El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: junio, 2015

EL ESCRUTINIO

Por razones que no hacen al caso me vi en la obligación de recolocar los libros de mi biblioteca; una biblioteca apañada pero no gigantesca, en la que se acumulan los volúmenes de viejas editoriales con humilde tipografía que comencé a comprar en una adolescencia largamente sobrepasada, hasta las adquisiciones más recientes porque confieso que padezco ese fetichismo, tal vez pasado de moda, que consiste en preferir el papel a otro tipo de soporte para la lectura. Tuve que distribuir los libros en tres secciones distintas: en la librería del despacho, en una estantería de obra en la misma habitación pero más a desmando y el resto de los libros en el salón. Y encierra una dificultad nada desdeñable escoger los volúmenes de cuya lectura disfrutaste y a los que regresas con cierta asiduidad, relegar a un segundo plano aquellos que te satisficieron pero que sabes que no volverás a leer y expulsar lejos aquellos otros que te disgustaron y que ignoras cómo pudiste comprar a no ser que se justifique por esa edad voraz en la que uno leía todo lo que caía en sus manos. En ocasiones me detenía a mirar las anotaciones, los subrayados, las palabras cuyo significado ignoraba entonces y que escribía en los márgenes. Y me encontré dirigiéndome a los volúmenes como si tuvieran vida, preguntándoles a unos cómo demonios pude comprarte, dándoles las gracias a otros por los placeres proporcionados o tratando de discernir en qué momento de mi existencia los había leído. Era como si de repente los libros hubiesen cobrado vida y pudiese entablar con ellos conversaciones como las que se instauran entre amigos que hace tiempo que no se ven. Uno, de verdad, se siente arropado con los cientos de autores que sabe que forman ya parte de su existencia, que, sin que hayas sido consciente de ello, han forjado tu visión del mundo, de la amistad, de amor, de la sociedad. Creo haberlo escrito en algún otro artículo: pese a la experiencia personal de la amargura, de la amistad, del amor, del fracaso, del odio, no supe con seguridad la verdadera dimensión de esos acontecimientos hasta que los vi por escrito. Una infancia proustiana o de Henry James, los mecanismos insospechados de la existencia en Kafka, las aventuras infantiles con Mark Twain o Guillermo Brown, la desesperación adolescente con Goethe, la literatura como juego en Cortázar, el futuro imposible o vedado en Beckett, el desencanto de la vida en Anne Sexton, el heroísmo en Homero o en Stendhal, el viejo imperio en Joseph Roth, las nuevas posibilidades narrativas en Gadda o en Pynchon. Uno pertenece a la literatura universal, donde caben el sudamericano, el gallego, el catalán, el italiano, el húngaro, el inglés: quien lee asume las múltiples nacionalidades de los autores que han ido modelando su concepción del mundo, incluso los atisbos de la lábil posibilidad de otra existencia si se adentra en los versos de san Juan de la Cruz o en los escritos de santa Teresa. Ya, cómo no, Cervantes habló de ese escrutinio en el Quijote. A medida que uno lee más ficción, cada vez que echa la vista atrás se encuentra con Cervantes. Creo que era Kundera quien decía que los novelistas sólo estaban en deuda con don Miguel. Y así me pasé tres semanas colocando en los huecos que yo creía adecuados los libros, a veces rectificando y exiliando a un lugar menos preeminente a alguien a quien había otorgado un sitio de honor o acercando a mí un libro al que en principio le concedí un lugar subalterno. Escribió Borges que colocar los libros era una sutil forma de crítica. Pero ese acto laborioso de clasificar y colocar los libros según intereses actuales que a menudo nada tienen que ver con los de diez años antes, encierra un peligro brutal: constatar la desaparición de volúmenes que estabas seguro de haber comprado, de tenerlos un día entre tus manos, de haberlos leído y que no están allí porque el desconsiderado a quien se los prestaste jamás tuvo la delicadeza de devolvértelos. Y de esa forma, a medida que iba colocando los libros iba asimismo tachando de mi lista de conocidos a unos cuantos indeseables a quienes dedico este texto y ellos saben por qué. Y por si no queda claro se lo digo yo: por cabrones.

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VIDAS BREVES

Hay escenas que resultan desoladoras. Desechando aquellas que tengan incidencia directa o indirecta sobre el ser humano (nómina reiterativa: esclavitud, guerra, violencia doméstica, maltrato infantil, pobreza, abandono y cualesquiera otras formas de humillar y exterminar a los semejantes, de las que dan fe las noticias de cada día), a cualquiera se le desmorona el crédito en nuestra supervivencia como especie cuando abre una revista o un periódico (bien, concedamos la probabilidad más alta: cuando enciende el ordenador o consulta el teléfono móvil) y se encuentra con fotografías de animales maltratados con saña que uno creía sólo al alcance de próceres (si la palabra procede) nazis o dictadores asesinos o desquiciados que actúan más allá de cualquier norma, de cualquier ley. Darse de bruces con esos galgos exterminados y colgados de las ramas de los árboles, como años atrás relató Abel Meeropol en la letra de la canción Frutos extraños (conviene echarle una ojeada, o más bien una demorada visión, a youtube y escuchar a Billie Holliday cantando esa canción escalofriante con las imágenes de los negros asesinados y pendientes de un álamo entre las miradas indiferentes, cuando no vengativas, de los blancos: conviene para no olvidarlo nunca, para asumir interminablemente una vergüenza que de alguna forma nos compete a todos), abate el ánimo del más bregado. Y uno se acuerda, a la vista de semejantes salvajadas, de textos furiosos de Fernando Vallejo contra el maltrato animal; alguien podrá aducir que el colombiano parece despreciar a la raza humana y sin embargo deposita toda su ternura en los animales. Para quien esté interesado en el asunto, aparte de las alusiones que inserta en sus novelas, existe un libro, Peroratas, recopilación de discursos, ensayos y otras disidencias vallejianas, donde dedica numerosas páginas a la defensa de los animales. Expurgaré a modo de ejemplo un fragmento breve: “El hombre no es el rey de la creación. Es una especie más entre millones que comparten con nosotros un pasado común de cuatro mil millones de años. (…) Al excluir a los animales de nuestro prójimo Cristo se equivocó. Los animales, compañeros nuestros en la aventura dolorosa de la vida sobre este planeta loco que gira sin ton ni son en el vacío viajando rumbo a ninguna parte, también son nuestro prójimo y merecen nuestro respeto y compasión. Todo el que tenga un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo.” No creo que quepa discusión alguna al respecto, aun para aquellos que no somos amantes de compañías cuadrúpedas, ni aladas, ni de vertebrados acuáticos y, en ocasiones, ni siquiera bípedas e implumes. Afortunadamente existen leyes que protegen (o tratan de proteger: quizá se deba poner en duda su efectividad) a los animales aunque, a diario, la necesidad de alimentarnos nos empuje al exterminio de millones de bestias de todo pelaje, plumaje y escamaje.
Y hay otras escenas deplorables, acaso de menor gravedad, que asimismo le dejan a uno con la sensación de que, como cantaba Serrat, “la tierra cayó en manos de unos locos con carné”. Hace días paseaba por una calle cuyo nombre omitiré y observé cómo un empleado (o socio, no lo sé con seguridad) de una tienda de compraventa de libros, salía del establecimiento con aproximadamente una decena de volúmenes y los arrojaba educadamente al contenedor de la basura, conciencia ciudadana que uno admira pero que no menoscaba la calidad de animal del depositante. Como muchos de los que actualmente se afanan en los contenedores en busca de comida o de cartón o de cualquier material reutilizable o que se pueda reciclar, me asomé a la boca del contenedor y descubrí los libros que no logré alcanzar con las manos: sólo había uno boca arriba: La Casa Rusia, de John Le Carré. Si alguien que trabaja con libros viejos, con libros de segunda mano, y a quien se le supone un cierto amor por la mercancía, cuando no por la literatura, tira a la basura unos ejemplares (aunque se lo merezcan desde el escrutinio quijotesco), algo no va bien en el asunto literario ya que seguramente habrá bibliotecas, asociaciones o particulares a los que les vendrían estupendamente esos libros desechados. Porque recuerdo que años atrás, en Madrid, descubrí, junto con otros transeúntes, un enorme saco de los que se emplean para retirar los escombros de las obras, completamente lleno de libros. Ignoro quién depositó semejante tesoro en la acera que permaneció allí durante horas; la gente pasaba, se detenía a mirar, hurgaba entre los tomos y se llevaba los que quería. Allí había no menos de cien libros de toda laya: buenas novelas, autoayuda, ensayo, cómics, romanticismo de Danielle Steel, éxitos de Isabel Allende y etcétera, pero quien quería deshacerse de ellos tuvo el buen juicio de dejarlos a la vista y a disposición de los que por allí pasasen. Esa persona merece toda mi gratitud y el humilde homenaje de estas líneas.
Reconozco lo errático de este texto (me temo que de la mayoría de los míos) que comencé hablando de animales y terminé hablando de libros o de animales que arrojan libros a la basura tal vez porque no hay ninguna ley que proteja a los libros salvo el amor por la literatura.