El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: noviembre, 2015

Juan Marsé

Copio el enlace de una entrevista realizada por Beatriz Pérez en el diario digital CatalunyaPress. En ella, Marsé habla de su próximo libro, de la situación de Cataluña, de sus propuestas literarias. Y, lo que es fundamental, de la vida.

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EL DESENCUENTRO

Se le viene a la memoria una frase de Alvite, ese señor que enredaba genialidades a chorros en sus artículos y aunque no puede repetirla con exactitud, aproxima algo bastante similar: Las mujeres con clase no mueren, pasan de moda. Lo piensa ahora, sentado en un banco del parque y contemplando a una mujer hermosa, con aspecto de ausencia o de desencanto, que tiene en una mano un libro cuyo título el hombre trata de desentrañar. El agua canta en la pila de la fuente con esa melancolía romanticona y un tanto cursi que imposta el otoño y que parece emanar de una rima de Bécquer o de una estrofa de Juan Ramón Jiménez. La tierra del parque se alfombra con el topicazo de las hojas otoñales pero qué le va a hacer uno si esa estación se parece a algunos cuadros impresionistas que el hombre contempló despaciosamente en el Jeu de Paume, hace ya tantos años que apenas recuerda la geografía de París por la que vuelve a viajar cuando la nostalgia, como ahora, es más profunda y comparte la soledad de un parque con una bella mujer que mantiene en la mano izquierda un cigarrillo y en la derecha un libro cuyo título, por más que él mire tratando de descubrirlo, no alcanza a leer. La verdad es que, siguiendo la frase de Alvite, todo parece pasado de moda: esa estampa otoñal, los columpios de la zona infantil que se balancean sin que nadie los ocupe, las palomas que picotean el suelo, la desconocida que fuma y lee ajena a lo que sucede a su alrededor, como si fuese una fotografía de unas décadas atrás. Se decide entonces a actuar: nada le interesa de aquella mujer pero quiere saber qué libro está leyendo. Extrae un cigarrillo, se acerca a ella para pedirle fuego pero cuando está casi a su lado, ella abate el libro abierto contra sus muslos y lo mira. La mujer atiende a su solicitud, le entrega el mechero al desconocido y cuando él da las gracias y se aleja, ella vuelve a su ocupación, como si el intervalo hubiese sido una pausa incómoda, la intromisión de un desocupado que seguramente se acercó con intenciones no del todo claras pero, de repente, como movida por algo que no entiende, fija sus ojos en la espalda de ese hombre que recorre los metros que lo separan del banco, se sienta y fuma con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta burda y seguramente vieja, como si hubiese soportado más otoños de los que debería soportar. El débil sol de noviembre permanece en la hierba de los parterres como la muda de una culebra, frágil e inútil. Él siente que la mirada de la mujer lo estudia acaso con cierta desconfianza, como si barruntase una estrategia perversa en el acto de acercársele y pedirle fuego o porque hubiese descubierto que el hombre lleva un mechero en el bolsillo, un bic de esos minúsculos y, en el piso, nada más llegar, encenderá una barra de incienso cuyo aroma lo acompaña antes de sentarse frente a la televisión, conectar el aparato de música, leer el periódico o abrir un libro, que son las cuatro ocupaciones que le suministran el consuelo contra la soledad que a veces le resulta intolerable, como un dolor antiguo y persistente. Las mujeres con clase no mueren, solo pasan de moda, se repite él en voz baja. Se entretiene buscándole a la mujer un nombre que le cuadre pero ninguno le parece el adecuado. Recita los de sus familiares, los de sus amigas, los de actrices, los de cantantes. Ahora ella se levanta, se ajusta al cuerpo una gabardina ligera, como esas en las que iban envueltas las mujeres de las películas francesas de los años sesenta del siglo pasado, se sube las solapas y camina muy lentamente hacia las escaleras, con una elasticidad y una parsimonia que semejan estudiadas, como si hubiese actuado a las órdenes de un director del cine que susurrase en alguna esquina del parque “grabamos, acción”. Él resiste la tentación de seguirla, de indagar hacia adonde se dirige o dónde vive, si va al encuentro de alguna amiga, de algún amante o de un marido (desecha esta segunda posibilidad), si va a entrar en una tienda o en un café o a dar un paseo. Esperaba (así de necio es el otoño, tan propicio para los malos poemas de amor) que permaneciera en el aire un perfume, el perfume de las mujeres que pasan de moda pero no mueren nunca, como heroínas de una novela de Nabokov o de Proust. Es entonces cuando gira el cuello y advierte la presencia del libro en el banco que hasta unos minutos antes ocupaba la mujer y vence el compromiso de recogerlo y salir detrás de ella para entregárselo porque, repentinamente, intuye que la desconocida ha dejado el libro ahí deliberadamente, que no es un olvido sino un gesto, un gesto de complicidad, de camaradería, invitándolo a él a ser el propietario del volumen y leerlo, de forma que compartan algo, ese frágil hilo que es lo único que van a compartir el resto de sus vidas anodinas y secretas. Se aproxima al banco y ve la portada: una hoja otoñal, dorada, caída al pie de un árbol. No aparece el título, ni el autor, ni la editorial. Coge el libro y lo abre; descubre, estupefacto, todas las páginas en blanco excepto una hacia el final que contiene una sola frase manuscrita con letra impecable, de antiguo escolar aplicado: Las mujeres elegantes no envejecen, pasan de moda (aunque la frase bien pudiera enunciarse al revés: Las mujeres elegantes envejecen, no pasan de moda y que José Luis Alvite me perdone). Guarda el libro en uno de aquellos bolsillos que ya han dado de sí porque durante demasiados años transportaron mercancías dispares y manos aburridas y camina con lentitud en dirección contraria a la que siguió la desconocida. Sabe que hay sueños que no deben cumplirse nunca porque de cumplirse, se pudren.

I.m. José Luis Alvite          

DISERTACIÓN DE LA NOSTALGIA

Se quejaba categóricamente una de las reinas de Alicia a través del espejo: para qué demonios sirve una memoria que solo funciona marcha atrás. Lo cierto es que los personajes de Lewis Carroll, insertos en el disparatado mundo de las maravillas o detrás del espejo, nos dan continuas lecciones de cordura y de originalidad. De lo aparentemente absurdo uno puede extraer enjundiosas lecciones, como sucede con los dos protagonistas del Quijote. Para el ejercicio completo de esa facultad, que ayuda a vivir y a escribir, casi resulta indispensable que la memoria dispusiese de otras muchas marchas y que fuese capaz de engullir los acontecimientos futuros, una suerte de prognosis que nos haría ver el mundo de distinta forma, acaso de una manera mucho más completa y más sabia porque dispondríamos de la indispensable perspectiva para analizar las consecuencias que en el porvenir depararían nuestros actos más inocuos, más inocentes, ya saben, el aleteo de la mariposa en Michoacán y el vendaval que eso provoca en China, una hipérbole ni siquiera poética: si se sustituye la mariposa por un grajo y China por Bertamiráns, la frase pierde efectividad. (Eso decía Nabokov a sus alumnos cuando hablaba de una novela de Malraux en la que éste insertaba un giro similar a “soplaba el gran viento de la China”, una construcción que por su exotismo funcionaba en la imaginación lectora. Para rebajar la categoría de dicho enunciado y darle su estricto valor literario, Nabokov proponía a sus alumnos que reemplazaran ese país remoto, China, por este otro más cercano, Bélgica, y verían que la locución era absolutamente inane: “soplaba el gran viento de Bélgica” no exacerba a nadie salvo a depravados y eso si son naturales de Bélgica). Si esta posibilidad nos parece inalcanzable, la de la memoria que funciona hacia delante, resulta más común disponer de una nostalgia que sí opera en ambas direcciones, para delante y para atrás, lo que haría feliz a la reina de Alicia y seguramente no la sorprendería a ella ni al autor de esos dos memorables relatos que son Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Si uno se pone un tanto melancólico cualquier tarde otoñal, por ejemplo, mientras pasea o escucha música o bebe unos vinos o lee un libro o ve caer la lluvia o conversa con alguien, no resulta insólito que eche de menos las cosas que no podrá hacer en el futuro por falta de tiempo o de dinero o de entusiasmo porque la vida se ciñe a una brevedad relampagueante que nos veda la posibilidad de abarcar todo aquello de lo que nos gustaría disfrutar, desde conocer ciudades o países a los que no viajaremos nunca hasta leer libros que nos esperan en una balda de la biblioteca y que sabemos que nunca vamos a abrir o entrever un porvenir más tranquilo que el actual presente si es que el mundo no camina desquiciado hacia las apocalípticas predicciones de Stephen Hawking que desde hace años se disfraza de Águila de Patmos y perpetra, probablemente con razón y fundamento, futuros que hacen temblar al más engallado. Esa nostalgia que se adentra en el mañana no es insólita y suele desembocar en la melancolía: la memoria que funciona hacia delante y la nostalgia de un porvenir desconocido acostumbran a dar muy buenos resultados en la ciencia ficción y en la poesía, por ejemplo. A veces incluso en la política. Pero, ya que de nostalgia se habla, hay que rendir los honores pertinentes al inventor de esa palabra; el feliz hallazgo del neologismo, según cuenta Alberto Manguel en su excelente Diario de lecturas, tiene una fecha precisa, el 22 de junio de 1688, y un protagonista, Johanes Hofer, un estudiante de medicina alsaciano que en su tesis Dissertatio medica de nostalgia, combinó la palabra nostos (retorno) con la palabra algos (dolor) para describir la enfermedad que padecían los soldados suizos obligados a vivir lejos de sus montañas. En Suiza, pues, también se puede tener nostalgia además de cuentas corrientes. En algunos poemas de Borges  aparece esa nostalgia orientada hacia el mañana y en la que sueña o prevé su muerte y su entierro en Ginebra (una de sus patrias, dice el argentino). Ése es el origen de la palabra nostalgia y Johanes Hofer debería ser honrado públicamente por haber hallado un neologismo tan hermoso, tan perfecto: que el nombre de una persona vaya unida indefectiblemente a una palabra contundente y leve a la vez, alada y onerosa simultáneamente, triste y feliz al unísono, es el mejor epitafio que puede acompañar a cualquiera en la muerte, de la que únicamente algunos desesperados y unos cuantos creyentes tienen nostalgia: Johanes Hofer, inventor de la nostalgia (porque nada existe mientras no se nombra). Así que uno está de acuerdo con el personaje de Alicia: no solo la memoria debería funcionar hacia delante, tal como funciona hacia atrás, sino que también la nostalgia tendría que ser esa facultad que nos permite un rasgo de melancolía previa hacia un porvenir en el que no seremos capaces de leer aquel libro escrito en un idioma que no aprenderemos nunca y que jamás será traducido a nuestra lengua.