El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: marzo, 2015

REALIDAD Y FICCIÓN

Para Xan Arias
En un esclarecedor artículo publicado en un periódico el 2 de octubre de 1988, Xan Arias, el actual director de la editorial Trifolium, detallaba minuciosamente la muerte de Gaudí, atropellado por un tranvía en Barcelona un lunes 7 de junio de 1926. El articulista señala: “De pronto, don Antonio advirtió el peligro y súbitamente, en un acto reflejo, se echó para atrás para eludirlo, pero el otro tranvía, que circulaba en sentido opuesto (…) se le echó encima y lo golpeó y arrolló contra la columna metálica del tendido eléctrico”. Abunda en más detalles: los transeúntes que se desentendieron de la víctima, las matrículas de los coches que desistieron de transportar al herido y, precisa, “fue entonces cuando un joven guardia civil de paisano, Ramón Pérez Vázquez, logró meter al malherido Gaudí en un vehículo que lo trasladó a la casa de socorro”, donde el arquitecto, dado su desaliño habitual, fue considerado “un pobre indigente” e ingresado bajo las siglas “E. em.”, que significaban que el austero Gaudí había sido recogido en estado de embriaguez, consideración, cuando menos, perfunctoria. Xan Arias se detiene en la figura del guardia civil que le prestó ayuda a Antonio Gaudí, un gallego de Póboa do Caramiñal, y nos suministra datos propios de una ficha policial, una sesión de autopsia o prolegómeno de un combate de boxeo: 1.68 de estatura, 87 de perímetro torácico y 64 kilos de peso. Sigo literalmente el enjundioso artículo: “Por los servicios prestados en auxilio de Gaudí, el director general del Cuerpo le concedió 25 días de permiso, que se apresuró a disfrutar en Padrón y Santiago”. Xan Arias finaliza el texto de esta manera: “Ramón Pérez Vázquez, guardia civil, amante de los libros y fiel republicano, aquel que auxilió a Gaudí la tarde del 7 de junio de 1926, moriría meses después, [a causa de una tuberculosis que el autor citó anteriormente en el artículo] el 30 de marzo de 1937”. El texto de Xan Arias es un impecable ejercicio periodístico de investigación, sin una grieta por la que hincarle el diente salvo…, salvo que la literatura, la ficción, haga de las suyas. Si hace siglos el periodismo y la ficción tenían poco que ver (en realidad, está frase constituye un falacia: sirva como ejemplo en sentido contrario El diario del año de la peste de Defoe), con los años, ambos métodos forman parte de la literatura, géneros que se hibridan y se nutren mutuamente alcanzando a veces cotas de grandeza insólita, como se descubre en Cunqueiro, Chaves Nogales, Pla, Azúa, Camba, Trapiello, Alvite, Murado, Vicent, Jabois o Millás por citar a algunos autores españoles al azar y que me sea excusado el olvido de otros. Porque el asunto del accidente del arquitecto adquiere proporciones de ficción cuando en la revista Letras Libres, en un artículo de 2002, Vila Matas afirma literalmente “mi tío abuelo Roberto conducía el tranvía que mató a Gaudí”, quien, según Xan Arias, tenía un “caminar pausado, absorto y en soledad a través de las calles desiertas” para regresar “de nuevo al templo, donde dormía desde la muerte de su colaborador y amigo entrañable Joan Matamala”. Tan proclive a mezclar vida y ficción como es Vila Matas cabe la posibilidad de que sea cierto que quien conducía el autobús que atropelló a Gaudí fuese su tío abuelo y también lo contrario: que ese ascendiente legendario, a lo mejor ficticio, ornamente la biografía de Enrique Vila Matas sin atenerse a realidad alguna. Pero en la muerte de Gaudí, aún se ceban otros elementos de ficción que en nada contradicen el artículo de Xan Arias sino que lo enriquecen con detalles y datos que, reales o no, imaginarios o no, le otorgan al escrito el aire de una novela, como una enredadera que se pega al muro del texto periodístico original. Porque en el capítulo II de La Plaza del Diamante, Mercè Rodoreda, en una conversación entre Colometa y Quimet, consigna: “Y mirando el mirlo fue cuando el Quimet empezó a hablar del señor Gaudí, que su padre le había conocido el día que le aplastó el tranvía, que su padre había sido uno de los que le habían llevado al hospital, pobre señor Gaudí, tan buena persona, mira qué muerte más miserable…” y aquí sí que entramos en la pura fantasía pues como escribía en su artículo Xan Arias, Gaudí fue abandonado por transeúntes y conductores de vehículos: a su alrededor todos se desentendieron del arquitecto a quien tomaban por un mendigo borracho, dada la humildad de sus ropas y su aspecto desastrado: y sólo aquel guardia civil de paisano, Ramón Pérez Vázquez, auxilió al herido acompañándolo a la casa de socorro, acto de generosidad que honra la memoria del guardia y que le reportó unas vacaciones que aprovechó para comer unos pimientos en Padrón y beber unos vasos de ribeiro (nadie va a impedirme que también yo introduzca ficción en la historia) y en Santiago, donde invitó a su novia a despachar algunos dulces en la pastelería Mora y la gente lo paraba en la calle para darle la enhorabuena porque en 1926, como ahora, como siempre, eran necesarios esos héroes que forjaban su leyenda limitándose tan sólo a cumplir con su deber, cosa que cada día nos cuesta más a los seres humanos en general salvo honrosas excepciones. Porque de vez en cuando, a la turbia realidad no le sienta nada mal una mano de fantasía.

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EL AMBIGÚ

Para Nacho
Un amigo, al que va dedicado este artículo, me comenta que en uno mío precedente titulado Sin nostalgia, al reseñar a vuela pluma los lugares en los que se celebraban las tertulias del siglo pasado en esta ciudad, me olvidé (y confieso al respecto mi ignorancia) de uno: el ambigú del teatro Principal. Ese amigo lector me prestó un libro editado por la Xunta en el año 1994 titulado O Principal. Historia. Recuperación. Lembranza en el que, aparte de los inevitables políticos que asoman cuando sopla el viento del interés, colaboraron Rivas Villanueva, Iago Seara, Emilio Fonseca, Vidal Souto, Luis Otero, Pura Vázquez, Méndez Ferrín, Manuel Guede, José Luis López Cid, Quessada, Pepe Conde Corbal y Francisco Xosé Fernández Naval: una obra interesante para el que desee rastrear los pormenores de ese teatro aunque lo cierto es que para pergeñar este artículo que complemente al anterior recurrí más a las anécdotas que el propio Nacho vivió siendo niño que a los datos que suministra el volumen cuidadosamente editado por la Xunta de Galicia. Recuerda mi amigo, mientras consume nostálgico su acostumbrado zumo, los nombres de los numerosos pintores que se acogían al ambigú del teatro Principal y cita a Cárcamo, Xaime Quessada, Vidal Souto, Virxilio, Pousa y quizá algún otro que se le haya extraviado en la memoria. Y con frecuencia los pintores dejaban, tal vez con generosidad, tal vez a cambio de condumio y bebida, sus cuadros en el ambigú. Aquellas reuniones nocturnas uno podría calificarlas de clandestinas si no fuese porque, de vez en cuando, la guardia civil cumplía con su trabajo, aproaban las jetas hacia los congregados y deseaban buenas noches al respetable porque, aunque imbuidos de una autoridad incontestable y todoporlapatria y carajillos, quiénes eran ellos para meterse con semejante patulea de excéntricos artistas que probablemente criticaban al régimen franquista y se contaban sus experiencias, acunaban sus proyectos en ribeiro y soñaban tal vez con huir de una ciudad a la que estaban fatalmente vinculados; casi todos ellos pasaron parte de sus vidas fuera de Ourense pero, a la postre, retornaban ignoro si con nostalgia, cansados de vagar por el mundo y descubrir al fin y al cabo que la patria es el lugar donde uno puede conversar con los amigos en uno o dos idiomas (más es maldición babélica) degustando una botella de vino mientras en el exterior resuenan los tacones acharolados de la guardia civil que se pierde por la rúa de la Paz camino de praza do Ferro. Nacho recuerda asimismo a un envarado Otero Pedrayo y a Vicente Risco, vecinos de esa calle que atesora tal cantidad de personajes ilustres y para cuyo conocimiento remito (creo haberlo hecho con anterioridad en algún otro escrito) al más que recomendable libro de Arturo Rodríguez Vispo Crónicas dunha rúa. Y allí, en el ambigú, la señora Gelucha, cuando la tarde se iba deshaciendo entre palabras y sueños, aviaba callos y tortillas y lo que fuese menester para que todos ellos se sintiesen a gusto, sin echar en falta la cena de sus hogares quizá porque algunos carecían de una compañía tan agradable como aquella que compartían sentados en torno a mesas bien abastecidas y en dos de esos veladores las patas de hierro forjado sostenían lápidas puestas boca abajo que se recogían cada noche y se volvían a colocar a la mañana siguiente, anécdota que tal vez hubiese llegado a oídos de Camilo José Cela que relata algo similar en su libro La colmena. Así que en aquel ambigú ocioso donde los espectadores podían adquirir chicles, caramelos, pipas y otras golosinas antes de entrar a ver una de Errol Flynn o asistir a una extravagante parida de Juan de la Coba y Gómez o a una ópera con el tenor catalán Sirvent, al atardecer se congregaban esas gentes que parecían buscar la noche para vivir y allí se forjaba esa otra ciudad que permanece más en la memoria de quienes fueron protagonistas y testigos que en los anales aparcados en las bibliotecas.

SIN NOSTALGIA

Sin nostalgia: para que quede claro desde el principio. Cada vez que leo en un periódico local las entrevistas con algún artista de mediados de siglo pasado, todos, indefectiblemente, hablan de las tertulias que mantenían en aquella época: en una ciudad como Ourense, se encontraban en lugares hoy legendarios (y mayoritariamente desaparecidos), como el Tucho, Pingallo, El Cortijo, el hotel Parque, el hotel Miño, la librería Tanco. Había otras tertulias que tenían lugar en sitios como el Liceo y el Ateneo. Los pintores, los escultores, los ensayistas, los novelistas, hablan siempre de los bares como sitios de fraternidad en los que se intercambiaban ideas, se relataban anécdotas, discutían de arte y de política, se criticaba (quienes no se adherían a él abiertamente) el asfixiante régimen franquista y la intolerante manifestación de una iglesia sometida, salvo casos excepcionales, a ese régimen. Buciños, Baltar, Acisclo Manzano, Alexandro, Quessada, Virxilio, Ferro Couselo, Xocas, Vidal Souto, Vicente Risco, Pepe Conde Corbal, todos ellos hablan o hablaron de la riqueza que suponía acudir a esos lugares de cobijo en los que aparecían Trabazo y Carlos Casares, López Cid y Valenzuela, Tovar, Antón Risco y Otero Pedrayo y Florentino Cuevillas y otros tantos: y hablaban. Enclaves, los de aquella época, eminentemente masculinos. Allí se producía el intercambio cultural: entre el etnógrafo y el médico, el pintor y el escultor, el escritor y el vividor, el profesor y el ensayista. Con frecuencia, algunos de ellos se reunían y emprendían viajes impensables por la geografía gallega, por la península, por el extranjero, de los cuales nos legaron memorias excepcionales. Claro que había tertulias en Viena y en París y en Madrid y en todas las grandes ciudades pero, sospecho, carecían de ese amigable entendimiento entre quienes, además del amor por el oficio, latía una amistad más o menos profunda como en Ourense u otras ciudades pequeñas. Esa vida, la vida de las tertulias, habitualmente aparecía en artículos periodísticos y asimismo reflejada en las novelas. Aforismos como “la Atenas de Galicia” resulta un tópico pero es bien cierto que en una época determinada, coincidieron en Ourense una serie de personajes que sin formar una generación, que es palabra muy empleada por profesores y antólogos, confluyeron para fundar algo, una especie de simiente que sobrevive aunque la vida nos haya ya escatimado las palabras y la presencia de muchos de ellos porque el tiempo no pasa en vano. Si uno lee una entrevista hoy con alguno de esos personajes, todos, sin distinción, se refieren con cierta melancolía a aquellos tiempos en los que, entre café y café o ribeiro y ribeiro, se controvertía, se discutía, se soñaba, en definitiva, se vivía. Hoy eso no existe y no sé si es una pérdida sustancial: todo se acaba. También se perdieron las sesiones de cine y las pajilleras y los barrios chinos y ciertos ritos de la religión católica y el no poder escuchar música en semana santa, las puestas de largo y las reinas de las fiestas y los limpiabotas y los aguadores y eso no nos hace mejores ni peores: sólo diferentes. Por perderse, hasta se perdió el acento en la palabra “sólo” que acabo de acentuar: hoy se debe escribir solo, sin tilde, como guion, que tampoco la lleva. Ya no se debe escribir ex presidiario sino expresidiario. (Hasta el corrector de Word se quedó tan antiguo que si uno escribe expresidiario lo detecta como un error: acaso lo sea: las normas ortográficas de la academia suelen ser arbitrarias). Todo cambia. A las antiguas tertulias han venido a sustituirlas los blogs, twitter, facebook y otras herramientas informáticas que ponen en conexión no solo (venga, sin acento) a las personas que habitan un mismo ámbito sino también a otras que están en ciudades diferentes, en países lejanos. Y eso se refleja, en lo que a mí concierne como lector, en la narrativa que ya se alimentó en su día con el cine, posteriormente con las series de televisión y actualmente de todo ello además de los blogs y twitter y facebook. ¿Eso nos empobrece? Pienso que no. Es el mundo que va cambiando: quizá en algunos aspectos empeore pero en otros es infinitamente mejor que el que tuvimos hace cuarenta o treinta años. Pero uno echará de menos esa hora, ese par de horas, en las que se reunía en un bar con amigos, artistas o no, y se contaban asuntos que no tenían por qué ser trascendentes: bastaba con que fuesen amistosos para sobrellevar una soledad que en ocasiones se hace demasiado dura. De momento, nos queda alguna que otra peluquería, algún que otro café para sobrellevarlo. Ah, y las salas de espera de los centros médicos.

LIPOGRAMA EN U

(El DRAE define lipograma como un “texto en el que se omiten deliberadamente todas las voces que contienen determinada letra o grupo de letras”. El ejemplo canónico, a mi entender, es la novela de Georges Perec La disparition, en el que no aparece la letra e y que fue traducida al español con el título de El secuestro, donde se omite la letra a a lo largo de sus casi 300 páginas. El humilde ejemplo que sigue, es un lipograma en U, un texto breve donde no aparece dicha vocal. No es más que un simple ejercicio de ocio).

Para advertir la sagacidad de la hermana mayor, Ángel la sometería a la añagaza: pondría en evidencia si era o no tan inteligente como decía ser. Vanidad de chicas, pensaba el hermano. No sería capaz de salir airosa de semejante trampantojo. Él debería tramar algo, algo de carácter demoníaco, algo para determinar de forma tajante si en efecto Ana podía catalogarse como sabia o necia. O mezcla de ambas cosas, a saber. Ya estaba harto de tanto coeficiente de inteligencia, de tanta preparación, de tantos libros leídos. Iba a ver semejante inocente cómo no lograba desenredar la trama del laberinto tendido por el hermano menor. Vamos a verlo, hermanita, vamos a verlo. No siempre iba a ser ella la campeona de todo: sagacidad, inteligencia, entendimiento. Estaba harto de tantas felicitaciones como se llevaba ella, la inefable Ana: jamás erraba en las opiniones emitidas. Asco le daba. ¿Asco? ¿Sería acaso envidia? Él debía proyectar algo, bajo la apariencia de insignificante entretenimiento, para desarmarla, para dejarla en evidencia, para vencerla. Sin ensañarse, claro, pero lo indispensable con el fin de hacerle ver el límite exacto del conocimiento tan ampliamente alabado por todos. No era imbatible ni, menos todavía, ilimitado. Ya te enterarás, niña mía. Varios de los parientes opinaban: esta chica es tan inteligente y tan lista como nadie de la familia. Yo tenía la obligación de hacerles ver el error, el enorme error cometido con tales reflexiones. Panda de necios. Tramaría el plan decisivo, les haría comprender a todos los fallos de la teoría tan poco reflexionada. Para demostrar lo ya sabido por él: ella no era tan brillante como otros la creían. Trazó el plan en largas tardes de verano, en noches de otoño tristes como bombillas apagadas: nada debía fallar, nadie debía interponerse en el proyecto de fracaso para obtener la finalidad de tantas artimañas. Ella, Ana, dejaría de ser la estrella familiar, el centro de la galaxia de sangre y carne y legados transmitidos de generación en generación. Ángel estaba preparando la más feroz de las venganzas. Y la llevaría a cabo, sin complejos.