LOS LIBROS INFANTILES

por Chesi

Hay libros que alguien decidió, en función de no sé qué extrañas sinrazones, considerarlos infantiles y así, al menos en mi niñez, nos avasallaron con ficciones que, posiblemente por estar en muchos casos protagonizadas por niños, resultaban difíciles de comprender en toda su magnitud. Ciertamente, uno podía sentirse partícipe de las aventuras de Tom Sawyer o de Huckleberry Finn sin necesidad de hacer una lectura crítica, sencillamente acercándose a ellos (o, mejor aún, sumergiéndose en ellos de hoz y de coz: cuando uno lee a esa edad se siente identificado con las aventuras de sus personajes y pasa a formar parte del argumento. Esa voracidad lectora quizá ya no vuelva a darse en la edad adulta) como un entretenimiento más, igual que jugar a las chapas, disfrutar de un partido de fútbol o devorar los días de vacaciones. Y, desde la perspectiva de los años, no estaba nada mal aquella estrategia que ponía en nuestras manos ficciones de calidad, con frecuencia resumidas e ilustradas: ahí nos encontramos con párvulas falsificaciones de Julio Verne, de Stevenson, de Defoe, de Salgari, de Melville, de Shakespeare. Era una buena forma de entrar en contacto con el mundo de la literatura que para los de mi generación resultó tan importante. Existían obras dirigidas directamente a la niñez: las correrías de Guillermo Brown, por ejemplo. Pero en ocasiones pusieron a nuestra disposición de forma arbitraria volúmenes que, aprovechando que había un niño o una niña de por medio, de inmediato eran catalogados como libros infantiles y que uno leía con prevención porque no era capaz de entender, ni siquiera de forma aproximada, de qué iba el asunto. Alicia en el País de las Maravillas o Los viajes de Gulliver son ejemplos de textos que poco tienen que ver con la adolescencia o la infancia y venían de matute en medio de la avalancha de edulcorados burros peludos o de vidas que salían al encuentro lacrimógenamente. Hay quien afirma que bendito sea aquel que no leyó una obra importante para la literatura (Guerra y paz, El Quijote) porque va a tener la oportunidad en el futuro de darse de bruces con la sorpresa que supone la primera lectura y quien tal asegura no anda desencaminado. Pero cuando uno se hace adulto y pejiguero y echa mano de los cuatro libros de Los Viajes de Gulliver o de Alicia en el País de las Maravillas y, sobre todo, de Alicia a través del espejo, se da cuenta de que lo que hojeó en su remota infancia nada tiene que ver con el asunto de semejantes ficciones que leyó tanto tiempo atrás y de las que sólo tuvo un atisbo lejano. La filosofía que subyace en la obra de Jonathan Swift o las complejidades del turbio Carroll difícilmente podría entenderlas un chaval que paladeaba a Mortadelo y Filemón o viajaba al corazón de África de la mano de Tarzán que para los de mi edad solo puede encarnar Johnny Weissmüller: los tarzanes posteriores y coloridos, como Lex Barker, tenían un  amaneramiento actoral muy de estudios de Hollywood en tanto que el campeón olímpico daba perfectamente el pego y las plantas y árboles que aparecían en los decorados gozaban de la realidad hermosa de una falsificación perfecta. Y aunque nos hayamos zambullido en las disparatadas aventuras de Alicia sin saber bien qué significaba aquello y su simbolismo constituyera un problema de difícil resolución, aunque la amarga visión de los seres humanos de Gulliver nos pasara inadvertida merced a resúmenes que no hacían hincapié en ese trasfondo, uno agradece el batiburrillo de lecturas que tenía a su disposición, esos libros que, muchas veces sin saber cómo, aparecían en una habitación de la casa como si alguien los hubiese dispuesto igual que un reto y, con frecuencia, preferíamos irnos por el Misisipi con Tom y Huck que jugar al chorromorropicotaina o mear sobre liliputienses con Gulliver antes que bajar al parque para ver a esa niña que volvía locos a todos los miembros de la pandilla pero que no tenía el encanto de Alicia y cuya lealtad sería siempre más endeble que el complejo personaje del tortuoso Carroll. Por medio de esas maravillosas trampas nos pusieron en contacto con el mundo de la literatura, sin necesidad de acudir a niños que hacen magia como Harry Potter porque la magia formaba parte de nuestra forma de ser. Quizá empecemos a envejecer cuando dejamos de vivir en el mundo de la ficción.

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