El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: septiembre, 2015

LOS ESQUELETOS

A mi camarero (perdonen la apropiación indebida) acaban de tocarle unas docenas de miles de euros en alguno de los múltiples juegos de este país convertido en casino con crupiers que se saben todos los trucos del mundo para despojar a los clientes hasta de las muelas postizas. El camarero ni ha hecho alarde de la buena suerte (“el azar es así de puto, mira tú”, comenta, “me detectan un cáncer y a los tres meses me forra la piel de billetes. Aunque preferiría no tener lo primero a costa de seguir siendo pobre”) ni se ha escondido como otros afortunados de quienes nunca se sabe el nombre ni el aspecto. Es curioso: a los hijos de puta uno los detecta mirándolos a la cara pero a los ricos es difícil descubrirlos porque con frecuencia los que hacen alardes de coches de marca, rolex ostentosos, horteras cristos de Dalí en el pecho peludo y demás boato, suelen ser unos desgraciaos que se mueren de hambre y ni tienen una porción de pizza que llevarse a la boca de noche, cuando se despojan de los atavíos. Hay millonarios astrosos como hay mendigos de pasarela. Alguien le comenta que ahora podrá seguir un tratamiento adecuado en una clínica privada de España o incluso del extranjero y él repone que no piensa malgastar el dinero, que será para sus nietos, en prolongar su vida un minuto más de lo que el destino le tenga establecido. Algo similar pero con más alambicamiento manifestó Camilo José Cela en el discurso de recepción del Nobel hace ya una eternidad. Uno escucha cosas así y no sabe si admirarse o compadecerse. Pero algún capricho te darás, hombre, insiste el cliente que bebe despacio el café. Y el camarero vuelve a ponerse estoico o fatalista: tiene todo lo que desea menos salud. Mira, dice extendiendo las manos sobre la barra con las palmas hacia abajo, ni un temblor todavía así que de momento permaneceré aquí porque me gusta hablar con la gente, escuchar sus historias que después yo cuento a otros y alguno hay que se sirve de ellas para escribir artículos o cuentos, añade guiñándome un ojo. Aunque mantiene el sueño, que acaso no vea cumplido si la enfermedad avanza demasiado deprisa (¿y qué enfermedad no avanza demasiado deprisa?), de rehabilitar la casa familiar del pueblo, allá por Castrelo de Miño, retirarse a ella y contemplar cómo cambia el color del agua del embalse según avanza o se repliega el sol. Dice estar seguro de que debajo de las aguas todavía siguen vivas las memorias subacuáticas de quienes mantuvieron hasta el final la esperanza de que no iban a ser desalojados de los hogares en los que vivieron durante decenios y decenios. Muchos de mis familiares, dicen, están allí, reposando en el cementerio anegado. Y cuando me toque a mí diñarla, me gustaría que me arrojasen al embalse; tengo la seguridad de que bajo las aguas encontraré a mi abuelo liando un cigarrillo, a mi abuela faenando en la bodega, a mi padre regando la huerta y a mi madre afanándose en la cocina. Le hablo de Pedro Páramo de Rulfo pero dice no conocer el libro. La lectura, añade, es un lujo que nunca pude permitirme y la verdad es que tampoco la echo de menos. Uno no es mejor ni peor por leer unos centenares de libros. Sin embargo, de las palabras que con frecuencia le escucho proferir detrás de la barra, infiero que mi camarero es un hombre culto, de una sabiduría que nace del trato con la gente, es decir, de observar, escuchar y extraer conclusiones: y esas tres cosas no suelen ser comunes entre los humanos, que ni observamos (ahora grabamos en los teléfonos móviles), ni escuchamos con atención o interés a quien nos habla (dejamos con la palabra en la boca al que charla para atender un whatsapp) ni extraemos conclusiones de lo que previamente observamos y escuchamos. El camarero, a veces, da la espalda a los clientes y se mira atentamente las manos como si en los dorsos estuviera escrita la fecha de su muerte. Después vuelve a su faena, sonriente, soñando probablemente con la casa que piensa rehabilitar para sentarse en el porche y ver asomar desde el fondo del embalse los rostros de aquellos que un día formaron parte de su vida, esa vida que se le derrama poco a poco a través de los ojos que en ocasiones se le humedecen sin motivo aparente, acaso pensando en el próximo reencuentro bajo las aguas con los familiares ya muertos.

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OBITUARIOS

Me gustaría poner nombres pero voy a silenciarlos. Hay personas, o personajes, que tienen un necrologista dentro sí, como si los habitara un alien. (¿Existe la palabra necrologista?) Tipos que si alguien se muere a las dos de la madrugada, a las siete de la mañana ya tienen pergeñado en el diario el obituario o la necrología. Llevo años comprobándolo. Me imagino a ese ser miserable y rastrero que desde hace tiempo sigue la labor de investigadores, deportistas, intelectuales, artistas, políticos y otras gentes de fama o prestigio, urdiendo día tras día su necrología. Va añadiendo como hormiga laboriosa cada tarde una línea, un párrafo, algo con que adecentar la vida del muerto. Mi comprobación es pragmática e incluso diría que científica: alguien conocido se muere, yo intuyo “mañana aparece al texto de X” y, efectivamente, al día siguiente ahí están las líneas laudatorias para ensalzar al fallecido, a veces recurriendo a una amistad inexistente o a unos méritos ficticios. Me imagino perfectamente a ese constructor de necrologías: se despierta cada mañana, mira en la agenda la edad de quienes conoce, aunque no sea un trato profundo, y certifica que, dados los años que tiene, le queda poco tiempo. Tiene cientos de fichas con nombres de políticos, de escritores, de escultores, de actores, de pintores, de arquitectos, de músicos, con los que, seguramente, mantiene una relación superficial. Eso no le importa. Lo fundamental es que al día siguiente de la muerte de esa gente más o menos longeva, aparezca su nombre al pie de la necrología. Nunca dedicarán unas líneas al tipo que muere por sobredosis en un solar, al que cae fulminado por un infarto en la calle, al que lleva agonizando meses en un hospital porque son personas sin nombres ni apellidos, que se someten a las iniciales que el periódico ordena. Esos necrologistas viven en función del éxito ajeno, de la popularidad ajena. Y suelen alardear de una amistad que no es tal, sino una simple relación más o menos superficial. El apotegma sería: “Yo vi morir a fulanito”. Ese tipo de periodistas me causan terror. Los veo así: releyendo las fichas de sus conocidos que han pasado ya una barrera más o menos tenebrosa de la vida y que esperan, acaso con impaciencia, el momento de su muerte para poder dedicarles unas cuantas líneas en un diario con afán de buitres miserable. Me gustaría poner nombres, dije al principio. Pero mejor es contenerse y, como aconseja el refrán, que son esos asertos de múltiples lecturas, que lo mismo aciertan que no aciertan, como las predicciones astrológicas, voy a silenciar a quien considero el máximo necrologista de este país desde hace años. Asisten al deterioro del enfermo como si eso los proveyera de una razón para existir: la muerte ajena justifica su existencia. Nunca optarán por un silencio respetuoso, necesitan desaforadamente estar ahí, escribir la crónica del fallecimiento, asistir al entierro y pronunciar unas palabras que ya habían preparado previamente. Los obituarios suelen ser los detergentes de las biografías más siniestras. En un artículo sensacional, como todos los suyos, Gregorio Morán habló de algo similar al referirse a la muerte de Ana María Moix. Estaban los que tenían que estar pero siempre se cuela uno, casi siempre el que menos relación íntima tenía con la desaparecida, y se convierte en protagonista de un discurso mezquino que le otorga su razón de ser. Ese periodista podría pertenecer a una funeraria y su papel sería el mismo: acompañar al muerto con el que, realmente, carece de relación pero lo importante es estar ahí, que se le lea, que se le escuche, que cimiente su dudoso talento en la muerte de otra persona. Insisto: no daré nombres. Pero me causan antipatía (usemos una palabra suave) ese tipo de seres que sólo aguardan a que alguien la diñe para lucirse. Seguramente hasta tendrán ya pergeñado su propio obituario para enaltecerse.