El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: abril, 2015

MILAGROS

Zita nació en Monsagrati (1218), localidad situada en la actual provincia de Lucca, en el seno de una familia pobre, según nos hace saber la wikipedia. La ciudad de Lucca es hoy, y seguramente lo era entonces, una de las más hermosas de la Toscana, que ya de por sí constituye una sucesión casi infatigable de belleza. Zita, una variación toscana de cita o citta, significa chica, muchacha y, por extensión, virgen, de modo que ya nos vamos acercando al aliño milagrero. Parece ser que a los doce años de edad, la chiquilla entró a trabajar, en la ciudad de la que posteriormente sería su patrona, en la casa de los acaudalados Fatinelli, ganándose de inmediato el aprecio de la familia no sólo por su dedicación a los asuntos domésticos sino asimismo por su generosidad con los mendigos, a quienes mantenía con lo que lograba economizar chez Fatinelli porque la muchacha, además de servicial y virgen, era igualmente apañada. Pero como no existe virtud que no llame a la envidia y el diablo no descansa, alguien que trabajaba para la noble familia dejó caer la semilla de la maledicencia e insinuó que todo lo que la ya respetada Zita entregaba a los pobres provenía de los hurtos que hacía al patrimonio de los Fatinelli. Hasta ahora tenemos una vida ejemplar, que no es poco: la heroicidad diaria de cumplir con tu deber, de ser solidario con los que menos poseen, de ejercer el trabajo meticulosamente; pero para que el asunto adquiera la gravedad suficiente y para subir a Zitta a los altares la Iglesia reclama un milagro y, como el prestidigitador que extrae el famoso conejo de la chistera, decide lo siguiente para sorpresa y admiración de los habitantes de Lucca, después de la Toscana, posteriormente de Italia, a continuación de Europa y, por último, del universo mundo: un día que Zita llevaba en su delantal (ojo: delantal; un saco al hombro empobrecería la escena gloriosa) mercancía para sus obras de caridad (¿cuánta cantidad de caridad cabe dentro de un delantal?), el patrón, que sospechaba de ella porque había dado pábulo a las habladurías de la persona envidiosa que había denunciado falsamente a la pobre Zita, la conminó a que abriera el delantal para de esa forma sorprenderla y acabar con el presunto expolio que la muchacha infligía a los Fatinelli. “¿Qué llevas ahí, Zita?” “Flores, mi señor.” “Sí, ya, flores. Abre el delantal, traidora.” Y cuando Zita, inocente y virginal, abre el delantal, una cascada de flores cae al suelo, como en un cuento de García Márquez. Ya tenemos el milagro que la Iglesia exigía para santificar a Zita, que murió en 1278 en la casa de los Faltinelli, donde la vergüenza perseguiría, se supone, al cabeza de familia por haber dudado de la integridad de aquella fiel servidora, pues tanto era el aprecio que la chica había suscitado entre las gentes de Lucca que la sepultaron en la basílica de san Frediano donde su culto y fama fue creciendo día a día hasta convertirse en patrona de la ciudad. Incluso Dante se refiere de pasada a ella en la Divina Comedia aunque no constituye mérito alguno: hay más cameos en esa obra que en las distintas entregas de Torrente. En el templo donde fue enterrada permanece su cuerpo momificado y, ya santa, Pío XII la proclama patrona de las trabajadoras domésticas y, eso ya no sé ni remotamente por qué, es asimismo en la actualidad patrona de los panaderos. Para quienes estén interesados en rendirle goloso culto, su festividad se celebra el 27 de abril, día en el que falleció.
En uno de sus libros, esos que suele escribir con la desesperanza habitual y el sarcasmo marca de la casa, Fernando Vallejo afirma, refiriéndose a Juan Pablo II, que, dada su enorme afición a proclamar santos y beatos a diestro y siniestro (parece ser que fueron más de 4.000 los que enalteció dicho pontífice durante su mandato), que su mano derecha “parecía más una manguera loca que una mano pegada al brazo de un cristiano”. Humildemente estoy de acuerdo con el cascarrabias colombiano: alguien que escribió La virgen de los sicarios no puede equivocarse: habla con conocimiento de causa y más si cree en Dios, como es el caso de Fernando Vallejo aunque en sus escritos destile un odio casi visceral que contradice los principios de la religión católica a la que por otro lado detesta. Sin lo sobrenatural las Iglesias no existirían; se requiere la acreditación de algo inusual, denominado milagro, para que alguien acceda a la santidad aunque uno se pregunta en qué mejoró la intachable biografía de santa Zita con el derramamiento insólito de aquella floración de su humilde delantal. ¿No era ya suficiente con haber llevado una vida honrada de entrega a su trabajo y a los demás, a los desfavorecidos? Las hagiografías hurgan en lo insólito y cuanto no somos capaces de entender y que posiblemente sea el principio de la ciencia, de la filosofía, del arte en general, se lo apropia la Iglesia, lo bautiza con el nombre de milagro y coloca en una hornacina a un nuevo santo. Lo cotidiano, parece ser, carece de grandeza. No basta con ser buena persona: uno debe además ser capaz de obrar prodigios florales. Las ordenadas floristerías son más sólidas que el salvaje bosque de la inteligencia.

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JAZZUELA

Para Bea
Para los seguidores de la literatura de Cortázar, existe un libro editado por Corre la Voz, en el año 2014, que tiene un enorme interés: Jazzuela, con el subtítulo “El jazz en Rayuela, la novela de Julio Cortázar”, y su autora es Pilar Peyrats Lasuén. El libro contiene un CD con las canciones de jazz que escuchaban habitualmente los miembros del Club de la Serpiente en la novela de Julio Florencio Cortázar. Incluye una biografía musical (sic) del escritor argentino nacido en Bélgica, las relaciones de Cortázar con el jazz a lo largo de sus obras, las apariciones del mundo del jazz en Rayuela citando los títulos que el escritor insertó en sus páginas, las letras de Baby Doll, Empty Bed Blues, Don’t You Play Me Cheap, Yellow Dog Blues, See See Rider, Junker’s Blues, Get Back, It Don’t Mean a Thing (If You Ain’t Got That Swing), Mamie’s Blues y una sucinta biografía de los siguientes músicos: Louis Armstrong, Sidney Bechet, Leon “Bix” Beiderbecke, William Lee Conley “Big Bill” Broonzy, Benny Carter, “Champion” Jack Duprée, Edward Kennedy “Duke” Ellington, Gillespie John Birks “Dizzy”, Lionel Hampton, Coleman Hawkins, Earl “Fatha” Hines, Eddie Lang, “Jelly Roll” Morton, Oscar Peterson, Bessie Smith, Fred Malcom Waring y Lester Young: todo ello da fe de la enorme atracción (¿obsesión?) que Julio Cortázar sentía por el jazz que inserta referencias a esa música no sólo en Rayuela sino en multitud de cuentos (Divertimento, Mudanza, Carta a una señorita de París, Las armas secretas, etc.), en El Libro de Manuel, en 62/Modelo para armar, en Los autonautas de la cosmopista y muchísimos otros textos. La exploración que hace la autora acerca de la relación entre Cortázar escritor y el jazz es sumamente esclarecedora y desde el punto de vista lector, enriquece de forma extraordinaria el acercamiento a la obra de Julio Cortázar. De cualquier forma, no es necesario ser un admirador de la literatura de Cortázar para disfrutar de la música que acompaña al texto (o viceversa) y cualquier amante del jazz hallará aquí una recopilación de blues que ya son clásicos en la leyenda jazzística sin necesidad de abrir libro alguno del argentino. Con todo, resulta curiosa la ausencia de Charlie Parker, uno de los músicos preferidos de Julio Cortázar, en ese centón de canciones y más si tenemos en cuenta que en la obra considerada por muchos como la más redonda del argentino, El perseguidor, nouvelle incluida en el libro de relatos Las armas secretas, el protagonista es el saxofonista Johnny Carter, trasunto más que evidente de Charlie Parker, a quien sin lugar a dudas se refiere la dedicatoria: In memoriam Ch. P.: el fraseo de la prosa magnífica de Cortázar emula aquí una envolvente melodía de jazz, una sucesión de improvisaciones y hallazgos que alcanza tal perfección que Juan Carlos Onetti señaló en su día que le dolía leer esa novela corta, más que cuento, de Cortázar porque le causaba desazón la increíble maravilla que encerraba el texto, una especie de jam session que sólo se obtiene, aparte del talento que el autor pueda poseer, cuando los dioses están de su parte. (Por otro lado, y para los más fieles seguidores del argentino, conviene señalar que la editorial Libros del Zorro Rojo, sacó en el año 2014 una hermosa edición de dicha novela corta con unas excelentes ilustraciones del dibujante, argentino también, José Muñoz. “Este jazz”, afirma en un momento el autor de El perseguidor refiriéndose a la forma de tocar de Johnny/Charlie, “desecha todo erotismo fácil, todo wagnerianismo por decirlo así, para situarse en un plano aparentemente desasido donde la música queda en absoluta libertad, así como la pintura sustraída a lo representativo queda en libertad para no ser más que pintura. Pero entonces, dueño de una música que no facilita los orgasmos ni las nostalgias, de una música que me gustaría llamar metafísica, Johnny parece contar con ella para explorarse, para morder en la realidad que se le escapa todos los días. Veo ahí la alta paradoja de su estilo, su agresiva eficacia. Incapaz de satisfacerse, vale como un acicate continuo, una construcción infinita cuyo placer no está en el remate sino en la reiteración exploradora, en el empleo de facultades que dejan atrás lo prontamente humano sin perder humanidad”.) Y los dioses, piensa uno, estuvieron con frecuencia a favor de Julio Cortázar, que incluyó numerosas alusiones a la música en sus obras (no sólo al jazz: tiene textos interesantísimos acerca de los tangos y de la música clásica) aunque la más asidua, la más consistente, fuese el jazz, acaso porque, como escribió Alvite, “el jazz no es una música sino una patología”. Lo siguiente sería entregarse a escuchar, por ejemplo, Blues de la cama vacía, en perfecta soledad, acaso con un whisky a mano y un cigarrillo, como si uno fuese un miembro más del Club de la Serpiente, emulando a Horacio Oliveira o a Ossip Gregorovius o a Ronald o a Babs o a La Maga, como si estuviese en una buhardilla de Saint-Germain-des-Prés y dejarse llevar hasta donde sea menester por la melodía y la letra de esa canción, junto con Bessie Smith cantando aquel grave consejo: Si encuentras un buen amante, no se lo cuentes a nadie, / ya que te traicionarán y te dejarán con el blues de la cama vacía, hundirse en esa afición que Alvite tildó sabiamente de patología, una obsesión.