VIDAS BREVES

por Chesi

Hay escenas que resultan desoladoras. Desechando aquellas que tengan incidencia directa o indirecta sobre el ser humano (nómina reiterativa: esclavitud, guerra, violencia doméstica, maltrato infantil, pobreza, abandono y cualesquiera otras formas de humillar y exterminar a los semejantes, de las que dan fe las noticias de cada día), a cualquiera se le desmorona el crédito en nuestra supervivencia como especie cuando abre una revista o un periódico (bien, concedamos la probabilidad más alta: cuando enciende el ordenador o consulta el teléfono móvil) y se encuentra con fotografías de animales maltratados con saña que uno creía sólo al alcance de próceres (si la palabra procede) nazis o dictadores asesinos o desquiciados que actúan más allá de cualquier norma, de cualquier ley. Darse de bruces con esos galgos exterminados y colgados de las ramas de los árboles, como años atrás relató Abel Meeropol en la letra de la canción Frutos extraños (conviene echarle una ojeada, o más bien una demorada visión, a youtube y escuchar a Billie Holliday cantando esa canción escalofriante con las imágenes de los negros asesinados y pendientes de un álamo entre las miradas indiferentes, cuando no vengativas, de los blancos: conviene para no olvidarlo nunca, para asumir interminablemente una vergüenza que de alguna forma nos compete a todos), abate el ánimo del más bregado. Y uno se acuerda, a la vista de semejantes salvajadas, de textos furiosos de Fernando Vallejo contra el maltrato animal; alguien podrá aducir que el colombiano parece despreciar a la raza humana y sin embargo deposita toda su ternura en los animales. Para quien esté interesado en el asunto, aparte de las alusiones que inserta en sus novelas, existe un libro, Peroratas, recopilación de discursos, ensayos y otras disidencias vallejianas, donde dedica numerosas páginas a la defensa de los animales. Expurgaré a modo de ejemplo un fragmento breve: “El hombre no es el rey de la creación. Es una especie más entre millones que comparten con nosotros un pasado común de cuatro mil millones de años. (…) Al excluir a los animales de nuestro prójimo Cristo se equivocó. Los animales, compañeros nuestros en la aventura dolorosa de la vida sobre este planeta loco que gira sin ton ni son en el vacío viajando rumbo a ninguna parte, también son nuestro prójimo y merecen nuestro respeto y compasión. Todo el que tenga un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo.” No creo que quepa discusión alguna al respecto, aun para aquellos que no somos amantes de compañías cuadrúpedas, ni aladas, ni de vertebrados acuáticos y, en ocasiones, ni siquiera bípedas e implumes. Afortunadamente existen leyes que protegen (o tratan de proteger: quizá se deba poner en duda su efectividad) a los animales aunque, a diario, la necesidad de alimentarnos nos empuje al exterminio de millones de bestias de todo pelaje, plumaje y escamaje.
Y hay otras escenas deplorables, acaso de menor gravedad, que asimismo le dejan a uno con la sensación de que, como cantaba Serrat, “la tierra cayó en manos de unos locos con carné”. Hace días paseaba por una calle cuyo nombre omitiré y observé cómo un empleado (o socio, no lo sé con seguridad) de una tienda de compraventa de libros, salía del establecimiento con aproximadamente una decena de volúmenes y los arrojaba educadamente al contenedor de la basura, conciencia ciudadana que uno admira pero que no menoscaba la calidad de animal del depositante. Como muchos de los que actualmente se afanan en los contenedores en busca de comida o de cartón o de cualquier material reutilizable o que se pueda reciclar, me asomé a la boca del contenedor y descubrí los libros que no logré alcanzar con las manos: sólo había uno boca arriba: La Casa Rusia, de John Le Carré. Si alguien que trabaja con libros viejos, con libros de segunda mano, y a quien se le supone un cierto amor por la mercancía, cuando no por la literatura, tira a la basura unos ejemplares (aunque se lo merezcan desde el escrutinio quijotesco), algo no va bien en el asunto literario ya que seguramente habrá bibliotecas, asociaciones o particulares a los que les vendrían estupendamente esos libros desechados. Porque recuerdo que años atrás, en Madrid, descubrí, junto con otros transeúntes, un enorme saco de los que se emplean para retirar los escombros de las obras, completamente lleno de libros. Ignoro quién depositó semejante tesoro en la acera que permaneció allí durante horas; la gente pasaba, se detenía a mirar, hurgaba entre los tomos y se llevaba los que quería. Allí había no menos de cien libros de toda laya: buenas novelas, autoayuda, ensayo, cómics, romanticismo de Danielle Steel, éxitos de Isabel Allende y etcétera, pero quien quería deshacerse de ellos tuvo el buen juicio de dejarlos a la vista y a disposición de los que por allí pasasen. Esa persona merece toda mi gratitud y el humilde homenaje de estas líneas.
Reconozco lo errático de este texto (me temo que de la mayoría de los míos) que comencé hablando de animales y terminé hablando de libros o de animales que arrojan libros a la basura tal vez porque no hay ninguna ley que proteja a los libros salvo el amor por la literatura.

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