RAZONES

por Chesi

De las mil razones que tiene una persona para suicidarse, la más trivial es la del amor, apotegma que puede achacarse a un filósofo existencialista pero quien lo profiere es un camarero que se azacanea detrás de la barra sirviendo cafés a gentes que no tienen pinta de querer quitarse la vida ni por amor ni por nada en el mundo: ni morir por las ideas, como decía Georges Brassens, mais de mort lente, ni por contratiempos económicos, adversos resultados deportivos, enfermedades graves o futuros más alquitranados que inciertos. A veces me digo que numerosos camareros deberían haber pasado por las aulas universitarias (aunque supongo que hoy, en las trágicas circunstancias actuales, por más que prediquen lo contrario sesudos economistas y políticos histriónicos, más de uno de los que sirven detrás de una barra acumulan uno o varios expedientes académicos más o menos brillantes) dada su naturaleza sabia pero sospecho que el desierto de las facultades mermaría sus conocimientos extraídos de la sabiduría que otorga la vida y el contacto con seres de distintas categorías que abrevan sus murrias clandestinas con el té o la cocacola o el vino. En La ausencia, Howard Porter se lo dice a Laure Fieldman mientras brindan en una terraza que se asoma a un mar sospechosamente azul: “Todo lo que aprendí de la vida lo aprendí en los bares”. El guionista aprovecha para sesgar la historia y convertir en telenovela la escena cuando ella le pregunta “¿incluso el amor?” y el hombre responde ágilmente “mira, estamos hablando de cosas reales” pero cada cual le otorga al amor la entidad que más le conviene (a veces incluso aquella que más puede perjudicarle). El camarero del principio, que está casado desde hace más de treinta años y tiene dos hijos adultos que ya lo convirtieron en abuelo, asegura, cuando la barra queda libre, que de todas las servidumbres que las personas padecen la más onerosa es la del amor “aunque hay que reconocerle ciertos momentos felices, naturalmente” y me sirve la segunda cerveza diciendo a media voz “invita la casa” y se ve que el hombre tiene el día gárrulo y desea escanciar sus conocimientos con el líquido que espumea en la copa. “¿De verdad crees que una persona tiene mil razones para suicidarse?”, y él mira hacia la pared en la que hay un retrato en blanco y negro de Chalie Parker y otro de Bessie Smith como si la respuesta estuviera en el blues más que en Cioran o en Platón. Y después afirma que para nada: que en realidad la vida es un prodigio (“al menos para nosotros”, añade e intuyo a quienes incluye en el “nosotros”), que él desde la barra observa a los que entran y beben y salen y aunque la mayoría son gilipollas, dice, no por eso uno debe emprenderla a tiros con ellos y mucho menos suicidarse. Y que si existe alguna razón estúpida para dejar de vivir desde luego no es el amor y apela a un artículo que leyó en una revista portuguesa para llegar a la conclusión que eso del amor no es más que un magemágnum de conexiones neuronales, hormonas y quimeras pero que en el fondo no nos diferencia para nada de los animales irracionales, “salvo”, agrega tajante, “que los humanos se enamoran y componen unos poemas de amor la mayoría de los cuales son una puta mierda”. Como si de pronto se arrepintiese de haber sido tan contundente, va a la cocina y reaparece con una foto de sus nietos. Esto compensa un poco tanta miseria, concluye. Lo cierto es que cada vez que salgo del bar, si pude ensartar algunas palabras con mi camarero, salgo reconfortado, mucho mejor que de la consulta de un psiquiatra y sé que si me esfuerzo un tanto así dejaré de echar mano del Orfidal en las circunstancias adversas. A este hombre le diagnosticaron un cáncer hace meses y se negó a cualquier tipo de tratamiento. “El día que me tiemble el pulso al servir una copa o un café me voy a mi casa a morirme tranquilo. O a matarme”, afirma, aunque, añade, suicidarse es una necedad porque dejas atrás un montón de cosas cojonudas, pese a los gilipollas. Me guiña un ojo y me abandona para atender a dos mujeres que acaban de sentarse a una mesa. Pienso en la frase de Howard Porter: “Todo lo que aprendí lo aprendí en los bares”. En fin, quizá no todo el conocimiento del mundo pueda almacenarse en los anaqueles de esos establecimientos pero tengo la impresión de que en cada café va siempre un exergo como esos de los almanaques que a veces aciertan o nos aconsejan o nos consuelan o nos confortan. Antes de irme observo el pulso sereno y firme con el que el camarero lleva la bandeja con los dos tés que le pidieron las dos mujeres. Me mira y sonríe.

Anuncios