El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: octubre, 2015

UNA CASA MUSEO

Según parece, por las noticias que aparecieron en distintos periódicos de Galicia, el ayuntamiento de Mondoñedo ha decidido convertir en casa museo de Álvaro Cunqueiro el chiscón en el que trabajó durante buena parte de su vida el escritor mindoniense. La idea resulta, aparentemente, encomiable; hago la salvedad de ese “aparentemente” porque hasta que uno vea el resultado final de tan loable proyecto, nunca sabe en qué quedará el asunto. Por lo de pronto, hay quien reivindica que dicha casa museo debería estar situada no en la hermosa plaza mindoniense sino en el edificio donde nació el poeta. Sin embargo, no creo que sea mala la ubicación en aquellas arcadas situadas frente a la solemne catedral de Mondoñedo, a pocos metros de la estatua desde la que Cunqueiro observa para toda la eternidad (y en estos tiempos a saber cuánto dura la eternidad) el monte da Silva y los alrededores de su ciudad a los que dedicó bastantes páginas que atesoran la brillantez de unos artículos que convirtieron a don Álvaro en uno de los maestros de ese género tal difícil. Las casas museos suelen irse degradando hacia algo que adquiere una categoría fúnebre con aire de momia, como cuando se accede a la cámara mortuoria de una pirámide. En ellas se almacenan los objetos que pertenecieron al difunto: manuscritos, libros, cartas, plumas, gafas, cualquier objeto que haya estado en contacto con el genio. Da lo mismo que sea la de Victor Hugo en la plaza de los Vosgos o la más escueta de Rosalía de Castro en Padrón: esas casas suelen ser mausoleos que nos suministran una dosis de melancolía y de nostalgia, enormes cenotafios en los que uno espera ver aparecer el fantasma del homenajeado huyendo de la inmovilidad de la muerte. Pero es bueno que recordemos a esas personas que fueron configurando el sentimiento de una patria acogedora y agradable: Cabanillas, Otero Pedrayo, Celso Emilio Ferreiro, Uxío Novoneyra, Blanco Amor, Curros Enríquez, Vicente Risco, Leiras Pulpeiro. En realidad, si a cada personaje preeminente nacido en Mondoñedo se le dedicase uno de esos museos, la ciudad sería una especie de parque temático de la gloria porque a los ya citados (Leiras y Cunqueiro) habría que añadir Noriega Varela, Pascual Veiga, el autor de la música del himno gallego, y tantos otros cuya fama es más humilde, más local, más secreta. (Acaso el más noble museo dedicado a don Álvaro en la actualidad sea la enjuta figura de Manolo Montero, ese impostado Mago Merlín que pasea disfrazado de brujo por Mondoñedo y que afirma ser un personaje de la imaginación del escritor mindoniense: ése es el mejor homenaje que se le puede tributar a Cunqueiro). La memoria de algunos de ellos apenas puede encontrarse en el cementerio mindoniense, entre la maleza y la desidia. La figura de Álvaro Cunqueiro, como la de otro agudo articulista, Josep Pla, genera controversia: muchos se niegan a olvidar su pasado franquista. Creo que en tales asuntos se trata de mantener una prudente distancia y una tolerancia generosa ya que, de lo contrario, deberíamos maldecir la memoria de García Márquez por su incontestable apoyo a la dictadura castrista, renegar de Céline por sus ideas miserables o no abrir un libro de Quevedo porque era un ser humano rastrero. Cada época genera sus héroes y sus traidores y a veces, algunas veces solo, ese matiz depende exclusivamente del lugar en el que uno se encuentre en el momento en el que estalla una guerra o debe tomar una decisión. En fin, no se trata de incurrir en disquisiciones al respecto ya que para ello están más capacitadas otras personas. Personalmente, cuando vuelvo a Borges, no me resulta en absoluto difícil prescindir de la idea de que fue un hombre que en un momento de su vida apoyó las salvajadas de los militares argentinos. Nadie tiene una biografía intachable aunque, por supuesto, algunas sean más decentes que otras. Rescatar o cimentar más sólidamente la memoria de Álvaro Cunqueiro en su Mondoñedo natal me parecer una excelente idea, mucho mejor que bautizar con su nombre un hospital que es un acto prosaico y arribista: que el estudioso, el fetichista, el diletante pueda acercarse a la ciudad, entrar en el ámbito donde faenaba el escritor y sentir esa presencia difusa y a la vez onerosa que abunda en los museos; al final, de lo que se trata, es de mantener viva la obra de Cunqueiro: de nada sirve una casa museo por mayor boato que haya en la inauguración (la actitud aparentemente generosa de los políticos no pasa de las inauguraciones, esto es, cuando acuden los fotógrafos) si después nadie abre un libro de Álvaro Cunqueiro. En ese sentido, la mejor casa museo es siempre una biblioteca, que es un lugar recoleto, apacible, silencioso, en el que uno se entrega a la lectura de esos autores que a veces nos cambiaron la vida, a veces nos consolaron, en ocasiones nos hicieron compañía o nos proporcionaron un placer indefinible porque a saber de dónde demonios procede esa gozosa sensación que uno experimenta cuando se acerca una balda, coge un libro, enristra un lápiz y comienza a leer algo que bien pudiera comenzar así: … se santigua y reza un padrenuestro por el alma del difunto vizconde de Klöemel, que acaba de cruzar a caballo.

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FÚTBOL Y TAL Y TAL

Resulta curioso comprobar cómo un deporte capaz de paralizar a un país por graves que sean las circunstancias que lo azotan, tal es el caso del fútbol en España, tenga tan escaso reflejo en las artes y, más concretamente, en la literatura. Es extraño hallar en novelas y cuentos alusiones a ese u otros deportes. Hay a buen seguro más casos pero ahora recuerdo a Ignacio Aldecoa colando al boxeador Young Sánchez como personaje de sus cuentos o a García Sánchez novelando el ciclismo en Alpe d’Huez pero son ejemplos aislados. Deportes como el boxeo y el fútbol hallan en las páginas de los escritores sudamericanos un espacio amplísimo: desde Cortázar a Galeano, de Vinicius de Moraes a Fontanarrosa, dedicaron más de una ficción (y más de un artículo) a los asuntos deportivos en sus libros (y, al hilo de ello, convendría no olvidar El secreto de sus ojos de Campanella: memorable la película y la escena en la que se busca a un personaje en el estadio de fútbol porque alguien afirma, grosso modo, que uno puede cambiar de profesión, de amigos, de mujer pero nunca del amor por un club). En la tradición anglosajona diversas modalidades deportivas abren un espacio feraz entre sus autores; el golf, el tenis, el rugbi, las carreras de caballos, el baloncesto, el béisbol, el críquet, el boxeo aparecen como una cotidianidad asumida, que forma parte de la vida de los personajes. En el caso de Estados Unidos acaso se deba a que la breve historia de la actual nación americana, tenga que rellenarse con los mitos que uno encuentre a mano, desde Joe di Maggio a Michel Jordan o, en otros campos, desde Marilyn Monroe a Humphrey Bogart: a la postre, una historia construida sobre esos mitos siempre será menos sangrienta que la establecida sobre militares, aunque los estadounidenses no desprecien a McArthur o a Rambo, si hace falta. Recuerdo ahora una excelente novela titulada Correr de Jean Echenoz que se mueve entre el reportaje y la ficción sosteniéndose en la biografía de Zatopek. ¿Por qué deportistas españoles de categoría mundial apenas encuentran un humilde hueco en algún que otro párrafo? En el imaginario estadounidense, Nadal, Gasol, Mengual, Indurain, Beitia, Bahamontes, Timoner, Tarrés, Ocaña (la vida de Luis Ocaña se presta a la fabulación: sus orígenes españoles, su emigración a Francia, sus posturas políticas tan radicalmente conservadoras, su categoría como corredor, su suicidio), Ángel Nieto, Arantxa Sánchez Vicario,  Mireia Belmonte y bastantes más, aparecerían en reportajes, relatos o novelas como la sensacional Submundo de Don DeLillo, más de mil páginas cuyo hilo conductor es una humilde pelota de béisbol que en los primeros párrafos sale despedida por encima de los muros del estadio. En este país, más bien, se tiende a que un periodista urda la biografía/hagiografía de un deportista que no pasa de los 25 años: la pasta es la pasta. En los numerosos programas de la televisión dedicados a las casas de empeño estadounidenses no es infrecuente ver aparecer a alguien más o menos desesperado que trata de vender una camiseta de un beisbolista, de un jugador de rugbi o de un baloncestista, firmada por su antiguo dueño, o un bate de béisbol o unos guantes de boxeo que pertenecieron a un sparring (de momento no hay una palabra en español que sustituya a ese anglicismo de forma solvente) Muhammad Alí: se desprenden de esas pertenencias con melancolía, piden por ellas una cantidad desorbitada y, después de una negociación leve y estricta, se van a su casa con un miserable fajo de billetes y sin la fortuna que creían que podría valer esa prenda, cuya veracidad ha sido avalada por un experto porque en dichos programas televisivos (pérfidamente numerosos, como los de gastronomía, viajes y venta o arreglo de casas o islas paradisíacas pobladas de imbéciles en pelotas) uno descubre que en EEUU hay uno o varios expertos para lo que sea, para cualquier mercancía que se lleve a una casa de empeños, sea de la índole que sea.  Pero a lo que íbamos: el deporte, en general, ha sido visto por los intelectuales españoles como algo alienante que sólo puede afectar a un pueblo inculto; cierto que hay excepciones: Javier Marías, Garci, Juan Cruz, Vázquez Montalbán y tantos otros llenan (o llenaron ayer) hoy páginas de los periódicos, no solo deportivos, con sus artículos acerca del fútbol y resulta extraño que un deporte que ya trasciende el ámbito meramente deportivo y que se ha convertido en un negocio que mueve miles de millones de euros y en el que, como se ha descubierto recientemente, existe un fraude más que probado en los estamentos de la FIFA, no aparezca en las novelas de los escritores españoles como una manera de corrupción, más que de forma tangencial y anecdótica. Lo que Chirbes hizo en varias novelas con los constructores, bien podría hacerse hoy con siniestros personajes como Villar, sin ir más lejos, o la mayoría de los presidentes de los clubes más poderosos. Florentino Pérez, Rosell, Del Nido, Lopera y algunos ya fallecidos, darían un juego bastante eficaz en una narración. Ellos y los representantes de los futbolistas. En muchas novelas estadounidenses (y no es más que una opinión seguramente errónea), deportistas como los citados más arriba, de una forma u otra aparecerían en las ficciones y, acaso, protagonizarían alguna de ellas. Cito de memoria una frase de Ribeyro en uno de sus maravillosos relatos: Quien no ha sufrido una tristeza deportiva, no ha conocido la tristeza. Así de importante es para algunos el deporte, una religión que en ocasiones exalta y pone al ser humano en los límites de la bestialidad, que a veces consuela y alegra y algunas otras entristece. Ya ven, como el amor, según dicen.