MILAGROS

por Chesi

Zita nació en Monsagrati (1218), localidad situada en la actual provincia de Lucca, en el seno de una familia pobre, según nos hace saber la wikipedia. La ciudad de Lucca es hoy, y seguramente lo era entonces, una de las más hermosas de la Toscana, que ya de por sí constituye una sucesión casi infatigable de belleza. Zita, una variación toscana de cita o citta, significa chica, muchacha y, por extensión, virgen, de modo que ya nos vamos acercando al aliño milagrero. Parece ser que a los doce años de edad, la chiquilla entró a trabajar, en la ciudad de la que posteriormente sería su patrona, en la casa de los acaudalados Fatinelli, ganándose de inmediato el aprecio de la familia no sólo por su dedicación a los asuntos domésticos sino asimismo por su generosidad con los mendigos, a quienes mantenía con lo que lograba economizar chez Fatinelli porque la muchacha, además de servicial y virgen, era igualmente apañada. Pero como no existe virtud que no llame a la envidia y el diablo no descansa, alguien que trabajaba para la noble familia dejó caer la semilla de la maledicencia e insinuó que todo lo que la ya respetada Zita entregaba a los pobres provenía de los hurtos que hacía al patrimonio de los Fatinelli. Hasta ahora tenemos una vida ejemplar, que no es poco: la heroicidad diaria de cumplir con tu deber, de ser solidario con los que menos poseen, de ejercer el trabajo meticulosamente; pero para que el asunto adquiera la gravedad suficiente y para subir a Zitta a los altares la Iglesia reclama un milagro y, como el prestidigitador que extrae el famoso conejo de la chistera, decide lo siguiente para sorpresa y admiración de los habitantes de Lucca, después de la Toscana, posteriormente de Italia, a continuación de Europa y, por último, del universo mundo: un día que Zita llevaba en su delantal (ojo: delantal; un saco al hombro empobrecería la escena gloriosa) mercancía para sus obras de caridad (¿cuánta cantidad de caridad cabe dentro de un delantal?), el patrón, que sospechaba de ella porque había dado pábulo a las habladurías de la persona envidiosa que había denunciado falsamente a la pobre Zita, la conminó a que abriera el delantal para de esa forma sorprenderla y acabar con el presunto expolio que la muchacha infligía a los Fatinelli. “¿Qué llevas ahí, Zita?” “Flores, mi señor.” “Sí, ya, flores. Abre el delantal, traidora.” Y cuando Zita, inocente y virginal, abre el delantal, una cascada de flores cae al suelo, como en un cuento de García Márquez. Ya tenemos el milagro que la Iglesia exigía para santificar a Zita, que murió en 1278 en la casa de los Faltinelli, donde la vergüenza perseguiría, se supone, al cabeza de familia por haber dudado de la integridad de aquella fiel servidora, pues tanto era el aprecio que la chica había suscitado entre las gentes de Lucca que la sepultaron en la basílica de san Frediano donde su culto y fama fue creciendo día a día hasta convertirse en patrona de la ciudad. Incluso Dante se refiere de pasada a ella en la Divina Comedia aunque no constituye mérito alguno: hay más cameos en esa obra que en las distintas entregas de Torrente. En el templo donde fue enterrada permanece su cuerpo momificado y, ya santa, Pío XII la proclama patrona de las trabajadoras domésticas y, eso ya no sé ni remotamente por qué, es asimismo en la actualidad patrona de los panaderos. Para quienes estén interesados en rendirle goloso culto, su festividad se celebra el 27 de abril, día en el que falleció.
En uno de sus libros, esos que suele escribir con la desesperanza habitual y el sarcasmo marca de la casa, Fernando Vallejo afirma, refiriéndose a Juan Pablo II, que, dada su enorme afición a proclamar santos y beatos a diestro y siniestro (parece ser que fueron más de 4.000 los que enalteció dicho pontífice durante su mandato), que su mano derecha “parecía más una manguera loca que una mano pegada al brazo de un cristiano”. Humildemente estoy de acuerdo con el cascarrabias colombiano: alguien que escribió La virgen de los sicarios no puede equivocarse: habla con conocimiento de causa y más si cree en Dios, como es el caso de Fernando Vallejo aunque en sus escritos destile un odio casi visceral que contradice los principios de la religión católica a la que por otro lado detesta. Sin lo sobrenatural las Iglesias no existirían; se requiere la acreditación de algo inusual, denominado milagro, para que alguien acceda a la santidad aunque uno se pregunta en qué mejoró la intachable biografía de santa Zita con el derramamiento insólito de aquella floración de su humilde delantal. ¿No era ya suficiente con haber llevado una vida honrada de entrega a su trabajo y a los demás, a los desfavorecidos? Las hagiografías hurgan en lo insólito y cuanto no somos capaces de entender y que posiblemente sea el principio de la ciencia, de la filosofía, del arte en general, se lo apropia la Iglesia, lo bautiza con el nombre de milagro y coloca en una hornacina a un nuevo santo. Lo cotidiano, parece ser, carece de grandeza. No basta con ser buena persona: uno debe además ser capaz de obrar prodigios florales. Las ordenadas floristerías son más sólidas que el salvaje bosque de la inteligencia.

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