EL REMEDIO Y LA ENFERMEDAD

por Chesi

Menos mal que cuando las cosas van peor de lo que uno se esperaba, valga decir, casi siempre, aparecen iluminados que nos dan el remedio para nuestras desgracias: economistas que aconsejan cómo sobrevivir al trance de la crisis, médicos que orientan desde la televisión acerca del tipo de vida que debemos llevar, augures que resuelven nuestras dudas en el amor y en el trabajo, pensadores que nos muestran el camino que debemos seguir, políticos que nos indican qué postura tenemos que poner para ser vilmente penetrados de la forma más indolora posible. El mundo está lleno de estos oráculos que nos facilitan la ruta que nos guía hacia no se sabe bien dónde. Uno lleva chapoteando en esto de emborronar páginas, con mayor o menor fortuna, desde hace cuarenta años y sigue preguntándose qué demonios es eso de la literatura aparte de un delito ecológico y cuando ni las opiniones de aquellos a los que respeta le aclaran las dudas, surge de algún lugar del cuaternario ficcional un señor que se llama Paulo Coelho y toca la tecla precisa, clinc, que resuelve cualquier vacilación. El prolífico autor brasileño, no precisamente un heredero de Amado ni de Guimaraes Rosa sino más bien de una escuela de samba de cojintrancos, nos explica de forma contundente lo que uno debe hacer para llegar a ser alguien en esto de la literatura: para conseguir esa meta anhelada, dice el maestro, ningún escritor debe carecer de twitter o de facebook. Ésa es la razón por la que yo no soy nadie: carecía de ambas posibilidades de ponerme en contacto con esos seguidores, vayapordios. Así que no se mate usted tecleando horas en la pantalla o manuscribiendo sus textos, no lea para aprender de los demás, déjese de zarandajas artesanales y vaya directamente al grano: abra una cuenta en twitter,  engánchese a facebook y sus problemas con agentes, editoriales, librerías, revistas y suplementos estarán automáticamente resueltos. Qué listo el escribidor que, por cierto, ya vendía millones de ejemplares antes de la aparición de esas dos herramientas informáticas. ¡Gracias, maestro! Pero para llenar el ego hay que ser más rompedor, más iconoclasta y el hombre tiene los redaños suficientes para emprender esa tarea sin mover un músculo de la cara. Con un par, el autor de tal cantidad de obras memorables, sin inmutarse y mirando al tendido, como un José Tomás cualquiera, afirma que Ulises de Joyce le hizo mucho daño a la literatura. Prudente, no añadió que Las meninas también se lo hizo a la pintura, el David a la escultura y El padrino al cine. Pobre Joyce, ese desgraciado que se pasó veinte años de su vida escribiendo una fruslería como Ulises con la perversa finalidad de destrozar el manso fluir de la corriente de la novelística. Si es que hay quien escribe para joder, está claro. No sólo eso, podría añadir Coelho: en pernicioso conchabamiento con un tal Franz Kafka decidieron los dos dinamitar el berroqueño edificio narrativo construido con anterioridad a ellos y, como carecían de twitter y de facebook, se aplicaron como locos temerarios a caligrafiar páginas y páginas, a reescribirlas, a borrarlas, a romperlas sin otra meta que hacerle daño a la literatura, a raíz de lo cual la literatura está muy, muy enferma y menos mal que surgen curanderos como Paulo Coelho y le dan al paciente medicinas del tipo A las orillas del río Piedra me senté y lloré, El Alquimista, El guerrero de la luz o Verónika debe morir y con esos preparados vómicos la literatura sigue sobreviviendo aunque con escasas posibilidades de recuperación pero para eso está él, el ínclito, el oráculo, que nos aclara cuál es la enfermedad, la diagnostica certeramente y aplica el remedio adecuado: la liviandad, la profunda superficialidad, la logorrea inocua y la trivialidad que pueden ustedes adquirir en su cuenta de twitter o en su perfil de facebook. Algunos preferimos la literatura achacosa de Joyce a la saludable de Paulo Coelho, imbéciles de nosotros.

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