EL ESTORBO

por Chesi

Últimamente las modas vienen de Japón. Hace décadas era un país de grisalla, que había perdido una guerra y la divinidad imperial, en el que de vez en cuando aparecía un antiguo soldado que creía que aún seguía el conflicto bélico y había vivido escondido en laberintos subterráneos durante lustros; también llamaba la atención que hubiese una legión de guitarristas flamencos, que sus habitantes invadiesen todas las geografías del mundo cargados con máquina fotográficas, que tuviesen unos avances tecnológicos que recordaban los relatos de ciencia ficción; nos asombraban sus templos, sus monjes y su geografía, algunos escritores que descubríamos al cabo del tiempo, lunáticos que se hacían el sepuku o las leyendas de los aviadores que se acogían al harakiri para dirimir la cuestiones bélicas. Soñábamos con gheisas y salones de té. Japón se nos empezó a hacer visible en color con los juegos Olímpicos de Tokio. Hasta hubo quien nos regaló un kimono después de un viaje a ese rincón tan remoto. Más tarde fuimos devotos del sushi, de las películas de las mafias japonesas, del sumo, del sake y nos sorprendieron las modas disparatadas y estruendosas que veíamos por la televisión. Japón siempre había quedado un tanto a desmano y lo que hicieran aquellos extravagantes de ojos rasgados nos traía al pairo. Ahora las cosas han cambiado y Japón (todo el mundo en general) nos cae como un barrio lejano pero al que se puede acceder si uno dispone de ganas, dinero y buena voluntad. Poco a poco las modas japonesas se han involucrado en la vida de occidente o más bien oriente está accediendo a nosotros en arreones que traerán de todo, supongo, lo bueno y lo malo. Estados Unidos nos suministró el mejor cine pero a la vez el icono de las banderas nacionales: vaya lo uno por lo otro; nos dio la mejor música pero asimismo las hamburguesas; nos entregó a Edgar Allan Poe pero nos infligió a Paris Hilton; nos regaló a Magic Johnson pero también a Chuck Norris: cualquier país tiene su rostro agradable y la cicatriz que lo deforma. Pero de Japón hablábamos y a él regreso: Taro Aso, ministro japonés de finanzas (me niego a usar las mayúsculas en cualquier asunto relacionado con la política) urgió hace unos meses a morirse a los viejos porque sólo comen y duermen. Sin más, por la cara, que se dice, con un par. Esos ancianos, parece ser, no colaboraron a engrandecer Japón, no trabajaron a lo largo de sus días, no formaron familias, no cooperaron a generar riqueza: todo eso no consta en su expediente administrativo. Lo que cuenta es que una vez llegados a la ancianidad ya no son productivos y seguramente el gobierno estará estudiando la forma de exterminar (eutanasia, sepuku, envenenamiento) a cualquier japonés que haya terminado su trabajo de forma que, en el futuro, cada nipón que firme su primer contrato firmará asimismo una cláusula por la que se compromete a morir rápidamente sin generar gastos al estado una vez que alcance la edad de la jubilación. Nada queda de la (legendaria y posiblemente falsa) sabiduría oriental, de su amor y respeto por los ancianos, de su feraz comunión con la naturaleza: la vida se ha convertido en un puto negocio y el que no produzca no merece ni un grano de arroz ni disfrutar del aire que respira. Japón es un mito y como tal acaba de desmoronarse. Lo que me temo es que las lamentaciones de Taro Aso, como el sushi, se extiendan a occidente y concretamente a España y tengan éxito aquí. Ahora mismo, sospecho, en su despacho, rodeada de asesores, Fátima Báñez, ministra de trabajo y empleo (me niego a usar mayúsculas etcétera), mientras se deja aconsejar por la virgen del Rocío, estará estudiando las declaraciones del ministro japonés de finanzas y reflexionando “cómo no se me habrá ocurrido a mí” y “habrá que pensar la manera de ponerlo en práctica” de forma que cuando alcancemos (si a ella llegamos) la edad provecta, tendremos que estudiar concienzudamente los prospectos de las medicinas que uno traga para discernir si a instancias del gobierno los laboratorios no deslizan una sustancia tóxica que urja nuestra muerte ahora que ya no somos productivos y sólo comemos y dormimos. Husmeo un futuro descorazonador, más o menos como este presente que padecemos. No pienso viajar a Japón en la puta vida. Por si acaso. Aunque no sé si aquí estará uno más seguro.

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