VIDAS Y OBRAS

por Chesi

En el número 2.021 de la revista Interviú, de enero de 2015, antes de la sección tetas, culos y coños, aparece un interesante artículo de Ramón de España acerca de Michel Houellebecq, ese autor que ya gozaba de un sólido prestigio en todo el mundo merced a algunas reconocidas novelas y que a raíz de los atentados de París contra Charlie Hebdo y la aparición de Sumisión, la última obra del escritor francés, acapara las portadas y las páginas interiores de numerosos diarios. La semblanza que Ramón de España traza de Houellebecq es de todo menos cariñosa; según relata, Jorge Herralde le pidió hace años que asistiese a la presentación de una novela de Houellebecq y que le hiciese las preguntas iniciales para desatascar el acto que, el editor se temía, dado el carácter del escritor, constituyese un fracaso por culpa de la tendencia del novelista francés a responder con monosílabos tras prolongados silencios. Ramón de España dice que le estrechó la mano a Houellebecq, una mano húmeda y flácida que el articulista equipara a una trucha y añade que el famoso autor apestaba a tabaco y a alcohol (vinazo, describe literalmente Ramón de España). Y aunque ya entonces estaba prohibido fumar, Michel Houellebecq empalmaba un cigarro con la colilla del otro. Ramón de España se declara un entusiasta admirador de varias novelas del francés pero como persona le desagradó enormemente y aquel encuentro resultó un fiasco amparado en la mala educación tolerada del autor de Las partículas elementales. En recientes fotografías Houellebecq ostenta la imagen icónica de un yonqui: esquelético, desastrado, hapariento: así luce el autor de algunas de las más interesantes novelas de los últimos años, entre ángel del infierno y guitarrista maldito de rock con un leve toquecillo de anacoreta. Pero no es eso lo que interesa sino lo que Ramón de España concluye aunque no lo reseñe en su artículo: que el autor (Michel Houellebecq) está por debajo de su obra. Y, sin embargo, no es insólito que sea así. Cuando se lee una biografía de un autor (y que el biógrafo no caiga, claro, en hagiografía empalagosa) uno descubre mezquindades comunes al resto de los mortales. Con frecuencia, es necesario desentenderse del ser humano para disfrutar de las obras de determinados autores (acaso de la mayoría), dejar de lado las ideas del autor y entrar en sus páginas exento de prejuicios. Proust, según parece, era poco menos que insoportable pero En busca del tiempo perdido pesa más en nosotros que sus manías y delirios. Lo mismo sucede con Borges: mejor olvidar al excéntrico anglófilo que llegó a tolerar la dictadura argentina y sumergirse en su obra. Otro tanto se podría decir de Bioy Casares, de Naipul, de Salinger, de Céline, de Juan Ramón Jiménez o de… (aquí seguramente podrían insertarse centenares de nombres), que están infinitamente por debajo de su obra. Tardé en entender hace años unas palabras del crítico Rafael Conte asegurando que Juan García Hortelano estaba muy por encima de su obra y no es poco halago afirmar tal de alguien que escribió El gran momento de Mary Tribune, Gramática parda y otras obras que, ignoro por qué, actualmente parecen sufrir un inexplicable olvido. Pero así como hay escritores que están por debajo de su obra, existen otros que tienen la misma categoría que su obra: gentes buenas que además escribían maravillosamente: Ana María Matute, por ejemplo, Miguel Delibes, Ana María Moix. En definitiva, y tal como Ramón de España afirma de Houellebecq, hay escritores cuya grandeza humana es equiparable (y en ocasiones superior) a las páginas que han dejado escritas; pero existen otros que no llegan a la categoría de su obra. A mí siempre me resultó difícil desligar el personaje que se crearon voluntariamente autores como Camilo José Cela o Francisco Umbral de sus obras. Hay buenas personas que escriben buenas obras y malas personas que también. Y buenas personas que escriben malas obras y malas personas que escriben malas obras que ya es lo peor que le puede ocurrir a un autor: o sea, aunar su categoría de cabronazo con unas páginas miserables. Por ahí, creo entender, iban los tiros de Ramón de España pero no estoy muy seguro porque después ya me sumergí en el vaivén de las tetas, los culos y los coños de Interviú y la memoria del artículo me resulta muy confusa.

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