LE DECISIÓN

por Chesi

En 1941, el judío de origen polaco Max Kluk regentaba un establecimiento de ultramarinos en el pueblo Ussy‑sur‑Marne, que había sido escenario de batalla durante la I Guerra Mundial y, posteriormente, refugio del escritor Samuel Beckett. Viudo desde muy joven, Max era asimismo propietario de una granja que regentaban sus dos hijos, Joseph, de diecinueve años, y Marcel, de dieciocho. Los alemanes ocupaban buena parte de Francia en su locura expansionista y aquella Europa convulsa se debatía, una vez más, bajo turbios presagios. Max se sintió en deuda con el país que lo había acogido y al amparo de su labor comercial colaboraba como correo y enlace de la Resistencia francesa, tal como relata Hans Erich Cronin en el libro Las heridas de Europa. Y continúa informándonos Cronin de que el 25 de agosto de 1941, los alemanes descubrieron las actividades políticas de Max Kluk y lo detuvieron junto a sus hijos Joseph y Marcel. Lo que no aclara Hans Erich Cronin es porqué, en vez de ser inmediatamente fusilados, los tres detenidos son conducidos a París y retenidos en una cárcel improvisada en el número 21 del faubourg St Antoine, a escasos metros de Bastille, en un edificio ruinoso de cuatro plantas al que se accedía por medio de un cour, muy corriente en los edificios parisinos y que visitan con frecuencia los turistas avisados que acuden a la capital francesa. Según relata Cronin, Max, Joseph y Marcel permanecieron cinco días incomunicados en la misma habitación, tal vez en silencio, tal vez hablando entre sí, escuchando los motores de los aviones, el ruido de los disparos, el sonido de las alarmas y probablemente conjeturando acerca del amargo futuro que les esperaba. Es fácil suponer la lentitud con la que transcurría el tiempo en aquel cuarto destartalado y húmedo. Transcurrido ese tiempo, un oficial de las S.S. reclama la presencia de Max Kluk, que es trasladado a otra habitación en la que el oficial le hace una propuesta tan cruel como obscena. Los alemanes han decidido fusilar a uno de sus hijos y debe ser el padre quien opte por uno de ellos; de nada sirven las reticencias de Max para tal pacto diabólico ya que si él no elige a cuál de los dos sacrificar, ambos, Joseph y Marcel, serán fusilados. El oficial la da un plazo de veinticuatro horas para tomar una determinación y Max es reintegrado a la habitación en la que aguardan sus hijos. Pertenece al mundo de la especulación, viene a decir Cronin, lo que pasaría por la cabeza de Max durante aquel tiempo, las absurdas razones por las que debía tomar parte a favor de un hijo y condenar al otro a la muerte. Fuera, seguían sonando las alarmas, los ecos de los disparos, la quietud de un verano particularmente bochornoso. No es improbable que Max Kluk apelase a su mujer muerta para pedir ayuda en el trance o evocase alguna escena bíblica que diese una pátina de justicia divina a semejante injusticia humana. Cumplido el plazo, dos soldados alemanes condujeron al tendero a la presencia del oficial que escuchó cómo el lloroso Max pronunciaba un nombre: Joseph. Recuerde: ha sido su decisión, cuenta Hans Erich Cronin que comentó el alemán. Max es devuelto al cuarto donde están sus hijos que abrazan al padre cuando entra. A continuación, los soldados vendan los ojos de Joseph y Marcel y bajan a los muchachos al patio con las manos atadas y ambos saben que ese ceremonial no es sino un avío para la muerte. Los colocan de espaldas a la pared del fondo, junto a la puerta de un establecimiento de tapicería en desuso, regentado por un gitano rumano que huyó de París cuando los alemanes entraron en la ciudad. Frente a ellos se sitúa el pelotón de fusilamiento; nadie grita ¡fuego!: sólo un brazo que cae de arriba a abajo y, en el segundo piso del 21 del faubourg St Antoine Max oye el repentino y seco escándalo de los fusiles y tal vez piensa que la brutal ejecución de sus hijos ha conculcado la injusticia de su decisión arbitraria. Al cabo de unos minutos, nos aclara Cronin, el oficial entra en la habitación de Max con Joseph. Y con palabras no muy distintas de éstas, le dice al muchacho: “Le dimos a tu padre la oportunidad de salvar a uno de sus hijos de la muerte. Tenía libertad para escoger a cuál de vosotros quería que fusiláramos. Y él pronunció tu nombre y optó por salvar a tu hermano. Dijo tu nombre: Joseph. Así que nosotros pensamos que si tu padre decidió que te fusiláramos a ti, es porque había algún problema entre vosotros dos. Por eso fusilamos a tu hermano y te salvamos la vida a ti pese a las preferencias de tu padre. De esa forma, podréis aclarar las diferencias que existen entre él y tú” y sale de la habitación dejando solos a Max y a Joseph. Hasta aquí, la historia que relata Hans Erich Cronin en Las heridas de Europa. Lo que sucedió después, en la lóbrega habitación del 21 del faubourg St Antoine, quizá ya pertenezca a la ficción.

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