RETRATO ESPERPÉNTICO

por Chesi

Por primera vez en mi vida me encargan un catálogo en el que no debo hablar de las obras del autor sino de éste y quien me lo encarga hace hincapié en que hable del autor, sí, pero que hable mal. A uno se le afilan los dientes porque corre por su sangre un caudal de improperios y sarcasmos y blasfemias pero se me hace difícil escribir y mal acerca de Alexandro, aunque lleve años y años haciendo méritos para ello. Es decir, que, tal cual él mismo decía de Xaime Quessada (no lo niegues, chaval, que adjunto hemeroteca) que “al segundo cubalibre no lo aguanto”, que no era sino una declaración de amistad, a mí con Alexandro me pasa lo contrario: cuantos más vinos compartimos menos ganas tengo de abofetearlo dada mi naturaleza cobarde que contradice una gloriosa estancia en los Regulares de Ceuta, donde aprendí las artimañas necesarias para convertirme en un auténtico desastre. Alexandro es un tipo raro, independiente, extraño, vocinglero, armadanzas, exagerado, botarate, exhibicionista y otras prendas que lo adornan: no estaría de más enjaulado y siendo mostrado ante un público expectante y entusiasta. Pero si ese monstruo no existiese, esta ciudad sería menos luminosa, menos festiva y más gris; la calle de la Paz, sin los grafitis atormentados y tormentosos de Alexandro, sería un callejón lúgubre. Yo creo que tras su apariencia extravertida, tras su máscara altanera, en realidad se encuentra un tipo tan absolutamente enamorado de su profesión, tan metido en ella hasta los tuétanos, que cuando pisa la calle necesita desbocarse y abrazar a sus amigos y descorchar botellas y hacer el ganso y perorar en voz alta acerca de lo divino de lo que descree y de lo humano, si es que sigue creyendo en el Celta de Vigo que supongo que sí porque los amores por la camiseta son uno de los escasos recursos de la fidelidad que aún atesoran los seres humanos, como en aquella inolvidable película de Campanella, El secreto de sus ojos, en la que alguien que busca a un personaje sabe que va a encontrarlo, necesariamente, en las gradas del estadio de fútbol de su equipo. Quizá el Celta y la pintura sean dos de las fidelidades de Alexandro. Supongo que ahora, después de patear media Europa años atrás con su pelo largo, sus botas camperas y su bragueta decidida, mantiene una tercera fidelidad a Muxía, al mar de Muxía, como demostró en algunas de sus exposiciones pero no puedo seguir por ahí ya que me prohibieron tajantemente hablar de la pintura de Alexandro, territorio en el que se mueven con mayor conocimiento y sensatez (si esta última palabra les cuadra a ambos) Xaime Quessada y Santiago Lamas, a los que les cabe el honor de compartir catálogo con quien esto escribe. Y viceversa. Alexandro está plagado de defectos que lo honran: salvo uno que el tiempo, afortunadamente, derrotó. Su pasión por el cantante Roberto Carlos, me cago en su estampa. O sea, que recorrías los bares con un exultante Alexandro, el Mejillón, por ejemplo, te acodabas en la barra charlando con Otilia y con Pepiño y con los conocidos habituales y de repente, al memo de Alexandro, lo derrotaba un vientecillo romanticón y amoratado, que por algo es pintor, y se vencía hasta la máquina de discos y metía la monedita con la imperial jeta franquista porlagraciadeDios y uno se estremecía con aquello del gato que estaba triste y azul que yo creo que no es que le gustase demasiado (o sí, a saber, hay tipos muy perversos) sino que el gato azul le inspiraba algo relacionado con su oficio y después se iba al camaranchón de la rúa dos Zapateiros, que con tanto tino, trabajo y humor retrató Arturo Rodríguez-Vispo, el primo de Leo Rovira, y embadurnaba lienzos con gatos de todos los colores que eran tan reales como el que lo acompañaba en las tardes de trabajo y en las noches de. Porque no era insólito que cuando uno estaba con Alexandro en un bar, charlando de pintores, de personajes de Ourense, de políticos (sección escarnio y maldecir), él, con un sentido sólo al alcance de Giacomo Casanova y Warren Beatty, hubiese ojeado moza de buen ver y desertase de la conversación, así que tú seguías hablando pero él se había vuelto estrábico y miraba de reojo a la gallarda entrometida y cuando preguntabas “¿vamos a otro bar?”, el condenado ya se la llevaba abrazada por la cintura pero de forma noble e inocente, es decir, para demostrarle el arte que se daba en el manejo del pincel. Cuánta envidia nos corroía en las tardes lluviosas cuando él desaparecía felizmente acompañado y, claro, con experiencias así no es de extrañar que luego pintase delicadamente a hombres que caminan bajo la lluvia aunque nosotros, o yo, me sentía más bien el perro que asimismo pintaba con oficio y talento. Invento una máxima: definir es de cobardes y así me evito tener que definir a Alexandro, porque sería incapaz de hacerlo, de esbozar siquiera su espíritu volcánico, sus aspavientos extemporáneos, su vozarrón de mercader, su altanería de boxeador que, entiendo, son máscaras que ocultan al endeble que mete una moneda en una máquina de discos y nos tortura con un Roberto Carlos que se había degradado mucho desde que abandonó el portugués (eu daria a minha vida / para te esquecer) y anidó en el español con unas letras espeluznantes (abrázame fuerte lady Laura) que no aguantan el análisis menos riguroso y lo de “ser civilizado como los animales” tiene delito pero, en fin, que nos las infligía Alexandro y a un amigo se le perdonan tales excesos; si además de a Roberto Carlos nos recitase a Antonio Gala ya sería para matarlo pero él no cayó nunca en tales mezquindades y recuerdo que me prestó Cartas a Theo profusamente anotado y subrayado y con un texto brevísimo que le recordaba, oh, casualidad, a una mujer: seguramente algo del espíritu exagerado de Vincent Van Gogh reside en el alma pecadora de Alexandro. Ciertamente, para cumplir con la obligación de hablar de Alexandro y, encima, hablar mal, yo podría abrir el muestrario y dejarlo en bolas pero, ya dije, carezco de espíritu heroico aunque regalé quince meses de mi vida para defender, hasta la última gota de sangre si fuere menester, a mi querida España / esta España mía / esta España nuestra. No recuerdo si Cecilia le gustaba a Alexandro; seguro que si le pregunto dirá que era una pija de mierda porque es hombre que ve la vida en blanco y negro: sus amigos y los cabrones, que son el resto. Pero luego, a los que son amigos y a los que no, o sea, a los cabrones, este pedazo de monstruo, va y les regala dibujos o colabora desinteresadamente en ayudar con su pintura a desfavorecidos, a los republicanos, a los enfermos y todo ello contradice la imagen de un Alexandro soberbio y tal vez en eso, en ese punto de contradicción, estribe lo mejor de Alexandro. Porque es una persona con la que nunca me negaría a beber un vaso de vino o los que fuesen necesarios siempre y cuando no me joda con Roberto Carlos y no me deje tirado si descubre a una desconocida solitaria en la barra de un bar. ¡Salud, compañero!
(Texto para el catálogo de una exposición del pintor Alexandro, 2014)

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