JAZZUELA

por Chesi

Para Bea
Para los seguidores de la literatura de Cortázar, existe un libro editado por Corre la Voz, en el año 2014, que tiene un enorme interés: Jazzuela, con el subtítulo “El jazz en Rayuela, la novela de Julio Cortázar”, y su autora es Pilar Peyrats Lasuén. El libro contiene un CD con las canciones de jazz que escuchaban habitualmente los miembros del Club de la Serpiente en la novela de Julio Florencio Cortázar. Incluye una biografía musical (sic) del escritor argentino nacido en Bélgica, las relaciones de Cortázar con el jazz a lo largo de sus obras, las apariciones del mundo del jazz en Rayuela citando los títulos que el escritor insertó en sus páginas, las letras de Baby Doll, Empty Bed Blues, Don’t You Play Me Cheap, Yellow Dog Blues, See See Rider, Junker’s Blues, Get Back, It Don’t Mean a Thing (If You Ain’t Got That Swing), Mamie’s Blues y una sucinta biografía de los siguientes músicos: Louis Armstrong, Sidney Bechet, Leon “Bix” Beiderbecke, William Lee Conley “Big Bill” Broonzy, Benny Carter, “Champion” Jack Duprée, Edward Kennedy “Duke” Ellington, Gillespie John Birks “Dizzy”, Lionel Hampton, Coleman Hawkins, Earl “Fatha” Hines, Eddie Lang, “Jelly Roll” Morton, Oscar Peterson, Bessie Smith, Fred Malcom Waring y Lester Young: todo ello da fe de la enorme atracción (¿obsesión?) que Julio Cortázar sentía por el jazz que inserta referencias a esa música no sólo en Rayuela sino en multitud de cuentos (Divertimento, Mudanza, Carta a una señorita de París, Las armas secretas, etc.), en El Libro de Manuel, en 62/Modelo para armar, en Los autonautas de la cosmopista y muchísimos otros textos. La exploración que hace la autora acerca de la relación entre Cortázar escritor y el jazz es sumamente esclarecedora y desde el punto de vista lector, enriquece de forma extraordinaria el acercamiento a la obra de Julio Cortázar. De cualquier forma, no es necesario ser un admirador de la literatura de Cortázar para disfrutar de la música que acompaña al texto (o viceversa) y cualquier amante del jazz hallará aquí una recopilación de blues que ya son clásicos en la leyenda jazzística sin necesidad de abrir libro alguno del argentino. Con todo, resulta curiosa la ausencia de Charlie Parker, uno de los músicos preferidos de Julio Cortázar, en ese centón de canciones y más si tenemos en cuenta que en la obra considerada por muchos como la más redonda del argentino, El perseguidor, nouvelle incluida en el libro de relatos Las armas secretas, el protagonista es el saxofonista Johnny Carter, trasunto más que evidente de Charlie Parker, a quien sin lugar a dudas se refiere la dedicatoria: In memoriam Ch. P.: el fraseo de la prosa magnífica de Cortázar emula aquí una envolvente melodía de jazz, una sucesión de improvisaciones y hallazgos que alcanza tal perfección que Juan Carlos Onetti señaló en su día que le dolía leer esa novela corta, más que cuento, de Cortázar porque le causaba desazón la increíble maravilla que encerraba el texto, una especie de jam session que sólo se obtiene, aparte del talento que el autor pueda poseer, cuando los dioses están de su parte. (Por otro lado, y para los más fieles seguidores del argentino, conviene señalar que la editorial Libros del Zorro Rojo, sacó en el año 2014 una hermosa edición de dicha novela corta con unas excelentes ilustraciones del dibujante, argentino también, José Muñoz. “Este jazz”, afirma en un momento el autor de El perseguidor refiriéndose a la forma de tocar de Johnny/Charlie, “desecha todo erotismo fácil, todo wagnerianismo por decirlo así, para situarse en un plano aparentemente desasido donde la música queda en absoluta libertad, así como la pintura sustraída a lo representativo queda en libertad para no ser más que pintura. Pero entonces, dueño de una música que no facilita los orgasmos ni las nostalgias, de una música que me gustaría llamar metafísica, Johnny parece contar con ella para explorarse, para morder en la realidad que se le escapa todos los días. Veo ahí la alta paradoja de su estilo, su agresiva eficacia. Incapaz de satisfacerse, vale como un acicate continuo, una construcción infinita cuyo placer no está en el remate sino en la reiteración exploradora, en el empleo de facultades que dejan atrás lo prontamente humano sin perder humanidad”.) Y los dioses, piensa uno, estuvieron con frecuencia a favor de Julio Cortázar, que incluyó numerosas alusiones a la música en sus obras (no sólo al jazz: tiene textos interesantísimos acerca de los tangos y de la música clásica) aunque la más asidua, la más consistente, fuese el jazz, acaso porque, como escribió Alvite, “el jazz no es una música sino una patología”. Lo siguiente sería entregarse a escuchar, por ejemplo, Blues de la cama vacía, en perfecta soledad, acaso con un whisky a mano y un cigarrillo, como si uno fuese un miembro más del Club de la Serpiente, emulando a Horacio Oliveira o a Ossip Gregorovius o a Ronald o a Babs o a La Maga, como si estuviese en una buhardilla de Saint-Germain-des-Prés y dejarse llevar hasta donde sea menester por la melodía y la letra de esa canción, junto con Bessie Smith cantando aquel grave consejo: Si encuentras un buen amante, no se lo cuentes a nadie, / ya que te traicionarán y te dejarán con el blues de la cama vacía, hundirse en esa afición que Alvite tildó sabiamente de patología, una obsesión.

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