OBITUARIOS

por Chesi

Me gustaría poner nombres pero voy a silenciarlos. Hay personas, o personajes, que tienen un necrologista dentro sí, como si los habitara un alien. (¿Existe la palabra necrologista?) Tipos que si alguien se muere a las dos de la madrugada, a las siete de la mañana ya tienen pergeñado en el diario el obituario o la necrología. Llevo años comprobándolo. Me imagino a ese ser miserable y rastrero que desde hace tiempo sigue la labor de investigadores, deportistas, intelectuales, artistas, políticos y otras gentes de fama o prestigio, urdiendo día tras día su necrología. Va añadiendo como hormiga laboriosa cada tarde una línea, un párrafo, algo con que adecentar la vida del muerto. Mi comprobación es pragmática e incluso diría que científica: alguien conocido se muere, yo intuyo “mañana aparece al texto de X” y, efectivamente, al día siguiente ahí están las líneas laudatorias para ensalzar al fallecido, a veces recurriendo a una amistad inexistente o a unos méritos ficticios. Me imagino perfectamente a ese constructor de necrologías: se despierta cada mañana, mira en la agenda la edad de quienes conoce, aunque no sea un trato profundo, y certifica que, dados los años que tiene, le queda poco tiempo. Tiene cientos de fichas con nombres de políticos, de escritores, de escultores, de actores, de pintores, de arquitectos, de músicos, con los que, seguramente, mantiene una relación superficial. Eso no le importa. Lo fundamental es que al día siguiente de la muerte de esa gente más o menos longeva, aparezca su nombre al pie de la necrología. Nunca dedicarán unas líneas al tipo que muere por sobredosis en un solar, al que cae fulminado por un infarto en la calle, al que lleva agonizando meses en un hospital porque son personas sin nombres ni apellidos, que se someten a las iniciales que el periódico ordena. Esos necrologistas viven en función del éxito ajeno, de la popularidad ajena. Y suelen alardear de una amistad que no es tal, sino una simple relación más o menos superficial. El apotegma sería: “Yo vi morir a fulanito”. Ese tipo de periodistas me causan terror. Los veo así: releyendo las fichas de sus conocidos que han pasado ya una barrera más o menos tenebrosa de la vida y que esperan, acaso con impaciencia, el momento de su muerte para poder dedicarles unas cuantas líneas en un diario con afán de buitres miserable. Me gustaría poner nombres, dije al principio. Pero mejor es contenerse y, como aconseja el refrán, que son esos asertos de múltiples lecturas, que lo mismo aciertan que no aciertan, como las predicciones astrológicas, voy a silenciar a quien considero el máximo necrologista de este país desde hace años. Asisten al deterioro del enfermo como si eso los proveyera de una razón para existir: la muerte ajena justifica su existencia. Nunca optarán por un silencio respetuoso, necesitan desaforadamente estar ahí, escribir la crónica del fallecimiento, asistir al entierro y pronunciar unas palabras que ya habían preparado previamente. Los obituarios suelen ser los detergentes de las biografías más siniestras. En un artículo sensacional, como todos los suyos, Gregorio Morán habló de algo similar al referirse a la muerte de Ana María Moix. Estaban los que tenían que estar pero siempre se cuela uno, casi siempre el que menos relación íntima tenía con la desaparecida, y se convierte en protagonista de un discurso mezquino que le otorga su razón de ser. Ese periodista podría pertenecer a una funeraria y su papel sería el mismo: acompañar al muerto con el que, realmente, carece de relación pero lo importante es estar ahí, que se le lea, que se le escuche, que cimiente su dudoso talento en la muerte de otra persona. Insisto: no daré nombres. Pero me causan antipatía (usemos una palabra suave) ese tipo de seres que sólo aguardan a que alguien la diñe para lucirse. Seguramente hasta tendrán ya pergeñado su propio obituario para enaltecerse.

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