UNA CASA MUSEO

por Chesi

Según parece, por las noticias que aparecieron en distintos periódicos de Galicia, el ayuntamiento de Mondoñedo ha decidido convertir en casa museo de Álvaro Cunqueiro el chiscón en el que trabajó durante buena parte de su vida el escritor mindoniense. La idea resulta, aparentemente, encomiable; hago la salvedad de ese “aparentemente” porque hasta que uno vea el resultado final de tan loable proyecto, nunca sabe en qué quedará el asunto. Por lo de pronto, hay quien reivindica que dicha casa museo debería estar situada no en la hermosa plaza mindoniense sino en el edificio donde nació el poeta. Sin embargo, no creo que sea mala la ubicación en aquellas arcadas situadas frente a la solemne catedral de Mondoñedo, a pocos metros de la estatua desde la que Cunqueiro observa para toda la eternidad (y en estos tiempos a saber cuánto dura la eternidad) el monte da Silva y los alrededores de su ciudad a los que dedicó bastantes páginas que atesoran la brillantez de unos artículos que convirtieron a don Álvaro en uno de los maestros de ese género tal difícil. Las casas museos suelen irse degradando hacia algo que adquiere una categoría fúnebre con aire de momia, como cuando se accede a la cámara mortuoria de una pirámide. En ellas se almacenan los objetos que pertenecieron al difunto: manuscritos, libros, cartas, plumas, gafas, cualquier objeto que haya estado en contacto con el genio. Da lo mismo que sea la de Victor Hugo en la plaza de los Vosgos o la más escueta de Rosalía de Castro en Padrón: esas casas suelen ser mausoleos que nos suministran una dosis de melancolía y de nostalgia, enormes cenotafios en los que uno espera ver aparecer el fantasma del homenajeado huyendo de la inmovilidad de la muerte. Pero es bueno que recordemos a esas personas que fueron configurando el sentimiento de una patria acogedora y agradable: Cabanillas, Otero Pedrayo, Celso Emilio Ferreiro, Uxío Novoneyra, Blanco Amor, Curros Enríquez, Vicente Risco, Leiras Pulpeiro. En realidad, si a cada personaje preeminente nacido en Mondoñedo se le dedicase uno de esos museos, la ciudad sería una especie de parque temático de la gloria porque a los ya citados (Leiras y Cunqueiro) habría que añadir Noriega Varela, Pascual Veiga, el autor de la música del himno gallego, y tantos otros cuya fama es más humilde, más local, más secreta. (Acaso el más noble museo dedicado a don Álvaro en la actualidad sea la enjuta figura de Manolo Montero, ese impostado Mago Merlín que pasea disfrazado de brujo por Mondoñedo y que afirma ser un personaje de la imaginación del escritor mindoniense: ése es el mejor homenaje que se le puede tributar a Cunqueiro). La memoria de algunos de ellos apenas puede encontrarse en el cementerio mindoniense, entre la maleza y la desidia. La figura de Álvaro Cunqueiro, como la de otro agudo articulista, Josep Pla, genera controversia: muchos se niegan a olvidar su pasado franquista. Creo que en tales asuntos se trata de mantener una prudente distancia y una tolerancia generosa ya que, de lo contrario, deberíamos maldecir la memoria de García Márquez por su incontestable apoyo a la dictadura castrista, renegar de Céline por sus ideas miserables o no abrir un libro de Quevedo porque era un ser humano rastrero. Cada época genera sus héroes y sus traidores y a veces, algunas veces solo, ese matiz depende exclusivamente del lugar en el que uno se encuentre en el momento en el que estalla una guerra o debe tomar una decisión. En fin, no se trata de incurrir en disquisiciones al respecto ya que para ello están más capacitadas otras personas. Personalmente, cuando vuelvo a Borges, no me resulta en absoluto difícil prescindir de la idea de que fue un hombre que en un momento de su vida apoyó las salvajadas de los militares argentinos. Nadie tiene una biografía intachable aunque, por supuesto, algunas sean más decentes que otras. Rescatar o cimentar más sólidamente la memoria de Álvaro Cunqueiro en su Mondoñedo natal me parecer una excelente idea, mucho mejor que bautizar con su nombre un hospital que es un acto prosaico y arribista: que el estudioso, el fetichista, el diletante pueda acercarse a la ciudad, entrar en el ámbito donde faenaba el escritor y sentir esa presencia difusa y a la vez onerosa que abunda en los museos; al final, de lo que se trata, es de mantener viva la obra de Cunqueiro: de nada sirve una casa museo por mayor boato que haya en la inauguración (la actitud aparentemente generosa de los políticos no pasa de las inauguraciones, esto es, cuando acuden los fotógrafos) si después nadie abre un libro de Álvaro Cunqueiro. En ese sentido, la mejor casa museo es siempre una biblioteca, que es un lugar recoleto, apacible, silencioso, en el que uno se entrega a la lectura de esos autores que a veces nos cambiaron la vida, a veces nos consolaron, en ocasiones nos hicieron compañía o nos proporcionaron un placer indefinible porque a saber de dónde demonios procede esa gozosa sensación que uno experimenta cuando se acerca una balda, coge un libro, enristra un lápiz y comienza a leer algo que bien pudiera comenzar así: … se santigua y reza un padrenuestro por el alma del difunto vizconde de Klöemel, que acaba de cruzar a caballo.

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