El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: febrero, 2015

LA VIDA Y (O) LOS LIBROS

Uno se acostumbró mal y fue aprendiendo lo poco que sabe de la vida por los libros, por las novelas que le abrieron los sentidos. Ciertamente, existían el amor y la amistad, el rencor y la nostalgia, el miedo y la melancolía pero sólo cuando esas pasiones estuvieron reflejadas en las páginas de una ficción, uno comprendió la exactitud de su existencia. La fascinada infancia acaso la haya aprendido en las páginas de Proust y de Nabokov la elegancia del disparate; de Galdós la memoria ingrata de una España en blanco y negro, de pensiones y funcionarios, de estudiantes y sacristías. Céline nos enseñó que la vida no era un flujo ordenado sino un torrente en el que resulta difícil deslindar el bien del mal o que ambos se entremezclan en los perdedores y en los héroes. Faulkner es el conflicto que sólo surge del alcohol y del talento. Por Gadda se conoce la exageración, el torrente verbal y el humor y de Svevo la conciliadora enfermedad que nos pone delante los límites que Lezama expandió con el exacto milagro del lenguaje. Beckett nos abrió las puertas del humor negro del nihilismo. Döblin es la ciudad que late debajo de la ciudad, la sangre de los animales en los mataderos, Selby los personajes de los barrios bajos, las putas miserables, los delincuentes sin otro porvenir que abismarse en el mal. Kafka nos enseñó a pensar de otra manera, a mirar de otra forma la modernidad, a sentirnos aislados y caminar siempre con un abrigo largo y un pequeño sombrero, insectos o humanos. Por Dostoyevski supimos los grados brutales de la pasión, de todas las pasiones, de todos los excesos: con él nos jugamos la vida en un azar casi siempre adverso, nos emborrachamos y miramos desde fuera el lujo de los palacios, vimos caer la nieve, asesinamos con nuestras manos a mujeres que no conocíamos, arrasamos en vodka cualquier atisbo de sentido común. Con Perec asistimos al juego subterráneo con el que la vida nos encaja en puzles inexactos y Flaubert ordenó el mundo que hasta entonces era un caos que no entendíamos. Thomas Mann y Henry James pulieron para siempre la nobleza de los personajes que se enfrentan a su destino confiando en la ciencia y en la cultura, aunque después esos principios se nos rompan al ver pasar en la calle a un adolescente hermoso. Con Genet descubrimos la perversión del mundo que no es sino la perversión de nuestra naturaleza a la que nunca nos enfrentamos. De Stendhal recogimos un cierto código de honor, el afán de gloria, el arribismo, la mirada asombrada ante una obra de arte. Cortázar nos enseñó que debajo de las palabras latía una existencia para la que era necesario inventar otra forma de mirar, otra forma de ver, otra forma de enfrentarnos a nosotros mismos, que los objetos palpitan con un pulso inadvertido, que los días de la semana no se suceden con los nombres que nosotros les damos, que hay que rebautizar el mundo, darle la vuelta, descodificarlo. Con Joyce lo descubrimos todo: la reversibilidad de las palabras, la naturaleza del ser humano, el sexo que nombramos como amor, el mito clásico que nos orienta y desorienta a la vez, el amor o el desamor por Dublín y la cerveza, el trago fatal de una vida que, quizá erróneamente, uno ha ido aprendiendo en los libros sin llegar a entenderla nunca. Y así el mundo o la vida la atravesamos con ellos, con Eça de Queiros y Tolstoi, con Cervantes y Guimaraes, con Yourcenar y Goytisolo, con Fiztgerald y Rulfo, con Borges y Virginia Woolf y tantos otros que nos fueron desvelando las grietas en las que se esconde lo que somos, lo que fuimos, lo que acaso no debamos ser nunca. Perversiones de la edad, seguramente: me gusta más la vida en los libros que la otra.

PRESENTACIÓN DE LA NOVELA DE FRANCISCO LÓPEZ SERRANO

Queridos/as amigos/as, la Central de Callao ha publicado en Facebook el anuncio de la presentación por José María Merino, el 9 de marzo, de El tiempo imaginario. Os copio el enlace.
Abrazos,
Francisco López Serrano
https://www.facebook.com/events/607729896038395/

VIDAS Y OBRAS

En el número 2.021 de la revista Interviú, de enero de 2015, antes de la sección tetas, culos y coños, aparece un interesante artículo de Ramón de España acerca de Michel Houellebecq, ese autor que ya gozaba de un sólido prestigio en todo el mundo merced a algunas reconocidas novelas y que a raíz de los atentados de París contra Charlie Hebdo y la aparición de Sumisión, la última obra del escritor francés, acapara las portadas y las páginas interiores de numerosos diarios. La semblanza que Ramón de España traza de Houellebecq es de todo menos cariñosa; según relata, Jorge Herralde le pidió hace años que asistiese a la presentación de una novela de Houellebecq y que le hiciese las preguntas iniciales para desatascar el acto que, el editor se temía, dado el carácter del escritor, constituyese un fracaso por culpa de la tendencia del novelista francés a responder con monosílabos tras prolongados silencios. Ramón de España dice que le estrechó la mano a Houellebecq, una mano húmeda y flácida que el articulista equipara a una trucha y añade que el famoso autor apestaba a tabaco y a alcohol (vinazo, describe literalmente Ramón de España). Y aunque ya entonces estaba prohibido fumar, Michel Houellebecq empalmaba un cigarro con la colilla del otro. Ramón de España se declara un entusiasta admirador de varias novelas del francés pero como persona le desagradó enormemente y aquel encuentro resultó un fiasco amparado en la mala educación tolerada del autor de Las partículas elementales. En recientes fotografías Houellebecq ostenta la imagen icónica de un yonqui: esquelético, desastrado, hapariento: así luce el autor de algunas de las más interesantes novelas de los últimos años, entre ángel del infierno y guitarrista maldito de rock con un leve toquecillo de anacoreta. Pero no es eso lo que interesa sino lo que Ramón de España concluye aunque no lo reseñe en su artículo: que el autor (Michel Houellebecq) está por debajo de su obra. Y, sin embargo, no es insólito que sea así. Cuando se lee una biografía de un autor (y que el biógrafo no caiga, claro, en hagiografía empalagosa) uno descubre mezquindades comunes al resto de los mortales. Con frecuencia, es necesario desentenderse del ser humano para disfrutar de las obras de determinados autores (acaso de la mayoría), dejar de lado las ideas del autor y entrar en sus páginas exento de prejuicios. Proust, según parece, era poco menos que insoportable pero En busca del tiempo perdido pesa más en nosotros que sus manías y delirios. Lo mismo sucede con Borges: mejor olvidar al excéntrico anglófilo que llegó a tolerar la dictadura argentina y sumergirse en su obra. Otro tanto se podría decir de Bioy Casares, de Naipul, de Salinger, de Céline, de Juan Ramón Jiménez o de… (aquí seguramente podrían insertarse centenares de nombres), que están infinitamente por debajo de su obra. Tardé en entender hace años unas palabras del crítico Rafael Conte asegurando que Juan García Hortelano estaba muy por encima de su obra y no es poco halago afirmar tal de alguien que escribió El gran momento de Mary Tribune, Gramática parda y otras obras que, ignoro por qué, actualmente parecen sufrir un inexplicable olvido. Pero así como hay escritores que están por debajo de su obra, existen otros que tienen la misma categoría que su obra: gentes buenas que además escribían maravillosamente: Ana María Matute, por ejemplo, Miguel Delibes, Ana María Moix. En definitiva, y tal como Ramón de España afirma de Houellebecq, hay escritores cuya grandeza humana es equiparable (y en ocasiones superior) a las páginas que han dejado escritas; pero existen otros que no llegan a la categoría de su obra. A mí siempre me resultó difícil desligar el personaje que se crearon voluntariamente autores como Camilo José Cela o Francisco Umbral de sus obras. Hay buenas personas que escriben buenas obras y malas personas que también. Y buenas personas que escriben malas obras y malas personas que escriben malas obras que ya es lo peor que le puede ocurrir a un autor: o sea, aunar su categoría de cabronazo con unas páginas miserables. Por ahí, creo entender, iban los tiros de Ramón de España pero no estoy muy seguro porque después ya me sumergí en el vaivén de las tetas, los culos y los coños de Interviú y la memoria del artículo me resulta muy confusa.

EL ESTORBO

Últimamente las modas vienen de Japón. Hace décadas era un país de grisalla, que había perdido una guerra y la divinidad imperial, en el que de vez en cuando aparecía un antiguo soldado que creía que aún seguía el conflicto bélico y había vivido escondido en laberintos subterráneos durante lustros; también llamaba la atención que hubiese una legión de guitarristas flamencos, que sus habitantes invadiesen todas las geografías del mundo cargados con máquina fotográficas, que tuviesen unos avances tecnológicos que recordaban los relatos de ciencia ficción; nos asombraban sus templos, sus monjes y su geografía, algunos escritores que descubríamos al cabo del tiempo, lunáticos que se hacían el sepuku o las leyendas de los aviadores que se acogían al harakiri para dirimir la cuestiones bélicas. Soñábamos con gheisas y salones de té. Japón se nos empezó a hacer visible en color con los juegos Olímpicos de Tokio. Hasta hubo quien nos regaló un kimono después de un viaje a ese rincón tan remoto. Más tarde fuimos devotos del sushi, de las películas de las mafias japonesas, del sumo, del sake y nos sorprendieron las modas disparatadas y estruendosas que veíamos por la televisión. Japón siempre había quedado un tanto a desmano y lo que hicieran aquellos extravagantes de ojos rasgados nos traía al pairo. Ahora las cosas han cambiado y Japón (todo el mundo en general) nos cae como un barrio lejano pero al que se puede acceder si uno dispone de ganas, dinero y buena voluntad. Poco a poco las modas japonesas se han involucrado en la vida de occidente o más bien oriente está accediendo a nosotros en arreones que traerán de todo, supongo, lo bueno y lo malo. Estados Unidos nos suministró el mejor cine pero a la vez el icono de las banderas nacionales: vaya lo uno por lo otro; nos dio la mejor música pero asimismo las hamburguesas; nos entregó a Edgar Allan Poe pero nos infligió a Paris Hilton; nos regaló a Magic Johnson pero también a Chuck Norris: cualquier país tiene su rostro agradable y la cicatriz que lo deforma. Pero de Japón hablábamos y a él regreso: Taro Aso, ministro japonés de finanzas (me niego a usar las mayúsculas en cualquier asunto relacionado con la política) urgió hace unos meses a morirse a los viejos porque sólo comen y duermen. Sin más, por la cara, que se dice, con un par. Esos ancianos, parece ser, no colaboraron a engrandecer Japón, no trabajaron a lo largo de sus días, no formaron familias, no cooperaron a generar riqueza: todo eso no consta en su expediente administrativo. Lo que cuenta es que una vez llegados a la ancianidad ya no son productivos y seguramente el gobierno estará estudiando la forma de exterminar (eutanasia, sepuku, envenenamiento) a cualquier japonés que haya terminado su trabajo de forma que, en el futuro, cada nipón que firme su primer contrato firmará asimismo una cláusula por la que se compromete a morir rápidamente sin generar gastos al estado una vez que alcance la edad de la jubilación. Nada queda de la (legendaria y posiblemente falsa) sabiduría oriental, de su amor y respeto por los ancianos, de su feraz comunión con la naturaleza: la vida se ha convertido en un puto negocio y el que no produzca no merece ni un grano de arroz ni disfrutar del aire que respira. Japón es un mito y como tal acaba de desmoronarse. Lo que me temo es que las lamentaciones de Taro Aso, como el sushi, se extiendan a occidente y concretamente a España y tengan éxito aquí. Ahora mismo, sospecho, en su despacho, rodeada de asesores, Fátima Báñez, ministra de trabajo y empleo (me niego a usar mayúsculas etcétera), mientras se deja aconsejar por la virgen del Rocío, estará estudiando las declaraciones del ministro japonés de finanzas y reflexionando “cómo no se me habrá ocurrido a mí” y “habrá que pensar la manera de ponerlo en práctica” de forma que cuando alcancemos (si a ella llegamos) la edad provecta, tendremos que estudiar concienzudamente los prospectos de las medicinas que uno traga para discernir si a instancias del gobierno los laboratorios no deslizan una sustancia tóxica que urja nuestra muerte ahora que ya no somos productivos y sólo comemos y dormimos. Husmeo un futuro descorazonador, más o menos como este presente que padecemos. No pienso viajar a Japón en la puta vida. Por si acaso. Aunque no sé si aquí estará uno más seguro.