dificultad es la cortesía que el autor tiene con el lector. Puede afirmarse casi con total seguridad que todo escritor aspira a ser leído, esto es, a llegar al lector; pero unos se deciden por un camino más o menos expedito, ya transitado hasta la saciedad y que no ofrece a quien se adentra en él novedad alguna y otros que eligen senderos tortuosos que implican al lector en esas dificultades. Desacreditar con generalizaciones a los autores que son “una mente torturada que busca aclarar el universo” es una falacia y añadir que “eso no sirve a los demás” un acto de soberbia porque Javier Sierra no puede saber de forma tajante si esas obras de mentes torturadas sirven o no sirven al lector. Lo mejor sería que Paulo Coelho y Javier Sierra no hiciesen declaraciones de semejante calibre y se dedicasen a producir sus textos que van directamente al corazón de los lectores menos exigentes y que, dicen, son los que nos permiten a los que no vendemos ni un chicle publicar nuestras obras, aserto del que descreo. A no ser, claro, que la editorial que acoja mi libro haga constar, como sucede con becas y subvenciones, que dicha ficción ha sido publicada gracias a un 5% de los beneficios obtenidos con las ventas de un escritor magnánimo que generosamente me tutela. Nunca leí a Javier Sierra pero sí a Paulo Coelho y puedo afirmar que no me sirvió de nada salvo para saber que aquello (hablo del único libro que leí de él) era cualquier cosa menos literatura. Así que los autores de superventas deben dedicarse a seguir vendiendo millones de ejemplares (que no es vergüenza alguna y que probablemente son los que mantienen aún a flote a un enfermizo mercado editorial) y no a sentar cátedra acerca de otros escritores que se afanan en buscar nuevos caminos. No son éstos los que le hacen daño a la literatura, de eso estoy seguro.

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