EL AMBIGÚ

por Chesi

Para Nacho
Un amigo, al que va dedicado este artículo, me comenta que en uno mío precedente titulado Sin nostalgia, al reseñar a vuela pluma los lugares en los que se celebraban las tertulias del siglo pasado en esta ciudad, me olvidé (y confieso al respecto mi ignorancia) de uno: el ambigú del teatro Principal. Ese amigo lector me prestó un libro editado por la Xunta en el año 1994 titulado O Principal. Historia. Recuperación. Lembranza en el que, aparte de los inevitables políticos que asoman cuando sopla el viento del interés, colaboraron Rivas Villanueva, Iago Seara, Emilio Fonseca, Vidal Souto, Luis Otero, Pura Vázquez, Méndez Ferrín, Manuel Guede, José Luis López Cid, Quessada, Pepe Conde Corbal y Francisco Xosé Fernández Naval: una obra interesante para el que desee rastrear los pormenores de ese teatro aunque lo cierto es que para pergeñar este artículo que complemente al anterior recurrí más a las anécdotas que el propio Nacho vivió siendo niño que a los datos que suministra el volumen cuidadosamente editado por la Xunta de Galicia. Recuerda mi amigo, mientras consume nostálgico su acostumbrado zumo, los nombres de los numerosos pintores que se acogían al ambigú del teatro Principal y cita a Cárcamo, Xaime Quessada, Vidal Souto, Virxilio, Pousa y quizá algún otro que se le haya extraviado en la memoria. Y con frecuencia los pintores dejaban, tal vez con generosidad, tal vez a cambio de condumio y bebida, sus cuadros en el ambigú. Aquellas reuniones nocturnas uno podría calificarlas de clandestinas si no fuese porque, de vez en cuando, la guardia civil cumplía con su trabajo, aproaban las jetas hacia los congregados y deseaban buenas noches al respetable porque, aunque imbuidos de una autoridad incontestable y todoporlapatria y carajillos, quiénes eran ellos para meterse con semejante patulea de excéntricos artistas que probablemente criticaban al régimen franquista y se contaban sus experiencias, acunaban sus proyectos en ribeiro y soñaban tal vez con huir de una ciudad a la que estaban fatalmente vinculados; casi todos ellos pasaron parte de sus vidas fuera de Ourense pero, a la postre, retornaban ignoro si con nostalgia, cansados de vagar por el mundo y descubrir al fin y al cabo que la patria es el lugar donde uno puede conversar con los amigos en uno o dos idiomas (más es maldición babélica) degustando una botella de vino mientras en el exterior resuenan los tacones acharolados de la guardia civil que se pierde por la rúa de la Paz camino de praza do Ferro. Nacho recuerda asimismo a un envarado Otero Pedrayo y a Vicente Risco, vecinos de esa calle que atesora tal cantidad de personajes ilustres y para cuyo conocimiento remito (creo haberlo hecho con anterioridad en algún otro escrito) al más que recomendable libro de Arturo Rodríguez Vispo Crónicas dunha rúa. Y allí, en el ambigú, la señora Gelucha, cuando la tarde se iba deshaciendo entre palabras y sueños, aviaba callos y tortillas y lo que fuese menester para que todos ellos se sintiesen a gusto, sin echar en falta la cena de sus hogares quizá porque algunos carecían de una compañía tan agradable como aquella que compartían sentados en torno a mesas bien abastecidas y en dos de esos veladores las patas de hierro forjado sostenían lápidas puestas boca abajo que se recogían cada noche y se volvían a colocar a la mañana siguiente, anécdota que tal vez hubiese llegado a oídos de Camilo José Cela que relata algo similar en su libro La colmena. Así que en aquel ambigú ocioso donde los espectadores podían adquirir chicles, caramelos, pipas y otras golosinas antes de entrar a ver una de Errol Flynn o asistir a una extravagante parida de Juan de la Coba y Gómez o a una ópera con el tenor catalán Sirvent, al atardecer se congregaban esas gentes que parecían buscar la noche para vivir y allí se forjaba esa otra ciudad que permanece más en la memoria de quienes fueron protagonistas y testigos que en los anales aparcados en las bibliotecas.

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