El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: enero, 2016

LE DECISIÓN

En 1941, el judío de origen polaco Max Kluk regentaba un establecimiento de ultramarinos en el pueblo Ussy‑sur‑Marne, que había sido escenario de batalla durante la I Guerra Mundial y, posteriormente, refugio del escritor Samuel Beckett. Viudo desde muy joven, Max era asimismo propietario de una granja que regentaban sus dos hijos, Joseph, de diecinueve años, y Marcel, de dieciocho. Los alemanes ocupaban buena parte de Francia en su locura expansionista y aquella Europa convulsa se debatía, una vez más, bajo turbios presagios. Max se sintió en deuda con el país que lo había acogido y al amparo de su labor comercial colaboraba como correo y enlace de la Resistencia francesa, tal como relata Hans Erich Cronin en el libro Las heridas de Europa. Y continúa informándonos Cronin de que el 25 de agosto de 1941, los alemanes descubrieron las actividades políticas de Max Kluk y lo detuvieron junto a sus hijos Joseph y Marcel. Lo que no aclara Hans Erich Cronin es porqué, en vez de ser inmediatamente fusilados, los tres detenidos son conducidos a París y retenidos en una cárcel improvisada en el número 21 del faubourg St Antoine, a escasos metros de Bastille, en un edificio ruinoso de cuatro plantas al que se accedía por medio de un cour, muy corriente en los edificios parisinos y que visitan con frecuencia los turistas avisados que acuden a la capital francesa. Según relata Cronin, Max, Joseph y Marcel permanecieron cinco días incomunicados en la misma habitación, tal vez en silencio, tal vez hablando entre sí, escuchando los motores de los aviones, el ruido de los disparos, el sonido de las alarmas y probablemente conjeturando acerca del amargo futuro que les esperaba. Es fácil suponer la lentitud con la que transcurría el tiempo en aquel cuarto destartalado y húmedo. Transcurrido ese tiempo, un oficial de las S.S. reclama la presencia de Max Kluk, que es trasladado a otra habitación en la que el oficial le hace una propuesta tan cruel como obscena. Los alemanes han decidido fusilar a uno de sus hijos y debe ser el padre quien opte por uno de ellos; de nada sirven las reticencias de Max para tal pacto diabólico ya que si él no elige a cuál de los dos sacrificar, ambos, Joseph y Marcel, serán fusilados. El oficial la da un plazo de veinticuatro horas para tomar una determinación y Max es reintegrado a la habitación en la que aguardan sus hijos. Pertenece al mundo de la especulación, viene a decir Cronin, lo que pasaría por la cabeza de Max durante aquel tiempo, las absurdas razones por las que debía tomar parte a favor de un hijo y condenar al otro a la muerte. Fuera, seguían sonando las alarmas, los ecos de los disparos, la quietud de un verano particularmente bochornoso. No es improbable que Max Kluk apelase a su mujer muerta para pedir ayuda en el trance o evocase alguna escena bíblica que diese una pátina de justicia divina a semejante injusticia humana. Cumplido el plazo, dos soldados alemanes condujeron al tendero a la presencia del oficial que escuchó cómo el lloroso Max pronunciaba un nombre: Joseph. Recuerde: ha sido su decisión, cuenta Hans Erich Cronin que comentó el alemán. Max es devuelto al cuarto donde están sus hijos que abrazan al padre cuando entra. A continuación, los soldados vendan los ojos de Joseph y Marcel y bajan a los muchachos al patio con las manos atadas y ambos saben que ese ceremonial no es sino un avío para la muerte. Los colocan de espaldas a la pared del fondo, junto a la puerta de un establecimiento de tapicería en desuso, regentado por un gitano rumano que huyó de París cuando los alemanes entraron en la ciudad. Frente a ellos se sitúa el pelotón de fusilamiento; nadie grita ¡fuego!: sólo un brazo que cae de arriba a abajo y, en el segundo piso del 21 del faubourg St Antoine Max oye el repentino y seco escándalo de los fusiles y tal vez piensa que la brutal ejecución de sus hijos ha conculcado la injusticia de su decisión arbitraria. Al cabo de unos minutos, nos aclara Cronin, el oficial entra en la habitación de Max con Joseph. Y con palabras no muy distintas de éstas, le dice al muchacho: “Le dimos a tu padre la oportunidad de salvar a uno de sus hijos de la muerte. Tenía libertad para escoger a cuál de vosotros quería que fusiláramos. Y él pronunció tu nombre y optó por salvar a tu hermano. Dijo tu nombre: Joseph. Así que nosotros pensamos que si tu padre decidió que te fusiláramos a ti, es porque había algún problema entre vosotros dos. Por eso fusilamos a tu hermano y te salvamos la vida a ti pese a las preferencias de tu padre. De esa forma, podréis aclarar las diferencias que existen entre él y tú” y sale de la habitación dejando solos a Max y a Joseph. Hasta aquí, la historia que relata Hans Erich Cronin en Las heridas de Europa. Lo que sucedió después, en la lóbrega habitación del 21 del faubourg St Antoine, quizá ya pertenezca a la ficción.

NEMO

Metido de lleno en la última novela de Gonzalo Hidalgo Bayal, NEMO, publicada por Tusquets. Y disfrutando.

MEMORIA DE LA SOLEDAD

Según decían los periódicos meses atrás, hay miles de pueblo en Galicia completamente abandonados y muchos otros en los que subsisten vecinos solitarios que son sus únicos habitantes, como en aquella novela de Llamazares titulada La lluvia amarilla. La noticia, en manos de alguien como Álvaro Cunqueiro, es un argumento suficiente para fantasear con lo que le espera al entorno rural en medio de un éxodo que empuja a los antiguos moradores a abandonar las aldeas para tratar de sobrevivir en las aglomeraciones urbanas. Ciertamente, algunos hacen el camino inverso: ya probaron la salvaje actividad de los núcleos urbanos y decidieron que no merece la pena agobiarse y someterse al tráfago desquiciado de horarios y compromisos y prefieren acogerse en la tranquilidad de un ámbito menos hostil. Aquellos manidos escritos de siglos atrás que constituían una alabanza de la aldea y un menosprecio de la corte carecen hoy de contenido; en ellos, personajes que habían vivido entre el tráfago de las ciudades, al llegar a una determinada edad decidían renunciar a sus inconvenientes y buscaban la tranquilidad en los pueblos, al margen de las mezquindades que los núcleos urbanos solían suministrarles. Uno se pregunta qué puede hacer con su tiempo un último habitante de una de esas aldeas condenadas al exterminio, a la desaparición, a convertirse en enclaves sin seres humanos y siendo ya territorio de malezas y animales. Posiblemente ese anciano que por nada del mundo cambiaría su soledad miserable por una residencia, se levante sabiendo que posee el tesoro de un día por delante; desayune lo que a mano tenga y salga a pasear por las corredoiras y los congostros, asistiendo al derrumbe de ese mundo donde fue feliz en compañía de su familia y de los vecinos que o bien han muerto o han desertado para irse a buscar no se sabe qué en la ciudad. Mirará la espadaña de la iglesia cuya campana ya no suena nunca; contemplará las casas abandonadas y recordará a sus antiguos habitantes; bajará hasta la bodega y buscará una botella de vino contando cuántas atesora porque ya no tiene fuerzas para seguir vendimiando las viñas que quedaron a monte. Verá las huellas del jabalí y tal vez se sienta acompañado por ese intruso que destroza lo poco que queda en el campo. No sería insólito verlo acercarse hasta el cementerio del atrio y poner flores en alguna tumba o hablar con los muertos que tanta compañía le hicieron en vida. Oirá el canto del cuco y el ulular de la lechuza. Intuye que se le está acabando el tiempo, que mañana será un día similar a éste, que ya no le queda en el futuro otra esperanza que la de una muerte dulce. La aldea se está transformando en un decorado inservible una vez que se ha rodado la película. Y ahora él es el único protagonista, vencido ya por un argumento inexorablemente cruel. Pero en ningún momento pensará que de haberse trasladado a la ciudad sería más feliz. Galicia está llena de esas aldeas deshabitadas o en las que sobreviven uno, dos, tres vecinos que saben lo que les aguarda pero no quieren claudicar frente a la quimera de una ciudad avanzada pero enemiga de sus existencias. Como otras aldeas que fueron anegadas por los embalses, éstas tienen vocación submarina y desaparecerán anegadas en una soledad monstruosa, retorcidamente poética, esa poesía con la que Cunqueiro podría escribir ‑otro más‑ un artículo inolvidable. Con su desaparición todos perderemos parte de nuestra memoria y de nuestro pasado. Sobrevivimos, de alguna forma, en ese último superviviente que se mete en cama poco después de atardecer y duerme serenamente aguardando que el día siguiente no sea peor que éste que ahora acaba de vivir.

MATT TALBOT, VENERABLE

La vida de Matt Talbot podría constituir el argumento de una novela de Selby, por ejemplo, ya que ese hombre, nacido en 1856, sentía una enorme vergüenza ante Dios y ante el mundo, aunque no se aclara bien el origen de semejante sentimiento en el documento que consulto, pese a que, y aquí podríamos insertar una variación a lo Bukowski, su madre le rogaba de rodillas que cambiase de vida. La trágica escena tiene algo de santa Mónica y san Agustín: esa madre que le pide a su hijo y a los cielos que el retoño cambie de hábitos. Y, una vez más, las súplicas y oraciones fueron escuchadas puesto que al llegar a los veinticuatro años, es decir, cuando uno comete los excesos habituales de esa edad salvo que sea un seminarista convencido, arrojó un vaso con licor por la ventana (se ignora si descalabró a algún transeúnte el acto heroico) y juró que jamás probaría una gota de alcohol, que bien podría ser reproducido en algún parágrafo de James Ellory, por ejemplo. Y para acendrar tal juramento, se adentró en una iglesia y le comunicó a un sacerdote que en su puta vida iba a beber ni un maldito trago y además que ya no fumaría otro jodido cigarro, quizá con otras palabras. Pero los héroes no pueden pararse en menudencias, hay que ir hasta el fondo del asunto, cortar de raíz: y el bueno de Talbot llegó a prescindir de la comida del mediodía y vivió como un anacoreta. No sé si a John Fante le agradaría el hecho de que se pasase las horas rezando y cuando las campanas llamaban a misa allí se iba él desmelenado para coger sitio con una pasión exagerada. Tal vez esta escena Flann O’Brien la relataría con ese humor irlandés (¿existe el humor irlandés?) que deslizó en sus obras.  Otra vuelta de tuerca en la vida ejemplar de Matt (Mateo): lo que ahorraba de su salario se lo mandaba a seminaristas que estaban en… China. Parece que los de su ciudad, Dublín, no tenían el crédito adecuado para merecer la subvención. Y siguiendo el dictado evangélico que dice que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha (o al revés) nadie conocía sus sacrificios y sus penitencias. Ahí lo tenemos: durante cuarenta años reza, se levanta, va a misa, acude al trabajo, desprecia las tabernas, se salta el almuerzo, rechaza el cigarrillo al que lo invita el compañero, vive como un eremita en una ciudad que, si creemos a Joyce, estaba apestada de putas y borrachos y otras gentes de malvivir, sin contar a los poetas y a los políticos. El lumpemproletariado. Escoria. A lo mejor Talbot rehusó en algún momento la invitación de un tal Leopold Bloom para beber una pinta de Guinnes juntos. O una pícara insinuación de Molly. Pero el 7 de junio de 1925, como todo llega a su término, Matt Talbot cayó fulminado en plena calle: zaca, al otro barrio. Y entonces, aunque no se explica en el texto de qué modo, se manifestó la santidad oculta de este hombre sencillo, como una flor que se abre súbita. O sea, la santidad, parece ser, estriba que uno no beba, no fume, suprima una comida, rece y vaya a misa; y entregue parte de su sueldo a la Iglesia. No es tan difícil ser santo: basta con proponérselo y tener voluntad. En realidad, cualquier maratoniano cumple más o menos esas normas. Y años después, cómo no, Juan Pablo II lo declara venerable, como a Buda. Dice en algún sitio don Fernando Vallejo que el papa polaco tenía una manguera loca en la mano derecha con la que hisopaba santos a diestro y siniestro. A Matt le tocó ser un humilde venerable, de momento: le quedan dos grados para ascender a la santidad y la Iglesia debe de estar buscando afanosamente un milagro que imputarle. Lo encontrará, a buen seguro. Lo que ya es sorprendente para un pobre no abstemio como el que esto escribe, es lo que señala la revista El Pan de los pobres en su página 46 (junio de 2015) al pergeñar la hagiografía (o casi) del bueno de Matt Talbot (obrero, indica la publicación): que es el patrono de los alcohólicos rehabilitados. La iglesia sabrá de méritos espirituales pero de alcoholismo nada o lo finge: Talbott dejó de beber a los veinticuatro años; suponiendo que fuese precoz en el hábito empezaría a los 14 o 15. Es decir, su lucha no fue larga. Es como el que agarra un cebollón una noche y al día siguiente se jura no volver a beber. Para acreditarse como alcohólico rehabilitado se necesita más experiencia, décadas de lucha contra el alcohol. El gran Cheever, un alcohólico profesional, titulado, lo dejó a la edad de 63 años. ¡Eso es heroísmo! El ejemplo de Matt Talbot es un ejemplo melifluo, inocente, un tanto de argumento de Walt Disney. Los verdaderos alcohólicos (Dylan Thomas, Mailer, Poe, Lowry), esos que mueren consumidos por el alcohol, si lo hubiesen dejado a tiempo, sí que sería ejemplos de vida a seguir aunque no se saltasen las comidas y no gratificasen a seminaristas en el lejano oriente. Lo de Talbot es de segunda categoría: como si en una carrera de 100 metros lisos se caen los siete primeros corredores y la gana el último, ése que cubrió la distancia en 13 segundos. Una vergüenza que le impongan la medalla a semejante pringado. En pocas líneas, ésa fue la vida de Mateo Talbot, obrero, una más de las tantas aparentemente ejemplares. Y venerable.