El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: enero, 2015

EL NORTE

Estoy totalmente a favor de ser invadido, por quien sea. Me resigno a ser colonizado por otras culturas e incluso pienso que con frecuencia a la postre resulta enriquecedor. Cada día me resultan más repugnantes las patrias. Desde los países escandinavos han llegado hasta nosotros, de forma subrepticia, casi anónima, una serie de invasores que hoy forman parte de nuestra cultura. Quizá al principio fuesen los drakars vikingos, aquellos guerreros y aventureros que a veces en embarcaciones inestables llegaron a América antes de que Colón tomase posesión (¿?) de ese territorio. Borges apeló a ellos, a La saga de los Groenlandeses y a la de Eirik El Rojo. De aquel sajón primordial queda la reseña en la tumba del argentino: Y no tengáis miedo. Esa frase eligió para adornar su lápida ginebrina. Unos tipos rubios, fuertes, que no tenían temor de nada ni de nadie. Eran los habitantes del mito, de la mitología ajena a la otra más común y próxima del Mediterráneo. Más tarde llegaron a nosotros a través de los cuentos, debidamente reelaborados, de Hans Christian Andersen, con su patito feo y su sirenita que siempre nos quedaban a trasmano, un lugar que había que mirar en el mapa para situarlo con exactitud. En el siglo XIX Sibelius fue un reputado músico celebrado en todas partes, lo mismo que Grieg; Knut Hamsun ganó el premio Nobel de Literatura en 1920 y Selma Lagerlöf fue la primera mujer en obtenerlo en el año 1909. A cuenta gotas, paulatinamente, los del norte iban accediendo a los territorios del sur. En España, en los años sesenta y setenta del siglo XX, era difícil imaginar una película cutrerótica sin que apareciera una rubia, por lo general sueca, para darle realce y encanto al argumento. Aún recuerdo, espeluznado y con vergüenza, una canción de un grupo español que si no me equivoco se llamaba Los 4 de la Torre una de cuyas estrofas decía: “Ya llegaron las lindas vikingas / que vienen de lejos / en busca de sol / y los chicos estamos dispuestos / a hacernos los dueños de su corazón. / ¡Qué de romances habrá / llenos de fuego y pasión / con nuestro temperamento y olé y olé / temperamento español!”. Ahí es nada. Posteriormente fueron Abba y Pipi Calzarlargas los que asomaron sus rostros a nuestras pantallas. El norte seguía siendo un lugar en el que se entregaban los premios Nobel, países educados en los que ministros como Olof Palme iban a pie o en bicicleta sin alharacas y soñamos, o soñé, que España un día pudiera llegar a ser un país similar, quizá ligeramente más soleado. Luego estaba el salmón, concretamente noruego. Si no es noruego ni es salmón ni es nada. Apareció el escueto diseño nórdico, su elemental arquitectura y, cómo no, Ikea. Un día de la década de los años ochenta del siglo pasado, la selección danesa de fútbol ganó la Eurocopa: sabíamos que los nórdicos eran excepcionales atletas en salto de altura, en tenis, carreras de fondo, balonmano, lanzamiento de disco y de jabalina pero ignorábamos su fútbol grandioso. Una digresión: pocos jugadores de fútbol hubo tan elegantes y geniales como M. Laudrup. Ciertamente, descendían desde el norte cineastas y actores y actrices: Ingrid Bergman, Ingmar Bergman, Max von Sydow, Greta Garbo, Lars von Trier, Dreyer, por nombrar a algunos. Autores como Ibsen y Strindberg, pintores como Munch, filósofos como Kierkegaard. También, desgraciadamente, un tal Anders Breivik que perpetró la salvajada de Utoya en 2011 pero, a la vez, cantantes iconoclastas y distintos. Íbamos, pues, asimilando, esa invasión bárbara (entiéndase lo de bárbara en el sentido estrictamente geográfico) con naturalidad hasta que finalmente, no hace mucho tiempo, empezaron a llegar hasta nosotros las novelas escritas por gentes que tienen unos apellidos en los que siempre existe una o con una raya en medio, una tilde contra natura o un acento circunflejo sobre una consonante. La lista de superventas está acaparada por una serie de nombres que provienen de aquellas remotas tierras desde las que nos llegaron los vikingos, los sueños infantiles, los aquelarres eróticos y algunas bebidas de alta graduación. Naturalmente que no incurriré en desacreditar la ficción que arriba desde tales latitudes pero constato que está sucediendo. Algo cambia: el mejor restaurante del mundo, según dicen, es asimismo noruego o sueco o finlandés o. Si hace siglos nos instruían desde el sur, posteriormente desde el centro de Europa, después desde estados Unidos, más tarde desde oriente, ahora estamos en manos de los países escandinavos. Que sea para bien. Allt detta är ironi.

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PREMIOS LITERARIOS

Hace varios años, Juan Marsé quiso descubrir algo que es sabido por cualquiera que se mueva en el ámbito literario: que el premio Planeta se otorga en función de una medida estrictamente económica. Gana quien vende, sin más. Pero la actuación de Marsé encierra una perversión de origen: pertenecer al jurado que concede el premio. Es como si alguien entra en un grupo terrorista del que sabe que utiliza el asesinato y la extorsión para lograr sus fines y, una vez que está dentro, se lamenta de que la organización asesine a alguien. Tendría que conocer Juan Marsé, que había ganado el premio por La muchacha de las bragas de oro, que el funcionamiento del Planeta está viciado y que si en su día puso en el mercado obras de mérito, con los años se deterioró hasta convertirse en un negocio editorial donde la calidad literaria no se tiene en cuenta. Marsé, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa presentaron al premio obras menores respecto a su novelística anterior. En el juego del Planeta nadie es inocente, ni los concursantes ni el jurado. Ni siquiera los lectores. Si uno repasa las obras galardonadas en los últimos años, son una mera relación de mediocridad absoluta avalada por los miles de ejemplares vendidos; si antaño se les concedía a los finalistas cierta categoría literaria, hoy la editorial, o su factotum, nos ha vetado la cortesía. Hay premios literarios en los que aún es posible rastrear signos de calidad en las obras que obtienen el galardón; en el Planeta resulta prácticamente imposible. Así que el alarde de Juan Marsé está fuera de tono: ha ayudado a armar a los terroristas de la literatura accediendo a figurar en un jurado del que sabía que no premia el valor del texto sino la amplitud del negocio, y no debe lamentarse de que las cosas hayan salido, una vez más, como siempre, es decir, como decide Lara y no de acuerdo con criterios de exquisitez literaria. Posiblemente, Juan Marsé no hubiera ganado jamás el Planeta por Si te dicen que caí, Últimas tardes con Teresa o El embrujo de Shangai: lo ganó con La muchacha de las bragas de oro. Algún miembro del jurado debió decir entonces, como hizo él hace unos años con respecto a las dos obras premiadas, que la novela galardonada, La muchacha de las bragas de oro, era un producto editorial de escaso valor. La literatura va por un camino y el premio Planeta por otro. Conviene, pues, no confundirlos: el que quiera literatura que la busque, el que quiera bazofia que compre los premios Planeta. De paso, colabora a armar a la organización terrorista.