El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: febrero, 2016

CAMBIO DE CANAL

No veo demasiado la televisión, salvo en esos momentos en que uno se deja caer en un sofá y la enciende sin interés, haciendo zapping por distintos canales. Y de inmediato se ve obligado a cambiar porque el espectáculo, en general, suele ser desalentador. Dice la leyenda que hay series y documentales y películas e incluso informativos de interés pero no tengo querencia por ese aparato, qué le voy a hacer. Pero si hay algún programa que me “engaiole”, huyendo de los debates acerca de los famosos, los cocineros y los aventureros (hoy quien no haya estado en el Himalaya es un desgraciado, quien no sepa deconstruir una tortilla un inútil), son los de empeños y, más concretamente, uno que se titula Empeños a lo bestia (con ese título nada bueno puede esperarse) y que se desarrolla en una casa de empeños de Detroit, una ciudad que se declaró en quiebra hace un tiempo y que es hoy un páramo digno de una secuela de Mad Max. Ciertamente los principales protagonistas (un padre con una pinta como para echarse a temblar, aspecto macarril de manual), un hijo insoportable y una hija en el límite de la histeria, no son en absoluto naturales frente a las cámaras de televisión y esos soliloquios en primer plano parecen de Gran Hermano. No es un programa fresco sino que responde a un guion establecido de antemano y aún así, no puedo dejar de mirarlo, al menos durante unos cuantos minutos. Lo mejor, naturalmente, es la fauna que entra en el local (casi siempre para vender, pocas veces para desempeñar): todos los tipos humanos están ahí, como en una alegoría de El Bosco, a este lado del mostrador. Esqueléticos, zumbados, obesos, sesudos, maniáticos, colocados, con vestimentas en general extrañas y un vocabulario bastante peor que el de los monos en 2001, Una odisea del espacio. Me pregunto qué demonios me ata a esa exhibición indigna pero ahí sigo, asistiendo a las reyertas entre los dos hermanos propias de un relato de terror de Arthur Machen, a las fanfarronadas del padre que tiene la pinta de un secundario chulesco de Harry El Sucio, a las extravagancias de una clientela que es difícil de catalogar. En ese local, por cada cuerdo, entran mil pirados con carné. En el suelo, en las baldas, en las vitrinas, se amontonan los restos de una sociedad obscenamente capitalista, esos objetos que dan la medida del naufragio de un mundo en el que cualquier mercancía tiene un precio. Probablemente hasta cualquier persona, cualquier sentimiento. Son los símbolos, ya caducos, de lo que un día significaron: el estatus social, la marca de la riqueza o de la abundancia, la exigua felicidad que no proporciona un collar, un bate de béisbol, televisiones de plasma, una sortija reluciente, aparatos de música, un tucán de taxidermista o un abrigo de piel. Todos los enseres del mundo están expuestos en ese enorme local de forma que si un día desapareciera Detroit pero se conservara el establecimiento, los arqueólogos podrían reproducir con exactitud los gustos y las costumbres de los antiguos habitantes. Sin embargo, el negocio, como puede verse ahora, no constituía sino la superficie aparentemente calma de un océano en cuyo interior se desarrollaba una tempestad demoledora. Los usuarios de la casa de empeños vendían sus posesiones y su alma por una miseria; creían tener un pequeño tesoro en su haber y sólo tenían baratijas, falsificaciones. En los numerosos episodios que vi, lo más parecido a la cultura que alguien trató de vender fue un diario de la guerra de Secesión heredado de un bisabuelo: lo demás era pura filfa. De ahí que los clientes, que entraban creyendo poseer tesoros y merecer precios que les reportaran poco menos que la felicidad, se enfadaban cuando los dependientes tasaban la mercancía y era necesario llamar a un guardaespaldas gigantesco que, entre las soflamas del macarra jefe y sus dos hijos, expulsaba con delicadeza o a empellones al protestante. Como dije, Detroit, una ciudad con una potentísima industria del automóvil, se declaró en quiebra. Imagínense que sucediera en Galicia algo similar con Vigo. A día de hoy, el espejismo ya no existe y la pillería se adueñó de mucha gente que añora lo indispensable para vivir. Recientemente vi una fotografía de la biblioteca de Detroit, asaltada por gente necesitada. Resultaba curioso: no se habían llevado ningún libro de entre las decenas de miles que allí había. Robaron las sillas, las mesas, las estanterías pero nadie tuvo la tentación de acarrear un tomo, alguno de esos que, en circunstancias adversas, pueden constituir un consuelo. Y es que cuando el hambre aprieta, la cultura es secundaria. No sé si sigue existiendo ese comercio del padre semicalvo con el pelo largo bien pegado al cráneo, la oronda hija desagradable y el hijo chulesco y prepotente, sus gorilas aterradores y los demás empleados de la tienda. Quizá el espejismo se haya desvanecido. Hemos estado mercadeando con lo superfluo en aras de la apariencia y ahora, cuando los tiempos son adversos, tenemos entre las manos las cenizas de la nada. Y seguramente eso no será escarmiento alguno. Si mañana Detroit se recupera, los habitantes volverán a incurrir en esa locura de apariencia, casi de fantasía waltdisneyana que nada tiene que ver con la sórdida realidad en la que nos movemos los seres humanos.

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PRESENTACIÓN DE “FOSA COMÚN”

Se hace saber, a todos los vecinos de Madrid y municipios colindantes, a los ayuntamientos adyacentes y no adyacentes, y en general a todos los pueblos peninsulares e insulares, lo siguiente:

Que el jueves día 25 de febrero, a las 19:00 horas, tendrá lugar en la librería Méndez, ubicada en la calle Mayor, número 18, de la reseñada Villa de Madrid, la presentación de la novela FOSA COMÚN (Penguin/Random House), de la que es autor único Javier Pastor que en dicho acto estará acompañado por el editor Claudio López de Lamadrid y por el jornalista Jesús Rodríguez que conversará con el autor antes mencionado. Aglomérense que merece la pena. Saldrán autocares desde todas las capitales de provincia de España con regreso a la terminación. Quedan ustedes avisados.

SIETE LETRAS

Fosa común (Random House), la reciente novela de Javier Pastor, es otro acierto que hay que cargar en el haber de un escritor que nos lleva sorprendiendo a sus habituales lectores desde Fragmenta (Lumen, 1999), posteriormente con Esa ciudad (Bruguera, 2006) y la más reciente de las tres, Mate Jaque (Mondadori, 2009). Tras una relectura de esta última (había que disfrutar que no suele ser moneda común en la sección de novedades) me permito considerar esa novela como “redonda”, si la geometría tiene cabida en esto. Fosa común parece adaptarse a lo que Piglia escribe en Los diarios de Emilio Renzi: “El arte vive de la memoria y del porvenir. Pero también del olvido y de la destrucción”. Y de la memoria y del incierto porvenir pero contra el olvido y la destrucción transcurre esta novela que se estructura en tres partes.

Un entonces: Esa primera parte y, concretamente, las primeras páginas, remiten a determinadas escenas de Fragmenta, con múltiples personajes a los que accedemos a través del protagonista con una prosa extraordinaria que embadurna la historia con humor y que produce un asombro absoluto en el lector y lo arrastra a formar parte de la pandilla, del grupo, unos adolescentes en torno a los catorce años. Pastor (el narrador sería más exacto) nos describe el medio en el que se mueven, la ascendencia militar de muchos de ellos, sus aventuras en el colegio religioso, sus amores, la música que escuchan, los cigarrillos inaugurales de una juventud que está a la vuelta de la esquina, los planes de futuro, las lecturas que hacen, las modas fugaces de la forma de vestir. El autor se enmascara detrás de ellos, limitándose a ofrecernos el escenario narrativo que seguirá dibujando en las páginas siguientes. Porque, volviendo a citar a Piglia, el arte vive de la memoria.

La segunda parte se titula Un después: Se produce el salto temporal, la estructura narrativa es más difusa (los personajes no asoman con la nitidez de los anteriores, no aparecen nombrados con tanta frecuencia), se recurre a los diálogos,  y la sensación es la misma que en la primera parte: el mismo deslumbramiento ante la calidad de la prosa (pero eso es viejo ya, viene de antiguo, al autor se le supone), los recovecos argumentales, las críticas (que hay en las tres partes) contra buena parte de la España mala o “españeta”, según Pastor, y el desternillante sentido del humor. Desde Un entonces hasta Un después han transcurrido tres o cuatro décadas y el protagonista se encuentra con excompañeros de estudios y algún antiguo profesor. Reviven los episodios narrados en la primera parte desde otra perspectiva porque el tiempo no pasa en vano, no sólo para las lorzas sino asimismo para las ideas. Ahí puede verse otra de las premisas de Piglia/Renzi: el porvenir.

La tercera parte es Que sirvan para algo: La historia de Cristina, a la que sólo se alude en apenas un par de líneas en la primera parte, relatada de forma sucinta y tangencial en Un después, su muerte (y la de su familia) disparatada, se convierte en el embrión de algo que sin serlo adquiere tintes de novela policiaca o de crónica. Y ya entramos en otro aspecto de los señalados por Ricardo Piglia: la destrucción. A la rigidez de los informes policiales y médicos, literalmente reproducidos, se une la voz del autor, probablemente su aparición autobiográfica más clara de todas las novelas, y los escolios, los sic, las diatribas contra buena parte del estamento militar, contra la Iglesia (¿percibí equivocadamente a Vallejo por ahí rondando?), la transición y el franquismo, el terrorismo de unos y de otros, el del Estado y el de los grupos terroristas de cualquier signo o ideología. Javier Pastor dinamita lo que aparentemente era una exhaustiva investigación policial convirtiendo esa parte más arisca en una declaración de principios: políticos, literarios, humanos. Vuelta de tuerca. Viajes, intercambio de correos, frustraciones, búsquedas y, en el fondo, creo yo, viaje literario al fondo de a saber qué porque los límites de Pastor aún están por descubrir. El autor ya no enmascara o solapa su voz y narra las peripecias a las que debe enfrentarse para aclarar la muerte de Cristina, una antigua compañera de estudios, brutalmente asesinada, junto con su madre y sus hermanos, por un padre militar y dipsómano que terminará suicidándose, un fragmento espantoso y tétrico si no se aliñase con ese humor que Javier Pastor pellizca en cada una de sus novelas, ya que tiene esa extraña facultad de relatar los asuntos más macabros sin caer jamás en el dramatismo. Y cumple de nuevo otra premisa de Piglia: El arte contra el olvido. Quizá a Piglia se le haya escapado otro material de una obra de arte: el humor, que derrocha sabiamente Javier Pastor en esta novela, como lo había hecho en las tres anteriores.

Fosa común es una novela distinta de las anteriores de Javier Pastor, un camino diferente y, además, como dije, tiene componentes autobiográficos evidentes que ensamblan a la perfección con el argumento. Mircea Cartarescu, escribe en un relato titulado El ruletista la siguiente frase: “Cuando se trata de sangre, impera el silencio”. Y contra ese silencio, contra ese olvido deliberado y pactado, ya que la noticia de aquella tragedia atroz sólo mereció reseñas en el ABC y El Diario de Burgos, pelea Javier Pastor, mostrándonos con contundencia la realidad de los hechos que enturbiaron la imagen de un ejército que aquel año, 1975, pese a la inminente y esperada muerte de Franco, continuaba mayoritariamente anclado en un régimen dictatorial solazándose sin rubor con una Iglesia que añoraba los palios. Recordemos que en 1981, el “tejerazo” es saludado con efusiones casi lúbricas por muchos más militares de los que salieron a la palestra y por una recua de civiles portadores de valores indemostrables.

En resumen, Javier Pastor da otra muestra de talento, de un talento difícilmente igualable, con una obra a mi entender maestra. No sé si estaré equivocado pero a mi edad creo haber leído los suficientes libros como para afirmar que Fosa común, en realidad como el resto de las obras de Pastor, no será una novedad que pase sin dejar huella sino que resistirá la maldición del tiempo, como lo han resistido sus tres novelas precedentes, como sólo lo resisten las obras diferentes, arriesgadas y trabajadas con un rigor minucioso que multiplica el genio de quien las firma. Un verdadero regalo para los lectores, hecho de destrucción y de olvido, pero también de memoria y porvenir.  Y de humor, naturalmente.